Los chinos tampoco ayudan, pensaba, al examinar el volante callejero que además funciona como carta de menú, o si se quiere, la carta de menú que también funciona como volante callejero. El local gastronómico, especializado en “comida china”, está en Combate de los Pozos y Estados Unidos, en el sur de la ciudad de Buenos Aires. Digo “local gastronómico” para llamarlo de alguna manera. Ya se verá si es correcto.
Si se examina el volante-carta, se notará que se presenta indistintamente como rotisería, restaurante y restó. Estimo que “rotisería” es la denominación que mejor le calza, pues se trata de un despacho de comida: los platillos no pueden consumirse en el local, se encargan “para llevar”. Apenas hay una mesa con dos sillas, en un rinconcito del diminuto local, donde descansan periódicos extranjeros, guías de teléfono y pilas de volantes-cartas. Por si alguien quiere esperar allí en lugar de valerse del delivery, simplemente. En el local hay también algunas guirnaldas, un cuadro con un dragón, un televisor sintonizado invariablemente en TN. Afuera, las bicicletas de los repartidores.
Como soy un dinosaurio y “delivery” todavía me suena a neologismo, a capricho de burgués comodón, suelo caminar la cuadra que me separa del local y quedarme ahí sentado, holgazaneando, a la espera del encargo de chop suey o chaw-mi-fen, observando cada detalle con la curiosidad etnográfica de quien pretende convertir la anécdota empírica particular en observación teórica general: convertir una casualidad en la médula de un sistema explicativo.
La otra noche, aburrido de las imágenes del Dakar que transmitía TN, comencé a leer el volante-carta. Mismo caso que las instrucciones de algún producto electrónico o el prospecto de un medicamento: uno no lee casi nada, sólo los dos o tres datos que le interesan. Si es que lo hace.
Del volante-menú nunca había leído más que las variantes y los precios del chop suey y el chaw-mi-fen, que es lo que me gusta, en general en versión pollo. Esta vez lo leí con un poco más de atención. Transcribo la presentación, aunque mantengo unos cuantos errores gramaticales y ortográficos; no agrego el “sic” porque es de buchón y alcahuete, y si quisiera ser buchón o alcahuete pediría trabajo en Página 12, pero téngase en cuenta que los deslices no son de transcripción:
“RESTO MINUTISA” Les ofrece la oportunidad de probar la mas típicas y deliciosas comida de China, Japón y otros países de Asia. Dandole un gusto más parecido al de occidente para que todo quede a su agrado. Además contamos con los mejores Chefs de la comida oriental para que disfrute de una comida inolvidable.
Que el restaurante chino ofrezca las más típicas y deliciosas comidas de China, Japón y otros países de Asia (¿qué países? ¿Turkmenistán? ¿Azerbaiyán? ¿Bahréin?) no hace más que enfatizar el colectivo peyorativo de “chino”. En la ciudad de Buenos Aires, cuando se dice “chino” para referirse a determinados inmigrantes o hijos de inmigrantes, tanto da si se habla de un chino, un coreano o un taiwanés. Más que un signo identitario, “chino” es una identidad signada. El juego de palabras no es muy inspirado, aunque propone que “chino” aúna una proscripción y una generalización. Al igual que, hace un siglo, decir “rusos” o “gallegos” no significaba referirse necesariamente a un ruso o un gallego, tampoco hoy “chino” quiere decir que se esté hablando de una persona de origen chino.
Los brincos gramaticales y ortográficos del volante-carta, seguramente responsabilidad de alguien que no es chino (pero no puedo probarlo), no hacen más que enfatizar la desaprobación y el descrédito de la relación de los inmigrantes con la lengua mayoritaria. La presunción ―empíricamente improbable― de una lengua nacional homogénea encuentra en el extranjero, siempre, un problema.
Mejor aún: un problema creado por los mismos extranjeros.
En el último siglo la ciudad tuvo sus extranjeros indeseables, sus inmigrantes sospechosos. A principios de siglo fueron los italianos, los españoles, los “rusos” o los “turcos”. En los años 30 fueron los “cabecitas negras” que venían del interior del país. Luego, en las últimas décadas del siglo, fueron los “cabecitas negras” que venían de países limítrofes. Hoy los extranjeros despreciados de la ciudad parecen ser los bolivianos, los peruanos, los “chinos”.
Esto no es novedad, ni empírica, ni académicamente. Lo que sí resulta interesante es la negociación entre la proscripción local y el exotismo global. Y en ningún sitio parece más claro que en las costumbres alimenticias.
Los despachos de comida china están regados por toda la ciudad, y las clases medias y altas los aceptan de buena gana. Incluso algunos utensilios de cocina se volvieron comunes en muchos hogares; el wok, por ejemplo. Por otro lado, en el circuito de la graciosamente llamada “cocina étnica”, algunos locales gastronómicos de los barrios de El Abasto, Palermo o Belgrano, especializados en platos peruanos, se convirtieron en estrellas.
Sin embargo, esta aceptación gastronómica funciona como excepción, o en todo caso, como desviación: responde a las modas, a las tendencias culturales globales asociadas al cosmopolitismo y el exotismo. Se come chop suey, pero el chino sigue siendo el extranjero sospechoso: no hablan la lengua y son todos iguales.
El prestigio cosmopolita de la comida étnica u oriental siempre choca contra el bajo prestigio local que se le asigna al extranjero.
Se festeja el chop suey, pero se mira con mal talante a quien lo prepara.
Texto y fotos: Marcelo Pisarro
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