Es por esto que, sobre el final del post, encontrarán el link de la comunidad de la que soy parte y en la cual podrán encontrar este mismo post.
No hay nada para estar de acuerdo. Es simplemente un resumen, muy resumido, de mi historia política.
Comentarios que no sumen, que tengan solo intención de arruinar el post, serán eliminados.
Siempre me acuerdo de mi viejo y de mi abuelo (ya fallecido). Ellos me formaron, entre otras cosas, políticamente.
Nací y crecí rodeado del Che, rodeado de Fidel, rodeado de Camilo... de esperanza. De ideología de la buena, de la sana, de la vidente y no de algunas ciegas que estamos acostumbrados a ver.
De ideología moderna. De sueños de un país mejor pero real, en el ahora.
De una Argentina inclusiva, de una Argentina mas Argentina y menos conquistada, menos comprada por monedas. Con más amor por lo propio que por lo ajeno.
Crecí en una casa agradecida y festejante de la democracia, pero con el comienzo del derrape Alfonsinista a flor de piel.
Nací en una casa con la dictadura en el pasado, con los desaparecidos todavía buscados, con la verdad nublada como nunca y con una democracia esperada y traicionera.
Mis primeros años son, obviamente, borrosos. Pero más tarde fui consciente de pactos de Olivos, de riojanos traidores.
Más grande y con algo de uso de razón, viví el desastre. Vi a mis viejos.
Vi jubilaciones irrespetuosas, asesinas. Poco tiempo con mi viejo y mucho recuerdo, tal vez demasiado, su Remis.
Mi vieja, luchadora e inteligente como pocas, docente, remadora y muy sola.
Vino la adolescencia, la política corrupta toda, sin excepciones. La desilusión, la falta total de fuerza alguna que deje una mínima ilusión de cambio. “El pueblo moribundo”, leí por ahí alguna vez.
Y yo feliz. En el colegio feliz, en casa con comida, ropa, juguetes y sonrisas.
Y un día, mi viejo me tiro sobre la mesa un par de nombres. Yo vi, un poco, muy poco. Vi esperanza.
Una alianza. Un discurso. Un corral. Un robo.
Pero ese golpe, tan devastador, no mató; todo lo contrario. El pueblo se despertó.
La plaza, el estallido, la bronca acumulada, el país vivo de nuevo, de golpe.
Los “presidentes”, los discursos vacios. Yo tenía la fuerte sensación de que no le hablaban a nadie.
Y el cabezón nefasto se equivocó.
Un pingüino desconocido, con olor a “la misma mierda”, parafraseando a Hebe.
La situación laboral de mi viejo mejoró pero la diferencia solo estaba en el bolsillo. Mi viejo, mis viejos, fueron siempre los mismos.
El tiempo pasó. Secundario sufrido en mi querida zona norte del GBA. Realidades raras, mentirosas, ajenas. En casa, las fotos de los barbudos y las charlas sobre nuestro Norte olvidado y sobre nuestra América des-unida, me permitían volver a tocar tierra, a no dejarme llevar por los pocos que empezaban a putear sobre no se qué.
Y un día, con una naturalidad rara pero inolvidable, padre e hijo agarraron la bicicleta.
Y nos fuimos para la ESMA.
Entramos con las madres, por la plaza central de la Escuela. Buscamos un huequito y pudimos llegar a ver el escenario.
Toco el "Nano" Serrat, habló Cabandié, hablo Néstor.
Y yo ya estaba más grande. Y vi.
Lo vi al pingüino... vi a las madres... lo escuché a Juan. Y lo miré a mi viejo. Por primera vez en mi vida, no me estaba enseñando. Ya estábamos en la misma sintonía.
Siempre me acuerdo de mi viejo y de mi abuelo (ya fallecido). Siempre me acuerdo cuando, en varias charlas, dejaban caer la frase: "Realmente creo que vos, cuando tengas tus buenos años, vas a ver cambios... vas a empezar a ver a esto cambiar."
El abuelo se fue y se fue puteando. No me lo imagino en este momento, pero estoy casi seguro, de que hay otro CRIS PASIONADO, allá arriba.
Y mi viejo está acá. Y lo que pensó que yo "alguna vez vería", lo está viendo conmigo.
Por esto, en lo personal… y en nombre de este rincón del Sur que volvió a demostrar que existe…
GRACIAS.

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