Vale la pena leerlo para sacudirse y abrir los ojos. Cinco minutitos de sabiduría en Taringa!
En Japón, en un pequeño poblado no muy lejos de la capital vivía un viejo samurai. Un día, cuando él instruía a sus aprendices, se le acercó un joven guerrero conocido por su rudeza y crueldad. Su forma de ataque favorita era la provocación: él sacaba de sus casillas a su oponente, y cuando aquél ya estaba cegado por la ira y cometía errores en la pelea, el otro, tranquilo, comenzaba a pelear, ganandole con facilidad.
El joven guerrero empezó a insultar al viejo, le lanzaba piedras, lo escupía y le decia las peores palabras que conocía. Pero el viejo se quedó ahí, quieto como si no ocurriese nada y continuó con su enseñanza. Al final del día, el joven guerrero, cansado y enfurecido, se fue a casa.
Los aprendices, soprendidos de que el viejo samurai hubiese soportado tantos insultos, le preguntaron:
— ¿Por qué no peleaste con él? ¿Tenías miedo de la derrota?
El viejo samurai respondió
— Si alguien se acerca con un regalo, pero tú no lo aceptas, ¿a quién pertenece el regalo?
— A quién lo traía — respondió uno de sus discipulos
— Lo mismo ocurre con el odio, la envidia y las malas palabras. Hasta que no las aceptas, le pertenecen a aquél que las traía
Caía la nieve. Todo al rededor estaba tranquilo y los copos de nieve caían dibujando circulos en una caprichosa danza, acercandose lentamente a la tierra.
Dos copitos de nieve que volaban cerca el uno del otro empezaron a conversar y para que el viento no los alejara, se tomaron de la mano y uno de ellos exclamó:
— ¡Qué sensación fantástica la de volar!
— No estamos volando, solo caemos. —dijo triste el otro
— Pronto nos encontraremos con la tierra y nos convertiremos en una hermosa cobertura blanca para ella
— No, vamos a encontrarnos con la muerte: cuando caigamos a tierra nos pisotearán
— Nos convertiremos en pequeños riachuelos y al final iremos al mar. ¡Seremos eternos! —Dijo el primer copo de nieve
— No, nos derretiremos y desapareceremos para siempre — objetó el segundo copo
Al final se cansaron de discutir
Se soltaron de las manos, y cada uno de ellos voló al encuentro con el destino que eligió
Cerca al camino había un arbol que creció torcido. Una noche, cerca de él pasó corriendo un ladronzuelo. Desde atrás observó una silueta desconocida, y con temor pensó que en el camino había policias, y por eso huyò con espanto.
Una tarde cerca del árbol pasó un joven enamorado. Desde lejos, vió una silueta femenina y pensó que su amada lo esperaba con impaciencia. Se alegró y aligeró el paso hacia su encuentro.
Un día cerca del árbol pasaba una madre con su pequeño hijo. El niño, asustado por cuentos que había oido, pensó que al lado del camino se encontraba un espanto que lo observaba, y comenzó a llorar con vehemencia.
Pero el árbol siempre fue sólo un árbol.
El mundo que nos rodea es sólo un reflejo de nosotros mismos.
La parábola del samurai
En Japón, en un pequeño poblado no muy lejos de la capital vivía un viejo samurai. Un día, cuando él instruía a sus aprendices, se le acercó un joven guerrero conocido por su rudeza y crueldad. Su forma de ataque favorita era la provocación: él sacaba de sus casillas a su oponente, y cuando aquél ya estaba cegado por la ira y cometía errores en la pelea, el otro, tranquilo, comenzaba a pelear, ganandole con facilidad.
El joven guerrero empezó a insultar al viejo, le lanzaba piedras, lo escupía y le decia las peores palabras que conocía. Pero el viejo se quedó ahí, quieto como si no ocurriese nada y continuó con su enseñanza. Al final del día, el joven guerrero, cansado y enfurecido, se fue a casa.
Los aprendices, soprendidos de que el viejo samurai hubiese soportado tantos insultos, le preguntaron:
— ¿Por qué no peleaste con él? ¿Tenías miedo de la derrota?
El viejo samurai respondió
— Si alguien se acerca con un regalo, pero tú no lo aceptas, ¿a quién pertenece el regalo?
— A quién lo traía — respondió uno de sus discipulos
— Lo mismo ocurre con el odio, la envidia y las malas palabras. Hasta que no las aceptas, le pertenecen a aquél que las traía
Parábola de los dos copos de nieve
Caía la nieve. Todo al rededor estaba tranquilo y los copos de nieve caían dibujando circulos en una caprichosa danza, acercandose lentamente a la tierra.
Dos copitos de nieve que volaban cerca el uno del otro empezaron a conversar y para que el viento no los alejara, se tomaron de la mano y uno de ellos exclamó:
— ¡Qué sensación fantástica la de volar!
— No estamos volando, solo caemos. —dijo triste el otro
— Pronto nos encontraremos con la tierra y nos convertiremos en una hermosa cobertura blanca para ella
— No, vamos a encontrarnos con la muerte: cuando caigamos a tierra nos pisotearán
— Nos convertiremos en pequeños riachuelos y al final iremos al mar. ¡Seremos eternos! —Dijo el primer copo de nieve
— No, nos derretiremos y desapareceremos para siempre — objetó el segundo copo
Al final se cansaron de discutir
Se soltaron de las manos, y cada uno de ellos voló al encuentro con el destino que eligió
Parábola del arbol
Cerca al camino había un arbol que creció torcido. Una noche, cerca de él pasó corriendo un ladronzuelo. Desde atrás observó una silueta desconocida, y con temor pensó que en el camino había policias, y por eso huyò con espanto.
Una tarde cerca del árbol pasó un joven enamorado. Desde lejos, vió una silueta femenina y pensó que su amada lo esperaba con impaciencia. Se alegró y aligeró el paso hacia su encuentro.
Un día cerca del árbol pasaba una madre con su pequeño hijo. El niño, asustado por cuentos que había oido, pensó que al lado del camino se encontraba un espanto que lo observaba, y comenzó a llorar con vehemencia.
Pero el árbol siempre fue sólo un árbol.
El mundo que nos rodea es sólo un reflejo de nosotros mismos.