El mandamiento del reposo
Clifford Goldstein
Viviríamos en un mundo muy diferente si todos los que reivindican el nombre del Señor anduviesen a la altura del mismo. Y la buena noticia es que no tenemos que esperar a que los demás, ni siquiera otros profesos cristianos, empiecen a hacerlo. Podemos pedir a Cristo que entre en nuestros corazones, abrirnos a él, y permitir que su santidad se desarrolle en nosotros desde ahora mismo. Quizá tú no puedas cambiar el mundo, pero puedes tomar la decisión de ser cambiado tú mismo, una transformación que Dios efectuará en nuestras vidas si se lo permitimos, a fin de hacerlas mejores aquí y ahora. Por eso Dios nos ha dado su ley, para hacer progresar nuestras vidas […]
9'6 mach
El nuevo récord mundial para aviones de reacción es el scramjet X-43A de la NASA, capaz de atronar el cielo a una velocidad supersónica de 9'6 mach, equivalente a casi 7.000 millas por hora (unos 11.760 km/hora). Aunque sea como un gusano en comparación con el X-43A, el récord de velocidad en tierra lo estableció en 1997 un automóvil, el Thrust SCC de propulsión a chorro, que ahumó uno de los desiertos de Nevada a 760 millas por hora (unos 1.223 km/h). Y si Colón hubiera tenido una nave como la que estableció el récord mundial para un barco (317 millas por hora, unos 510 km/h), Estados Unidos podría haber celebrado ya su tricentenario.
Sin duda, vamos cada vez más rápidos todo el tiempo. Con una simple pulsación en un teléfono móvil (celular) o con el click de un ratón informático podemos hacer lo que en otro tiempo nos llevaba semanas, meses o incluso más tiempo. Hace 25 años los científicos estaban asombrados de que una enorme computadora pudiera procesar mil millones de unidades de información por segundo (un gigahercio), la velocidad del portátil promedio en nuestros días. En pocos años, ni mil millones ni mil quinientos millones de cálculos por segundo supondrán un ritmo lo bastante rápido para ejecutar la mayoría de los programas. Algunos ordenadores computan ahora en teraflops (un billón de cálculos por segundo). Finalmente, las velocidades de las unidades de proceso medidas en gigahercios quedarán tan anticuadas como las impresoras matriciales.
Y aunque nos movemos a velocidades que nuestros antepasados habrían considerado milagrosas, incluso sobrenaturales, la mayor parte de la gente se queja de la misma cosa, a saber: le falta tiempo. Llegamos a estar agobiados y exhaustos, pues sea lo que sea lo que hagamos y lo rápido que lo hagamos, dónde vayamos y lo poco que tardemos en llegar, siempre quedan más cosas que hacer y más sitios adonde ir, y no hay minutos suficientes para cumplir con todo. Si los días fueran de 36 horas no habría diferencia: necesitaríamos aún más. El tiempo es un tirano que exige todo lo que tenemos y nunca tenemos bastante.
Resulta fascinante, entonces, que hace miles de años el Señor le diera a la humanidad un mandamiento pensado para protegernos de la tiranía del tiempo. Dios apartó un refugio inexpugnable e indestructible frente a las silenciosas pero insaciables exigencias del tiempo, que nos atrapa en su devenir inexorable. Llamado "sábado", tiene su origen en la propia fundación del mundo, siendo parte de la Creación original; es algo tan primitivo y básico como el tiempo mismo, del cual es parte.
E1 mandamiento del sábado
Según el relato de la creación del Génesis, Dios formó la tierra y el cielo, y todo lo que hay, en seis días. Pero, ¿qué pasó después?
«Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo lo que hay en ellos. El séptimo día concluyó Dios la obra que hizo, y reposó el séptimo día de todo cuanto había hecho. Entonces bendijo Dios el séptimo día y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación» (Génesis 2: 1-3).
Fíjate en varios detalles:
1. Dios bendijo y santificó el séptimo día antes de la irrupción del pecado, de la caída de Adán y Eva. El séptimo día, tiempo sagrado y santo, procede entonces de una época perfecta. Por tanto, los intentos de vincularlo exclusivamente con los tipos, símbolos y festividades (del Antiguo Testamento) que señalaban a Jesús resultan fallidos, pues tales cosas fueron establecidas después de la entrada del pecado.
2. Aún es más obvio notar que el séptimo día, como día santo, precedió a la nación judía en miles de años. La idea del sábado como séptimo día exclusivamente judío es falsa. Que los judíos celebrasen el día del sábado y se vinculasen a él es, por supuesto, innegable, pero eso no hace del sábado algo exclusivamente judío, del mismo modo que la Navidad nunca será la fiesta exclusiva de una familia que de repente decide empezar a celebrarla. Como ocurre con el sábado, la Navidad ya estaba ahí previamente, y esa familia simplemente empezó a tenerla en cuenta en un momento dado.
Directamente conectado con el relato de la Creación del séptimo día santo está el cuarto mandamiento de la ley de Dios:
«Acuérdate del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día es de reposo para Jehová, tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni el extranjero que está dentro de tus puertas, porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el sábado y lo santificó» (Éxodo 20: 8-11).
Fíjate en cómo el mandamiento se vincula directamente con la creación original en seis días descrita en Génesis. Así, el sábado, en los libros del Génesis y del Éxodo, no sólo vincula el séptimo día a Dios como Creador, sino que además enfatiza que él bendijo ese día y lo hizo santo.
De este modo el mandamiento de Éxodo no enseña por primera vez el carácter sagrado del sábado como recordatorio de la Creación.
En vez de ello, está diciendo al pueblo de Dios que "recuerde" lo que ya era conocido: que el séptimo día, sábado, era un recordatorio sagrado de la Creación, habiendo sido bendecido y santificado al final de la semana de la misma.
El gozo del sábado
Entre otras cosas, lo que Dios ha dado a toda la humanidad en el sábado es un refugio semanal de la tiranía del tiempo. Dios nos manda descansar y dejar un séptimo de nuestras vidas libre de nuestras tareas cotidianas. No es una petición, sino una estipulación, igual que lo son las prohibiciones del asesinato, el adulterio y el robo. Así de seriamente se toma Dios la idea de nuestro descanso semanal.
¿Por qué? Porque sabe que si nos dejase solos, nunca podríamos encontrar refugio de la tiranía del tiempo. Éste es un amo severo, al que no podemos resistir por nosotros mismos. Su atracción es demasiado fuerte, su aliciente demasiado poderoso para plantarle cara. De ahí que Dios nos dé el sábado, un refugio de un torrente que de otro modo nos llevaría por delante.
Es muy interesante, también, que el séptimo día sabático sea la única institución, junto con el matrimonio, que sobreviva de un mundo anterior a la Caída. Ambos existieron antes del pecado, ambos vienen a nosotros de ese mundo no caído, y ambos son esencialmente sobre relaciones. Ningún matrimonio digno de ese nombre puede existir sin dedicarse tiempo mutuamente, pues sólo a través de la interacción constante puede una relación profundizarse y crecer. Aunque ciertamente un matrimonio necesita más que el sábado, este día provee la oportunidad de pasar un tiempo especial juntos, el cual, si se le protege de las distracciones mundanas del resto de la semana, puede fortalecer en gran manera los lazos matrimoniales. Y en una época en la que los matrimonios se desbaratan, es maravilloso tener está porción de tiempo envuelta en un embalaje tan especial.
El sábado no es sólo para el cónyuge, sino para los hijos también. Especialmente cuando son pequeños, el sábado proporciona un tiempo especial para ellos junto a sus padres; pues, de nuevo, a muchas "cosas de los adultos" -el jefe, el trabajo, las facturas, las tareas- no se les deja importunar, robando una hora que los hijos quieren y necesitan pasar en compañía de sus padres. ¿Cuántos niños crecen resentidos de que sus padres estuvieran ocupados con todas las cosas del mundo menos ellos? El sábado puede aportar un antídoto porque, si es correctamente observado, no permite entrometerse a todas esas cosas. El sábado no es la panacea. No garantiza hogares unidos y felices. Pero ayuda a asegurar que las familias tendrán el tiempo juntos que necesitan para edificar esos hogares, y en nuestro mundo acelerado, donde la tiranía del tiempo parece cada vez más fuerte, constituye un refugio maravilloso.
La Creación
Sin embargo, encontramos en este mandamiento mucho más que la edificación de relaciones interpersonales. Para empezar, si abres cualquier Biblia, notarás que no comienza con una declaración sobre la salvación en Jesús, ni sobre la doctrina de la justificación sólo por la fe. No dice nada acerca del pecado, el juicio o la Segunda Venida.
La Biblia comienza con la doctrina sobre la cual todas esa otras enseñanzas se asientan, que no es otra que la Creación: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1). La Creación es el acto inaugural, el primer principio, el axioma a partir del cual todo lo demás de la Escritura se deduce, pues todo lo demás carece de sentido separado del Dios Creador.
Reflexiona acerca ello. ¿Qué significan las creencias cristianas más básicas —la salvación, la expiación, la cruz— al margen de Dios como nuestro Creador? ¿Para qué sirve la expiación en un universo sin Dios? ¿Desde qué instancia somos salvos si Dios no existe? Y si la evolución atea es lo que explica nuestro origen, ¿entonces qué representa la cruz sino otro judío asesinado? ¿Cómo puede entenderse la Caída aparte de nuestros orígenes? Después de todo, ¿de qué hemos caído, y a qué somos restaurados? Al margen del relato bíblico de los orígenes, las creencias cristianas —desde la cruz hasta la Segunda Venida— carecen de sentido.
Otro punto crucial es que la Escritura, de modo más bien complejo, enlaza a Jesús como Creador con Jesús como Redentor. Juan abre su Evangelio con palabras que, en su contexto, inconfundiblemente apuntan tanto al Cristo Redentor como al Cristo Creador: «En el principio era el Verbo, el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio con Dios. Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho» (Juan 1:1-3).
Pablo, en Colosas, hace un planteamiento similar. Está hablando sobre Jesús como Redentor, y entonces dice: «Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él» (Colosenses 1:16).
En la teología cristiana, la autoridad, el poder y la eficacia de Cristo como Redentor surgen solamente de su papel como Creador. En todos los sentidos posibles, un pilar decisivo de la teología del Nuevo Testamento reposa en Jesús como Creador. El cristianismo, sin Cristo como Creador, es un cristianismo sin él como Redentor. Y sin Cristo como Redentor, el cristianismo se convierte en nada más que una variante del judaísmo. Si dedicamos a la Creación los primeros capítulos de este libro fue por ser tan básica para todo lo que el cristianismo y la Biblia enseñan.
Sábado o domingo
Con la Creación, y específicamente con Jesús como Creador, la importancia del séptimo día, sábado, se torna evidente. El sábado apunta a Jesús porque él es el Creador, siendo éste su papel básico y fundamental, la base sobre la que descansa todo lo demás que hace. Él posee la autoridad que tiene porque es el que «hizo el cielo y la tierra» (Salmo 124:8; Isaías 37:16; 2 Crónicas 2:12), y el sábado es el signo de esa autoridad, un signo incluido en la creación del "cielo y la tierra" justo desde el principio.
Esto deviene importante en relación con la cuestión de por qué la mayoría de los cristianos creen que el domingo, el primer día de la semana, ha reemplazado al sábado, séptimo día. A primera vista, el asunto puede parecer sin importancia. ¿Por qué el día específico —sea el domingo, o sea el día descrito en el propio cuarto mandamiento, el séptimo día— realmente importa? ¿No es cierto que lo único importante es que tenemos un día de reposo, cualquier día, y no que sea uno u otro?
No tan deprisa. Si, como hemos visto, el séptimo día, sábado, es un signo de la autoridad de Dios, entonces cualquier alteración de ese símbolo impacta en el corazón mismo de su autoridad. La controversia entre el sábado y el domingo no es sólo sobre un día, es sobre un intento de usurpación por parte de un poder que busca hacerse Dios, reclamando un papel que le pertenece sólo a él en virtud del hecho de que él, y sólo él, es el Creador.
Tomar el emblema específico de su papel como Creador, instituido por él mismo, y reemplazarlo con otra cosa supone un flagrante ataque contra su autoridad en el nivel más básico posible.
- Y lo que muchos cristianos no saben es que de eso trata precisamente la observancia del domingo en lugar del sábado: de un intento deliberado de apoderarse de la autoridad suprema de Dios como Creador.
¿A quién adoramos?
Por supuesto, nadie está afirmando que la mayoría de los que actualmente observan el domingo estén reclamando para sí la autoridad de Dios. Por el contrario, la abrumadora mayoría no sabe nada acerca de lo que subyace al cambio al domingo y se horrorizaría si supiera la verdad.
Tampoco decimos que las personas que observan el domingo, en lugar del sábado, estén bajo ningún tipo de condenación divina.
Sin embargo, de acuerdo con el libro del Apocalipsis, Dios está llamando a la gente a «adora[r] a aquél que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas» (Apocalipsis 14:7); esto es, a honrarle como Creador (nótese también lo estrechamente que está vinculado este lenguaje con el del cuarto mandamiento de Éxodo 20:11: «Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar»).
Justo al lado de ese llamado a adorar a Dios como Creador está la advertencia contra aquéllos que adoran a la misteriosa bestia y a su imagen: «Si alguno adora a la bestia y a su imagen y recibe la marca en su frente o en su mano, él también beberá del vino de la ira de Dios» (Apocalipsis 14:9-10).
La Escritura indica que en los últimos días la humanidad se dividirá en dos categorías: los que adoran a Dios, el Creador, y los que adoran a la bestia y a su imagen (y así reciben la infame "marca de la bestia". El elemento clave de esta separación es la adoración. O adoramos a Dios como nuestro Creador, o adoramos a la bestia y a su imagen. Y en el medio de esta advertencia sobre la bestia y la marca de la bestia, Apocalipsis describe al pueblo fiel a Dios: «Aquí está la perseverancia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús» (versículo 12). Ellos honran y obedecen los mandamientos de Dios y, de todos los mandamientos, sólo uno, el sábado, muestra por qué deberíamos adorar a Dios: «Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar» (Éxodo 20:11).
Adoramos a Dios, entonces, porque él y sólo él es el Creador, y el sábado es el eterno reconocimiento de su condición creadora. Así, usurpar el sentido del séptimo día es atacar al símbolo de la autoridad divina. Es un intento de retroceder hasta la semana de la Creación y enmendar la institución que el mismo Dios estableció como un emblema de por qué deberíamos adorarle a él en lugar de a ningún otro poder (tal como la bestia).
¿Legalistas?
Un último punto que vale la pena considerar: aquéllos que honran el sábado son a menudo acusados de legalismo, de intentar ganarse el cielo por sí mismos. Pero, ¿cómo puede ser que el único mandamiento dedicado al descanso haya sido convertido en el símbolo universal de la salvación por medio del esfuerzo humano?
¿Qué es lo que falla en ese enfoque?
Lejos de ser una metáfora de las obras, el sábado es el símbolo más fundamental del descanso que el pueblo de Dios siempre ha tenido en el Señor. Desde el mundo edénico previo a la Caída hasta el descanso del Nuevo Pacto que los seguidores de Dios siempre han disfrutado en la obra redentora de Cristo en su favor («Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios» [Hebreos 4:9]), el sábado es una manifestación en tiempo real del descanso que Cristo ofrece a todos (ver Mateo 11:28).
Los hay que pueden decir que están descansando en Cristo y son salvos por gracia. Pero honrar el sábado es una expresión visible de ese descanso, una parábola viviente de lo que significa ser cubierto por su gracia. El descanso semanal de las tareas seculares y mundanas queda como símbolo del reposo que Jesús da a su pueblo a través de su obra de salvación una vez completa. «Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas» (Hebreos 4:10).
La obediencia a este mandamiento es una forma de decir: "Oye, estamos tan convencidos de nuestra salvación en Jesús, tan firmes y seguros en lo que Cristo ha hecho por nosotros, que podemos, de manera especial, descansar de cualquiera de nuestras tareas, pues sabemos lo que Cristo ha realizado por la humanidad a través de su muerte y resurrección".
Parecería lógico que por adherirse firmemente a los mandamientos contra el adulterio, el robo, la codicia o la idolatría, la gente pudiera ser acusada, al menos un poco razonablemente, de legalismo y de salvación por las obras (esto, suponiendo que alguien pudiera ser acusado de legalismo por obedecer a cualquiera de los mandamientos). Pero, ¿acaso trata alguien de ganarse el cielo con sus obras por descansar en sábado?
La ironía de todo esto es que por descansar haya gente acusada de esforzarse para ganar la salvación, un argumento que tiene más o menos tanto sentido como el de un parricida que suplique misericordia porque es huérfano.
Extraído de:
Clifford Goldstein
Vida sin límites
pp. 158-167.

