LOS RELATOS SOBRE LA VIDA DEL FUNDADOR FORMAN PARTE DEL PATRIMONIO DE LA VILLA
Mitos y leyendas de Gesell
Mitos y leyendas de Gesell
Que el Che Guevara haya visitado Villa Gesell antes de sus viajes en motocicleta está documentado, pero que haya sido el “primer nudista” de estas playas es un dato de la mitología local. Se suma a las historias de Carlos Gesell, contadas por sus descendientes.
Por Carlos Rodríguez
Desde Villa Gesell

Ernesto “Che” Guevara, a poco de emprender su viaje por América, años antes de llegar por primera vez a Cuba, estuvo en Villa Gesell entre el 6 y el 12 de enero de 1952, según confirmó en el verano de 1997 Alberto Granado, el amigo del Che que lo acompañó en ese viaje a las playas geselinas. Una ordenanza municipal de la que pocos se deben acordar estableció ese año 1997 el 6 de enero como día de “interés turístico cultural”, igual que al tramo de la Avenida 1 –que ya no existe como lugar de tránsito vehicular–, entre los paseos 107 y 108, porque en esa zona se habían alojado Guevara y Granado, en casa de un tío de Ernesto. El dato de la presencia del Che en estas playas cuenta con el respaldo del testimonio de Granado en su libro Mi primer gran viaje. De lo que no hay ningún registro, aunque en Gesell muchos lo dan por cierto, es de un supuesto encuentro azaroso entre Guevara y Carlos Gesell, en la playa, cuando el Che se estaba dando un chapuzón en el mar.
Los más osados sostienen que ese supuesto episodio tuvo como escenario la zona donde hoy se encuentra la playa “naturista” (léase nudista) y que el Che fue sorprendido cuando no tenía puesta ni su gorra calada, cosa que puede explicarse porque en ese momento, todavía, no la usaba. Un habitué de esas playas afirma que el Che fue el “primer nudista” que tuvo Gesell, mientras que algunos periodistas y políticos porteños que veranean desde hace años en la Villa, dicen tener referencias vagas –sin testimonios directos– de que el encuentro Che-don Carlos habría ocurrido, pero en algún lugar de la playa menos extraordinario.
El imaginario encuentro con el Che es apenas una de las centenares de anécdotas, reales o ficticias, que tiene el fundador de esta ciudad, cuya vida se ha convertido en una novela que sigue sumando capítulos con el correr de los años, a pesar de su muerte o, mejor dicho, favorecida por la leyenda que se creó a partir de su desaparición física. El fantasma del Loco de los Médanos, como le decían a Gesell cuando trataba de hacer un bosque en medio de la nada, sigue recorriendo la ciudad y todos le rinden culto, aunque su personalidad siga generando controversia entre los propios miembros de su familia.
“Excéntrico, déspota, humano, bueno, malo, humilde, vanidoso, sencillo, ególatra y profundamente religioso a su modo, vivir con él o cerca de él fue una dura prueba para todos a los que nos tocó vivirla. Lo admiro profundamente, lo quise mucho”, dice Rosemarie Gesell, una de sus hijas, la que más lo acompañó, desde pequeña, en su aventura de domar los médanos. “A partir de ese momento (el de su muerte, el 6 de junio de 1979) la figura del fundador de esta ciudad pasó a la inmortalidad de los grandes. Su conducta, su férrea voluntad, su hombría de bien, su especial personalidad, esa que había logrado convertir un desierto en una ciudad, comenzaba a vivir para siempre”, afirma su nieta Marta Soria Gesell, orgullosa de su abuelo materno. Juana Gesell, otra de las hijas del fundador, es la mamá de Marta Soria. Don Carlos tuvo seis hijos, tres varones y tres mujeres.
En la primera casa que construyó don Carlos, y que hoy funciona como Museo Histórico, las anfitrionas, Mónica García, Mariela Siste y María Abad hablan de él con una devoción casi religiosa. Recuerdan algunas anécdotas que lo pintan de cuerpo entero. “Don Carlos odiaba el alcohol y el cigarrillo. Por eso tenía una trampita para los primeros que vinieron a comprar lotes, cuando la ciudad empezaba a tomar forma. Tenía escondida una petaca de whisky para ofrecerle un trago al visitante. Si aceptaba, después ponía cualquier excusa para no venderles el terreno. Con el cigarrillo era todavía más duro. Directamente se los cortaba, para que no pudieran fumarlos.”
También rechazaba el juego y por eso se puso al frente de una cruzada para evitar la llegada de casinos o bingos. Lo logró en vida, pero el juego llegó a Gesell después de su muerte. “El decía que las personas se crían en el vicio en un lugar arruinado por el juego”, recuerda Mónica García. Se lo elogia por haber impulsado la educación en Gesell. “El fundó la primera escuela pública, en 1947. Había una dificultad central: la escuela tenía siete alumnos, cuando lo mínimo para poder crearla, impuesto por el Ministerio de Educación de la provincia, era contar con doce alumnos. Entonces, en los primeros años, hasta que se pudo alcanzar el cupo mínimo, don Carlos solventó la escuela con su dinero, sin recibir ayuda de nadie.” Esa fue la Escuela 12 de Madariaga, que hoy es la Escuela número 1. En ese momento, la Villa dependía del municipio de Madariaga, que reconoció a don Carlos como fundador de la Villa el 10 de diciembre de 1968. La fecha de la fundación fue establecida el 14 de diciembre de 1931.
Claro que el anecdotario de Carlos Gesell comenzó muchos años antes. Cuentan que cuando tenía 10 años vivía con su familia en Suiza. En ausencia de su padre, Silvio Gesell, el entonces Carlitos hizo un experimento con pólvora y produjo una fuerte explosión que ocasionó importantes daños en la vivienda. Otra versión dice que el hecho ocurrió cuando Carlos tenía 16 años. Allí nació su afán por ser inventor. Creó un sistema de planchas para evitar la corrosión en los barcos, hizo intentos con la fotografía en color y hasta con la construcción de una heladera.
Su hija Rosemarie recuerda así la historia de la heladera, en los primeros tiempos que pasaron en la Villa, en una casa perdida entre los médanos. “En el sótano colocó una serie de cajoncitos de chapa llenos de agua y provocó una circulación de aire del exterior para que, con el frío reinante, el agua de los recipientes se convirtiese en hielo. Al mismo tiempo, mediante un sistema que inventó, fabricaba hollín de acetileno, que usaría después como aislante en el gabinete de la futura heladera.”
Era invierno y don Carlos miraba con satisfacción cómo se iba formando el hielo en el sótano, mientras su primera mujer y madre de sus hijos, Marta Tomys, “con un frío atroz, ve un día brillar pequeñas partículas sobre las paredes interiores de la casa, y comprueba que el frío no era producto de su imaginación. Las partículas que brillaban en la casa eran hielo. Hacía tanto frío en esa casa sin estufa que cada gota que caía al suelo se congelaba”.
Marta se enojó mucho y exigió dos cosas: que don Carlos instalara una estufa y que se fuera con sus inventos a otra parte. Como respuesta, él inventó un quemador a gasoil para usarlo de estufa. La casa se transformó en “un hornito”, admite Rosemarie, pero como nada es perfecto “un día el quemador estalló y el sótano quedó envuelto en llamas”. El frío nunca fue un problema para don Carlos. Todos afirman que se bañaba con agua helada, en verano y en invierno. A las 7 de la mañana, cualquier día del año, se metía en el mar, sin esquivar el cuerpo.

Otra de las discusiones familiares se producían porque Carlos, en los primeros años, tampoco se preocupaba mucho por la iluminación de la casa. Marta le reprochaba que tuvieran un solo farol. El le respondía: “¿Para qué lo queremos? Hay que hacer como hacen los pájaros: levantarse con el sol e irse a dormir con el sol”. “Pues bien, eso era lo que hacíamos”, recuerda Rosemarie.
Antes de que se fundara el primer colegio, don Carlos se encargaba personalmente de la educación de sus hijos. Luego de la separación de su primera esposa, los que vivían con él eran Rosemarie y Buby, uno de los varones. “Cuando no sabíamos alguna lección, nos colocaba delante de la cara un burro de celuloide, de color naranja, que movía la cabeza de derecha a izquierda, como no pudiendo creer que hubiese en el mundo alguien más burro que nosotros.”
Con el correr de los años, siguieron los inventos: un lavarropas a manija que se usaba en la casa, un aparato para extraer el jugo de la manzana y un juguete al que llamó el duna móvil. Se trataba de un simple eje central con dos ruedas y un asiento. Rosemarie y Buby se subían a lo más alto de los médanos y se largaban al vacío a la velocidad de la luz. Don Carlos, mientras tanto, seguía bañándose con agua fría en la ducha y lo que es peor: “Le gustaba cantar a los gritos”.
Por suerte ya no quería que sus hijos hicieran lo mismo. Para eso había creado un calentador a kerosene adosado a una serpentina, para calentar el agua de la ducha. Lo que nunca perdió, hasta su muerte, fue su pasión por levantarse temprano y movilizar a los demás. Los despertaba haciendo sonar una trompeta desafinada, usando un gong o imitando él mismo los sonidos lastimeros de algún animal. El más utilizado era el del “gato en el tejado”.
Cuando estaba enfermo, siempre discutía con los médicos el diagnóstico y no les hacía caso. Para él, todo se solucionaba con ejercicio, y comiendo manzana cruda todos los días. “Una manzana al día, aleja al médico de tu vida”, repetía ante familiares y conocidos. A los 88 años se le produjo un edema de pulmón y tuvo que ser internado, contra su voluntad, primero en el Hospital Italiano de La Plata y luego en el Hospital Alemán de Buenos Aires, donde falleció.
Para Marta Soria Gesell, la muerte de su abuelo fue como “el fin del mundo”, el fin “de un mundo de recuerdos y vivencias inolvidables”. Rosemarie retiene en su memoria “una capilla ardiente donde desfilaron toda la noche y la mañana siguiente, para darle el último adiós, los moradores de ese arenal inhóspito que él había logrado transformar en este maravilloso sitio”. Desde ese 6 de junio de 1979, la leyenda de Gesell se hace más grande cada día.
http://m.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-139334-2010-01-31.html
UN RESTAURANTE TRADICIONAL
Receta de la nona
Receta de la nona
Por Carlos Rodríguez
Desde Villa Gesell
“Durante 30 años Tita Merello vino a comer con nosotros. Fuimos amigos, nos contaba todo. Era una mujer que sufrió mucho por no haber podido concretar el sueño de su vida, que fue el de estar al lado de Luis Sandrini, que fue el hombre del que estuvo enamorada hasta el día de su muerte. Ella nos contó que lo había dejado porque él la había engañado con una vedette de la época, una chica muy linda, como ella misma reconocía. Es más, hasta decía medio en broma medio en serio que si ella hubiera sido un hombre, también hubiera engañado para tener un romance con esa chica. Pero bueno, ella reconocía todo, pero nunca lo pudo perdonar.” Luis Gussoni, y su esposa Alicia Demateis, consideran que, de algún modo, “el espíritu de Tita sigue presente” en algún rincón del restaurante Arturito, uno de los más populares de Villa Gesell desde hace más de cuarenta años. Las fotos de Tita, con Luis y Alicia, están presentes en distintos lugares del local de avenida 3 y paseo 126.
El comienzo de la historia de Arturito se remonta a fines del siglo XIX, en la Toscana italiana, en el pueblito de Pontremoli, donde el “nono” Andrés Gussoni y la “nona” Emilia Marafetti tenían una trattoria cuyo éxito se basaba en las viejas recetas familiares. Desde 1969, en Villa Gesell, Luis Gussoni, el nieto de Andrés y Emilia, y su mujer Alicia, vienen siguiendo la tradición familiar de realizar en forma artesanal las pastas y las comidas a base de pescados y mariscos. “Los fideos los amasamos nosotros y los cortamos con cuchillo, como se hacía antes. Y los ravioles están rellenos de verdura y sesos, siguiendo la receta de la nona.” Para completar el cuadro familiar, el nombre del restaurante fue elegido en homenaje a Arturo Gussoni, el papá de Luis, que entre sus records menciona el de su longevo contrato matrimonial: “Con Alicia llevamos 47 años de casados. No es fácil, y mucho más por el hecho de que trabajamos juntos todos los días”.
Luis dice que no es fácil haber mantenido el negocio en un país como la Argentina. “Nosotros vivimos el Rodrigazo, sufrimos a López Rega y a la guerra de las Malvinas resuelta por el capricho de un borracho (en alusión al ex dictador Leopoldo Galtieri) y después vino el 2001. No es poco, hay que mantenerse después de tantos hechos negativos.” Luis conversa con Página/12, pero en ningún momento descuida la atención de sus clientes. Los acompaña hasta la puerta, los saluda.
“Yo creo que estar al frente de un restaurante es como tener invitados en tu casa todos los días. Hay que atenderlos bien, ofrecerles la mejor comida y de ese modo es fácil hacer amigos, como lo fue Tita Merello, como lo son tantos artistas y gente de todo el país que sigue viniendo cada año.” Luis tiene un recuerdo especial para Emilio Petcoff, maestro de periodistas, que durante largos años pasó los veranos en la costa, escribiendo notas de color que no pueden quedar afuera de ninguna antología de la crónica periodística. “Emilio también fue un gran amigo, una persona muy culta que en dos palabras te describía una situación, te la embellecía.”
http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/subnotas/139334-45010-2010-01-31.html
CARLOS CIUFFARDI CONVIRTIO SU LOCAL DE COMIDAS EN UN CLASICO DE GESELL
Su reino por un panqueque
Su reino por un panqueque
Llegó en 1963 desde el barrio de Saavedra y su primer gran golpe comercial fue la hamburguesa con cebolla y panceta. La variedad interminable de panqueques que hicieron célebre su negocio lo ayudaron a salir de pobre. Pero hoy sigue trabajando.
Por Carlos Rodríguez
Desde Villa Gesell
Si alguien lo presenta como Carlos Ciuffardi, un porteño de “algo más de 70 años”, como él prefiere decir, nadie entendería nada. Este personaje siempre sonriente, con su gorra a lo Capitán Piluso amarrada a la cabeza, es un hombre muy popular en Gesell y en muchas ciudades de la Argentina si se lo presenta como Carlitos, el rey de los panqueques. De los panqueques que se hacen para comer, porque él nunca se dio vuelta en nada: “Yo soy de izquierda”, afirma mientras señala frases de Fidel Castro y el Che Guevara que le dan un toque político a su negocio del paseo 106, a media cuadra de la avenida 3, uno de los más concurridos de la villa. “Podrán cortar todas las flores, todas, pero nunca terminarán con la primavera.” La palabra de Pablo Neruda le cae justa al propio Carlitos, activo y alegre como cuando llegó por primera vez a Gesell, en 1963, desde su porteño barrio de Saavedra.
“Me vine a trabajar con Aldo, un hombre muy bueno que tenía una panquequería chiquita, La Martona, donde se hacían cosas muy sencillas. Mi primer gran golpe fue inventar la hamburguesa número 8, con cebolla, panceta, huevo, tomate, queso y lechuga. Después vino una variedad interminable de panqueques y así fue que salí de perdedor, porque yo estaba en Pampa y la vía, sin un peso, cuando me vine por primera vez.” Carlitos tiene una mirada pícara que se ilumina cuando dice: “¡Cómo me quiere la gente!”. No es alarde, la gente hace cola para sacarse fotos con él. Parece Maradona en Sudáfrica, rodeado de chicas y chicos tostados por el sol.
Tiene panqueques que rinden homenaje a figuras políticas como Eva Perón o Gandhi, a músicos como Charly García, Silvio Rodríguez o el Flaco Spinetta, a tangueros como Piazzolla o don Osvaldo Pugliese, y también a un montón de artistas populares. “‘La Yumba’ es mi favorito”, aclara por las dudas, cuando se declara fanático del dos por cuatro.
Tiene una anécdota con Spinetta. “Yo no lo conocía al Flaco y cuando vino por primera vez lo estuve cargando todo el tiempo, diciéndole chistes. Después alguien me dijo, “guarda que ése es un fenómeno del rock, un genio”. Yo nunca lo había escuchado y desde ese día lo empecé a escuchar”. Hincha de River, tiene sus anécdotas en la cancha del club Platense, cerca de su barrio. “Una vez me metí en la cancha y le pegué una patada al linesman. Lo malo fue que tenía un maestro que era hincha de Platense y vio todo lo que había pasado. El lunes me preguntó, haciéndose el distraído, cómo había andado mi domingo. Le dije que estuve estudiando, en fin, le mentí. Me hizo escribir cien veces ‘no debo pegarle patadas a nadie’. Yo era un vago, un atorrante, vivía en la pobreza y Gesell me salvó.” Hoy tiene 26 boliches que llevan su nombre, en Carlos Paz, Caballito, La Plata, Lanús, Luján, Pilar y otros rincones del país.
Antes, sus negocios se llamaban “Carlitos, el rey de los panqueques”, pero como aparecieron impostores con la misma denominación, tuvo que cambiarlo y patentarlo como “El amanecer de Carlitos y sus hijos”. Con un guiño, sin nombrar a los que usan su nombre, dice que la “culpa” la tuvo su mamá: “¿Cómo le va a poner Carlitos a tantos hijos que tuvo?”. Dice que nunca se detiene, que está siempre activo, porque “la revolución no se hace quedándose parado”. Reconoce que vino de “la extrema pobreza”, pero que no quiere ser considerado “un rico”. A sus hijos los educó para que “no sean...”. Completa la frase tomándose la nariz y haciendo el típico gesto de quien tiene la nariz “parada”. “Sigo siendo un laburante”, insiste. Y se confiesa lector de Página/12.
Para el final de la nota, trae una bandeja llena de las hamburguesas caseras que acaba de preparar con sus propias manos. “Me gusta, soy feliz”, dice este hombre que pasa los veranos en Gesell y el resto del año en su viejo barrio de Saavedra.
http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/subnotas/139334-45009-2010-01-31.html
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