
Un dia como hoy de hace 20 años:
La batalla de Boulogne
En la imaginación de todo periodista existen títulos tan fantasiosos como "Tanque de guerra atropella a un colectivo". Pero el periodismo argentino pudo transformar en realidad esa fantasía el 3 de diciembre de 1990, el día del último intento de golpe militar, una asonada carapintada de la que hoy se cumplen 20 años.
Entre todos los síntomas de la sinrazón que se pudieron observar ese día en el país, sobresale con nitidez aquella batalla entre militares rebeldes (los carapintadas) y leales, disputada en la localidad bonaerense de Boulogne, porque sucedió en medio de un barrio común, con balas de FAL y de morteros surcando veredas y jardines, destrozando los semáforos y las vidrieras de los negocios de la avenida Rolón, hasta desembocar en la ruta Panamericana, que entonces no era autopista.
Temprano, mientras otros grupos carapintadas tomaban el Regimiento I de Patricios, en Palermo; el edificio Libertador y el Guardacostas, un batallón en El Palomar y otro en Olavarría, el coronel Jorge Alberto Romero Mundani ocupó la fábrica de los Tanques Argentinos Medianos (TAM), ubicada en una zona populosa de Boulogne.
Mohamed Alí Seineldín
Era un veterano de Malvinas, donde había combatido junto al teniente coronel Mohamed Alí Seineldín, el líder espiritual de este intento de golpe bautizado "Operación Virgen de Luján".
Tal vez porque no había regresado bien de las islas, el coronel Romero Mundani se encontró en ese rincón del conurbano bonaerense siendo ametrallado por los militares leales, que pugnaban por recuperar la fábrica TAM.
A las tres de la tarde de ese lunes fatal, el coronel hizo una incursión con cinco tanques para escapar hacia la ruta. No pudo hacerlo, porque chocaron con un camión. Pero ni la Panamericana fortificada ni los mensajes del Gobierno a los vecinos para que se escondieran en sus casas y no quedaran atrapados en medio del fuego lo desanimaron. Una hora y media después, los carapintadas volvieron a salir, esta vez con diez tanques, y llegaron hasta la ruta para escapar hacia el norte.
En el camino, uno de ellos chocó al interno 314 de la línea 60, que hacía el tramo Tigre-Constitución y que a esa hora trataba de huir de la balacera cruzada. Murieron cinco pasajeros y otros veinte quedaron heridos entre los hierros retorcidos.
"Nunca voy a poder olvidar los gemidos de los heridos", dijo entonces el chofer del 60, Víctor Zúñica. Nueve de esos tanques llegaron hasta un pequeño paraje cercano a Mercedes. Allí, el coronel Romero Mundani tomó su pistola 9 milímetros, se la metió en la boca y se suicidó.
Colectivo atropellado por un tanque que huia, en Panamericana, a la altura de Boulogne.
A esa hora, la aventura carapintada se había terminado. El Regimiento Patricios y el edificio Libertador habían sido recuperados. Las calles se llenaban de rebeldes que se rendían con sus manos en la nuca. Seineldín seguía en un destacamento de San Martín de los Andes, desde donde iba a comandar el levantamiento y donde terminó traicionado por sus camaradas.
El general Martín Balza, a cargo de la represión del motín, se consolidaba al frente del Ejército. Carlos Menem salía fortalecido políticamente al derrotar a los mismos militares que había cultivado en su campaña electoral. Y George Bush, pero el padre, llegaba a la Argentina para poner en marcha una década de "relaciones carnales".
Veinte años pasaron de aquella jornada de locura colectiva en la Argentina. Aunque muchos a regañadientes, los militares aceptaron someterse a la Justicia por la represión ilegal y hoy se disponen a trabajar bajo las órdenes de una ministra mujer, educada políticamente en la izquierda peronista.
No es poco para el país que suele desperdiciar la mayoría de sus oportunidades.
Fernando Gonzalez
Fuente
La rebelión del 3 de diciembre, el secreto peor guardado
El gobierno supo del levantamiento con un mes de anticipación. El primer aviso lo dio prefectura. Además, la side infiltró al grupo de Seineldín. Y la inteligencia militar conoció el plan en detalle
Su jefe de Inteligencia le había pedido verlo con urgencia, y ahí estaban, noche de miércoles en Olivos. Carlos Menem estaba impaciente. "¿Qué pasa Hugo?" Anzorreguy no disimuló su excitación: "Entre hoy y el fin de semana", le dijo.
Carlos Menem
Para el Presidente no eran necesarias ciertas aclaraciones. El jefe de la SIDE hacía un mes que le venía advirtiendo de un posible alzamiento, que iba a estar a cargo de ese teniente coronel al que conocía tan bien, Mohamed Alí Seineldín. Un nacionalista mesiánico que ya había encabezado la rebelión carapintada de Villa Martelli en diciembre de 1988 y no se resignaba a los nuevos tiempos. ¿Sintió miedo el Presidente? ¿En qué pensó? Era el 28 de noviembre de 1990 y faltaban sólo cinco días. Menem optó por ocultar sus emociones: "Ajá", dijo, "sigan trabajando".
Era éste un país distinto. Todavía sin la convertibilidad, con un Gobierno peronista que empezaba a definirse ultraliberal y un Estado inmenso que iniciaba el camino hacia una disolución aparatosa. A la crisis social y económica, acarreada desde la hiperinflación alfonsinista, se le sumaba el fantasma de las rebeliones militares, parte de un ejercicio histórico que parecía tan argentino como el tango.
Todavía estaban frescos los levantamientos que habían perturbado al Gobierno anterior, y nadie podía imaginar a un Presidente que no estuviera condicionado por el humor militar. El mismo Menem, según confían hoy sus asesores de entonces, había ganado las elecciones del 89 sin la plena certeza de que iba a poder asumir.
Acaso la mayor paradoja de toda esta historia, sea que Menem llegó al Gobierno convencido de que ese coronel era su mayor garantía de un Ejército subordinado a su mando. Seineldín, se verá en esta investigación, incluso le había preparado un plan para las elecciones del 14 de mayo de 1989, con el objetivo de frenar eventuales reacciones en el Ejército. "Seineldín era el reaseguro de que iba a respetarse el resultado de las elecciones", confió un colaborador de Menem. Vaya si estaba equivocado.
Hoy, a veinte años, puede asegurarse que aquella madrugada de lunes no sorprendió ni a Menem ni al Ejército. El Presidente fue informado del levantamiento casi al mismo tiempo en que los rebeldes tomaban la decisión. Miembros de la organización clandestina que había creado Seineldín, mantuvieron al tanto de la operación a la inteligencia militar y a la SIDE. Pruebas de que el plan carapintada fue un fracaso político, sí, pero también militar.
La certeza de que Seineldín intentaría una sublevación se había instalado en la conciencia menemista en mayo de 1990, cuando Humberto Romero ocupaba el Ministerio de Defensa. Menem ya pensaba en un posible 3 de diciembre, cuando puso como jefe del Ejército —en reemplazo del general Isidro Cáceres, que acababa de morir— al general Martín Bonnet, dueño de un discurso agresivo contra los carapintadas. En esa movida se colocó de segundo jefe a quien sería el encargado de sofocar la rebelión: Martín Balza. "Esa jefatura fue armada en función de lo que se venía", admite hoy un ex funcionario de Defensa.
Lo primero que hizo Bonnet fue sancionar por inconducta y con veinte días de arresto a Seineldín, quien, como respuesta, de inmediato empezó a planear el alzamiento. Más tarde sería enviado a La Pampa y de allí a San Martín de Los Andes, lejos, aislado, pero conspirando.
Luego de consultar fuentes de inteligencia y a distintos funcionarios del Gobierno de Menem, el Equipo de Investigación encontró el primer indicio concreto del conocimiento que tuvo el Gobierno sobre el golpe que planeaban los carapintadas: una advertencia que hizo la Prefectura al Ministerio de Defensa a fines de octubre. En esos días, llamó la atención que integrantes del grupo Albatros se dejaron ver con teléfonos celulares, armando reuniones y manejando bastante dinero en efectivo. Los celulares y el efectivo eran algunos de los aportes que distintos empresarios habían hecho al plan carapintada. Albatros, el grupo comando de la Prefectura Naval, había participado del levantamiento de Villa Martelli y estaba bajo sospecha.
Esos movimientos pusieron sobre aviso a la SIDE y Anzorreguy intervino los teléfonos de todos los líderes carapintadas y de los civiles que simpatizaban con el grupo. Allí comenzó entonces a alertar a Menem. "Lo hacía todos los fines de semana y mucho no le creían", dijo un ex ministro, exagerando, pero no demasiado.
Cierto era que Anzorreguy tenía buenos contactos en el entorno de Seineldín. En su despacho o en su casa, muchas veces se había reunido con el teniente coronel Angel León y otros carapintadas confesos. "Yo tengo que hablar con todo el mundo", se jactaba, hasta que el miércoles León lo llamó para pedirle "una mediación ante el Presidente", ya que, según le explicó, lo que iba a pasar no era contra él, que lo "único que querían era cambiar a la Jefatura del Ejército". Lo único claro, en realidad, era que eso que iba a pasar era ya inminente.
Los carapintadas comenzaron a bosquejar su plan de operaciones en noviembre. Según escribió el teniente Hugo Abete en su libro "Por qué rebelde", debía ser "lo suficientemente original y decisivo como para no dejarle otra opción al poder político que la de aceptar nuestros objetivos".
Preso en San Martín De los Andes, Seineldín dio el visto bueno final del plan el 25 de noviembre, con una grabación que envió a sus hombres. Delegó, eso sí, la decisión del día y la hora, en una especie de "estado mayor" clandestino, integrado por coroneles, tenientes y capitanes —12 en total—, que se reunió la noche del jueves 29 de noviembre, en un centro cultural de Vicente López.
Allí evaluaron el momento con precisión. Debía hacerse después del 30 de noviembre, para que los suboficiales —componente mayoritario de la rebelión— cobraran sus sueldos y se los dejaran a sus familias. Y antes del 5 de diciembre, día en que llegaría al país el presidente de Estados Unidos, George Bush. Tampoco podía aplazarse demasiado, ya que el 10 comenzaba la rotación de los destinos en el Ejército, y habría que reorganizar a todos los rebeldes. Por todo esto se eligió el lunes 3. Lo bautizaron Plan de Operaciones Virgen de Luján.
La idea era, según las memorias de Abete, que "producido el pronunciamiento, ningún general estuviese en condiciones de impartir ordenes y nosotros controláramos aquellos lugares identificados con el ejercicio del comando". Se seleccionaron los objetivos: el edificio Libertador, sede de la Jefatura del Ejército; el Regimiento de Patricios y los cuarteles de Palermo, sensibles por su ubicación. También debían tener el control de los tanques y eligieron la fábrica TAMSE, en Boulogne, y el regimiento de caballería blindada de Olavarría.
Además, para asegurar un triunfo de la rebelión el jefe debía estar al frente de las operaciones. Por eso planearon el rescate de Seineldín y su traslado desde San Martín de los Andes hacia Buenos Aires, un plan que finalmente fracasó.
Pero el pánico se apoderó de los rebeldes casi sobre la hora. El 30 de noviembre, los hombres de Seineldín adviertieron que tenían un infiltrado que estaba pasando información a los servicios de inteligencia. Por eso, al día siguiente cambiaron sus códigos de comunicaciones y pasaron a los sospechosos de delación ciertos datos falsos sobre la operación.
Ya era tarde. El sábado, el gobierno de Menem esperaba. Al aviso de Anzorreguy se sumó un informe del jefe de Inteligencia del Ejército, Carlos Ricardo Schilling, que llegó a manos del general Bonnet al mediodía, con detalles sobre la operación. Humberto Romero almorzaba con su familia en la quinta del ministro de Defensa en Campo de Mayo y debió hacer un alto para escuchar la conclusión del informe: "Es el lunes", le dijo Bonnet. Romero, a quien en esos tiempos se le adjudicaban simpatías por los carapintadas, llamó a Menem y suavizó la información. Le dijo que los rumores eran fuertes, pero no podía asegurar nada. "Ajá", dijo Menem, otra vez.
Las órdenes que impartió Bonnett no fueron demasiadas. Que los oficiales en servicio se quedaran en sus regimientos y que se diera un sigiloso aviso de alerta. Como la información era bastante precisa sobre los objetivos de la rebelión, el sábado se envió a Entre Ríos al teniente coronel Eduardo Alfonso, hoy general y secretario del Ejército. El domingo por la tarde el teniente coronel Hernán Pita, subjefe del Regimiento Patricios, le avisó a sus oficiales que algo estaba por ocurrir en las próximas horas, sin saber que hablaba de su propia vida: caería muerto esa madrugada al tratar de recuperar la unidad.
Todo apuntaba a permitir que la rebelión diera su primer paso. A veinte años, todo indica que el Gobierno no se preocupó por anticipar la rebelión. La represión se encargaría de aplastarla.
El domingo por la tarde dos líderes carapintadas, Abete y el teniente coronel Osvaldo Tévere, se encontraron en Cabildo y Juramento a la salida de misa. Allí hicieron la evaluación final. ¿Convenía seguir adelante? Era demasiado tarde para arrepentirse.
Llegó la noche del 2 de diciembre y se puso en marcha la operación. A las 22, el coronel carapintada Luis Enrique Baraldini llegó al Distrito Militar Buenos Aires, dentro de los cuarteles de Palermo, e instaló un puesto de comando para dominar todo ese predio militar.
Al mismo tiempo, Tévere y Abete se instalaban en un departamento de Palermo con sus equipos de radio. A la 1 y 30, ya el 3 de diciembre, Baraldini, Tévere y el mayor Mones Ruiz entran al Regimiento Patricios.
Hablan con el soldado de guardia, le dicen lo que está pasando y esperan hasta que el muchacho —de 19 años— cambie su casco oficial por una boina, símbolo de su transformación carapintada. Tévere avanza, entra al edificio principal del Regimiento, habla con el oficial a cargo, le pide su pistola y le dice, con calma, que el regimiento está tomado.
Ya es la hora de la acción y Abete es el encargado de dar la orden a las unidades. Mira su reloj, se comunica con los demás jefes rebeldes y da la contraseña acordada. "Dios y Patria", dice. Y escucha siempre la misma respuesta: "O muerte".
La fría precisión de los francotiradores apura la rendición
Sin apoyo, a oscuras y sin agua, los carapintadas que habían tomado el edificio Libertador decidieron rendirse al caer la noche. Fue allí cuando uno de ellos cayó bajo las balas de un francotirador leal.

Martin Balza
Pasadas las 17 de ese lunes 3 de diciem bre de 1990, dos bombarderos Canberra sobrevuelan al edificio Libertador, en una actitud amenazante. Francotira dores leales y rebeldes intercambian disparos a discreción. Por el microcen tro ululan sirenas de ambulancias que llevan heridos en los combates de Pa lermo y del edificio Guardacostas, to mado por los Albatros.
Apenas sofocado el foco carapintada en el Regimiento de Patricios, el subje fe del Ejército, general Martín Balza, que sigue con su fusil FAL en la mano, se dirige en un jeep Volkswagen al edi ficio Libertador, sede de su fuerza, que ya estaba cercado por dos anillos de fuerzas leales. La toma del Libertador fue uno de los principales símbolos de la rebelión: por primera vez en la histo ria, una facción militar había logrado tomar por asalto el edificio donde está el despacho del jefe del Ejército, el prin cipal centro de comunicaciones y ope raciones y la jefatura de Inteligencia.
Toma del edificio Libertador
En el camino, Balza recibe una lla mada de un alto funcionario del gobier no que intenta indicarle cómo recupe rar el Libertador. "Lo que vamos a hacer lo vamos a decidir nosotros. Y si sa le mal, correrá nuestra cabeza", respon de Balza mientras llegaba a la plaza Colón, ubicada delante de la Casa Rosa da, donde le dicen que no siga porque estaban tirando "con una ametralladora 12,7 desde el Libertador", según consta en el fallo de la Cámara Federal consul tado por este Equipo de Investigación.
Balza da un rodeo y entra por la ave nida Belgrano. Mientras corre hacia un árbol en la plaza que se encuentra frente al edificio de la Aduana, le gri tan: "Tiran mi general". Balza ve como pican las balas a su costado, se parapeta tras el árbol, carga su fusil y hace 6 ó 7 disparos contra los rebeldes del Libertador, según su propio relato, diez años después.
En el interior del Libertador la situación es cada minuto peor. Desde la mañana no hay agua ni luz: Balza había ordenado cortar el suministro eléctrico horas antes. El capitán Gustavo Brei de Obeid y unos 100 suboficiales rebeldes habían tomado el edificio a las 2 de la ma drugada a la espera de que el teniente co ronel Julio Carreto (quien terminaría sien do diputado bonaerense del MODIN de Aldo Rico) se pusiera al frente. Pero Carre to nunca llegó, el regimiento Patricios en Palermo había sido recuperado por los lea les, se había frustrado la fuga de Seineldín y por radio habían escuchado la noticia del suicidio del coronel Jorge Romero Mundani.
Ante este cuadro de situación, siendo poco más de las 19, Breide Obeid decide rendirse. Pero aún intenta un gesto de fuerza. Hace llevar a su puesto de mando al detenido teniente coronel Jorge Tereso, jefe del Centro de Operaciones que es el punto neurálgico del Libertador, y le co munica su intención de rendirse ante el coronel Aníbal Laíño y no frente a Balza.
"Ordené a mis hombres replegarse a un patio interno, dejé al sargento Daniel Ver des y otros suboficiales detrás de las puer tas de vidrio de la puerta principal del edi ficio Libertador y sacamos una bandera blanca para que saliera Tereso", relató Breide Obeid a este diario. El sargento Verdes era el emblema mediático de los rebeldes. Desde la madrugada se había exhibido en la puerta del Libertador con la cara pintada, una escopeta recortada en la mano y hasta había tratado con rudeza a Alberto Kohan, que llegó a parlamentar.
Breide Obeid estaba en un patio interior del edificio cuando llega gritando un subo ficial: "Lo hirieron a Verdes". Sale corrien do hacia la puerta principal. Y cuenta hoy: "Traté de acercarme a Verdes, que estaba tirado en el piso con un disparo en la cabeza, pero también me disparaban a mí. Me arrastré cuerpo a tierra y lo empujé hasta detrás de una columna".
Quienes dispararon con una precisión fría e implacable fueron los francotirado res que la cúpula del Ejército había ordenado poner en las terrazas del Ministerio de Defensa y de Aerolíneas Argentinas, edificios ubicados sobre la avenida Paseo Colón al 200, frente al edificio Libertador.
Breide Obeid pide una ambulancia a los leales. Un grupo de suboficiales quiere de volver los disparos. Breide los contiene a gritos. Llega una ambulancia del CIPEC hasta las escaleras del Libertador, pero los francotiradores también les disparan a los paramédicos y uno queda herido. La am bulancia se retira a toda velocidad. Todos creen que Verdes ya está muerto. Lo ro dean. Rezan un Padrenuestro.
Mientras tanto el teniente coronel Tere so, que portaba la bandera blanca, llega hasta la recova del Ministerio de Eco nomía donde está el coronel Laíño, en ese entonces director de la Escuela Superior de Guerra, más tarde subjefe del Ejército y el hombre que Seineldín quería que pasa ra a conducir la fuerza como garante de un eventual nuevo acuerdo.
Cae el sol. Laíño deja su armamento y se dirige hacia la puerta principal del Libertador, donde dos suboficiales rebeldes se le tiran encima. Al principio, se asusta pero pronto entiende que lo habían sacado de la línea de fuego de un francotirador.
"Mi coronel, depongo mi actitud" le dice Breide Obeid a Laíño delante de unos 50 suboficiales y del cuerpo de Verdes que está en un charco de sangre.
Laíño hace ingresar una segunda ambu lancia que carga a Verdes. El sargento muere camino hacia el hospital por el im pacto de una bala de fusil FAL en la cabe za. El tiro había atravesado los vidrios de la puerta de entrada del edificio Libertador y habría sido disparado por un francotirador leal desde el Ministerio de Defensa.
Un carapintada amenaza a periodistas en la puerta del ed. Libertador
Ya entrada la noche, Laíño se encuentra con Balza y ambos dan la vuelta al Liberta dor por la avenida Madero donde se esta ban agrupado los rebeldes rendidos. Orde na que se saquen los borceguíes y permite a los fotógrafos que retraten la rendición, mientras civiles enojados tiran piedras contra todos, confundiendo leales con re beldes.
Después llega Breide Obeid, y Balza le ordena poner en marcha los vehículos mi litares ubicados en la playa de estaciona miento porque temía que les hubieran co locado bombas. También por precaución, le ordena "ir delante mío" por los 13 pisos del Libertador, que seguía a oscuras. Se decía que habían colocado cazabobos en las escaleras, pero no fue así.
A medianoche Balza llama al jefe del Ejército, teniente general Bonnet, y le co munica: "El Libertador está recuperado". De inmediato le da la misma noticia al mi nistro de Defensa, Humberto Romero, y le comunica que ya no queda ningún foco rebelde.
Recién entonces se dirige a su despacho en el quinto piso, se da una ducha, se po ne su uniforme y se encamina hacia el ve latorio de Pita y Pedernera.
En las primeras horas del martes 4, el presidente Carlos Menem cerró el día del último acto carapintada con una cena en la residencia de Olivos. Estuvieron varios ministros y secretarios y la infaltable María Julia Alsogaray. El entonces vocero presidencial, Humberto Toledo, recuerda que fue "una cena multitudinaria y de dis tensión". Pero juró no recordar si aquella noche, en Olivos, estuvo también Graciela Borges, la estrella del cine argentino.
Fuente
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Diario pregon
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