El semiólogo italiano Umberto Eco, en una columna publicada en la edición de ayer del diario Clarín, se hacía la siguiente pregunta retórica: ¿cómo sorprenderse de que haya gente que reniega de la evolución, si todavía hay gente que cree que la Tierra es plana?
Recordaba que, en 1982, una encuesta realizada en Francia había revelado que uno de cada tres franceses creía que el Sol gira alrededor de la Tierra. Señalaba también que hasta fines del siglo XVII había quienes rechazaban la teoría heliocéntrica copernicana; que en 1842 el abate Natalène sostuvo haber demostrado la hipótesis de Epicuro, propuesta 2200 años antes, de que el Sol tiene un diámetro de 32 centímetros; que durante todo el siglo XX hubo quienes insistieron en que la Tierra es plana y, cuando los viajes espaciales revelaron fotografías del planeta tomadas desde el espacio, insistieron en que éstas eran falsas, que estaban trucadas.
Ahora bien, complementando a Eco, se puede mirar el lado medio lleno del vaso. Al igual que hay quienes sostienen que la Tierra es plana o que el Sol gira alrededor de la Tierra (decimos, en la vida cotidiana, que el Sol sale, se pone, avanza hacia el Oeste), hubo también quienes señalaron la esfericidad terráquea mucho antes de que Nicolás Copérnico escribiera una letra de De revolutionibus orbium coelestium, publicado en 1543, en el año de su muerte. Mucho antes, también, de que Cristóbal Colón, valiente navegante genovés, se sentara en el Puerto de Palos a observar cómo los barquitos desaparecían en el horizonte y concluyera que si navegaba más allá de los mares no se caería en el abismo del fin del mundo.
Esta es una de las grandes sonseras que se siguen enseñando en las escuelas primarias: que Colón se enfrentó a los sabios de su época a causa de la esfericidad de la Tierra. Que Colón decía: “¡Navegaré hacia el Oeste, pegaré la vuelta y volveré por el Este!”. Y que los sabios, ignorantes y supersticiosos, le retrucaban: “¡No lo harás, embustero! ¡Llegarás al final del mundo y tu barco caerá en un abismo repleto de serpientes gigantes!”.
No sucedió de ese modo. Colón estaba equivocado y los sabios estaban en lo correcto, y si no acabó perdido en medio de altamar fue simplemente porque se chocó contra todo un continente cuya existencia desconocía. Era un buen marinero, eso es innegable, pero contaba además con lo que cualquiera que es bueno en algo debe tener: suerte.
Nadie ―o casi nadie― discutía la esfericidad terráquea cuando Colón partió a bordo de sus carabelas. En 1492 ya había, por caso, globos terráqueos (incompletos, eso sí, pero globos terráqueos al fin). La discusión entre Colón y los sabios era de dimensiones. Mientras que Colón ―basándose en su interpretación de los mapas del siglo IX del geógrafo musulmán Alfageno― sostenía que navegando unos 4300 kilómetros hacia el Oeste llegaría al Japón (es decir que llegaría, más o menos, a donde hoy sabemos que está Cuba), los sabios le decían que estaba chiflado y que se perdería en el medio del océano. Tenían razón. Ya en 1487, dirigiéndose hacia el Oeste a sabiendas de la esfericidad terráquea, los navegantes Fernando Dulmo y Joao Estreito, auspiciados por el Rey Juan II de Portugal, habían desaparecido y jamás habían regresado a tierra firme.
De no toparse con América, la expedición de Colón habría seguido el mismo destino.
La observación de que un barco en el horizonte no parece hacerse cada vez más chico hasta desaparecer, sino que más bien parece hundirse, no es mérito de Cristóbal Colón sino de Aristóteles. En el siglo II antes de Cristo, tanto Eratóstenes como Tolomeo, a sabiendas de la esfericidad terráquea, la midieron con bastante exactitud. Tanto los astrónomos griegos como los romanos, en la Antigüedad, sabían que la Tierra era redonda; no plana, ni sostenida por una tortuga gigante.
El resto es sabido: los adoradores del carpintero crucificado tomaron las riendas de la historia y la Tierra volvió a ser una planicie. Lactancio, el gran escritor y apologista cristiano de los siglos III y IV, preguntó en Instituciones divinas: “¿Existe alguien suficientemente extravagante para estar convencido de que existen hombres que tienen los pies para arriba y la cabeza para abajo, de que las hierbas y los árboles crecen descendiendo y la lluvia y el granizo caen subiendo?”.
San Agustín, Veda el Venerable y San Bonifacio, un gran seleccionado de incuestionables, coincidían en las lecturas bíblicas: la Tierra era un disco chato, como un vinilo, Jerusalén estaba en el centro y en los alrededores un vasto océano. Y si no le gusta, a la hoguera.
De algún modo, la idea sobrevivió. Basta con tomarse un tiempo, y ejercitar la paciencia, para leer las actas y publicaciones de la Sociedad de la Tierra Plana (Flat Earth Society), fundada en la década de 1890 por el curandero escocés John Alexander Dowie, refundada en 1956 por el astrónomo Samuel Shenton, todavía en actividad, denunciando conspiraciones, sumando adeptos.
En inglés hay un término que se emplea con mucha frecuencia: “flat-earther” (tierraplanista). Se lo usa para describir o referirse a una persona tremenda, increíble, extremadamente ignorante.
Se entiende por qué Eco comenzó hablando sobre aquellos que niegan la evolución de la vida, y terminó hablando sobre aquellos que sostienen que la Tierra es plana.
Tierraplanista es otra forma de decir dogmático.
Y dogmático es otra forma de decir ignorante.
Texto y Fotos: Marcelo Pisarro
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