InicioOfftopicLos demócratas argentinos

Hay en la Argentina una casta de sanateros con disfraz.
Se trata de mentirosos sistemáticos que llegan a creerse su propia mentira y a ofenderse si uno se las hace notar.

Digamos, para llegar al poder político de una nación hay muchos medios.

Nuestros próceres históricos tomaron las armas y salieron a matar a las autoridades vigentes.

Porque San Martín y Belgrano no hicieron otra cosa que despojar por la fuerza a quienes habían formado un Estado en estas tierras, habiendo despojado antes a otros habitantes nativos menos poderosos, quienes jamás antes habían conformado una nación unificada ni Estado alguno.

¿Era eso democrático?

Bueno, deberíamos definir muy bien qué es la democracia y luego hacer un análisis lógico a ver si algo de ello concuerda.

Hector Polino es uno de esos socialistas argentinos que jamás nombra a Carlos Marx.

Como socialista era Roberto Noble, fundador de Clarín, o como Federico Pinedo, gestor de la dependencia económica con Gran Bretaña durante el gobierno de Agustín P. Justo.

Los otros días, en un programa de televisión, celebraba el aniversario de Alfredo Palacios, otro socialista, mostrando su foto y alabando su condición de gran demócrata.

Y mostraba otra en la cual aparecía con Arturo Illia, un radical, quien también sería ejemplo de democracia para estos sujetos.

Los honestos demócratas.

Pues, cuando en 1955 una banda de militares derrocaron al gobierno republicano elegido por el pueblo, que había cancelado toda deuda externa del Estado, que había sancionado legalmente una
Constitución Nacional con los derechos de segunda generación para beneficio del pueblo, y que había brindado el más justo reparto de la renta nacional tanto como el mayor desarrollo industrial, tecnológico y científico de nuestra historia, tanto los socialistas como los radicales se manifestaron en apoyo de los sediciosos.

Tanto fué así que varios radicales y socialistas participaron activa y personalmente en el ataque a la Plaza de Mayo, previo al golpe de Estado, ametrallando y bombardeando a cientos de civiles desprevenidos.

Dos nombres de esos grupos fueron el radical Miguel Ángel Zavala Ortiz y el socialista Américo Ghioldi, autor de la famosa frase "se acabó la leche de la clemencia" usada desde el diario socialista "La Vanguardia" para anunciar fusilamientos y persecusiones políticas hacia los peronistas.

El socialista que aplaudió el fusilamiento del general Juan José Valle por oponerse al golpe de Estado.

En seis meses, los delincuentes al gobierno fueron a Europa a tomar una deuda sin motivo para el Estado, cerraron la fábrica de locomotoras diesel-eléctricas que habían sido de avanzada en el mundo y comenzaron un proceso para volver a primarizar la producción en la Argentina.

Para volver a ese esquema de comercio de un quintal de trigo por un pañuelo francés que desarrollaban esos dueños de la tierra hacía un siglo.

A los dos años, el gobierno criminal convocó a una reunión de sus aliados políticos, la UCR y los diversos partidos socialistas, a la cual bautizó "Convención Constituyente".

El fin era convalidar la anulación previa de la Constitución Nacional hecha por proclama militar, y darle un toque legalista y "democrático".

Se armó una farsa de elecciones en las cuales sólo podían elegirse los candidatos que pusieran los militares y esos partidos aliados, y se juntaron para hacer el arreglo ilegal y reinstalar la vieja Constitución de 1853.

No hubo siquiera un sólo radical o socialista que se opusiera a esa violación de las leyes, las instituciones y los principios republicanos.

De hecho, el socialista Alfredo Palacios fué uno de los "convencionales" que defendió con mayor ardor y a los gritos la derogación de todos los artículos de defensa social, tanto como el Art. 38 que definía los límites de la propiedad privada y su función social, y el Art. 40 que nacionalizaba el comercio exterior, los recursos mineros y energéticos y los servicios públicos, para ponerlos al servicio del bien común.

Un año después, el régimen ilegal y criminal llamaba a elecciones no libres, ofreciendo sólo las opciones que quería y prohibiendo al peronismo, violando aún la misma Constitución nula que habían reimpuesto por la fuerza derogando ilegalmente la genuina y válida de 1949.
Serviles y voluntariosos, los radicales presentaron a su candidato Arturo Frondizi, quien fué designado Presidente de una falsa República.

Al poco tiempo, sus jefes lo destituyeron porque no les gustaban sus decisiones, colocando en su lugar a un pelele, el abogado José María Guido, cuyo gobierno-gerencia dejó la economía en manos de otro demócrata socialista, Federico Pinedo, protagonista de la "década infame" preperonista, reemplazado luego por el oligarca José Alfredo Martínez de Hoz.

Daba todo lo mismo.

Al poco tiempo, en octubre de 1963, el partido radical provee de otro Presidente ilegal a la falsa república, el honesto, bueno y apacible médico Arturo Illia.

Un sujeto buenísimo que accedió a violar nuevamente la ley participando en elecciones condicionadas con prohibición, jurando por una Constitución nula violando sus propios artículos, para ser Presidente.

Entre sus funcionarios, el inocente Presidente demócrata, nombró como Ministro de Relaciones
Exteriores al bombardero contra su propio pueblo, el ex comando civil Miguel Angel Zavala Ortiz, quien se encargó personalmente de evitar que Juan Peron regresara al país en 1964, haciendo que su avión regresara a España al llegar a Brasil.

El demócrata Illia había garantizado publicamente que el ex Presidente legal depuesto podía volver a la Argentina con la protección del Estado.

A los tres años, era echado a patadas por los jefes militares.

Para más datos, el socialista demócrata derogador de derechos sociales Alfredo Palacios fue premiado por el militar usurpador oligarca Eduardo Lonardi con el cargo de embajador en Uruguay, y el socialista fusilador Americo Ghioldi, fue designado por el sedicioso Jorge Videla como embajador en Portugal en 1976.

Esos son los demócratas socialistas y radicales por los cuales el socialista Héctor Polino manifiesta su admiración y orgullo, emocionado hasta las lágrimas.

Afortundamente para ellos, el pueblo argentino es muy ignorante.

De no ser así, sus cabezas momificadas estarían adornando los postes de la Plaza de Mayo.

Por: Martín Alcala
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