Los hechos q aqui se narran ocurrieron hace ya mucho tiempo, en Trancas, provincia de Tucuman; marcaron un hito en la denominada Ufologia y demas ciencias afines... Pero creo q este informe lo va a explicar mejor q yo.
El 21 de octubre de 1963,en Villa de Trancas, provincia de Tucumán, se producía uno de los hitos más importantes en la historia de los no identificados. Se trataba de un episodio que ha sido considerado como “un caso inatacable (y) una prueba irrefutable” dentro del voluminoso y extraño legajo de los OVNIS. “Quizás –también se ha dicho– uno de los hechos más excepcionales del historial del problema ovni”, debido a la cantidad y calidad testimonial, la prolongada visualización y el hallazgo de residuos físicos en el área, constituyendo “la más poderosa evidencia” a favor de los fenómenos inusuales. Desde entonces, el caso Trancas se convirtió en un “superclásico de la ufología mundial”.
El presente informe consiste en un detenido y pormenorizado análisis de la investigación iniciada en septiembre de 1971 y retomada en profundidad en mayo de 1987, a través de numerosísimas entrevistas y cuidadosos diligenciamientos. Para tal propósito, se han confrontado los testimonios actuales con los ofrecidos en aquella época, a través de la primera versión ofrecida por los periodistas del diario “La Gaceta” de Tucumán, Arturo Álvarez Sosa y Ventura Murga, seguida por las del escritor Eduardo A. Azcuy unos días después, del capitán de fragata Omar R. Pagani al año siguiente, y la de Óscar A. Galíndez lograda a siete años de producido el episodio.
Asimismo recurrimos a documentos no susceptibles a deformación alguna, como los registros meteorológicos que nos suministró para esa hora y lugar la Fuerza Aérea, el informe del análisis químico de la Universidad de Tucumán, la compulsa histórica de los periódicos de la época referidos a acontecimientos simultáneos a la observación de Trancas, especificaciones técnicas de la Secretaría de Guerra, y otros de carácter objetivo. Todo esto para disponer de datos confiables y fácilmente verificables.
UNA SÍNTESIS DEL CASO TRANCAS
El lunes 21 de octubre de 1963, Argentina (28) y Jolié (21) Moreno llegaron con sus pequeños hijos Victoria, Nancy y Guillermo, de Rosario, provincia de Santa Fe –donde residían– a San Miguel de Tucumán, y de ahí hasta la finca “Santa Teresa” en Villa de Trancas, donde se reunirían con sus padres, Antonio (72) y Teresa (63), y su otra hermana, Yolanda (30). Un motivo de esta visita era que sus maridos, ambos oficiales del Ejército, debían participar en unas importantes maniobras militares previstas para esos días, y en la madrugada partirían en tren desde Tucumán a Salta, pasando por Trancas.
Cenaron muy temprano y, exhaustos por el viaje, todos se fueron a descansar a sus habitaciones. Cerca de las 21 horas, la doméstica Dora Guzmán (15), que se hallaba en los fondos de la vivienda, aparece una y otra vez insistiendo en que veía luces sobre el terraplén del ferrocarril, situado a 200 metros al frente de la finca. Los padres dormían, Argentina seguía atenta a su lectura y Jolié le restó importancia, pues debía darle el biberón a Guillermo, de cuatro meses. Yolanda, en tanto, pensó al escucharla que sería un ómnibus.
Finalmente, Dora persuade a las hermanas para verificar las “luces raras” que estaba viendo. Se trataba de un conjunto de cinco luces, distantes entre sí a no menos de 100 metros, tres al frente y dos un poco más al norte (noreste). Se encendían y apagaban con cierta intermitencia, arrojando haces lumínicos en distintas direcciones, iluminando incluso la finca (vivienda, gallinero). No tenían forma discernible, presentando el aspecto de focos de luz. Las asustadas mujeres sospecharon que podría tratarse de un accidente ferroviario (es frecuente que el tren se lleve por delante algún vacuno), o que podría ser una escuadrilla de operarios reparando las vías, pues a unos 500 metros, o más, hacia el norte, visualizaron unas siluetas humanas desplazándose en torno a los reflectores.
El temor fue mayúsculo cuando Yolanda apunta la posibilidad de que podrían ser guerrilleros haciendo un sabotaje (levantando las vías o colocando una bomba), recordando los episodios de la incipiente guerrilla rural de Taco Ralo, al sur de Tucumán, hacia fines de 1962. Es que los maridos de Argentina y Jolié pasarían por allí en cuestión de horas en un tren militar y, además, ellas se encontraban solas, su padre enfermo y sus pequeños hijos desprotegidos. En busca de otra explicación, una de las hermanas recordó haber leído que en varias partes del mundo se habían visto platos voladores, y especialmente el caso del camionero Douglas (quien días antes –en Monte Maíz– había visto un aparato con varios seres que lo habrían quemado con un fino haz de luz), sugiriendo la posibilidad que fueran esas naves.
Entre corridas y encierros, deciden salir para observar mejor, cuando ven una tenue luminosidad verdosa y, pensando que era la camioneta conducida por un peón que trabaja en la finca, van hacia la tranquera.
De pronto, a unos ocho metros de ellas, se encendió una luz que las encandiló, pudiendo notar por un instante que había un aparato de unos 8 x 3 metros, provisto de una torreta, y con gajos y grandes remaches dispuestos en su superficie. El impacto fue tal, que Yolanda trastabilló, tropezó, y en segundos estaban refugiadas nuevamente en la casa. La doméstica, de 15 años, entró exclamando que la habían quemado, pero Argentina y Yolanda comprobaron que sólo estaba asustada. A estas alturas todos estaban levantados. El padre intentando salir, era retenido presa de nervios por sus hijas, pues se hallaba enfermo. Con las puertas trancadas, desde la ventana (los postigos cerrados y por veces entreabiertos), atisbaban el fenómeno. Una de las jóvenes mujeres creyó que los haces de luz atravesaban las paredes, pero otra sostuvo que lo hacían a través de las rendijas. La misma creyó que los haces se extendían y retraían a voluntad, pero resultó que por momentos lo hacían a ras del suelo.
La situación era desesperante. La madre oraba, la doméstica lloraba, las hermanas gritaban y corrían de una habitación a otra, siguiendo las alternativas. Los testigos notaron el ambiente pesado, caluroso. Ese objeto más cercano (‘F’) emitía un ruido de máquina en funcionamiento, pero ya sólo veían de él un espeso y creciente vapor y unas luces, que parecían recortar seis ventanas, impidiéndoles apreciar si se hallaba suspendido a corta altura o posado en tierra (con posterioridad se encontraron allí los vegetales presuntamente aplastados).
Transcurrieron 40 minutos, hasta que el objeto ‘F’ –que les parecía comandar las acciones– se desplazó hacia el este y los demás, siempre en forma rasante, hicieron lo mismo, hasta desaparecer en dirección de las Sierras de Medina, distantes a 20-25 kilómetros.
Luego, corrieron hacia los vecinos para avisarles del acontecimiento, pero son muy pocos los que vieron algo. El vecino lindero Francisco Tropiano alcanzó a ver pasadas las 22 horas muy iluminado el sector este del lugar, al frente de su finca.
Nadie durmió esa noche en lo de Moreno. Por la mañana Jolié fue a la estación ferroviaria rogando enviar un telegrama a su hermano Antonio (h), que vive en S. M. de Tucumán, a raíz del episodio. Cuando recibió el mensaje –debido al procedimiento–, ya lo sabía gran cantidad de personas. Incluido el periodismo, que pronto se hizo presente. Luego, se solicitó la intervención de la policía, labrando un acta, custodiando el lugar durante días sin novedades, y requiriendo al Instituto de Ingeniería Química de la Universidad de Tucumán que examinara el polvillo blanco hallado en el sitio donde fueron observadas las luces, resultando ser carbonato de calcio con impurezas de carbonato de potasio.
Hasta aquí, una apretada síntesis del clamoroso encuentro. A fin de dar precisión al episodio, seguidamente, incluimos las respectivas versiones de las hermanas Moreno.
TESTIMONIO DE JOLIÉ DEL VALLE MORENO DE COLOTTI
Nació: Trancas, provincia de Tucumán, 17 de abril de 1940.
Estudios: Secundarios en el Colegio Sagrado Corazón hasta tercer año, luego Liceo de Señoritas R. Escalada de S. M.
Jolié había decidido con su hermana Argentina ir a descansar unos días al campo, a la finca Santa Teresa, que sus padres poseen en la localidad tucumana de Trancas, al norte de la provincia. Así que viajó desde Rosario, SF, donde estaba residiendo, junto con su hermana, los dos pequeños hijos de ésta y el suyo, Guillermo, de apenas cuatro meses. Arribaron a S. M. de Tucumán el día 21, y desde allí se trasladaron a la finca en automóvil, en compañía de sus padres, Antonio Moreno (72) y Teresa Kairuz de Moreno (63).
Al atardecer no les fue posible poner en funcionamiento el equipo de luz, pues el motor a gasoil del tambo (instalado cinco años antes) se encontraba averiado, y ninguna conocía el sistema. Cenaron temprano y se fueron a descansar, después de un día agotador, cada una con su lámpara para leer un rato antes de dormir. Sin embargo, Jolié debía quedar despierta porque su hijo tenía que tomar el biberón a las 21 horas.
Momentos después, aparece la mucama Dora Guzmán diciendo que no iría a lavar la vajilla esa noche porque tenía miedo. Su otra hermana, Yolanda Moreno, le inquiere a la empleada doméstica cómo era posible si se ha criado en el campo, a lo que Dora le replica afirmando que hay luces raras. Pero nadie le dio importancia. Unos 20 minutos después regresó decidida a dejar la cocina como estaba y manifestando su deseo de irse a dormir a las habitaciones de la familia, porque tenía miedo. En tales circunstancias, Jolié opta por salir a ver qué pasa, pero nada ocurre. De modo que entra a la vivienda, prepara y le da el biberón a su bebé, quien continúa durmiendo. Al momento Dora retorna desesperada, expresando que las luces eran ahora mucho más intensas. Nuevamente se levantó tomando un abrigo con la intención de permanecer un rato afuera y ver qué ocurría en las vías del ferrocarril, las cuales estaban rodeadas de moreras y gran cantidad de arbustos.
Era una noche algo fresca y sumamente oscura. No veía nada inusual, cuando de pronto advierte sobre las vías como un tubo de luz fluorescente por donde transitan “personas”. A la distancia sólo nota las siluetas de gente que camina, siluetas de semejanza humana. Diez o 20. “Parecía gente que caminaba a paso normal, simplemente. Era como ver gente maniobrando en algo, caminando, a 200 metros, justo al frente, como si se desplazara dentro de la luz; se veían siluetas nada más”, afirma Jolié.
Piensa de inmediato que esas eran las luces vistas por Dora, pero la doméstica le expresa que había visto otras. “No, ésa es la cuadrilla del ferrocarril –le responde Jolié–, debe ser que alguna vaca que atropelló el tren está siendo sacada de las vías”.
Creyendo una cosa así, regresan a la casa y le comenta a Yolanda la novedad, quien desea salir muy dispuesta a unírseles y comprobar lo que ocurría. Yolanda se ve entonces sorprendida por la potencia de la luz de la supuesta cuadrilla del ferrocarril, pero resuelve regresar en silencio, pues sus padres dormían, y pedirle a Argentina que cuidara de su niño, porque querían ir hasta las vías pensando que se trataba de un accidente.
Argentina les ruega que no vayan, convencida que se trata de un sabotaje y que estarían colocando algún explosivo en las vías. A raíz de ello, Yolanda habría sacado un revólver Colt 38 que tenía debajo de la cama y una linterna, saliendo al patio con la intención de dirigirse por el camino de acceso a la finca, donde hay un portón.
Cuando las tres se fueron aproximando, notaron una luz verdosa que pensaron se trataría de la luz de posición de la camioneta pick-up que tenía la familia, conducida por un peón, Huanta, y que empleaba para llevar los elementos rurales al pueblo. Dora dice “ahí está Huanta, le voy a abrir el portón”. Casi al decir eso, estaban sobre la tranquera. Yolanda enciende la linterna en dirección a la misma para abrirla, cuando advierten que la camioneta no era tal. La respuesta que se obtiene al pulsar la linterna es un fuerte haz de luz, produciendo tal conmoción que las voltea como un chorro de agua, arrojándolas al suelo. La doméstica, que estaba más adelantada dispuesta a abrir la tranquera, o portón, siente repentinamente una quemazón en el rostro.
Jolié señala: “Nosotras lo único que alcanzamos a ver en ese momento fue la parte de arriba del aparato, metálico, con gajos remachados, dándome la impresión de que era un remache hecho por el hombre, es decir, por las manos humanas. Y de abajo no se podía ver absolutamente nada porque salía niebla, como un humo”.
El aparato descrito por Jolié daba la sensación de balancearse casi a ras del suelo, aunque no se veía nada debido a la abundante niebla, tanta que impregnó los árboles de un fino polvillo.
Más adelante insiste: “Tenía seis gajos y seis tirantes. Ésa fue mi primera impresión. Hecho por la mano del hombre. Los distinguimos cuando encendimos la luz. Después lo vimos más. En esa fracción de segundos fue cuando vimos los gajos”.
La reacción de las mujeres no se hizo esperar. Salieron corriendo, introduciéndose en la casa donde estaba Argentina , la segundogénita, quien a los gritos alertó estar rodeados de platos voladores. Fue entonces cuando desde el interior pudieron notar en el aparato una suerte de serpentina de colores (verde, anaranjado, rojo), a modo de muchas ventanillas, girando velozmente. La testigo calcula que tendría unos ocho o diez metros de diámetro con forma de sopera invertida, aunque lo único que se veía eran las luces y la niebla.
Siguiendo el relato de Jolié, este aparato estuvo allí lanzando haces de luz hacia la casa, sin darse cuenta cómo las lámparas que tenían encendidas iluminaron con tanta intensidad el interior de la vivienda. “Todos los objetos tenían su haz de luz, todos iluminaban como si fueran reflectores que necesitaban analizar la casa como si una inteligencia los estuviera dirigiendo”, según Jolié.
Otro detalle observado a través de la ventana es que de los aparatos situados sobre las vías, fueron lanzadas dos luces por el camino de acceso a la casa, como inspeccionando las tejas. El carácter de las luces era cilíndrico y paralelo, sin penumbras. Fue avanzando hacia la casa, demorando en llegar. “Era una luz dirigida por seres inteligentes, como si una gran ‘aspirina’ avanzara y llegara hasta cierto lugar. Yo llegué a tocarla y querer tomarla, porque era como un tubo”, pero se replegó en ese momento sin sentir nada en especial.
La testigo no puede precisar la cantidad de tubos de luz que salía de cada objeto. Estaba desesperada y sus hijas, aterradas, corrían por las habitaciones. La desesperación del padre, Antonio, por querer abrir la puerta y lanzarse hacia uno de los aparatos, pese a su robustez, era impedida por su familia.
Cuando se puso en movimiento la máquina que se hallaba en el jardín, a pocos metros de la casa, en la oscuridad, lanzó un haz de luz que hizo un giro de 180 grados, dando la impresión de haber sido “una señal de ajuste de cinco aparatos que estaban sobre la vía”.
El pequeño Güilli y los niños de Argentina habían transpirado profusamente, sin despertarse. Hacía un calor insoportable dentro de la casa. Se percibía un leve zumbido, pero con el barullo y la desesperación, no se escuchaba.
Luego de aquel giro del haz luminoso, empezaron a desplazarse todos juntos. “Se alejaron –dice Jolié– respetando los accidentes del terreno, su geografía, en forma rasante”, hasta perderse hacia las Sierras de Medina, situadas al frente de la finca, quedando un fuerte resplandor en el cielo. Como las Sierras son muy altas –deduce–, han tenido que elevarse para sobrepasar esa zona, pero siempre en vuelo rasante.
En ese momento, detrás de la casa, hacia la zona donde hay montes (esto es, en dirección aproximada a San Pedro de Colalao), salió otro aparato más que no había visto hasta entonces, alejándose por un camino lateral a la finca, paulatinamente, iluminando el terreno.
Notó que su hermana Yolanda tenía los cabellos impregnados de una suerte de niebla blanca que le resultó extraña. Luego de lo ocurrido fue a buscar al vecino Acosta, pues su casa está muy cerca de las vías, pero estaba profundamente dormido, al igual que sus perros. Empero, alcanzó a notar el ambiente iluminado.
Posteriormente Jolié pudo comprobar, al igual que los demás, la existencia de algunos residuos, como bolitas que se deshacían en forma de cenizas al presionarlas suavemente.
Al día siguiente, muy temprano, estuvieron periodistas del diario “La Gaceta”, de Tucumán. Según Jolié, quien avisó fue la médico René Vera de Kairuz (ya fallecida, y familiar de las nombradas), del Hospital de Trancas, quien habría visto pasar sobre esa localidad un conjunto numeroso de luces. Fue precisamente ella quien, al otro día, atendió en primer lugar a Dora de las presuntas quemaduras. Su tío, esposo de Vera de Kairuz, luego de una inspección ocular opinó que se trataba de una alergia mutante con una componente nerviosa.
TESTIMONIO DE YOLANDA MORENO EBAICH
Nació: Trancas, provincia de Tucumán, 30 de octubre de 1925.
Estudios: Profesora de inglés y de corte y confección.
El día había transcurrido normalmente. Pasadas las 21 horas los integrantes de la familia Moreno se estaban acostando; algunos leían, descansaban y acomodaban a los niños.
En cierto momento, la doméstica Dora Martina Guzmán apareció en las habitaciones exclamando muy temerosa –tal es su personalidad– que había unas luces afuera cuyo origen desconocía, aunque supone que estarían buscando a alguien. Yolanda cree que podría tratarse de un ómnibus de la empresa donde se desempeña su hermano Antonio, pero ya hacía un par de horas que pasó el último, y le resta importancia al episodio.
Dora lloraba en la cocina e insistía con sus observaciones. Finalmente, Yolanda decide salir de la habitación y dirigirse por detrás de la vivienda pensando que por algún problema vienen a buscar a su hermano, ausente en esos momentos. La puerta del frente se encontraba cerrada siempre por seguridad. Entonces miró hacia las vías, distantes unos 200 metros, notando la presencia de dos luces.
Se veía entre medio de ellas cruzar unos cuerpos de aspecto humano (11, 12 ó 14). Pensó que eran operarios de la cuadrilla ferroviaria, que estarían reparando algún desperfecto vial, de noche, para evitar accidentes. Luego descartó esta posibilidad, sin saber por qué. La noche estaba muy oscura, no había Luna visible y la temperatura era cálida.
“Yo he visto bultos de personas que se cruzaban –dice–, las observé durante más de diez minutos, cuando la muchacha me pidió ir a ver las luces en la vía; caminaban permanentemente, eran como personas normales que las ve a 200 metros. Pensaba que transitaban observando las vías, porque se veía movimiento entre ellas, un andar algo lento, pero sin dificultad”. Alertados por Yolanda, todos pudieron ser testigos de las siluetas.
Habían empezado a transpirar y a toser “como si un humito de azufre nos ahogara”, dice. Afuera escuchaba un “ruido raro, como de un taller, así se escuchaba de los aparatos”, afirma Yolanda. Aunque antes que se hiciera de noche, había empezado a escuchar un sonido semejante a una cedilla oscilante que le llamó la atención, pero como entonces se hablaba de nuevos aviones, pensó que de eso se trataba.
Volvió a la casa y regresó con Dora provista de una linterna grande y un revólver 38 largo (n. del a: el detalle del arma no aparece en ninguna de las versiones de la época, que sólo citan la linterna). Jolié también había salido, pero regresó con miedo pensando que irían a secuestrar a los niños.
Cuando salieron enfocó con linterna y al instante, se sintió enceguecida por las luces. Pero “ningún daño nos han hecho”, aclara. “Cuando alcancé a ver el vehículo y apunté con mi linterna, quedé ciega. Ya no podía caminar porque estaba enceguecida”. Este aparato situado a unos seis u ocho metros, tenía una suerte de ‘torre’ cilíndrica y domo. Parecía no tocar tierra y daba la impresión de tener forma redonda con ventanas, expulsando un vapor que desde el suelo lo tapaba. “Lo grave es que yo le veía remaches”, nos dice Yolanda. “Remaches, remaches. Hecho por humanos que uno dice”. Ningún detalle más pudo observar.
Respecto a las siluetas humanas, más distantes, señala: “Las dejé de ver cuando nos han enceguecido. ¡Qué vamos a ver ya, con los reflectores en los ojos, con la desesperación de todos…!”, exclama.
“Yo también tambaleé al prender la luz y enceguecerme, he tambaleado, como si tuviera un poder; puse la mano en el suelo y me levanté, sin alcanzar a caerme. Dora daba cada grito que pudo haberse revolcado, pero no sé lo que le pasó a ella. No iba a atenderla, yo quería atender a los marcianos”.
En ese estado retornó al interior de la vivienda. Fue entonces cuando se levantaron todos. Su padre Antonio quería salir, pero Jolié y Argentina se esforzaron para disuadirlo. Su madre, Teresa, miraba enceguecida a través de la ventana. La luz daba la impresión de atravesar puertas y paredes. Se trataba de una luz sin amplitud, de aproximadamente un metro de diámetro.
Provenía de todos los objetos. “La luz era muy blanca –indica–, encegueciendo de tanta claridad. No se apreciaban otras coloraciones. Era una flota impresionante, más de siete. Tres próximos a la casa y cuatro en las vías, según alcancé a contar. Era tal la cantidad de luces que quizás había más; tanta iluminación que enceguecía, no se podía ver”.
Yolanda continúa con su exposición: “La temperatura aumentó un poquito. No sé si será por los nervios o por la venida de los platos voladores (…), pero los niños se despertaron por los gritos, la bulla, lloraban y transpiraban al igual que los adultos. Así que sería algo que ocurría realmente en el ambiente”.
Un estado de nervios colectivo se había apoderado de las cinco mujeres. Inclusive, Argentina “le pegó un sopapo a Jolié, algo así, ella sintió un golpe en el rostro; de lo que gritaba le han dado una bofetada”. Mientras tanto, Argentina decía “¡me van a llevar los marcianos al bebé!”; tenía miedo y lloraba por su hija Victita. “Pero ninguna –dice Yolanda– hemos tenido miedo (sic), la verdad. Si hemos vuelto sin llegar al aparato fue por nuestros padres. Ninguno hemos tenido miedo” (sic).
“Yo enfrentaba a mis hermanas, me pedían que no saliera (…) Mi madre lloraba y el papá viejito (fallecidos en 1977 y 1965, respectivamente), pedían que no saliéramos. Y mis hermanas llorando, recriminándome por mis padres. Pero estaban acá, en la propia casa: en la esquina del jardín, en el gallinero, en la esquina del cerco, en las vías”.
Yolanda expresa su extrañeza porque Dora aparece con el rostro enrojecido, a diferencia de los demás. “¿Será porque ella tenía miedo?”, se responde a modo de pregunta. No obstante, Yolanda le aplica una pomada para quemaduras (Pancután). Según Yolanda, la doméstica no fue, al parecer, trasladada en ningún momento al hospital.
Como en varias partes del mundo se hablaba de platos voladores, se dieron cuenta que de eso se trataba.
Antes de irse, todos los aparatos habrían encendido sus reflectores, dando vuelta sobre sí mismos y dirigiéndose al cerro Medina (situado a unos 20-25 kilómetros hacia el este). “Sin dar vuelta el vehículo, los reflectores hicieron un giro y alumbraron todo”, nos refiere Yolanda. “Unas dos horas hemos estado observando el cerro iluminado como una ciudad a lo lejos; como una luz de un vehículo que se va”.
Los artefactos se marcharon en el mismo momento, “como si fuera ordenado por alguien. Alguien mandaba ahí. Se nota –sostiene Yolanda– que uno solo dominaba todo; cuando giró el que estaba al lado de la casa, todos se han movilizado. Han levantado vuelo y seguido en forma rasante todos juntos, pues, imagínese que los cables del ferrocarril Belgrano (que corren paralelos a las vías) apenas los habrían rozado, porque no había nada cortado. El ruido ya no se sentía tampoco”.
Luego se halló “una ceniza blanca” donde estaban los aparatos. Yolanda reconoce que, pese a tener ciertas cualidades parapsíquicas, no intuyó la presencia de aquel fenómeno, ni tuvo sueños alegóricos relacionados con su experiencia.
Consultada sobre sus impresiones acerca de lo observado ese 21 de octubre, señala que “aunque vea yo remaches en las ventanas, es que no son personas de acá, por la precisión del aparato, modo de desplazarse y mantenerse suspendido, marcas, tenga la seguridad que son de otro planeta”.
En una modesta vivienda ubicada detrás de los galpones de la finca, se encontraba el peón Huanca (fallecido en 1986). Sus hijos habían salido. Uno de ellos, “Cucha”, es quien debía llegar en camioneta. Según Yolanda, su padre también observó el fenómeno, pero le manifestó su deseo de no declarar. Junto con el jardinero José Acosta se levantaron ante los gritos de las mujeres, pero afirma que no han salido por temor.
EL TESTIMONIO DE ARGENTINA DE JESÚS MORENO DE CHÁVEZ
Nació: Trancas, provincia de Tucumán, 10 de junio de 1929.
Estudios: Magisterio. Cursó el primer año de Derecho, y abandonó.
Aquel 21 de octubre había viajado de Rosario a San Miguel de Tucumán, y desde allí lo hizo hasta Trancas. Le acompañaban sus dos pequeñas hijas, Victoria y Nancy, estando grávida de su tercera niña, Cristina.
Llegó muy cansada, cenaron a temprana hora algo liviano, y se recostó a leer unas revistas, mientras sus hijas dormían en la misma habitación. De pronto, apareció Dora requiriéndola para ver lo que estaba pasando, pero no le hizo caso, pues estaba interesada en su lectura y cansada. Pero ella insistía, ingresando reiteradas veces en la habitación, a lo que Argentina le respondió que se marchara, pues iría a despertar a sus padres, quienes dormían profundamente desde hacía más de una hora. Dora le explica entonces que Yolanda no sabe qué están haciendo en las vías.
“Yo pensé que iba a ver gente y que habría un vehículo del ferrocarril, porque eso me había dicho Dora: ‘Ahí hay gente que va y viene por las luces de la vía’, dijo. Y le pregunté, ‘¿cuántas personas?’. ‘¡Ah, muchísimas personas –dice Dora–, son como doscientos que van y vienen!, y cree la niña Yolanda que están levantando las vías, haciendo sabotaje’. Ella veía sólo las siluetas –continúa Argentina –, sin poder apreciar detalle alguno; entonces recién me preocupé y me levanté”.
Cuando lo hizo, según la testigo, tanto su hermana como la doméstica se habían ido a sus respectivos dormitorios. Dio la vuelta por detrás de la casa, y al salir observó un fenómeno que no pudo comprender. Muy asustada, retrocedió sin dar las espaldas hasta quedar a resguardo y entró corriendo a los gritos. Despertó a sus padres, y alertó a todos diciendo estar rodeada de platos voladores. “¡Oh, Dios mío!, estos son ovnis, me asusté mucho, quédense todos tranquilos y quietos, nadie salga porque estamos rodeados de platos voladores, les digo”.
Se trata de cinco luces que estaban sobre la tierra. “No sé si estaban apoyados o qué, pero estaban ahí”, señala.
“Cuando salí y me volví, vi uno solo. Pero cuando fui a buscar a mi padre noté que había cinco. Uno al frente, otro estaba para tras en el monte y había tres sobre las vías. Vale decir tres juntos y uno. Ya tras de la casa en el monte, el quinto, que alcancé a ver cuando fui a buscar a mi padre... Ése tiene que haber estado en el aire”. Argentina muestra curiosidad por la intensa oscuridad de la noche, tenebrosa, sin Luna ni viento, ni humedad. “Había una tranquilidad impresionante”.
Durante unos momentos permanecieron en el interior de la finca, hasta que salió el padre al portón, pero con su hija tras él, le tomó firmemente de la mano, mientras observaba con mayor atención, y le pidió regresar, pues tenía angina de pecho. “‘No papi, no sabemos qué es eso, ¿si son de otro planeta?... No sabemos si son buenos o malos’, le dije, volvamos por favor”, y su padre atendió sus ruegos y razones.
Al ingresar nuevamente, Argentina cerró todas las puertas y ventanas, permaneciendo allí, expectantes a lo que ocurría. A través de los postigos observaban el desarrollo de las acciones.
Argentina tuvo la impresión de que había algo descompuesto, pues se escuchaba por momentos una suerte de golpeteo (un ‘trac… tac’). Sostiene la testigo que “era un ruido como de una máquina, un sonido suave: ‘trun-ca-tr’; era como una cosa que daba vueltas, algo así. ¡Era el de una máquina que estaba en funcionamiento! No era ensordecedor y solamente lo hacía el aparato que estaba cerca. No lo hacían los otros, de los que sólo se veían las luces”. Argentina intenta precisar: “Eran luces grandes que se veían de lejos. Luces nada más, blancas”.
En cierto momento, Yolanda salió con la doméstica y desde un artefacto situado más próximo a la vivienda, fueron encandiladas sorpresivamente, recibiendo “un golpe de luz”. Ahí se volvieron corriendo y no salieron. Tenía las luces apagadas y sólo se advertía la forma de unas ventanas de apariencia cuadrangular, oscuras en su interior. No se podía observar si tenía algún tipo de anillo que lo rodeara, u otros colores. “Lo que sí vi –dice la testigo–, era una especie de fuego que uno prende, que arde. De a ratos lo veía y de a ratos no. Eso sí, llegué a ver más llama en los que estaban más distantes”, afirma resueltamente.
“Lo que yo vi –prosigue la testigo– era un aparato. Ahora podría ser un aparato de acá también, pero me dio miedo porque dije ‘¡qué aparato raro está ahí!, ¿quién está usando ese aparato? No sabemos quiénes son”.
Sin embargo, Argentina no sabe precisar la forma que tendría ese artefacto cercano, porque era tanto el vapor blanco que arrojaba por abajo y de a ratos una llama, que no permitía distinguirlo. Lo que notaba estando fuera –insiste– fue “ese ruido como una máquina suave, como un motor; como algo que daba vueltas en aquel momento (‘chiqui-chiqui-chi’, algo así)”, sin lograr acertar con su onomatopeya, aunque advertido por todos los azorados testigos.
Al preguntarle si podría tratarse de un artefacto de manufactura terrestre, Argentina Moreno respondió: “Puede ser. Se ve que era un elemento material. ¡Podría ser!, es muy factible”.
Cuando la luz las envolvió, Dora exclamó: “¡Ay, me quemaron!”, llevándose las manos al rostro. Argentina se asustó, creyendo que efectivamente la habían quemado y le pidió que retirara sus manos para inspeccionar qué tenía, pero la doméstica se negaba y Argentina debió retirárselas. “Entonces le pregunté: ‘¿Me mirás bien, me mirás a mí, sí?, ¿pues qué te pasa?’. ‘Nada’, me responde. ¡Es que el calor le hizo asustar! Se ve que la luz daba mucho calor. Cuando ellos enfocaban se nota que esa luz producía un calor impresionante”. Esto parece haber sido corroborado por su hermana Yolanda. Argentina también afirma que Dora no fue tumbada por la luz, ni tampoco atendida en el hospital por presuntas quemaduras, como indica una versión, aunque había quedado vivamente impresionada.
En esas circunstancias, ninguno de los perros que solían andar sueltos por los patios, en la galería, ladró. Es más, no recuerda haberlos visto. Pero sí escuchó a un animal (vacuno o caballar) que se inquietó, así como las aves del corral, en particular las gallinas, que se despertaron y empezaron a cacarear cuando desde el aparato más cercano se dirigió un haz de luz blanca, sin bifurcación y de unos dos metros de diámetro, hacia el corral. Cuando retiraron la luz, no se las escuchó más. Fue un haz directo, instantáneo, que se mantuvo un rato alumbrando.
“Todas lo vimos, porque estuvimos por las ventanas observando a través del vidrio, ¡y no sé de dónde salió que atravesaban las paredes! ¡No!, no es cierto. Nunca las atravesó”.
-Roberto Banchs: Pero, ¿entonces no se iluminó el interior de la casa, como se dijo?
- Argentina Moreno: Ah, por supuesto, se aclaró cuando vimos eso. El haz de luz fue impresionante. Nosotros teníamos las ventanas vidriadas y por ahí estuvimos observando. De a ratos alumbraban. Será para saber si había… Es cuando resolví que cerraran todo, los postigos. ¡Todo! Pero nunca la luz traspasó las paredes. El calor sí.
Después la familia continuó atisbando, y saliendo, pero Argentina se fue a su dormitorio y de a ratos, entreabriendo las ventanas, observaba el fenómeno esperando que se retirara.
Aunque ese día no había sido caluroso, la temperatura resultó agradable. En cambio, durante el prolongado avistamiento –según relata– parece haber sido muy elevada, pues las criaturas estaban transpiradas. Argentina reconoce no haberse percatado por sí misma del aumento térmico, debido al estado de nervios y temor que la embargaba, pero lo advirtió al ver que los pequeños transpiraban profusamente. Les secaba las cabezas y les mudaba de ropa, cuando sus hermanas exclamaron: “¡Bueno, se han ido!”. Entonces les pidió que se quedaran tranquilas, pues ya no tenían por qué temer. Los niños habían dejado de transpirar y continuaron durmiendo apaciblemente. Algo que la testigo no pudo hacer durante una semana después del acontecimiento.
Desde que vio el reloj hasta que desaparecieron pasaron 40 minutos, aunque supone que pudieron haber estado desde hacía más tiempo. No sabe cómo se alejaron, porque simplemente no los observó, pero pudo comprobar que después “quedó todo tranquilo, nos tranquilizamos todos y así pasó”.
Una vez que se marcharon, Jolié, Yolanda y Dora decidieron salir en dirección a las vías, notando una suerte de ligera neblina flotando baja en el lugar y un olor raro en el ambiente. Menos animada, Argentina dispuso permanecer en la casa, al cuidado de sus padres y niños, mientras que en los fondos de la finca dos familias de peones que habitan allí dicen no haber visto ni escuchado nada.
“Lo que vi me impactó muchísimo –nos comenta Argentina –, y ahí nació mi curiosidad por saber qué pasa con esto. Y me preocupa mucho. Como yo lo he mirado en ese momento, dije ‘ese aparato está hecho acá, y de alguna potencia’. Cuando lo vi pensé que nos podía pasar algo porque habíamos visto un aparato de alguna potencia extranjera, que nos podría causar daño, a la familia (2). Eso pensé primero. Después me puse a analizar cómo esa luz, y cómo el calor, y por qué esa noche estaba tan tenebrosa, y por qué no vinieron otra noche clara. Y así empecé a analizar esas cosas”. También reconoce haber leído por ese entonces de otras experiencias similares ocurridas en el país (por ejemplo, el caso de Monte Maíz, Córdoba, el 11/12 de ese mismo mes) y en el extranjero.
“Todos quedamos de acuerdo en no contarlo a nadie –señala–, porque era una cosa muy rara. Mi hermana ‘Porota’ (Jolié) envió por la mañana un telegrama, alegando que tenía miedo de dormirse. Hizo un telegrama por ferrocarril a mi hermano, el abogado (Antonio), que estaba en Tucumán. El ferrocarril lo pasó –como es su modalidad– de estación en estación. Cuando el telegrama llegó a la ciudad, medio mundo ya conocía la noticia. ¡Mi hermano se enteró antes que le llegara el telegrama a su casa! Supe que iría a tener problemas, y así fue”.
------------------------------------------------------------
De esta forma concluya la parte testimonial del informe Trancas. El informe continua con el analisis de las pruebas e hipotesis, decidi obviar esa parte y pasar directamente al veredicto o RESULTADO del analisis; es el siguiente
ANALISIS FINAL
Sin poner en duda la buena fe de las testigos, quienes generosamente accedieron a ser entrevistadas, debemos señalar algunas inconsistencias y contradicciones, resultado de la crisis de la que han sido víctimas, el modo en que cada una percibió el fenómeno y fue elaborándolo en estos años. Lo singular es que se trató de una experiencia múltiple y fuertemente emocional.
Es así como la protagonista principal y habitual vocero del caso, Jolié, muestra en los relatos un intento –no deliberado– de fascinación, conforme a su personalidad. Abunda en detalles fantásticos, exponiendo el episodio con aparente coherencia y pulcritud. Yolanda lo hace en forma desordenada, sincera y simple, con matices intuitivos. El testimonio de Argentina se destaca por su prudencia y realismo, pese a ser bastante impresionable. En todas se advierte el haber sido protagonistas de un hecho inaudito, para el cual no cupo explicación alguna, dejando entrever a las claras una fuerte y significativa impregnación emocional y afectiva.
La investigación estuvo focalizada en los siguientes aspectos: a) Características del artefacto más cercano a la casa; b) Procedencia del conjunto de luces sobre las vías; c) Naturaleza de los haces luminosos; d) Aumento térmico experimentado por los testigos; e) Residuos carbonatados hallados en los lugares donde estaban los ovnis; y f) Observación de ocupantes de apariencia antropomorfa en torno a las luces. Estos son, a fin de cuentas, los aspectos más salientes y controvertidos del consagrado episodio.
Ahora bien, intentando dilucidar los citados aspectos del caso, pudimos hallar que apenas unos días antes se había iniciado el lento desplazamiento de tropas hacia el norte argentino, cuyo paso obligado de numerosos contingentes militares al lugar de operaciones ha sido, ni más ni menos, Trancas, a 200 metros de la finca. Como dato curioso, esta operación jamás fue consignada por investigador alguno.
Durante esa histórica jornada ufológica, se produjo un inusitado movimiento de tropas durante todo el día, antes y después de los sucesos narrados, hasta la madrugada. Aún más, los mismos maridos de Jolié y Argentina (escépticos de la procedencia extraterrestre de los fenómenos descritos) pasaron frente a la finca en un tren especial con tropas, horas más tarde.
Mencionemos otro aspecto de interés, recordando las características del artefacto más próximo a la vivienda: apariencia metálica, domo, gajos y remaches grandes en su superficie, y sonido de motor. Podríase convenir que se trata de un vehículo blindado, cuya procedencia terrestre no escapa a ser considerada.
El mismo guarda gran semejanza con un vehículo a oruga (tipo Carrier, de exploración) o de doble tracción, capaz de atravesar un escarpado terreno. Seguramente, como aquellos empleados por el Ejército y que durante esos días estuvieron transitando en las cercanías de la finca.
Ese artefacto despedía, además, un espeso gas blancuzco o neblina desde su parte inferior, que les impedía apreciar si estaba suspendido en el aire o apoyado en tierra. Después de permanecer 40 minutos en el lugar, según Jolié, “se alejaron respetando los accidentes del terreno, su geografía, en forma rasante”, compartiendo la impresión de Yolanda (pues Argentina no alcanzó a verlos partir). Las testigos sólo presumen que debieron elevarse, debido a lo accidentado del terreno. Lo cierto es que –de haber levantado vuelo– probablemente se hubieran llevado por delante el tendido de cables que se extienden paralelos a las vías del ferrocarril, sujetos a los postes.
Otro dato que permite esclarecer la posición de ese objeto respecto al suelo, lo hallamos en el informe OVNI de la Armada (“Anexo, ítem 2”): “Como rastros donde había estado el ovni, quedó la plantación de lechuga como aplastada. La marca sobre la plantación no ofrecía aspecto de quemadura”.
En cuanto a las luces sobre las vías –ubicadas en un terraplén elevado–, las testigos juzgan, en este caso, que podrían haber estado apoyadas sobre las mismas.
Sería atinado pensar que, ante la incipiente guerrilla rural (recordar los episodios tucumanos de Taco Ralo), se hayan tomado ciertas previsiones sin aviso, frente a la eventual posibilidad de un atentado (recordar también la hipótesis del sabotaje sugerida por las hermanas Moreno), ya que era casi permanente el paso de trenes con tropas rumbo al norte. Una sigilosa inspección de seguridad del tendido ferroviario y de las inmediaciones no está fuera de lógica. Aún más, la misma fue parcialmente confirmada.
Las vías del ferrocarril están situadas, como se indicó, a unos 200 metros de la vivienda y algo menos de la tranquera. Desde allí se observaron focos de luz, reflectores. Nunca objetos sólidos o formas luminosas discoidales. Los difundidos croquis o dibujos de Jolié no se condicen con sus propias palabras, ni con las de sus hermanas, logrando inducir la creencia que tenían forma de “platos”. Todas las declaraciones de las testigos coinciden en este punto: Sólo veían focos de luz y siluetas antropomorfas moviéndose de un lado a otro, sin definición posible. No podían distinguir más. Esas luces eran precisamente lo que describen: reflectores.
Sus cualidades parecen indicar que se trata de reflectores de arco voltaico (tipo Sperry, o similar), usados en esa época por el Ejército, cuyo funcionamiento produce la acumulación de polvo de carbón y otros residuos, que son desprendidos al exterior en forma de carbonatos. Los mismos que fueron hallados en Trancas.
Es congruente, pues, que las siluetas antropomorfas correspondan a un grupo de soldados que –a varios cientos de metros de los Moreno– los maniobraban en la oscura noche.
En conclusión, deviniendo de los hechos presentados y su minucioso análisis, estimamos que la hipótesis más satisfactoria para la incógnita planteada por los fenómenos de Trancas, es la de movimiento de soldados, provistos de reflectores, en un operativo de seguridad por la zona.
Mentira o verdad encubierta? Lo dejo a su criterio
El 21 de octubre de 1963,en Villa de Trancas, provincia de Tucumán, se producía uno de los hitos más importantes en la historia de los no identificados. Se trataba de un episodio que ha sido considerado como “un caso inatacable (y) una prueba irrefutable” dentro del voluminoso y extraño legajo de los OVNIS. “Quizás –también se ha dicho– uno de los hechos más excepcionales del historial del problema ovni”, debido a la cantidad y calidad testimonial, la prolongada visualización y el hallazgo de residuos físicos en el área, constituyendo “la más poderosa evidencia” a favor de los fenómenos inusuales. Desde entonces, el caso Trancas se convirtió en un “superclásico de la ufología mundial”.
El presente informe consiste en un detenido y pormenorizado análisis de la investigación iniciada en septiembre de 1971 y retomada en profundidad en mayo de 1987, a través de numerosísimas entrevistas y cuidadosos diligenciamientos. Para tal propósito, se han confrontado los testimonios actuales con los ofrecidos en aquella época, a través de la primera versión ofrecida por los periodistas del diario “La Gaceta” de Tucumán, Arturo Álvarez Sosa y Ventura Murga, seguida por las del escritor Eduardo A. Azcuy unos días después, del capitán de fragata Omar R. Pagani al año siguiente, y la de Óscar A. Galíndez lograda a siete años de producido el episodio.
Asimismo recurrimos a documentos no susceptibles a deformación alguna, como los registros meteorológicos que nos suministró para esa hora y lugar la Fuerza Aérea, el informe del análisis químico de la Universidad de Tucumán, la compulsa histórica de los periódicos de la época referidos a acontecimientos simultáneos a la observación de Trancas, especificaciones técnicas de la Secretaría de Guerra, y otros de carácter objetivo. Todo esto para disponer de datos confiables y fácilmente verificables.
UNA SÍNTESIS DEL CASO TRANCAS
El lunes 21 de octubre de 1963, Argentina (28) y Jolié (21) Moreno llegaron con sus pequeños hijos Victoria, Nancy y Guillermo, de Rosario, provincia de Santa Fe –donde residían– a San Miguel de Tucumán, y de ahí hasta la finca “Santa Teresa” en Villa de Trancas, donde se reunirían con sus padres, Antonio (72) y Teresa (63), y su otra hermana, Yolanda (30). Un motivo de esta visita era que sus maridos, ambos oficiales del Ejército, debían participar en unas importantes maniobras militares previstas para esos días, y en la madrugada partirían en tren desde Tucumán a Salta, pasando por Trancas.
Cenaron muy temprano y, exhaustos por el viaje, todos se fueron a descansar a sus habitaciones. Cerca de las 21 horas, la doméstica Dora Guzmán (15), que se hallaba en los fondos de la vivienda, aparece una y otra vez insistiendo en que veía luces sobre el terraplén del ferrocarril, situado a 200 metros al frente de la finca. Los padres dormían, Argentina seguía atenta a su lectura y Jolié le restó importancia, pues debía darle el biberón a Guillermo, de cuatro meses. Yolanda, en tanto, pensó al escucharla que sería un ómnibus.
Finalmente, Dora persuade a las hermanas para verificar las “luces raras” que estaba viendo. Se trataba de un conjunto de cinco luces, distantes entre sí a no menos de 100 metros, tres al frente y dos un poco más al norte (noreste). Se encendían y apagaban con cierta intermitencia, arrojando haces lumínicos en distintas direcciones, iluminando incluso la finca (vivienda, gallinero). No tenían forma discernible, presentando el aspecto de focos de luz. Las asustadas mujeres sospecharon que podría tratarse de un accidente ferroviario (es frecuente que el tren se lleve por delante algún vacuno), o que podría ser una escuadrilla de operarios reparando las vías, pues a unos 500 metros, o más, hacia el norte, visualizaron unas siluetas humanas desplazándose en torno a los reflectores.
El temor fue mayúsculo cuando Yolanda apunta la posibilidad de que podrían ser guerrilleros haciendo un sabotaje (levantando las vías o colocando una bomba), recordando los episodios de la incipiente guerrilla rural de Taco Ralo, al sur de Tucumán, hacia fines de 1962. Es que los maridos de Argentina y Jolié pasarían por allí en cuestión de horas en un tren militar y, además, ellas se encontraban solas, su padre enfermo y sus pequeños hijos desprotegidos. En busca de otra explicación, una de las hermanas recordó haber leído que en varias partes del mundo se habían visto platos voladores, y especialmente el caso del camionero Douglas (quien días antes –en Monte Maíz– había visto un aparato con varios seres que lo habrían quemado con un fino haz de luz), sugiriendo la posibilidad que fueran esas naves.
Entre corridas y encierros, deciden salir para observar mejor, cuando ven una tenue luminosidad verdosa y, pensando que era la camioneta conducida por un peón que trabaja en la finca, van hacia la tranquera.
De pronto, a unos ocho metros de ellas, se encendió una luz que las encandiló, pudiendo notar por un instante que había un aparato de unos 8 x 3 metros, provisto de una torreta, y con gajos y grandes remaches dispuestos en su superficie. El impacto fue tal, que Yolanda trastabilló, tropezó, y en segundos estaban refugiadas nuevamente en la casa. La doméstica, de 15 años, entró exclamando que la habían quemado, pero Argentina y Yolanda comprobaron que sólo estaba asustada. A estas alturas todos estaban levantados. El padre intentando salir, era retenido presa de nervios por sus hijas, pues se hallaba enfermo. Con las puertas trancadas, desde la ventana (los postigos cerrados y por veces entreabiertos), atisbaban el fenómeno. Una de las jóvenes mujeres creyó que los haces de luz atravesaban las paredes, pero otra sostuvo que lo hacían a través de las rendijas. La misma creyó que los haces se extendían y retraían a voluntad, pero resultó que por momentos lo hacían a ras del suelo.
La situación era desesperante. La madre oraba, la doméstica lloraba, las hermanas gritaban y corrían de una habitación a otra, siguiendo las alternativas. Los testigos notaron el ambiente pesado, caluroso. Ese objeto más cercano (‘F’) emitía un ruido de máquina en funcionamiento, pero ya sólo veían de él un espeso y creciente vapor y unas luces, que parecían recortar seis ventanas, impidiéndoles apreciar si se hallaba suspendido a corta altura o posado en tierra (con posterioridad se encontraron allí los vegetales presuntamente aplastados).
Transcurrieron 40 minutos, hasta que el objeto ‘F’ –que les parecía comandar las acciones– se desplazó hacia el este y los demás, siempre en forma rasante, hicieron lo mismo, hasta desaparecer en dirección de las Sierras de Medina, distantes a 20-25 kilómetros.
Luego, corrieron hacia los vecinos para avisarles del acontecimiento, pero son muy pocos los que vieron algo. El vecino lindero Francisco Tropiano alcanzó a ver pasadas las 22 horas muy iluminado el sector este del lugar, al frente de su finca.
Nadie durmió esa noche en lo de Moreno. Por la mañana Jolié fue a la estación ferroviaria rogando enviar un telegrama a su hermano Antonio (h), que vive en S. M. de Tucumán, a raíz del episodio. Cuando recibió el mensaje –debido al procedimiento–, ya lo sabía gran cantidad de personas. Incluido el periodismo, que pronto se hizo presente. Luego, se solicitó la intervención de la policía, labrando un acta, custodiando el lugar durante días sin novedades, y requiriendo al Instituto de Ingeniería Química de la Universidad de Tucumán que examinara el polvillo blanco hallado en el sitio donde fueron observadas las luces, resultando ser carbonato de calcio con impurezas de carbonato de potasio.
Hasta aquí, una apretada síntesis del clamoroso encuentro. A fin de dar precisión al episodio, seguidamente, incluimos las respectivas versiones de las hermanas Moreno.
TESTIMONIO DE JOLIÉ DEL VALLE MORENO DE COLOTTI
Nació: Trancas, provincia de Tucumán, 17 de abril de 1940.
Estudios: Secundarios en el Colegio Sagrado Corazón hasta tercer año, luego Liceo de Señoritas R. Escalada de S. M.
Jolié había decidido con su hermana Argentina ir a descansar unos días al campo, a la finca Santa Teresa, que sus padres poseen en la localidad tucumana de Trancas, al norte de la provincia. Así que viajó desde Rosario, SF, donde estaba residiendo, junto con su hermana, los dos pequeños hijos de ésta y el suyo, Guillermo, de apenas cuatro meses. Arribaron a S. M. de Tucumán el día 21, y desde allí se trasladaron a la finca en automóvil, en compañía de sus padres, Antonio Moreno (72) y Teresa Kairuz de Moreno (63).
Al atardecer no les fue posible poner en funcionamiento el equipo de luz, pues el motor a gasoil del tambo (instalado cinco años antes) se encontraba averiado, y ninguna conocía el sistema. Cenaron temprano y se fueron a descansar, después de un día agotador, cada una con su lámpara para leer un rato antes de dormir. Sin embargo, Jolié debía quedar despierta porque su hijo tenía que tomar el biberón a las 21 horas.
Momentos después, aparece la mucama Dora Guzmán diciendo que no iría a lavar la vajilla esa noche porque tenía miedo. Su otra hermana, Yolanda Moreno, le inquiere a la empleada doméstica cómo era posible si se ha criado en el campo, a lo que Dora le replica afirmando que hay luces raras. Pero nadie le dio importancia. Unos 20 minutos después regresó decidida a dejar la cocina como estaba y manifestando su deseo de irse a dormir a las habitaciones de la familia, porque tenía miedo. En tales circunstancias, Jolié opta por salir a ver qué pasa, pero nada ocurre. De modo que entra a la vivienda, prepara y le da el biberón a su bebé, quien continúa durmiendo. Al momento Dora retorna desesperada, expresando que las luces eran ahora mucho más intensas. Nuevamente se levantó tomando un abrigo con la intención de permanecer un rato afuera y ver qué ocurría en las vías del ferrocarril, las cuales estaban rodeadas de moreras y gran cantidad de arbustos.
Era una noche algo fresca y sumamente oscura. No veía nada inusual, cuando de pronto advierte sobre las vías como un tubo de luz fluorescente por donde transitan “personas”. A la distancia sólo nota las siluetas de gente que camina, siluetas de semejanza humana. Diez o 20. “Parecía gente que caminaba a paso normal, simplemente. Era como ver gente maniobrando en algo, caminando, a 200 metros, justo al frente, como si se desplazara dentro de la luz; se veían siluetas nada más”, afirma Jolié.
Piensa de inmediato que esas eran las luces vistas por Dora, pero la doméstica le expresa que había visto otras. “No, ésa es la cuadrilla del ferrocarril –le responde Jolié–, debe ser que alguna vaca que atropelló el tren está siendo sacada de las vías”.
Creyendo una cosa así, regresan a la casa y le comenta a Yolanda la novedad, quien desea salir muy dispuesta a unírseles y comprobar lo que ocurría. Yolanda se ve entonces sorprendida por la potencia de la luz de la supuesta cuadrilla del ferrocarril, pero resuelve regresar en silencio, pues sus padres dormían, y pedirle a Argentina que cuidara de su niño, porque querían ir hasta las vías pensando que se trataba de un accidente.
Argentina les ruega que no vayan, convencida que se trata de un sabotaje y que estarían colocando algún explosivo en las vías. A raíz de ello, Yolanda habría sacado un revólver Colt 38 que tenía debajo de la cama y una linterna, saliendo al patio con la intención de dirigirse por el camino de acceso a la finca, donde hay un portón.
Cuando las tres se fueron aproximando, notaron una luz verdosa que pensaron se trataría de la luz de posición de la camioneta pick-up que tenía la familia, conducida por un peón, Huanta, y que empleaba para llevar los elementos rurales al pueblo. Dora dice “ahí está Huanta, le voy a abrir el portón”. Casi al decir eso, estaban sobre la tranquera. Yolanda enciende la linterna en dirección a la misma para abrirla, cuando advierten que la camioneta no era tal. La respuesta que se obtiene al pulsar la linterna es un fuerte haz de luz, produciendo tal conmoción que las voltea como un chorro de agua, arrojándolas al suelo. La doméstica, que estaba más adelantada dispuesta a abrir la tranquera, o portón, siente repentinamente una quemazón en el rostro.
Jolié señala: “Nosotras lo único que alcanzamos a ver en ese momento fue la parte de arriba del aparato, metálico, con gajos remachados, dándome la impresión de que era un remache hecho por el hombre, es decir, por las manos humanas. Y de abajo no se podía ver absolutamente nada porque salía niebla, como un humo”.
El aparato descrito por Jolié daba la sensación de balancearse casi a ras del suelo, aunque no se veía nada debido a la abundante niebla, tanta que impregnó los árboles de un fino polvillo.
Más adelante insiste: “Tenía seis gajos y seis tirantes. Ésa fue mi primera impresión. Hecho por la mano del hombre. Los distinguimos cuando encendimos la luz. Después lo vimos más. En esa fracción de segundos fue cuando vimos los gajos”.
La reacción de las mujeres no se hizo esperar. Salieron corriendo, introduciéndose en la casa donde estaba Argentina , la segundogénita, quien a los gritos alertó estar rodeados de platos voladores. Fue entonces cuando desde el interior pudieron notar en el aparato una suerte de serpentina de colores (verde, anaranjado, rojo), a modo de muchas ventanillas, girando velozmente. La testigo calcula que tendría unos ocho o diez metros de diámetro con forma de sopera invertida, aunque lo único que se veía eran las luces y la niebla.
Siguiendo el relato de Jolié, este aparato estuvo allí lanzando haces de luz hacia la casa, sin darse cuenta cómo las lámparas que tenían encendidas iluminaron con tanta intensidad el interior de la vivienda. “Todos los objetos tenían su haz de luz, todos iluminaban como si fueran reflectores que necesitaban analizar la casa como si una inteligencia los estuviera dirigiendo”, según Jolié.
Otro detalle observado a través de la ventana es que de los aparatos situados sobre las vías, fueron lanzadas dos luces por el camino de acceso a la casa, como inspeccionando las tejas. El carácter de las luces era cilíndrico y paralelo, sin penumbras. Fue avanzando hacia la casa, demorando en llegar. “Era una luz dirigida por seres inteligentes, como si una gran ‘aspirina’ avanzara y llegara hasta cierto lugar. Yo llegué a tocarla y querer tomarla, porque era como un tubo”, pero se replegó en ese momento sin sentir nada en especial.
La testigo no puede precisar la cantidad de tubos de luz que salía de cada objeto. Estaba desesperada y sus hijas, aterradas, corrían por las habitaciones. La desesperación del padre, Antonio, por querer abrir la puerta y lanzarse hacia uno de los aparatos, pese a su robustez, era impedida por su familia.
Cuando se puso en movimiento la máquina que se hallaba en el jardín, a pocos metros de la casa, en la oscuridad, lanzó un haz de luz que hizo un giro de 180 grados, dando la impresión de haber sido “una señal de ajuste de cinco aparatos que estaban sobre la vía”.
El pequeño Güilli y los niños de Argentina habían transpirado profusamente, sin despertarse. Hacía un calor insoportable dentro de la casa. Se percibía un leve zumbido, pero con el barullo y la desesperación, no se escuchaba.
Luego de aquel giro del haz luminoso, empezaron a desplazarse todos juntos. “Se alejaron –dice Jolié– respetando los accidentes del terreno, su geografía, en forma rasante”, hasta perderse hacia las Sierras de Medina, situadas al frente de la finca, quedando un fuerte resplandor en el cielo. Como las Sierras son muy altas –deduce–, han tenido que elevarse para sobrepasar esa zona, pero siempre en vuelo rasante.
En ese momento, detrás de la casa, hacia la zona donde hay montes (esto es, en dirección aproximada a San Pedro de Colalao), salió otro aparato más que no había visto hasta entonces, alejándose por un camino lateral a la finca, paulatinamente, iluminando el terreno.
Notó que su hermana Yolanda tenía los cabellos impregnados de una suerte de niebla blanca que le resultó extraña. Luego de lo ocurrido fue a buscar al vecino Acosta, pues su casa está muy cerca de las vías, pero estaba profundamente dormido, al igual que sus perros. Empero, alcanzó a notar el ambiente iluminado.
Posteriormente Jolié pudo comprobar, al igual que los demás, la existencia de algunos residuos, como bolitas que se deshacían en forma de cenizas al presionarlas suavemente.
Al día siguiente, muy temprano, estuvieron periodistas del diario “La Gaceta”, de Tucumán. Según Jolié, quien avisó fue la médico René Vera de Kairuz (ya fallecida, y familiar de las nombradas), del Hospital de Trancas, quien habría visto pasar sobre esa localidad un conjunto numeroso de luces. Fue precisamente ella quien, al otro día, atendió en primer lugar a Dora de las presuntas quemaduras. Su tío, esposo de Vera de Kairuz, luego de una inspección ocular opinó que se trataba de una alergia mutante con una componente nerviosa.
TESTIMONIO DE YOLANDA MORENO EBAICH
Nació: Trancas, provincia de Tucumán, 30 de octubre de 1925.
Estudios: Profesora de inglés y de corte y confección.
El día había transcurrido normalmente. Pasadas las 21 horas los integrantes de la familia Moreno se estaban acostando; algunos leían, descansaban y acomodaban a los niños.
En cierto momento, la doméstica Dora Martina Guzmán apareció en las habitaciones exclamando muy temerosa –tal es su personalidad– que había unas luces afuera cuyo origen desconocía, aunque supone que estarían buscando a alguien. Yolanda cree que podría tratarse de un ómnibus de la empresa donde se desempeña su hermano Antonio, pero ya hacía un par de horas que pasó el último, y le resta importancia al episodio.
Dora lloraba en la cocina e insistía con sus observaciones. Finalmente, Yolanda decide salir de la habitación y dirigirse por detrás de la vivienda pensando que por algún problema vienen a buscar a su hermano, ausente en esos momentos. La puerta del frente se encontraba cerrada siempre por seguridad. Entonces miró hacia las vías, distantes unos 200 metros, notando la presencia de dos luces.
Se veía entre medio de ellas cruzar unos cuerpos de aspecto humano (11, 12 ó 14). Pensó que eran operarios de la cuadrilla ferroviaria, que estarían reparando algún desperfecto vial, de noche, para evitar accidentes. Luego descartó esta posibilidad, sin saber por qué. La noche estaba muy oscura, no había Luna visible y la temperatura era cálida.
“Yo he visto bultos de personas que se cruzaban –dice–, las observé durante más de diez minutos, cuando la muchacha me pidió ir a ver las luces en la vía; caminaban permanentemente, eran como personas normales que las ve a 200 metros. Pensaba que transitaban observando las vías, porque se veía movimiento entre ellas, un andar algo lento, pero sin dificultad”. Alertados por Yolanda, todos pudieron ser testigos de las siluetas.
Habían empezado a transpirar y a toser “como si un humito de azufre nos ahogara”, dice. Afuera escuchaba un “ruido raro, como de un taller, así se escuchaba de los aparatos”, afirma Yolanda. Aunque antes que se hiciera de noche, había empezado a escuchar un sonido semejante a una cedilla oscilante que le llamó la atención, pero como entonces se hablaba de nuevos aviones, pensó que de eso se trataba.
Volvió a la casa y regresó con Dora provista de una linterna grande y un revólver 38 largo (n. del a: el detalle del arma no aparece en ninguna de las versiones de la época, que sólo citan la linterna). Jolié también había salido, pero regresó con miedo pensando que irían a secuestrar a los niños.
Cuando salieron enfocó con linterna y al instante, se sintió enceguecida por las luces. Pero “ningún daño nos han hecho”, aclara. “Cuando alcancé a ver el vehículo y apunté con mi linterna, quedé ciega. Ya no podía caminar porque estaba enceguecida”. Este aparato situado a unos seis u ocho metros, tenía una suerte de ‘torre’ cilíndrica y domo. Parecía no tocar tierra y daba la impresión de tener forma redonda con ventanas, expulsando un vapor que desde el suelo lo tapaba. “Lo grave es que yo le veía remaches”, nos dice Yolanda. “Remaches, remaches. Hecho por humanos que uno dice”. Ningún detalle más pudo observar.
Respecto a las siluetas humanas, más distantes, señala: “Las dejé de ver cuando nos han enceguecido. ¡Qué vamos a ver ya, con los reflectores en los ojos, con la desesperación de todos…!”, exclama.
“Yo también tambaleé al prender la luz y enceguecerme, he tambaleado, como si tuviera un poder; puse la mano en el suelo y me levanté, sin alcanzar a caerme. Dora daba cada grito que pudo haberse revolcado, pero no sé lo que le pasó a ella. No iba a atenderla, yo quería atender a los marcianos”.
En ese estado retornó al interior de la vivienda. Fue entonces cuando se levantaron todos. Su padre Antonio quería salir, pero Jolié y Argentina se esforzaron para disuadirlo. Su madre, Teresa, miraba enceguecida a través de la ventana. La luz daba la impresión de atravesar puertas y paredes. Se trataba de una luz sin amplitud, de aproximadamente un metro de diámetro.
Provenía de todos los objetos. “La luz era muy blanca –indica–, encegueciendo de tanta claridad. No se apreciaban otras coloraciones. Era una flota impresionante, más de siete. Tres próximos a la casa y cuatro en las vías, según alcancé a contar. Era tal la cantidad de luces que quizás había más; tanta iluminación que enceguecía, no se podía ver”.
Yolanda continúa con su exposición: “La temperatura aumentó un poquito. No sé si será por los nervios o por la venida de los platos voladores (…), pero los niños se despertaron por los gritos, la bulla, lloraban y transpiraban al igual que los adultos. Así que sería algo que ocurría realmente en el ambiente”.
Un estado de nervios colectivo se había apoderado de las cinco mujeres. Inclusive, Argentina “le pegó un sopapo a Jolié, algo así, ella sintió un golpe en el rostro; de lo que gritaba le han dado una bofetada”. Mientras tanto, Argentina decía “¡me van a llevar los marcianos al bebé!”; tenía miedo y lloraba por su hija Victita. “Pero ninguna –dice Yolanda– hemos tenido miedo (sic), la verdad. Si hemos vuelto sin llegar al aparato fue por nuestros padres. Ninguno hemos tenido miedo” (sic).
“Yo enfrentaba a mis hermanas, me pedían que no saliera (…) Mi madre lloraba y el papá viejito (fallecidos en 1977 y 1965, respectivamente), pedían que no saliéramos. Y mis hermanas llorando, recriminándome por mis padres. Pero estaban acá, en la propia casa: en la esquina del jardín, en el gallinero, en la esquina del cerco, en las vías”.
Yolanda expresa su extrañeza porque Dora aparece con el rostro enrojecido, a diferencia de los demás. “¿Será porque ella tenía miedo?”, se responde a modo de pregunta. No obstante, Yolanda le aplica una pomada para quemaduras (Pancután). Según Yolanda, la doméstica no fue, al parecer, trasladada en ningún momento al hospital.
Como en varias partes del mundo se hablaba de platos voladores, se dieron cuenta que de eso se trataba.
Antes de irse, todos los aparatos habrían encendido sus reflectores, dando vuelta sobre sí mismos y dirigiéndose al cerro Medina (situado a unos 20-25 kilómetros hacia el este). “Sin dar vuelta el vehículo, los reflectores hicieron un giro y alumbraron todo”, nos refiere Yolanda. “Unas dos horas hemos estado observando el cerro iluminado como una ciudad a lo lejos; como una luz de un vehículo que se va”.
Los artefactos se marcharon en el mismo momento, “como si fuera ordenado por alguien. Alguien mandaba ahí. Se nota –sostiene Yolanda– que uno solo dominaba todo; cuando giró el que estaba al lado de la casa, todos se han movilizado. Han levantado vuelo y seguido en forma rasante todos juntos, pues, imagínese que los cables del ferrocarril Belgrano (que corren paralelos a las vías) apenas los habrían rozado, porque no había nada cortado. El ruido ya no se sentía tampoco”.
Luego se halló “una ceniza blanca” donde estaban los aparatos. Yolanda reconoce que, pese a tener ciertas cualidades parapsíquicas, no intuyó la presencia de aquel fenómeno, ni tuvo sueños alegóricos relacionados con su experiencia.
Consultada sobre sus impresiones acerca de lo observado ese 21 de octubre, señala que “aunque vea yo remaches en las ventanas, es que no son personas de acá, por la precisión del aparato, modo de desplazarse y mantenerse suspendido, marcas, tenga la seguridad que son de otro planeta”.
En una modesta vivienda ubicada detrás de los galpones de la finca, se encontraba el peón Huanca (fallecido en 1986). Sus hijos habían salido. Uno de ellos, “Cucha”, es quien debía llegar en camioneta. Según Yolanda, su padre también observó el fenómeno, pero le manifestó su deseo de no declarar. Junto con el jardinero José Acosta se levantaron ante los gritos de las mujeres, pero afirma que no han salido por temor.
EL TESTIMONIO DE ARGENTINA DE JESÚS MORENO DE CHÁVEZ
Nació: Trancas, provincia de Tucumán, 10 de junio de 1929.
Estudios: Magisterio. Cursó el primer año de Derecho, y abandonó.
Aquel 21 de octubre había viajado de Rosario a San Miguel de Tucumán, y desde allí lo hizo hasta Trancas. Le acompañaban sus dos pequeñas hijas, Victoria y Nancy, estando grávida de su tercera niña, Cristina.
Llegó muy cansada, cenaron a temprana hora algo liviano, y se recostó a leer unas revistas, mientras sus hijas dormían en la misma habitación. De pronto, apareció Dora requiriéndola para ver lo que estaba pasando, pero no le hizo caso, pues estaba interesada en su lectura y cansada. Pero ella insistía, ingresando reiteradas veces en la habitación, a lo que Argentina le respondió que se marchara, pues iría a despertar a sus padres, quienes dormían profundamente desde hacía más de una hora. Dora le explica entonces que Yolanda no sabe qué están haciendo en las vías.
“Yo pensé que iba a ver gente y que habría un vehículo del ferrocarril, porque eso me había dicho Dora: ‘Ahí hay gente que va y viene por las luces de la vía’, dijo. Y le pregunté, ‘¿cuántas personas?’. ‘¡Ah, muchísimas personas –dice Dora–, son como doscientos que van y vienen!, y cree la niña Yolanda que están levantando las vías, haciendo sabotaje’. Ella veía sólo las siluetas –continúa Argentina –, sin poder apreciar detalle alguno; entonces recién me preocupé y me levanté”.
Cuando lo hizo, según la testigo, tanto su hermana como la doméstica se habían ido a sus respectivos dormitorios. Dio la vuelta por detrás de la casa, y al salir observó un fenómeno que no pudo comprender. Muy asustada, retrocedió sin dar las espaldas hasta quedar a resguardo y entró corriendo a los gritos. Despertó a sus padres, y alertó a todos diciendo estar rodeada de platos voladores. “¡Oh, Dios mío!, estos son ovnis, me asusté mucho, quédense todos tranquilos y quietos, nadie salga porque estamos rodeados de platos voladores, les digo”.
Se trata de cinco luces que estaban sobre la tierra. “No sé si estaban apoyados o qué, pero estaban ahí”, señala.
“Cuando salí y me volví, vi uno solo. Pero cuando fui a buscar a mi padre noté que había cinco. Uno al frente, otro estaba para tras en el monte y había tres sobre las vías. Vale decir tres juntos y uno. Ya tras de la casa en el monte, el quinto, que alcancé a ver cuando fui a buscar a mi padre... Ése tiene que haber estado en el aire”. Argentina muestra curiosidad por la intensa oscuridad de la noche, tenebrosa, sin Luna ni viento, ni humedad. “Había una tranquilidad impresionante”.
Durante unos momentos permanecieron en el interior de la finca, hasta que salió el padre al portón, pero con su hija tras él, le tomó firmemente de la mano, mientras observaba con mayor atención, y le pidió regresar, pues tenía angina de pecho. “‘No papi, no sabemos qué es eso, ¿si son de otro planeta?... No sabemos si son buenos o malos’, le dije, volvamos por favor”, y su padre atendió sus ruegos y razones.
Al ingresar nuevamente, Argentina cerró todas las puertas y ventanas, permaneciendo allí, expectantes a lo que ocurría. A través de los postigos observaban el desarrollo de las acciones.
Argentina tuvo la impresión de que había algo descompuesto, pues se escuchaba por momentos una suerte de golpeteo (un ‘trac… tac’). Sostiene la testigo que “era un ruido como de una máquina, un sonido suave: ‘trun-ca-tr’; era como una cosa que daba vueltas, algo así. ¡Era el de una máquina que estaba en funcionamiento! No era ensordecedor y solamente lo hacía el aparato que estaba cerca. No lo hacían los otros, de los que sólo se veían las luces”. Argentina intenta precisar: “Eran luces grandes que se veían de lejos. Luces nada más, blancas”.
En cierto momento, Yolanda salió con la doméstica y desde un artefacto situado más próximo a la vivienda, fueron encandiladas sorpresivamente, recibiendo “un golpe de luz”. Ahí se volvieron corriendo y no salieron. Tenía las luces apagadas y sólo se advertía la forma de unas ventanas de apariencia cuadrangular, oscuras en su interior. No se podía observar si tenía algún tipo de anillo que lo rodeara, u otros colores. “Lo que sí vi –dice la testigo–, era una especie de fuego que uno prende, que arde. De a ratos lo veía y de a ratos no. Eso sí, llegué a ver más llama en los que estaban más distantes”, afirma resueltamente.
“Lo que yo vi –prosigue la testigo– era un aparato. Ahora podría ser un aparato de acá también, pero me dio miedo porque dije ‘¡qué aparato raro está ahí!, ¿quién está usando ese aparato? No sabemos quiénes son”.
Sin embargo, Argentina no sabe precisar la forma que tendría ese artefacto cercano, porque era tanto el vapor blanco que arrojaba por abajo y de a ratos una llama, que no permitía distinguirlo. Lo que notaba estando fuera –insiste– fue “ese ruido como una máquina suave, como un motor; como algo que daba vueltas en aquel momento (‘chiqui-chiqui-chi’, algo así)”, sin lograr acertar con su onomatopeya, aunque advertido por todos los azorados testigos.
Al preguntarle si podría tratarse de un artefacto de manufactura terrestre, Argentina Moreno respondió: “Puede ser. Se ve que era un elemento material. ¡Podría ser!, es muy factible”.
Cuando la luz las envolvió, Dora exclamó: “¡Ay, me quemaron!”, llevándose las manos al rostro. Argentina se asustó, creyendo que efectivamente la habían quemado y le pidió que retirara sus manos para inspeccionar qué tenía, pero la doméstica se negaba y Argentina debió retirárselas. “Entonces le pregunté: ‘¿Me mirás bien, me mirás a mí, sí?, ¿pues qué te pasa?’. ‘Nada’, me responde. ¡Es que el calor le hizo asustar! Se ve que la luz daba mucho calor. Cuando ellos enfocaban se nota que esa luz producía un calor impresionante”. Esto parece haber sido corroborado por su hermana Yolanda. Argentina también afirma que Dora no fue tumbada por la luz, ni tampoco atendida en el hospital por presuntas quemaduras, como indica una versión, aunque había quedado vivamente impresionada.
En esas circunstancias, ninguno de los perros que solían andar sueltos por los patios, en la galería, ladró. Es más, no recuerda haberlos visto. Pero sí escuchó a un animal (vacuno o caballar) que se inquietó, así como las aves del corral, en particular las gallinas, que se despertaron y empezaron a cacarear cuando desde el aparato más cercano se dirigió un haz de luz blanca, sin bifurcación y de unos dos metros de diámetro, hacia el corral. Cuando retiraron la luz, no se las escuchó más. Fue un haz directo, instantáneo, que se mantuvo un rato alumbrando.
“Todas lo vimos, porque estuvimos por las ventanas observando a través del vidrio, ¡y no sé de dónde salió que atravesaban las paredes! ¡No!, no es cierto. Nunca las atravesó”.
-Roberto Banchs: Pero, ¿entonces no se iluminó el interior de la casa, como se dijo?
- Argentina Moreno: Ah, por supuesto, se aclaró cuando vimos eso. El haz de luz fue impresionante. Nosotros teníamos las ventanas vidriadas y por ahí estuvimos observando. De a ratos alumbraban. Será para saber si había… Es cuando resolví que cerraran todo, los postigos. ¡Todo! Pero nunca la luz traspasó las paredes. El calor sí.
Después la familia continuó atisbando, y saliendo, pero Argentina se fue a su dormitorio y de a ratos, entreabriendo las ventanas, observaba el fenómeno esperando que se retirara.
Aunque ese día no había sido caluroso, la temperatura resultó agradable. En cambio, durante el prolongado avistamiento –según relata– parece haber sido muy elevada, pues las criaturas estaban transpiradas. Argentina reconoce no haberse percatado por sí misma del aumento térmico, debido al estado de nervios y temor que la embargaba, pero lo advirtió al ver que los pequeños transpiraban profusamente. Les secaba las cabezas y les mudaba de ropa, cuando sus hermanas exclamaron: “¡Bueno, se han ido!”. Entonces les pidió que se quedaran tranquilas, pues ya no tenían por qué temer. Los niños habían dejado de transpirar y continuaron durmiendo apaciblemente. Algo que la testigo no pudo hacer durante una semana después del acontecimiento.
Desde que vio el reloj hasta que desaparecieron pasaron 40 minutos, aunque supone que pudieron haber estado desde hacía más tiempo. No sabe cómo se alejaron, porque simplemente no los observó, pero pudo comprobar que después “quedó todo tranquilo, nos tranquilizamos todos y así pasó”.
Una vez que se marcharon, Jolié, Yolanda y Dora decidieron salir en dirección a las vías, notando una suerte de ligera neblina flotando baja en el lugar y un olor raro en el ambiente. Menos animada, Argentina dispuso permanecer en la casa, al cuidado de sus padres y niños, mientras que en los fondos de la finca dos familias de peones que habitan allí dicen no haber visto ni escuchado nada.
“Lo que vi me impactó muchísimo –nos comenta Argentina –, y ahí nació mi curiosidad por saber qué pasa con esto. Y me preocupa mucho. Como yo lo he mirado en ese momento, dije ‘ese aparato está hecho acá, y de alguna potencia’. Cuando lo vi pensé que nos podía pasar algo porque habíamos visto un aparato de alguna potencia extranjera, que nos podría causar daño, a la familia (2). Eso pensé primero. Después me puse a analizar cómo esa luz, y cómo el calor, y por qué esa noche estaba tan tenebrosa, y por qué no vinieron otra noche clara. Y así empecé a analizar esas cosas”. También reconoce haber leído por ese entonces de otras experiencias similares ocurridas en el país (por ejemplo, el caso de Monte Maíz, Córdoba, el 11/12 de ese mismo mes) y en el extranjero.
“Todos quedamos de acuerdo en no contarlo a nadie –señala–, porque era una cosa muy rara. Mi hermana ‘Porota’ (Jolié) envió por la mañana un telegrama, alegando que tenía miedo de dormirse. Hizo un telegrama por ferrocarril a mi hermano, el abogado (Antonio), que estaba en Tucumán. El ferrocarril lo pasó –como es su modalidad– de estación en estación. Cuando el telegrama llegó a la ciudad, medio mundo ya conocía la noticia. ¡Mi hermano se enteró antes que le llegara el telegrama a su casa! Supe que iría a tener problemas, y así fue”.
------------------------------------------------------------
De esta forma concluya la parte testimonial del informe Trancas. El informe continua con el analisis de las pruebas e hipotesis, decidi obviar esa parte y pasar directamente al veredicto o RESULTADO del analisis; es el siguiente
ANALISIS FINAL
Sin poner en duda la buena fe de las testigos, quienes generosamente accedieron a ser entrevistadas, debemos señalar algunas inconsistencias y contradicciones, resultado de la crisis de la que han sido víctimas, el modo en que cada una percibió el fenómeno y fue elaborándolo en estos años. Lo singular es que se trató de una experiencia múltiple y fuertemente emocional.
Es así como la protagonista principal y habitual vocero del caso, Jolié, muestra en los relatos un intento –no deliberado– de fascinación, conforme a su personalidad. Abunda en detalles fantásticos, exponiendo el episodio con aparente coherencia y pulcritud. Yolanda lo hace en forma desordenada, sincera y simple, con matices intuitivos. El testimonio de Argentina se destaca por su prudencia y realismo, pese a ser bastante impresionable. En todas se advierte el haber sido protagonistas de un hecho inaudito, para el cual no cupo explicación alguna, dejando entrever a las claras una fuerte y significativa impregnación emocional y afectiva.
La investigación estuvo focalizada en los siguientes aspectos: a) Características del artefacto más cercano a la casa; b) Procedencia del conjunto de luces sobre las vías; c) Naturaleza de los haces luminosos; d) Aumento térmico experimentado por los testigos; e) Residuos carbonatados hallados en los lugares donde estaban los ovnis; y f) Observación de ocupantes de apariencia antropomorfa en torno a las luces. Estos son, a fin de cuentas, los aspectos más salientes y controvertidos del consagrado episodio.
Ahora bien, intentando dilucidar los citados aspectos del caso, pudimos hallar que apenas unos días antes se había iniciado el lento desplazamiento de tropas hacia el norte argentino, cuyo paso obligado de numerosos contingentes militares al lugar de operaciones ha sido, ni más ni menos, Trancas, a 200 metros de la finca. Como dato curioso, esta operación jamás fue consignada por investigador alguno.
Durante esa histórica jornada ufológica, se produjo un inusitado movimiento de tropas durante todo el día, antes y después de los sucesos narrados, hasta la madrugada. Aún más, los mismos maridos de Jolié y Argentina (escépticos de la procedencia extraterrestre de los fenómenos descritos) pasaron frente a la finca en un tren especial con tropas, horas más tarde.
Mencionemos otro aspecto de interés, recordando las características del artefacto más próximo a la vivienda: apariencia metálica, domo, gajos y remaches grandes en su superficie, y sonido de motor. Podríase convenir que se trata de un vehículo blindado, cuya procedencia terrestre no escapa a ser considerada.
El mismo guarda gran semejanza con un vehículo a oruga (tipo Carrier, de exploración) o de doble tracción, capaz de atravesar un escarpado terreno. Seguramente, como aquellos empleados por el Ejército y que durante esos días estuvieron transitando en las cercanías de la finca.
Ese artefacto despedía, además, un espeso gas blancuzco o neblina desde su parte inferior, que les impedía apreciar si estaba suspendido en el aire o apoyado en tierra. Después de permanecer 40 minutos en el lugar, según Jolié, “se alejaron respetando los accidentes del terreno, su geografía, en forma rasante”, compartiendo la impresión de Yolanda (pues Argentina no alcanzó a verlos partir). Las testigos sólo presumen que debieron elevarse, debido a lo accidentado del terreno. Lo cierto es que –de haber levantado vuelo– probablemente se hubieran llevado por delante el tendido de cables que se extienden paralelos a las vías del ferrocarril, sujetos a los postes.
Otro dato que permite esclarecer la posición de ese objeto respecto al suelo, lo hallamos en el informe OVNI de la Armada (“Anexo, ítem 2”): “Como rastros donde había estado el ovni, quedó la plantación de lechuga como aplastada. La marca sobre la plantación no ofrecía aspecto de quemadura”.
En cuanto a las luces sobre las vías –ubicadas en un terraplén elevado–, las testigos juzgan, en este caso, que podrían haber estado apoyadas sobre las mismas.
Sería atinado pensar que, ante la incipiente guerrilla rural (recordar los episodios tucumanos de Taco Ralo), se hayan tomado ciertas previsiones sin aviso, frente a la eventual posibilidad de un atentado (recordar también la hipótesis del sabotaje sugerida por las hermanas Moreno), ya que era casi permanente el paso de trenes con tropas rumbo al norte. Una sigilosa inspección de seguridad del tendido ferroviario y de las inmediaciones no está fuera de lógica. Aún más, la misma fue parcialmente confirmada.
Las vías del ferrocarril están situadas, como se indicó, a unos 200 metros de la vivienda y algo menos de la tranquera. Desde allí se observaron focos de luz, reflectores. Nunca objetos sólidos o formas luminosas discoidales. Los difundidos croquis o dibujos de Jolié no se condicen con sus propias palabras, ni con las de sus hermanas, logrando inducir la creencia que tenían forma de “platos”. Todas las declaraciones de las testigos coinciden en este punto: Sólo veían focos de luz y siluetas antropomorfas moviéndose de un lado a otro, sin definición posible. No podían distinguir más. Esas luces eran precisamente lo que describen: reflectores.
Sus cualidades parecen indicar que se trata de reflectores de arco voltaico (tipo Sperry, o similar), usados en esa época por el Ejército, cuyo funcionamiento produce la acumulación de polvo de carbón y otros residuos, que son desprendidos al exterior en forma de carbonatos. Los mismos que fueron hallados en Trancas.
Es congruente, pues, que las siluetas antropomorfas correspondan a un grupo de soldados que –a varios cientos de metros de los Moreno– los maniobraban en la oscura noche.
En conclusión, deviniendo de los hechos presentados y su minucioso análisis, estimamos que la hipótesis más satisfactoria para la incógnita planteada por los fenómenos de Trancas, es la de movimiento de soldados, provistos de reflectores, en un operativo de seguridad por la zona.
Mentira o verdad encubierta? Lo dejo a su criterio