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Historias que te harán pensar

Offtopic1/12/2011

La telaraña


Una vez un hombre era perseguido por varios malhechores que querían matarlo. El hombre entró en una cueva. Los malhechores empezaron a buscarlo por las cuevas anteriores a las que él ocupaba. Estaba desesperado y elevó una plegaria a Dios, de la siguiente manera:
-Dios todopoderoso, haz que dos ángeles bajen y tapen la entrada, para que no entren a matarme.

En ese momento escuchó a los hombres acercándose a la cueva en la que él se encontraba y vio que apareció una arañita, que comenzó a tejer una telaraña en la entrada. El hombre volvió a elevar otra plegaria, esta vez más angustiado:
- Señor, te pedí ángeles, no una araña. Dios mío, por favor, con tu mano poderosa coloca un muro fuerte en la entrada para que los hombres no puedan entrar a matarme.

Abrió los ojos esperando ver el muro tapando la entrada, y observó a la arañita que seguía tejiendo una telaraña. Estaban ya los malhechores entrando en la cueva anterior a donde se encontraba el hombre y éste quedó esperando su muerte.

Cuando los malhechores estuvieron frente a la cueva donde se encontraba el hombre, ya la arañita habñia tapado toda la entrada con su telaraña, y se escuchó:
- Sigamos; no entremos en esta cueva. ¿No ves que hasta hay telarañas, que nadie ha entrado recientemente en esta cueva? Sigamos buscando en las demás.











La ventana


Durante el verano, Enrique y su hermana Carmen fueron a pasar unos días en la granja de sus abuelos. Como el niño no paraba quieto, su abuelo le dejó que jugara fuera y que practicara con su tirachinas. No lograba darle a ninguna de las latas que había preparado para hacer blanco. Desanimado regresó a la casa para la cena.

Mientras caminaba de regreso, vio un pato, al parecer el más querido por su abuela. Y, como un impulso, cogió el tirachinas y lanzó la piedra, sin pensar que podría acertar. Le dio al pato en la cabeza y cayó redondo. Él estaba impresionado y consternado. En un momento de pánico, escondió el pato muerto detrás de una pila. En ese momento vio que su hermana lo estaba observando. Carmen lo había visto todo, pero no dijo nada. Después del almuerzo del día siguiente, la abuela dijo:
- Carmen, vamos a lavar los platos.

Pero Carmen dijo:
- Abuela, Enrique me ha dicho que él quería ayudarte en la cocina.
Luego le susurró a él:
- ¿Recuerdas lo del pato?

Así es que Enrique lavó los platos.

Más tarde, ese mismo día, el abuelo les preguntó a los niños si querían ir a pescar, y la abuela dijo:
- Lo siento, pero necesito que Carmencita me ayude a hacer la compra.

Carmen sonrió y dijo:
- Bueno, no hay problema, porque Enrique se muere por ayudar a la abuela con la compra.
Ella, de nuevo, se acercó a su hermano y en voz baja le dijo:
- ¿Recuerdas el pato?

Así es que Carmen se fue a pescar y Enrique se quedó ayudando.

Después de varios días en los que Enrique hacía tanto sus tareas como las de su hermana, no aguantó más y decidió poner fin a lo que le estaba fastidiando las vacaciones. Le confesó a su abuela que había matado al pato.

La abuela reaccionó rápido, abrazó a su nieto y le dijo:
- Corazón, yo lo sé. Sabes, yo estaba en la ventana cuando sucedió y vi todo lo que pasó. Pero, porque te quiero, te perdono. Sólo me preguntaba cuánto tiempo tardarías en decidirte y en permitir que tu hermana Carmen te hiciera chantaje. Nunca hay que tener miedo a decir la verdad, además siempre puede haber alguien que te vea por la ventana.











Una casa nueva


Un obrero, cansado de sus años de trabajo, decidió retirarse para dedicar más tiempo a estar con su familia, y así se lo comunicó a su jefe. Éste recibió la noticia apenado, pues se trataba de un empleado muy eficiente, dedicado a su trabajo. Sin embargo, antes de que cesase por completo en el ejercicio de su empleo, el jefe le pidió que realizase una última construcción como favor personal.

El obrero, un tanto molesto por el retraso de su retiro, comenzó la obra de una magnífica casa, tal y como deseaba su jefe. Sin embargo, no dedicó el mismo interés, pensaba ya en el descanso y trabajaba sin el tesón y el empeño que antes le caracterizaban. Realizó la edificación de mala gana, sin motivación y deseando terminar cuanto antes para disfrutar de su merecido retiro, empleando incluso materiales de menor calidad.

Cuando por fin terminó la obra, el jefe acudió para inspeccionar la casa, y, tras revisar cada estancia, regresó junto al obrero y le entregó las llaves:
-Esta casa es mi regalo para usted en agradecimiento por tantos años de servicio.










El collar


Cierto día, una niña pequeña entró en una joyería, muy ilusionada. Pidió ver el collar de amatistas que estaba expuesto en el escaparate. El dueño del negocio, que se hallaba tras el mostrador, la miró desconfiado y preguntó si tenía con qué pagarlo. Ella respondió:
-Por supuesto, he traído todos mis ahorros.

El joyero, aún dudando de si los ahorros de la chiquilla llegarían para abonar todo el importe del collar, le pidió por favor si podía mostrarle cómo pagaría la joya.

La pequeña sacó un pañuelito atado y lo desanudó con cuidado. Había apenas unas monedas que la niña mostraba con orgullo. Antes de que el dueño del establecimiento pudiera decirle algo, ella explicó:
- Verá, es que hoy es el cumpleaños de mi hermana mayor. Desde que murió mamá, ella siempre cuida de nosotros, tiene que trabajar todo el día y no tiene casi tiempo para ella. Quería comprarle el collar porque creo que le hará mucha ilusión; mamá siempre llevaba uno muy parecido.

El joyero, sin decir nada, dijo a la dependienta que envolviese el estuche con el collar, se lo entregó a la chiquilla y le aconsejó que lo llevase con cuidado. Mientras la niñita marchaba feliz, la dependienta observó los ojos humedecidos del dueño del negocio, que la contemplaba llevando el paquete calle abajo, y preguntó cuánto había pagado la pequeña por la joya.

- Esa niña pagó el precio más alto que cualquier persona puede pagar -respondió el joyero-. Ella dio todo lo que tenía.












Un grano de maíz


Cierto día, un campesino pobre iba andando por el bosque de regreso a casa con un saco de maíz que había recogido. Era lo único que tenía para comer, y por el camino iba lamentándose de su pobreza y de la mala cosecha.

De repente oyó un trote de caballería, y de entre los matorrales salió un noble señor acompañado de sus súbditos, en toda su magnificencia. El campesino se alegró interiormente, pensando: "¡Seguro que ahora este poderoso señor terminará con mi pobreza y me colmará de riquezas!".

El noble bajó de su caballo y se acercó al sonriente campesino. Sin embargo, para su sorpresa, lo que hizo fue preguntarle:
- ¿Qué tienes para darme?

El otro, anonadado, sólo acertó a decir:
-¿Qué?

- ¿Qué me ofreces? - repitió el caballero.

El pobre campesino, cabizbajo, todas sus esperanzas frustradas, metió la mano en el saco y sacó un único grano de maíz (no fuese a ser que aún se quedara sin comer) que le tendió al señor. Este, sin decir nada, subió de nuevo a su caballo y reemprendió la marcha.

Al llegar a su casa, el campesino vació su saco y encontró un grano de maíz de oro macizo. Echándose las manos a la cabeza, se lamentaba:
- ¿¡Por qué no le habré dado todo el maíz!?











El mundo en miniatura


Si pudiésemos reducir la población de la Tierra a una pequeña aldea de exactamente 100 habitantes, manteniendo las proporciones existentes en la actualidad, sería algo como esto:

Habría: 57 asiáticos, 21 europeos, 4 personas del hemisferio oeste (tanto norte como sur) y 8 africanos.
52 serían mujeres, 48 hombres, 70 no serían blancos, 30 serían blancos, 70 no cristianos, 30 cristianos, 89 heterosexuales, 11 homosexuales.
6 personas poseerían el 59% de la riqueza de toda la aldea y los 6 (¡sí, 6 de 6!) serían norteamericanos. De las 100 personas, 80 vivirían en condiciones infrahumanas.
70 serían incapaces de leer, 50 sufrirían de malnutrición. 1 persona estaría a punto de morir, 1 bebé estaría a punto de nacer. Sólo 1 (¡sí, sólo 1!) tendría educación universitaria.
En esta aldea habría 1 persona con ordenador.

Al analizar nuestro mundo desde esta perspectiva tan comprimida es cuando se hace más apremiante la necesidad de aceptación, entendimiento y educación.

Ahora reflexiona… Si te has levantado esta mañana con más salud que enfermedad, entonces eres más afortunado que los millones de personas que no sobrevivirán esta semana.

Si nunca has experimentado los peligros de la guerra, la soledad de estar encarcelado, la agonía de ser torturado o las punzadas de la inanición, entonces estás por delante de 500 millones de personas.

Si puedes acudir a la iglesia sin temor a ser humillado, arrestado, torturado o muerto… entonces eres más afortunado que 3.000 millones (3.000.000.000) de personas en el mundo.

Si tienes comida en la nevera, ropa en el armario, un techo sobre tu cabeza y un lugar donde dormir, eres más rico que el 75% de la población mundial.

Si guardas dinero en el banco, en tu cartera y tienes algunas monedas en la mesita… ya estás entre el 8% más rico de este mundo.

Si tus padres aún viven… eres una persona MUY rara.

Si puedes leer esta entrada, eres mucho más afortunado que los más de 2.000.000.000 de personas en este mundo que no pueden leer.











La lección de la mariposa


Un día, una pequeña abertura apareció en un capullo. Un hombre se sentó junto a él y observó durante varias horas cómo la mariposa se esforzaba tratando de que su cuerpo pasase a través de aquel pequeño agujero. Le pareció que ella solaya no lograría ningún progreso. Parecía que había hecho todo lo que podía, pero no conseguí agrandarlo. Entonces el hombre decidió ayudar a la mariposa: tomó unas tijeras y cortó el resto del capullo.

La marposa entonces, salió facilmente. Pero su cuerpo estaba atrofiado, era pequeño y tenía las alas aplastadas. El hombre continuó observándola porque él esperaba que, en cualquier momento, las alas se abrirían, y se agitarían, y serían capaces de soportar el cuerpo, que a su vez se iría fortaleciendo.

Pero nada de eso ocurrió. La realidad es que la mariposa pasó el resto de su vida arrastrándose con un cuerpo deforme y unas alas atrofiadas. Nunca fue capaz de volar. Lo que aquel hombre no comprendió, a pesar de su gentileza y su voluntad de ayudar, era que aquel capullo apretado que observaba aquel día, y el esfuerzo necesario para que la mariposa pasara a través de esa pequeña abertura, era el modo por el cual la naturaleza hacía que la salida de fluidos desde el cuerpo de la mariposa llegara a las alas, de manera que fuera capaz de volar una vez libre del capullo.

En su afán de ayudar, de evitar un esfuerzo, o un sufrimiento, la había dejado lisiada para toda la vida.

Pedí fuerzas y Dios me dio dificultades para hacerme fuerte. Pedí sabiduría y Dios me dio problemas para resolver. Pedí coraje y Dios me dio obstáculos que superar. Pedí amor y Dios me dio personas para ayudar. Pedí favores y Dios me dio oportunidades. Quizá incluso no recibí nada de lo que pedí, pero recibí todo lo que precisaba.











Un cocodrilo en el río


Un caluroso día de verano, un niño fue a tomar un baño en el río que había al lado de su casa. Mientras chapoteaba en el agua, se le acercó un cocodrilo sin que él lo notase.

Desde la ventana de casa, su madre, aterrorizada, sí se dio cuenta, de modo que salió corriendo hacia su hijo, advirtiéndole a gritos del peligro. Cuando llegó a la orilla, era demasiado tarde: el cocodrilo había agarrado las piernas del niño. Sin embargo, la madre agarró sus brazos, asiéndolos con fuerza y determinación. El cocodrilo era más fuerte que ella, pero el amor de la madre le hacía no soltarlo.

Un cazador que caminaba próximo al río escuchó los gritos, y se acercó corriendo; al ver la escena, tomó su escopeta y, de un disparo, mató al cocodrilo.

El niño sobrevivió, pero fue sometido a varias operaciones; aun así, pudo llegar a caminar.

Conocido el caso, un periodista quiso hacerle una entrevista y en determinado momento le preguntó si podría ver las cicatrices de sus piernas. El niño se las mostró, pero a continuación se remangó para mostrarle las marcas de sus brazos, donde su madre habá presionado con fuerza, diciendo:
- Estas cicatrices son las que tengo porque mamá no me soltó y me salvó la vida.










Espero que les haya gustado

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