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Ensayo sobre la infidelidad.

Lo he hecho. He traicionado la confianza de la que alguna vez sentí en mi cabeza y corazón como la única mujer de mis días. Soy un monstruo.

Le he puesto los cuernos a mi mujer, se los he puesto con tanta delicadeza y dedicación, los adorne, los limpie y también los pulí, ahora ella los sostiene, ahora los luce, invisibles por ahora, pobrecilla, cargando un peso que no pesa aún porque no está cargado de los por qué, de los cuándo, de los comentarios morbosos y lascivos de la gente, de la risas y los juicios morales, de las miradas y el acoso latente de quien la conozca y también de quien la llegue a conocer.

Más allá de lo fácil que fue para mí hacerlo, me aterra más el hecho de haberla lanzado a la deriva, de haber abierto en su piel hermosa el estigma del rechazo social, de la burla, de los juicios morales, de haberla convertido en una cornuda vulgar.

Sólo me alcance para hilar unos cuantos pensamientos, tal vez simplones, tal vez hirientes, pero que no salen de mí.

Mis dudas quedan en las convenciones sociales que dan pie a un mundo de monogamia donde yo he convertido a mi mujer en boba, y no puedo evitar imaginar un mundo ideal, etéreo, efímero, donde las convenciones sociales aceptan la poligamia como algo normal, como si de tomar agua se tratase, llego a imaginar un mundo feliz. Luego, caigo en cuenta de donde están mis pies, del país en que resido, de las costumbres, del estupor violento que crea un chisme hiriente e insensible corriendo a través de bocas de harpías que sólo atacan por instinto, que sólo andan por ahí.

Hice mal, lo sé, pero....

Ahora mi inconsciente también me castiga, en mis sueños tengo la eterna pesadilla del hombre infiel. Me imagino caminando en un campo hermoso adornado por suntuosas flores por donde se le mire que irradian tranquilidad, purismo y algo más que la simple belleza banal. En el zenit el sol de un mes cálido y magnífico cuyos rayos llegan hasta mí y me encandilan, sin embargo, ese detalle no hace más que hacer todo más realista, más sensible, más real. A lo lejos puedo mirar figuras en aquel campo, no logro distinguir su figura ni vislumbrar qué son, pero, de alguna manera sé que son hermosos y que tienen ternura, inocencia y tal vez bondad en su corazón, corren de aquí para allá, persiguiéndose los unos a los otros, de vez en cuando van a lo que imagino es un río a beber y saciar la sed que la más pura e inocente felicidad les deja. Camino y me adentro caca vez más sólo para encontrarme con hermosos árboles cuyos frutos son coloridos y atractivos, cuya presencia crea una sensación de alivio, de bienestar, de que vienen tiempos mejores. Pero de pronto todo se vuelve tiniebla. Aquel de infinito goce se desvanece y como si de un cambio de escena violento se tratase todo se vuelve gris y frío, los árboles yacen apenas de pie, sin hojas adornándolos, sin frutas etéreos, yacen ahí apenas tristes, amargados, asfixiados. Aquel campo lleno de flores suntuosas se ha convertido en una planicie llena de cráteres, humo y putrefacción, todo vestigio de placer ya ha abandonado mi ser. La tensión en mí es cada vez más evidente y sin salir del sueño aún ya puedo sentir como tomo el edredón con mis manos y tiro de él, tal vez tratando de escapar de aquel sueño que se había convertido en una terrible pesadilla, tal vez queriendo escapar de mi destino. Logro despertar pero es más dolorosa la realidad que el sueño. Cuando uno tiene una pesadilla sabe de antemano que acabará, que terminará siendo un episodio nocturno más, que todo queda ahí en el sueño nomás, pero, con la realidad es diferente, la realidad está ahí, esperando paciente a que despiertes para atraparte en sus redes, augurando el desastre, siendo la interpretación de algún mal sueño siempre, siendo realidad siempre.

Me dirigí a la estación del transporte público para regresar a mi casa, me subí, le pague al chofer y encontré un asiento al fondo del bus. Me encontraba en la calle de la miseria, yo vivía en la calle de la vergüenza. Sentía esa presión el pecho, esa que no te deja respirar, esa que sientes cuando todo va mal, la sentí junto al característico nudo de garganta acompañado de unos ojos de vidrio a punto de derretirse y escapar de mis cuencas. Tenía el corazón roto. Pensé en sus ojos, en su mirar, recordé el sabor de sus labios, el aroma de su cuerpo, de su mismo cuerpo no el del perfuma que usaba, sentí su cabello a través de mis dedos y el bus pasaba una calle, vino a mi nuestro primer beso y ese sentimiento de euforia consiguiente, esa alegría interminable y el bus pasó otra calle. Recordé aquellas tardes y noches cuando escapábamos de la gente y nos acurrucábamos el uno a otro con nuestro cálido sexo, cada ocasión y cada momento, cada palabra y cada abrazo consiguiente al acto vino a mí, cada orgasmo y cada hora volvió y me inyecto una dosis de realidad. ¿Cómo pude haber cambiado nada por todo? El bus pasaba tres calles.

Sabía que tenía que confesarme ante ella, sabía que tenía que decirlo aunque aquello rompiera su ser en miles de trozos más pequeños cada uno, sabía que había que hacerlo, que tenía que decirle que todas las cartas fueron nada para mí, que todos los momentos juntos eran insuficientes, que todos los ratos difíciles en los que luchamos por nuestra relación habían sido basura, que ella para mí no era nada, todo eso resumido en un simple: “Te engañe”. Sabía yo que eso era lo que estaba detrás de aquellas dos simples palabras. Pero no podía. Caía sobre mí como rayo su mirada tierna, su decepción, sus preguntas, su corazón roto, su deslave inminente.

Baje del bus unas cinco cuadras después, había pasado mi parada.

No había solución.



Min: Alex Olrich



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