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El encuentro con la muerte: una historia del México profundo

Offtopic4/30/2018


===Enormes emociones se agitan en el pecho de los hombres, y cuando la fuerza de las circunstancias las revelan, se reconoce nuestra verdadera naturaleza: el espíritu del hombre bien puede incendiarse hasta calcinar el mundo entero, o puede henchirse de una fe tan poderosa que de verdad mueva las montañas. Sin embargo, cuando la emoción que se agita igual que el vasto mar es el amor, es muy posible volver a encontrar por un breve instante todos los paraísos perdidos…===



Era la hora airosa del día, y el viento de abril anunciaba por todos lados la primavera; y traía adosadas consigo las más deliciosas fragancias: aromas de clavellinas y flores de nanche; y aromas de pomarrosas y guayabos floreciendo resplandecientes al sol.





Mas todo aquello ahora resultaba ajeno al hombre, porque sabía que iba a morir. ¿Pero cómo? Si apenas hace unas horas era consciente de la belleza del lugar. Si había contemplado lleno de epifanía los rayos del naciente sol filtrándose entre los flanboyanes, y respirando hondo había atestiguado que la imagen era inmarcesiblemente cristalina; como si el horizonte se estuviera transformando en un tornasol. Y toda esta gama de sensaciones le habían hecho recordar su infancia, la cual había casi olvidado…


Justamente a la mente del hombre vino el recuerdo de cuando mamá grande lo llevaba a lomo de burro recorriendo rancherías en la vendimia del pan…Y recordó que en esa ocasión el pan de la vendimia era pan colorado; de cómo comió de niño ese pan, y fue para el niño que más tarde sería hombre el alimento más delicioso que su paladar había probado.



Cuanto ha cambiado mi vida, --se dice el hombre--, ahora el pan colorado me sabe simple, o tal vez sea que ya no lo hacen como antes... En la lontananza el mismo sol, el mismo cielo y el mismo horizonte de aquel día lejano siguen ahí, pero mama grande ya no está a su lado para verlos… Ensimismado en sus pensamientos, el hombre siente un nudo en la garganta y agitado aprieta su marcha; unas lágrimas amenazan ablandarle, y presuroso las limpia con las mangas de su camisa, porque es mal visto que un hombre llore, ¡hasta por él mismo! -–Si no lloré cuando mi mamacita falleció en mis brazos; ¡menos ahora lo haré!-- Pero es tarde, ya las lágrimas prorrumpen por sus ojos y el nudo en su garganta se ha vuelto un gemido…


A lo lejos, el inmenso abismo de la Ayotzin le espera para caracolear por el agreste tepetate, junto a la promesa mortal de una caída insondable. --¡Cuántas veces hubo andado este camino, sin sentir aprehensión alguna!-- Pero todo cambia, menos el inmenso paisaje; las horas transcurren lentas y pesadas sobre la espalda del hombre; tan pronto ya es hora de almorzar. Tiempo ha pasado cuando la comida la preparaba doña Pechi y amorosamente prodigaba de pan colorado, en afán de satisfacer el antojo de su adorado nieto. El viejo morral se desparrama: ricas viandas de la cocina de doña Beny y una bolsita llena de cajeles. ¡Con cuanta delicia se disfruta el alimento después de una dura jornada!



Es tiempo de la pizca: el campo antes reverdecido está ahora seco. El sol cae a plomo empoderando su fuerza sobre las doradas cañuelas y las blancas hojas de la mazorca las que reflejan sus rayos creando la ilusión de una inmensa bañera de luz -- ¿Cómo no vamos a estar morenos los campesinos? Si nos bañamos de sol y nos inundamos de su brillo—Piensa el hombre, al tiempo que calma la sed bebiendo de su bule de agua salada.



Con constancia junta las mazorcas en su ayate, luego lleva su carga al montículo sobre la cima de su empinado terreno: son dos almudes de maíz los que ha sembrado. Al menos espera juntar tres cargas y media de dorado grano. Pero primero habrá que juntar toda la mazorca, luego encostalarla y desgranarla con ayuda de sus vecinos: macouas le llaman. Yo te ayudo hoy, tú me ayudas mañana. Pero hoy el campo está bastante solo, muchas gentes han acudido en peregrinaje a la víspera de la fiesta de La Soledad. Otros, al igual que el hombre, esperan terminar hoy su labor de pizca, para mañana estar presentes en la fiesta patronal del pueblo.



La fiesta de la Virgen de la Soledad, fiesta en la que se desbordará el júbilo y la algarabía, porque representa la cosecha: adornando los hombres con flores y granos de maíz, frijol y calabaza las puertas del santuario: el fruto de su trabajo honrando a la diosa madre que les cobijó durante toda la temporada. Porque en el México profundo aún se venera a la tierra, la cual toma las formas más sagradas: en perpetuo ciclo, es madre de todos, es refugio de los hombres contra el hambre y la tempestad, por encima y en su cara de roca es asidero seguro en el cual levantar morada, y por debajo, en su blanda cara de arena es la última morada en la que nuestros cuerpos han de descansar…





El peso de las circunstancias arrastra a los hombres, y a menudo los arroja contra las cuerdas, contra los abismos; contra sus propias convicciones... De todas las realidades que pudieran suceder, una de ellas, tiene por fuerza o por capricho que ocurrir, y una vez liberada la cadena de sucesos, ya nada la detendrá: ni el odio, ni el amor, ni siquiera la fe de los hombres. Y así, un evento dio lugar al otro como en un desplome de fichas de dominó; y una vez más los caminos de los dioses y los caminos de los hombres fueron ratificados, alejados, escindidos: los dioses mudos e indolentes, los hombres, impotentes ante su propia muerte.



¿Qué fue lo que lo hizo atarse la cuerda a la cintura? ¿Acaso una reminiscencia de la niñez? ¿Acaso se sintió hombre-árbol, hombre-montaña? ¿Qué fue lo que asustó o lo que impelió al toro? El inmenso animal bramó como poseído por todo el ímpetu de la primavera. Enloquecido se lanzó en estampida contra el tepetate... El hombre sintió el tirón en sus manos; la cuerda las quemó, le desencajó los brazos, y le arrastró cuesta abajo. Boca arriba en la pendiente, aun pudo contemplar por un instante que pareció ralentizarse, al sol, a las nubes, a los inmensos cerros que reverdecían al amparo de la temporada. Pudo ver por última vez a las cascadas, que iridiscentes centelleaban una señal póstuma, quizás una endecha, quizás una elegía ante su muerte.



Abajo han caído, cuesta abajo del tepetate yacen el toro y el hombre. Los separa una cuerda de distancia, el animal herido agoniza. El hombre con los ojos abiertos frente al firmamento, pero ya sin mirar: tiene pulmones pero no respira, tiene esqueleto pero ya no anda. Tuvo sueños que la contingencia esfumó, así como su aliento; como las nubes que semejaban quimeras, las que se disiparon en un instante: porque soñó justo hace unas horas este mismo lugar embellecido con la honda inspiración de su memoria... Y ahora de su memoria desaparece, como para perpetuarse en otra realidad. Cuesta arriba queda su labranza, más arriba están los cerros, las nubes, el sol, ¿Dios?



El inmenso paisaje se desdibuja y se renueva al paso del tiempo, los hombres, peregrinos viajeros entre el cielo y la tierra abren una última morada, la cubren de tierra, de flores, de incienso y sahumerios. Dolientes, rezan por nueve días, luego, seguros del último final terminan su duelo. Ya no hay nada que ocultar: todo se ha descubierto. Porque para los mexicanos, ya no hay nada más que decir: la última verdad ya ha sido dicha...




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