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Todos triunfan menos vos

Offtopic12/25/2016

VOY A CONTAR UNA VIEJA HISTORIA




Si te fijás bien, cada puto animal y planta en este mundo hace lo mismo salvo por vos.

Todos se aferran a la vida como pueden, con uñas y dientes, para resistir las patadas en el culo que les encajan una y otra y otra vez.

Todos dibujan su cara en la arena, lo más hondo que pueden, esperando que cuando el mar suba no se lleve su rostro.

Todos menos vos.

Un poco no lo hacés por pajero y otro poco porque deliberadamente te están arrinconando contra la esquina última del piloto automático que requiere todo engranaje.

Te están desplazando de lo único vital que existe.

De lo único que todos compartimos, cada puto animal y planta en este mundo.



Pero, ¿sabés qué?, todavía estás a tiempo de hacer lo que viniste a esta vida a hacer.

Los ejemplos son muchos.

Pero arranquemos con uno.

El otro día estábamos con mi novia y su familia en la playa.

Era un día de mierda, ventoso y ventoso y ventoso.

Encontramos cierto reparo a las cachetadas arenosas que nos encajaba el viento hijo de puta en unos acantilados que había en la costa.

Ahí fue cuando la vimos.

Una avispa arrastrando a una araña.



Mi suegro manoteó los datos que se le habían impregnado por frecuentar Animal Planet con la constancia que sólo puede tener alguien con bigotes. Aparentemente, la avispa le había inyectado a la araña no sé qué carajo que la dejó viva pero inmóvil. Entonces ahora la arrastraba hacia su nido donde iba o a meterle sus larvas o a dársela a sus crías para que la morfen, así, vivita y coleando. Creo que hasta el aracnofóbico más empedernido no podría haber sentido otra cosa más que compasión por la pobre arañita moviendo apenas una patita mientras la avispa la arrastraba y arrastraba y arrastraba.

Porque ahí estaba la cuestión.

La avispa arrastró a la araña a través de la playa plagada por huellas en la arena que, para el tamaño que tenía el bicho, eran abismos que encima se desmoronaban, hasta que llegó al acantilado que para nosotros tenía tres metros y pico pero que para ella era interminable.

Y ahí, a trepar.

A trepar y trepar y trepar y había subido un metro, metro y medio, dos metros y ya te dije que era un día de mierda ventoso y ventoso y ventoso, ¿no?

Puf.

Sopló un viento arenoso hijo de puta y la avispa cayó a la mierda con la araña.

¿Me podés creer que no se tomó ni un segundo para putear? Nada de deprimirse, comer helado, pelotudear más de lo debido en internet. Nada. Al instante de caer ahí estaba de nuevo, arrastrando y arrastrando y después trepando y trepando.





Y, sí, vino otro viento hijo de puta y la tiró.

Tampoco puteó.

Ni dudó.

Enseguida estaba arrastrando y arrastrando y trepando y trepando.

La distancia que la separaba de su nido no se medía con centímetros o metros o con cualquier gilada inexistente con la que nos enseñaron a medir. No. La distancia que la separaba de su nido se medía con una certeza o con la otra. O iba a fracasar o sus crías iban a sobrevivir.

Una de las dos.

Sólo una de las dos era posible.

O fracasaba o sus crías vivían.

Y otro viento la volvió a tirar.

Y tampoco puteó ni dudó. Agarró otra vez a la araña y trepó y trepó y el sol ya se empezaba a ocultar allá por el horizonte y nos fuimos porque nos estábamos recontra cagando de frío.

La dejamos sola en la noche.



Si hubiese sido humana, la avispa aparecería en la tapa de todas las revistas, sería el centro único de cada libro de autoayuda, tendría su propia biografía de Hollywood, sus frases aparecerían sobre fotos o dibujos pedorros en placas en Facebook que tu tía seguro le encaja un like, daría discursos motivacionales y algún que otro gordo en la audiencia lloraría emocionado y se diría de cambiar su vida.

Pero no.

Su proeza pasó inadvertida.

Porque era un bicho. Porque no era una proeza. Era lo que tenía que hacer.

Es lo que hacen todos los bichos y los animales y los árboles y cada puto ser vivo. Se aferran con uñas y dientes a la vida y se bancan todas las patadas en el orto que les encajan y resisten y resisten hasta poder pasarle la posta a la nueva generación.



¿Entendés que hay unas plantas que tuvieron la inteligencia de saber que si desarrollaban frutas los bichos que andaban caminando por ahí se las morfarían y esparcirían así sus semillas?

¿Cómo mierda sabían las plantas que había bichos caminando por ahí?

¿Cómo mierda sabían las plantas cómo carajo crear una fruta que les gustara a esos bichos?

¿Cómo mierda sabían las plantas cómo interactuar con sus paladares, cómo funcionaba su aparato digestivo?

Hay plantas que saben cómo matarte, boludo.

Hay bacterias en el mar que se vuelven fluorescentes para que los peces, atraídos por la luz, las coman y entonces se pueden desarrollar dentro de sus organismos.




Es vida adaptándose, aferrándose a la vida con uñas y dientes.

Es algo que elefantes y nogales y salmones tienen en común.

Todos salvo por vos.

Porque vas más o menos en piloto automático, de caja en caja en caja.

Toda la puta vida te estuvieron arrinconando contra esa esquina.

La otra vez hablábamos con una amiga de mi novia y mi novia le contaba sobre cómo el trabajo no la llenaba y la amiga dijo: “Bueno, un trabajo es un trabajo. La mayoría que conozco no tiene una vocación. Laburan y listo.”



Yo también escuché la misma oración en las voces de familiares y amigos.

“Un trabajo es un trabajo.”

Pareciera que alguien nos martilló palabra por palabra en el cerebro.

¿Pensás que si una planta pudo transformarse en un tomate para esparcir sus semillas, y así mantener a su familia viva, un humano no puede clavar una idea en el inconsciente colectivo para que te quedes en tu laburo de mierda y así tenés tu sueldito y les comprás lo que te venden?

¿Pensás que achurar la educación no es algo deliberado?

¿Pensás que no sos una araña inmovilizada arrastrada por una avispa?




Hay unos hijos de puta a los que no se les ocurrió mejor idea para sobrevivir que transformar a la humanidad en un engranaje, consumiendo, produciendo, consumiendo, produciendo, consumiendo, consumiendo, consumiendo.

Lo vienen haciendo hace siglos.

Hace siglos que vienen privándote de lo único vital que existe, de esa urgencia y fragilidad y fuerza que es estar vivo.

Hace siglos que vienen poniéndote pelotudeces que brillan frente a los ojos para que no puedas ver el acantilado que tenés que trepar.

Hace siglos que vienen desalentándote para que no hagas lo que viniste a hacer a esta vida, lo que vino a hacer cada bicho, animal o planta: darlo todo, incluso si eso significa cambiar por completo quién sos, con tal de aferrarte a la vida, de pasar la posta a la nueva generación, de dibujar tu rostro en las arenas del tiempo.



Los hijos de puta encontraron la manera de alimentarse con tu vida.

Pero todavía estás a tiempo.

Hay una película inglesa que la recuerdo lenta y triste como ella sola. Se llama “Mr. Harvey lights a candle” o “La fe de Míster Harvey.”

Te la cuento porque creo que ni en pedo la vas a ver.

La cuestión es que Mr. Harvey era un profesor tristón, silencioso, ya más viejo que joven. Llevaba, como todos los años, a sus alumnos a un tour a Stonehenge y a la catedral de Salisbury, en Inglaterra.



A los pibes, obvio, les chupaba un huevo. Se la pasaban pelotudeando con sus celulares y comprando giladas que están en descuento en las paradas del viaje. Encima como joda le punguearon su billetera donde el pobre tipo guardaba una foto de su esposa que se había suicidado.

La foto es del momento en el cual él le había propuesto matrimonio, veintiún años atrás, ahí, en la mismísima catedral de Salisbury.

Los pibes le hicieron mierda la foto.

Y ahí el tipo, siempre cabeza gacha, siempre callado, los confrontó y les dio un discurso del cual no me acuerdo un carajo, salvo por una parte. Les habló sobre cómo malgastaban su tiempo con pelotudeces chicas como celulares. Les habló sobre cómo la catedral de Salisbury tardó cien años en ser construida. Les habló sobre cómo la gente creía en algo más grande que ellos mismos, sobre cómo construían algo cuyo final jamás verían, sobre la importancia de alzar monumentos.



hupame la pija con que un trabajo es un trabajo.

Chupame la pija con que si no estás feliz las cosas deberían ser así.

Chupame la pija con que no podés hacer un mundo mejor.

Encontrá cuál es tu monumento y construílo.

Listo.

Es corta.

Así de simple.

Encontrá cuál es tu luz y clavá tu antorcha en el mismísimo culo de la noche.



Hacé mierda a esos hijos de puta que morfan tu vida.

Desconfiá de toda crítica que tenga olorcito a engranaje.

Es jodido, es cansador, seguro. Pero subite a ese puto acantilado y trepá y si el viento te tira abajo no putees ni dudes, volvé a trepar, una y otra y otra vez. Abajo van a estar esperándote para venderte cosas, para desalentarte. Trepá.

Hacé lo que viniste a esta vida a hacer, lo que cada puto animal y planta en este mundo vino a hacer.

Todavía estás a tiempo.

Dibujá tu cara en la arena, lo más hondo que puedas, esperando que cuando el mar suba no se lleve tu rostro.
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