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Misiones: población, selva y ríos en peligro

Offtopic3/14/2010
Misiones: población, selva y ríos en peligro

Misiones: población, selva y ríos en peligroTengo la impresión de que los crímenes que se están cometiendo, no están camino a resolverse. Estuve en Misiones durante 20 días, la última semana de julio y las primeras dos de agosto. Estando ahí pude posar mis propios ojos sobre una triste realidad (sin la ayuda de una pantalla de teve). Pude ver el horizonte lleno de pinos que reemplazaron a la selva original y a su fauna. Pude ver los lagos cada vez más secos y sin peces. Escuché historias de nubes de gases tóxicos, que emanan de las chimeneas de la industria del papel, la misma que arrasó los montes nativos, aplicó potentes herbicidas, plantó los pinos y explota a los obreros.

El domingo hay elecciones en Misiones. Los medios de comunicación nacionales han tomado nota y están informando sobre la elección de constituyentes que convocó el gobernador Rovira en busca de reformar la Constitución provincial, buscando que haya reelección de gobernador indefinida, y así presentarse por tercera vez, y quien sabe si no piensa en un cuarto o un quinto período al frente de la provincia.

La historia ésta
Puerto Esperanza, Puerto Wanda y Puerto Libertad son tres pueblos del norte de la provincia de Misiones. Allí, en suelos de tierra colorada, viven unos 35 argentinos, bajo los efectos de un clima tropical, y rodeados de una selva con una gran diversidad de especies vegetales y una fauna en la que sobresale el venado o “guazú” como dicen los que utilizan la lengua guaraní. No está el mar, pero está el río, nada menos que el Paraná, el segundo más caudaloso de América, detrás del Amazonas. Hacia el norte, recorriendo la Ruta Nacional Nº12, tras 42 kilómetros se llega a Puerto Iguazú, a las Cataratas, a la triple frontera, ese punto en el mapa que une a la Argentina, con Brasil y Paraguay.En éste apacible lugar, de gente tranquila y hospitalaria, se asentó hace 30 años Alto Paraná S.A., la industria de celulosa más grande de la Argentina.
Algún tiempo después de que corrió la noticia de la instalación de las industrias del papel en la costa uruguaya del Río Uruguay, muchos hablaron de las “papeleras” que ya operaban en Argentina. De la hipócrita posición del gobierno argentino que mostraba preocupación por la contaminación que ocasionarían las futuras industrias al Río Uruguay, sin mirar lo que estaba sucediendo en su interior. Lo que hay que decir (en honor a esos admirables entrerrianos), es que fueron los vecinos de Gualeguaychu los que, tras reiterados cortes de ruta, llamaron la atención de los diarios, radios, y canales de televisión nacionales, para que luego el gobierno de Néstor Kirchner tuviera que definir una postura. Si no hubiese sido por ellos, el gobierno jamás se habría involucrado, y hoy no habría un debate acerca de la gravedad que suponen ciertas industrias para el medio ambiente, para los seres humanos y las otras especies. La historia de éstos vecinos en el norte de Misiones y de “su papelera” es diferente. Alto Paraná S.A. da trabajo (en forma directa o indirecta) a gran parte de los jefes de familia de éstos tres pueblos. En toda familia hubo un hachero y hay un motosierrista, o alguien que trabaja para la empresa, o para las empresas que brindan servicios a Alto Paraná S.A. Algunos trabajan en los viveros, donde germinan y crecen los pinos; otros desmalezan los montes en los que crecerán éstos árboles. Otros aplican herbicidas y pesticidas, que con ayuda de las lluvias llegan a los arroyos, lagos y ríos, contaminándolos. Otros cortan los pinos y los arrastran hasta la grúa, que los recoge y deposita en un camión que los traslada hasta la fábrica en donde una maquinaria pesada los convertirá en fibra de celulosa, o se preparará la madera en el aserradero para revestimientos y muebles. El 90% de éstas personas trabaja para un contratista que le presta el servicio a Alto Paraná S.A. Trabajan en las más de 250 mil hectáreas (algo así como el 10% del territorio misionero), de plantadíos asimétricos de pinos, que reemplazaron a la selva autóctona paranaense. Aplicando herbicidas potentes como el RandUp, están acabando con gran parte de la fauna autóctona. Los venados, todo el mundo lo sabe, son herbívoros, así como otras especies de la zona.

El negocio y sus consecuencias
Tras siete años, un plantín de 10 centímetros se transforma en un pino adulto listo para dejar el monte y ser deglutido por la picadora que lo transformará en fibra de celulosa blanqueada. Según explica la página Web de Alto Paraná S.A., ésta fibra es ideal para papeles de impresión, escritura, tissue, encapados, de alta calidad y filtros. Cuando habla de los mercados, la Web dice textualmente: “Desde la fábrica de Puerto Esperanza-Misiones-Argentina, con una estratégica ubicación, se exporta al MERCOSUR, Europa y Asia. Desde el año 1984 la calidad APSA (Alto Paraná S.A.) es apreciada en los exigentes mercados internacionales”. Problemas de mercado no tienen, y según me comentaron desde el Sindicato Papelero, la producción llega a las 1000 toneladas de fibra de celulosa por día. ¿Cuánto vale la tonelada? Es el motosierrista el que lleva adelante la difícil tarea de hacer caer el pino y transportarlo a la orilla del camino en el que lo recogerá el camión que viajará hasta la planta procesadora. Ser motosierrista es trabajar 10, 12 o 14 horas al día, y a fin de mes recibir entre 300 y 400 pesos, ecuación que no dejaría satisfecho a ningún trabajador en la Argentina. Apenas amanece, a las 6 de la mañana, ya está listo para su jornada de trabajo. Debe caminar hasta el punto del pueblo en el que lo pasará a buscar el camión que lo trasladará hasta el pinal elegido para derribar ese día. A veces son distancias cortas, otras superan los 100 kilómetros, y en esos casos el motosierrista saldrá de su casa en el amanecer del lunes y volverá a su casa la noche del sábado, abatido. Durante la jornada apenas tiene media hora libre para el almuerzo, que puede ser un guiso o un buen plato de reviro, que es una comida autóctona que se consigue arrojando un bollo de harina de trigo y agua en una olla de hierro en la que espera una taza de aceite hirviendo. La masa debe golpearse con paciencia utilizando una especie de cucharón de madera, hasta conseguir que la masa se transforme en pequeños grumos secos, que se pueden acompañar con porotos, arroz o fideos, o unos huevos fritos.
Es una comida que optimiza el rendimiento del trabajador, que enseguida debe volver a sus tareas hasta que oscurezca.
La técnica para derribar el árbol incluye tres toques de la motosierra. No hay forma de que el pino no caiga. En la mayoría de los casos se trata de la especie taeda, que crece muy rápido (en siete años ya está listo) o elloti el más resinoso (lo importante al momento de hacer la celulosa). Luego, el motosierrista debe “desgajar”, o sea librar al tronco de sus ramas o gajos, y finalmente, con la ayuda de un “diablo” (un gancho que agarra el tronco) tiene que arrastrar el pino hasta la calle en la que espera el camión. Los troncos son apilados en “paquetes”, que una grúa coloca en un camión, que los traslada hasta la planta procesadora, donde esos troncos se transforman en planchas de celulosa luego de un proceso que incluye el triturado y la intervención de químicos que llegan en muchos casos desde Buenos Aires. El proceso no es perfecto. Las emanaciones gaseosas que son la consecuencia de ésta producción son tóxicas, y eso puede verse en las planillas de los hospitales y centros de salud, en donde han aumentado los casos de afecciones respiratorias y de cáncer. Muchos han sentido “olor a huevo podrido” incluso en Iguazú, a 40 kilómetros de distancia. (Las chimeneas lamentablemente no llegan hasta el espacio exterior). En cuanto a los residuos líquidos de la producción, son arrojados por un ducto al Río Paraná, luego de un proceso de tratamiento en piletones diseñados para tal fin. La palabra tratamiento lo dice todo, un poco trato, un poco miento. Todos los pescadores de la zona hablan de lo mismo: de los peces que atrapaban en aquellos años felices. Hoy es común que vuelvan a sus casas
con las manos vacías.

La protesta demorada
En la madrugada del jueves 27 de julio, los motosierristas están comenzando su cuarto día de protesta con un piquete sobre la ruta de acceso a Alto Paraná S.A. El corte de ruta, a dos kilómetros de la entrada a la empresa, impide el ingreso de camiones, algunos con troncos que ellos mismos cortaron y otros con químicos involucrados en el proceso de producción de la pasta de celulosa. Hay un dato, que ronda desde la noche del miércoles: la policía podría llegar en cualquier momento a desalojar el piquete, a desactivar la protesta. El dato era bueno. Son las 4 y media de la madrugada de ese jueves, y una larga hilera de luces de automóviles aparece por la pendiente del camino, acercándose lentamente. Los sonidos de los silbatos que usan los motosierristas en el monte para pedir auxilio y el ruido de las motosierras que se encienden alertan a los que duermen debajo de los árboles. La atmósfera se tensa inmediatamente. Los 50 motosierristas a cargo del piquete a esa hora de la madrugada, se agrupan y esperan. La larga hilera de móviles policiales parece no terminarse, y cuando llegan al campamento se despliegan con asombrosa rapidez. Sobre la ruta donde esperan agazapados los hombres que cortan árboles, yacen dos fogatas que iluminan la escena. De un lado el Comisario General Miguel Ángel Sartori, Director General de Seguridad de la Policía de la provincia de Misiones acompañado por 250 policías. Del otro, lo dicho. Hombres explotados por sus patrones, hartos de maltratos y con familias que alimentar que dijeron basta. Sartori, de unos 55 años, se acomoda la gorra pero no puede esconder las canas y acercándose a los motosierristas pide silencio, y con un gesto de manos pide calma. Va a decir algo. Llama a los responsables del grupo, dice tener una orden de “su señoría el Dr. de la Cruz” (Carlos María de la Cruz, Juez de Primera Instancia en lo Civil y Comercial Nº 1 de Eldorado, involucrado en éstos días en un caso de ablación de órganos) para desactivar la protesta. Las motosierras rugen y hasta suena un tambor. Sartori parece enojarse y dice: “Primero le vamos a dar lectura a lo que dice Su Señoría, segundo, cinco minutos van a tener para desalojar. Yo tengo 250 hombres acá para desalojar, con carro de asalto y todo ¿me entienden? No es mi intención usar la fuerza, no me queda otra si ustedes no desalojan por sus propios medios”. Lo cierto es que el Comisario se mostró permeable al dialogo, pero inflexible con el piquete. Algunas preguntas comenzaron a lloverle al comisario por parte de los motosierristas, y todo iba siendo registrado por la cámaras de video que policías de civil portaban y también por las de cuatro documentalistas, entre los que me incluyo, que hacía unas horas habían llegado a ese lugar. Luego de algunas deliberaciones, y mientras amanecía, los motosierristas se corrieron a un costado del camino y los carros hidrantes barrieron los restos de las dos fogatas que habían alumbrado la noche. La protesta llegaría cerca de cuarenta días, y tras la intervención del Ministerio de Trabajo de la Nación fueron reconocidas algunas de las peticiones de los trabajadores. Yo verdaderamente no creo que las cosas hayan cambiado mucho, porque como decía al principio, Tengo la impresión de que los crímenes que se están cometiendo, no están camino a resolverse
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