Los Centros Comerciales son los Nuevos Templos y el consumismo son la nueva Religión. El centro comercial, admite dos metáforas, la religión y la guerra, que lo relacionan directamente con las catedrales por el papel que en aquellas sociedades medievales tenían como lugar de protección, ante una eventual acción hostil del enemigo, o como centro de encuentro social y espiritual. Se han hecho multitud de estudios empíricos en los que autores como Fiske, Brummett, Morris, Taylor, Bauer, Galbraith, Miller y Rifkin, apoyados en diversos experimentos realizados en Norteamérica (Estados Unidos y México), América Latina y Europa, nos ayudan a entender uno de los fenómenos contemporáneos más extendidos pero al que, quizás, por su acentuada cotidianidad, menos tiempo le dedicamos. Durante cientos de años el espacio público, por excelencia, era la plaza pública en donde tenía lugar la vida real de la población. Se integraba como un must en el diseño de la ciudad. Era un lugar de encuentro, de celebración y de cultura en su dimensión más global. Ceremonias de todo tipo, encuentros deportivos, desfiles militares y entretenimiento popular e incluso culto, expresadas en corridas de toros o representaciones teatrales, hacían converger en un solo punto a todas las escalas sociales. Es cierto que también tenían lugar en la plaza transacciones comerciales, muchas veces de mercado de abastos en instalaciones, más o menos permanentes, que se apoyaban sobre los muros de la catedral, pero siempre fueron consideradas como una función derivada. Y todo en un ámbito libre, abierto y relativamente democrático, por la convivencia natural de las distintas escalas sociales, en un tiempo donde la movilidad social, aunque posible la mayoría de las veces por las armas, era limitada. Icono de modernidad Ahora, digamos que poco antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial y como respuesta al impacto científico del taylorismo en las técnicas de producción y del nacimiento de la publicidad moderna, en un intento de buscar un momento de nacimiento histórico, y exportado a todo el planeta desde Estados Unidos, esas distintas actividades que tenían lugar en la abierta plaza pública se han confinado a un espacio cerrado: el centro comercial. Icono de modernidad en el consumo y perfecta relación entre producción en masa y consumo masivo. Ese conjunto de expresiones sociales y actividades culturales se ha convertido en una “mercancía a la venta donde la cultura existe en forma de experiencias mercantilizadas” (Rifkin). Según nos apunta Morris, esta diversidad encierra una cualidad dual del centro comercial: la estrategia del encanto y de la seducción trufada, hábilmente, de sorpresa y confusión, familiaridad y armonía. Un abanico de posibilidades tan extenso como disperso pero convenientemente categorizado y que simplifica nuestro perfil de consumo en alguna de las cuatro opciones siguientes: “Conseguidores” o consumidores tradicionales de alto nivel educativo, materialistas, que se esfuerzan en su ámbito laboral y que sentirán la poderosa y distinguida llamada de exclusivos productos de marcas de lujo. “Emuladores”, individuos conspicuos, jóvenes, sabedores de su actual estatus marcados por un consumo aspiracional. “Socios”, consumidores de clase media, con ingresos medios y conservadores en sus decisiones de compra. “Sufridores”, condenados a un consumo de supervivencia. En este contexto experiencial, el “ir de compras” (el hacer shopping) trasciende la mera transacción de compra-venta para ser mucho más. matrimonio en masa realizado en el centro comercial Sambil en Venezuela El consumismo se encarna en nueva religión contemporánea y el centro comercial es su nuevo templo que, a diferencia de las catedrales que pretendían evocar un mundo espiritual e interior, el centro comercial se esfuerza en replicar elementos que nos unan a un mundo exterior idealizado y mucho más trivial. Encontraremos fuentes, árboles, palmeras, cielos estrellados de leds, grandes rocas volcánicas y un número cada vez mayor de símbolos, mucho más explícitos, simples e inmediatos que los dejados por las logias masónicas en los sillares de piedra de las catedrales. Sólo comprensibles por aquellos que las sabían interpretar. Hay tres símbolos que la masonería toma como esenciales: el martillo simboliza “la fuerza necesaria para realizar la obra”, el cincel, “la inteligencia sin la cual la fuerza sola no sería útil y gracias a la cual la forma deseada aparecerá de la piedra bruta” y la regla, con la que podrá “dividir su tiempo en tres proporciones, una para el trabajo, otra para el estudio y la última para el descanso”. Tanto es así que hasta los obispos europeos han alzado su voz para que la Unión Europea otorgue un trato adecuado al domingo. El obispo de Almería, delegado español en la Comisión de Conferencias Europeas de la Comunidad Europea
Los centros comerciales son los nuevos templos religiosos
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