Esta es una pequeña carta escrita por una joven universitaria de 21 años que deja una lección conmovedora para todos aquellos que perdieron alguna vez un ser querido.
Quiero tener a mi madre conmigo, aunque sea en recuerdos, porque cada recuerdo me llena el alma y me devuelve la sonrisa…
Las personas siempre tienen un temor en la vida como la muerte, las arañas o quedarse solos. Si me preguntan cuál es mi mayor temor en la vida, la respuesta es simple; ninguno. Con tan solo 21 años, viví en carne propia la peor de mis pesadillas y por si fuera poco mi único temor.
Aunque no quise admitirlo, el dolor me devoraba poco a poco cada día, pero en el afán de seguir adelante y ‘’triunfar’’, seguí con mi vida haciendo de tripas corazón, con la furia de un dolor que a ratos me impedía incluso respirar, como si un par de manos invisibles oprimieran mi garganta sin dar tregua a aquella fortaleza que tanto admiraban todos aquellos que me rodean. Sin embargo, en algún momento todo corazón roto queda al descubierto; mi madre, aquella mujer que lucho todos los días de su vida por mantenerme segura y feliz, se marchó a otro lugar, cambió de cuerpo, quizás estaba más cerca de lo que yo imaginaba.
‘’Nada muere; los hombres fingen estar muertos y tienen que aguantar la parodia de sus funerales y afligidas necrológicas, y ahí están, de pie, mirando por la ventana, sanos y salvos, con un nuevo y extraño disfraz’’.
Cuando la tristeza te atrapa no hay forma que puedas escapar de ella, se hace presente cada mañana cuando intentas levantarte, o cuando vas de vuelta a casa después de un largo día de universidad. Ella está ahí para hacerte pedazos sin importar nada más, o al menos eso es lo que yo creía, hasta que luego de un año luchando con aquel sentimiento, me dejé vencer; yo misma me había derrotado y fue entonces cuando comprendí que la pena y la ansiedad estaban aquí para ayudarme, para hacerme entender que triunfar no significa más conquistarse a sí mismo y que para ello es necesario ser sensatos y aceptar la realidad tal como es. Viví el mayor de mis miedos, lo cual no significaba que lo hubiera enfrentado, todo ese tiempo había ocultado mis emociones y ya era tiempo de hacerse cargo.
Lectura, música, pintura… nada era suficiente, conquistar las emociones parecía más complicado de lo que podía entender en ese momento. Volvía a lo mismo, llantos, pataletas, procrastinación.
Nada apaciguaba el dolor y la ira que sentía hacia todos y hacia mí por no ser capaz de superar aquel episodio, superar la muerte de mi madre.
¿Superar la muerte? Qué es lo que se supone se significa superar una muerte, ¿acaso es olvidar que sucedió, dejar de extrañar a quién ya no se encuentra presente o dejar de sentir nostalgia por aquellos momentos que solo están en la memoria? Lo que buscaba era poder continuar con mi vida tal como era antes, antes de verla abatida, luchando hasta el último latido de su corazón por seguir a mi lado, antes que la medicina la arrancara de mi vida bajo el diagnóstico de una terrible enfermedad: Leucemia, la maldita enfermedad que me obligó a resignarme a perder al amor de mi vida apenas escuché su nombre.
La respuesta siempre estuvo junto a mí, yo no buscaba olvidar los maravillosos momentos que compartimos, no quería, no quiero olvidar su muerte. Quiero tenerla conmigo, aunque sea en recuerdos, porque cada recuerdo me llena el alma y me devuelve la sonrisa.

La manera en que superé la muerte de mi madre fue afrontando la realidad, entendiendo que cada persona tiene una misión en esta vida, incluso estando ausente. Su misión, enseñar el verdadero sentido del amor
Y en ocasiones, el amor consiste en apartar el egoísmo y observar el hermoso espectáculo de un par de alas desplegándose y emprendiendo vuelo hacia otra vida
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‘’Y justo cuando la oruga pensó que era su final, se transformó en mariposa’’