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Así funciona la pena de muerte en Japón

Offtopic11/9/2017


Es posible que no lo sepas, pero en Japón existe la pena de muerte en caso de homicidio. Y como suele ocurrir en el país asiático, su funcionamiento difiere al sistema occidental. De hecho, para muchos el sistema nipón excede los límites de la crueldad humana.

Durante el período de Kamakura, la pena capital fue ampliamente utilizada y los métodos de ejecución se volvieron cada vez más crueles y sádicos. En esta época se incluían la quema de personas o la crucifixión, entre muchos otros métodos.



Durante el período de Muromachi, se utilizaron incluso métodos de ejecución más violentos, como la crucifixión al revés, el empalamiento por una lanza, el corte con sierras o el desmembramiento con bueyes o carros. Incluso los delitos menores podían ser castigados con la muerte, y los familiares o los vecinos también podían ser castigados junto con el delincuente.

Esta época tan gore, con un uso tan “liberal” de la pena de muerte, continuó durante el período Edo y principios del período Meiji. La tortura fue utilizada para extraer confesiones. Así se llegó a 1871, donde como resultado de una importante reforma del código penal, se redujo el número de delitos punibles con la muerte y se abolieron las torturas y flagelaciones excesivamente crueles.

Dos años después, en 1873, otra revisión resultó en una reducción adicional en el número de delitos punibles con la muerte, y los métodos de ejecución se restringieron a la decapitación o ahorcamiento. Actualmente, la pena capital es legal en Japón. Se aplica en la práctica solo por asesinato, casi exclusivamente en casos de homicidios múltiples, y las ejecuciones se llevan a cabo con la horca.

Sistema y estancias de ejecución


Espacio donde el reo puede tener un encuentro con un cura antes de la ejecución. AP


El sistema japonés tiene una especie de guía de sentencia mediante la cual basan su criterio para llevar a una persona a la ejecución. Aunque técnicamente no es un precedente, esta guía de 1983 ha sido seguida por todos los casos capitales posteriores. Los nueve criterios serían:

- Grado de crueldad
- Motivo
- Cómo se cometió el crimen: especialmente la forma en que la víctima fue asesinada.
- Resultado del crimen; especialmente el número de víctimas.
- Sentimientos de los familiares en duelo.
- Impacto del crimen en la sociedad japonesa.
- Edad del acusado (en Japón la mayoría de edad está en 20 años).
- Registro criminal anterior del acusado.
- Grado de remordimiento mostrado por el acusado.


La habitación de madera arriba, con las cortinas azules, es donde se toma al preso condenado. Se ata a una cuerda alrededor de su cuello y luego se deja caer en la habitación con baldosas grises a continuación. AP

En realidad, la cantidad de víctimas asesinadas es el criterio más importante para la imposición de la pena de muerte. Una sentencia de muerte dictada por un solo asesinato (condenas previas incluidas) se considera “extraordinaria”.

En Japón, y de acuerdo a sus leyes, la pena de muerte debe ejecutarse dentro de los seis meses posteriores a la falta de apelación final del preso por orden del Ministro de Justicia. Sin embargo, el período que solicita un nuevo juicio o el indulto está exento de esta regulación. Por tanto, se produce una especie de vacío en la práctica.

Los presos suelen estar en el corredor de la muerte entre cinco y siete años, aunque una cuarta parte de los presos han estado en el corredor de la muerte durante más de diez años. Para algunos, la estancia ha durado más de 30 años.

El corredor de la muerte y la ejecución


El Tokyo Detention House

Los condenados a muerte japoneses están encarcelados en los centros de Tokio, Osaka, Nagoya, Sendai, Fukuoka, Hiroshima y Sapporo. El sistema de justicia japonés y las instalaciones en las que están encarcelados no se conocen como prisiones, y los reclusos carecen de muchos de los derechos otorgados a otros prisioneros japoneses.

En la práctica, los reclusos pasan los días en confinamiento solitario y tienen prohibido comunicarse con sus compañeros de otras celdas. Se les permite dos períodos de ejercicio a la semana, no se permiten televisores y solo pueden tener tres libros. Además, los prisioneros no pueden hacer ejercicio dentro de sus propias celdas. Las visitas a la prisión, tanto por miembros de la familia como por representantes legales, son infrecuentes y están estrechamente supervisadas.

La orden de ejecución llega firmada por el Ministro de Justicia. Una vez que se firme la aprobación final, la ejecución tendrá lugar en un máximo de cinco días.


La habitación donde se ahorca al prisionero. La ventana en el fondo es donde los testigos pueden ver la ejecución que se lleva a cabo. Los anillos de metal redondos en la pared y el piso, a la derecha, son para mantener al prisionero en su lugar. AP

La pena de muerte se lleva a cabo en una cámara de ejecución especial donde el preso terminará colgado. Un punto muy importante, y motivo de quejas internacionales, ocurre cuando se ha emitido una orden de ejecución. El preso condenado lo sabe únicamente horas antes de su ejecución.

Entonces tiene la posibilidad de elegir la última comida. La familia y los representantes legales del preso, y también el público en general, son informados cuando ya ha sido ejecutado. Por cierto, el método de ahorcamiento es a través de una cuerda larga que provoca una muerte rápida por fractura de cuello.

Criticas a un sistema extremadamente duro


Los botones de la izquierda son presionados en el momento de la ejecución, aunque solo uno de ellos abre la trampilla roja que se ve en la otra sala. Esto es para que los guardias no sepan quién mató realmente al prisionero. AP

Durante los últimos años, varios grupos, entre ellos Amnistía Internacional, sostienen que el sistema de justicia japonés termina por “enloquecer” a los prisioneros en el corredor de la muerte.

Para estos grupos de defensa de derechos humanos, el tratamiento es “cruel” debido a los ahorcamientos el mismo día de la ejecución, el extremo aislamiento y el poco ejercicio. Todo junto acaba creando una tensión mental insoportable, “expuestos a un trato cruel, inhumano y degradante”.

Un informe de Amnistía de hace varios años decía que la práctica de decir a los presos que serán ahorcados horas antes de que los lleven a la horca causa brotes de “enfermedad mental importante”. Según el informe:

Para estas personas, cada día podría ser el último, y la llegada de un oficial de prisiones con una sentencia de muerte indicaría su ejecución en cuestión de horas. Algunos viven así año tras año, a veces durante décadas.


Otra imagen de la sala, en este caso con la trampilla abierta. AP

El trabajo, de 72 páginas, está basado en informes médicos y entrevistas con familiares y abogados de los reclusos. Uno de los casos citados es el de Iwao Hakamada, un ex boxeador profesional que había pasado más de cuatro décadas en el corredor de la muerte, posiblemente el preso que ha pasado más tiempo allí.

Hakamada fue declarado culpable en 1968 del asesinato de cuatro miembros de la misma familia, fue interrogado durante 20 días sin acceso a un abogado y finalmente declarado culpable sobre la base de una confesión firmada. Hace unos años, durante una breve evaluación médica, se le preguntó si entendía qué era una ejecución. El hombre respondió:

La sabiduría nunca muere ... Hay muchas mujeres en el mundo, muchos animales. Todos viven y sienten algo. Elefantes, dragones. De ninguna manera voy a morir ... No moriré.

Un psiquiatra dijo que sufría de “psicosis institucional”. Lo que quiso decir el profesional es que el sistema japonés estaba llevando a muchos presos al límite mental, esperando a que llegue un tipo que, o bien les trae la comida, o bien les informa que van a morir en unas horas en la horca.

Esa angustia mental de no saber si cada día será el último en la Tierra, de no poder hablar con nadie, de no poder moverte, de saber que tu existencia es inexistente, debe ser bastante terrible. Aunque quizá no tanto como los hechos que los llevaron hasta allí. Es posible que esta sea la razón que lleva a más del 80% de los japoneses a creer firmemente en la pena de muerte que impera en el país.


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