Amigos, esto como en el post anterior, voy a postear muchas leyendas y muchos relatos de terror. Estas seran un poco mas distintas y un poco mas escalofriantes
El anciano de la casa blanca.
Habia una vez un hombre que vivia en una casa blanca en cierta aldea y lo sabia todo sobre todos los que vivian en dicho lugar.
En la misma aldea vivia una mujer que tenia una hija de nombre Sally. Un dia le dio a Sally un par de guantes amarillos, amenazándola con matarla si los perdia.
Sally estaba muy orgullosa de sus guantes pero era tan descuidada que perdió uno de ellos. Después de haberlo perdido, la muchacha recorrió una hilera de casas de la aldea, preguntado en cada puerta si habian visto su guante. Pero todos contestaron negativamente y le dijeron que buscara al anciano que vivia en la casa blanca.
Asi que Sally se dirigió a la casa blanca y le preguntó al anciano si habia visto su guante. El anciano le dijo:
Yo tengo tu guante, te lo daré si me prometes no decirle a nadie donde lo has encontrado. No lo olvides: si se lo cuentas a alguien, te sacaré de la cama cuando den en el reloj las doce de la noche.
Y le devolvió el guante a Sally.
Pero la madre queria saber como habia perdido el guante y preguntó:
¿Dónde lo encontraste?
No me atrevo a decírtelo, contestó Sally, pues si lo hago el anciano me sacará de la cama a las doce en punto de la noche, ante esto su madre replicó:
Atrancaré todas las puertas y cerraré todas las ventanas. Luego hizo que Sally le contara dónde habia encontrado su guante.
Asi que la madre de Sally atrancó todas las puertas y cerró todas las ventanas. Sally se acostó a las diez en punto y se puso a llorar. A las once comenzó a gritar en voz alta y a las doce oyó una voz que le susurraba al oido pero que poco a poco aumentaba su intensidad:
Sally, estoy subiendo el primer escalón
Sally, estoy subiendo el segundo escalón
Sally, estoy subiendo el tercer escalón
Sally, estoy subiendo el cuarto escalón
Sally, estoy subiendo el quinto escalón
Sally, estoy subiendo el sexto escalón
Sally, estoy subiendo el séptimo escalón
Sally, estoy subiendo el octavo escalón
Sally, estoy subiendo el noveno escalón
Sally, estoy subiendo el décimo escalón
Sally, estoy subiendo el undécimo escalón
Sally, estoy subiendo el duodécimo escalón
¡¡Sally, estoy a la puerta de tu dormitorio!!
¡¡¡SALLY, TE HE COGIDO!!!
El anciano de la casa blanca.
Habia una vez un hombre que vivia en una casa blanca en cierta aldea y lo sabia todo sobre todos los que vivian en dicho lugar.
En la misma aldea vivia una mujer que tenia una hija de nombre Sally. Un dia le dio a Sally un par de guantes amarillos, amenazándola con matarla si los perdia.
Sally estaba muy orgullosa de sus guantes pero era tan descuidada que perdió uno de ellos. Después de haberlo perdido, la muchacha recorrió una hilera de casas de la aldea, preguntado en cada puerta si habian visto su guante. Pero todos contestaron negativamente y le dijeron que buscara al anciano que vivia en la casa blanca.
Asi que Sally se dirigió a la casa blanca y le preguntó al anciano si habia visto su guante. El anciano le dijo:
Yo tengo tu guante, te lo daré si me prometes no decirle a nadie donde lo has encontrado. No lo olvides: si se lo cuentas a alguien, te sacaré de la cama cuando den en el reloj las doce de la noche.
Y le devolvió el guante a Sally.
Pero la madre queria saber como habia perdido el guante y preguntó:
¿Dónde lo encontraste?
No me atrevo a decírtelo, contestó Sally, pues si lo hago el anciano me sacará de la cama a las doce en punto de la noche, ante esto su madre replicó:
Atrancaré todas las puertas y cerraré todas las ventanas. Luego hizo que Sally le contara dónde habia encontrado su guante.
Asi que la madre de Sally atrancó todas las puertas y cerró todas las ventanas. Sally se acostó a las diez en punto y se puso a llorar. A las once comenzó a gritar en voz alta y a las doce oyó una voz que le susurraba al oido pero que poco a poco aumentaba su intensidad:
Sally, estoy subiendo el primer escalón
Sally, estoy subiendo el segundo escalón
Sally, estoy subiendo el tercer escalón
Sally, estoy subiendo el cuarto escalón
Sally, estoy subiendo el quinto escalón
Sally, estoy subiendo el sexto escalón
Sally, estoy subiendo el séptimo escalón
Sally, estoy subiendo el octavo escalón
Sally, estoy subiendo el noveno escalón
Sally, estoy subiendo el décimo escalón
Sally, estoy subiendo el undécimo escalón
Sally, estoy subiendo el duodécimo escalón
¡¡Sally, estoy a la puerta de tu dormitorio!!
¡¡¡SALLY, TE HE COGIDO!!!
El pozo
Todo ocurrio el 26 de noviembre del 2001, la familia Guajardo quien era Matilde,
Omar
, Fernando (los hijos de entre 715 años) y los padres Julio y Rebeca recien se habia mudado a esa cabaña en el bosque. La casa tenia de todo un gran patio, 9 habitaciones, 2 pisos y por ultimo un POZO. Todo ocurre en la noche del 27 de noviembre del 2001, eran exactamente las 3:09 A.M Matilde estaba completamente dormida cuando se cae algo en la cocina, ella fue a investigar y encontró un vaso de vidrio roto en el piso, Matilde no tuvo mas remedio que tener que ordenar el desastre cuando de pronto
Omar
(el hijo menor de la familia )se despierta y va a la cocina, Matilde estaba limpiando cuando de pronto aparece una sombra en la pared de la cocina, de pronto aparece
Omar
y Matilde se asusta y da un fuerte grito:
ahhhh...dijo Matilde¡ Omar eres un inmaduro idiota!.
Omar se pone a reir pero de pronto Omar y Matilde ven la sombra que va al patio trasero de la casa, entonces Omar y Matilde se asustan y van a buscar corriendo del susto a Fernando (el hermano mayor), se lo cuentan todo, Fernando cree que solo es una broma infantil y dice que ira a investigar lo que pasó con aspecto de broma, entonces pasó lo indispensable: a Omar lo arrastran hasta lo mas oscuro de la parcela Matilde grita y despierta a sus padres. Los padres corren a donde Matilde y Fernando entonces le cuentan lo ocurrido.
La madre y el padre no lo podian creer, llevaron linternas los padres y los niños se quedaron en la casa. Paso 1 hora desde que los padres fueron a ver que pasaba y los niños se preocuparon cogieron unas linternas de alta potencia y fueron a buscar a sus padres y a Omar pero lo único que encontraron fue un pozo.
Los muchachos fijaron bien la luz y encontraron huesos, sangre humana reciente y cuernos. !Cuernos¡, dijo Fernando, entonces se apaga la luz de la linterna Matilde grita y todo acaba. En el dia Fernando despierta dentro de un pozo seco lleno de sangre y de pronto aparecen sombras inhumanas y poco a poco Fernando siente que le despedazan la carne. La casa fue vendida y poco después la otra familia desapareció sin dejar rastro alguno... Hasta el dia de hoy la cabaña sigue en pie.
ahhhh...dijo Matilde¡ Omar eres un inmaduro idiota!.
Omar se pone a reir pero de pronto Omar y Matilde ven la sombra que va al patio trasero de la casa, entonces Omar y Matilde se asustan y van a buscar corriendo del susto a Fernando (el hermano mayor), se lo cuentan todo, Fernando cree que solo es una broma infantil y dice que ira a investigar lo que pasó con aspecto de broma, entonces pasó lo indispensable: a Omar lo arrastran hasta lo mas oscuro de la parcela Matilde grita y despierta a sus padres. Los padres corren a donde Matilde y Fernando entonces le cuentan lo ocurrido.
La madre y el padre no lo podian creer, llevaron linternas los padres y los niños se quedaron en la casa. Paso 1 hora desde que los padres fueron a ver que pasaba y los niños se preocuparon cogieron unas linternas de alta potencia y fueron a buscar a sus padres y a Omar pero lo único que encontraron fue un pozo.
Los muchachos fijaron bien la luz y encontraron huesos, sangre humana reciente y cuernos. !Cuernos¡, dijo Fernando, entonces se apaga la luz de la linterna Matilde grita y todo acaba. En el dia Fernando despierta dentro de un pozo seco lleno de sangre y de pronto aparecen sombras inhumanas y poco a poco Fernando siente que le despedazan la carne. La casa fue vendida y poco después la otra familia desapareció sin dejar rastro alguno... Hasta el dia de hoy la cabaña sigue en pie.
El perro fantasma
Esta era una joven llamada Amanda esta era muy hermosa y muy amable que era hija única. Un dia fue al parque se encotró un perrito muy tierno que tenía ojos negros y muy bonitos.
Amanda lo adoptó con el nombre pipo... amanda se encariñó con el perro que se quedaba en casa con el y no iba a la escuela o bien lo llevava a clases y ahi lo amaba mucho. Una tarde su Amanda salió a pasear con su enamorado: Iván, se fueron un día entero (aproximadamente) y en la casa se quedó su mamá y pipo.
La madre de Amanda preparaba la cena cuando sin querer pipo la mordió jugando con ella, pero la señora pensando que fue a propósito arrojó un cuchillo a la cabeza de pipo matándolo en el acto.
Aquella noche la mamá no pudo dormir, pensaba en que decirle a su hija sobre su perro. Por fin consiguió el sueño con la mente asesina sin poderle parar. A la mañana siguiente Amanda regresó despues de una noche de sexo, pasion y amor.
Amanda repetia y repetia: ¿¡Pipo donde estas!?... sin saber nada sobre el, amanda le preguntó a su madre y le dijo que se habia quedado encerrado en su cuarto abajo de su cama. Esa noche estuvo en camino a su cuarto dispuesta a ver a su perro pero no estaba... no hizo caso y se durmió tranquila pensando en que el podria estar en el cuarto de su madre.
Poco tiempo después escuchó ladridos abajo de su cama y miraba y miraba y no veía nada, asi estuvo toda la noche sin saber que era, durante una semana estuvo asi. Ese fin de semana amanda había salido con su novio y la madre agarró el cadaver del perro y lo tiró a la calle, Amanda llego muy triste por que no había vuelto a ver a Pipo, entonces subió al cuato de su madre y.... ¡La encontro muerta! esta por no decirle nada a su hija se mató y antes de morirse escribió una carta que le decia que ella había matado a su perro.
Si te encariñas con un perro no lo dejes llevatelo a todos los lugares o si no........ ya sabes que te espera.
Otra vez en el espejo
Suena de fondo “die young”, es el mismo bar donde Javier y Ernesto suelen beber todas las noches. Tras innumerables cervezas ahora les ha dado por el tequila...
La canción les hace hablar de “lo jodido que debe ser morir joven”. “Lo jodido que debe ser morir” les hace hablar de muertes jodidas. Al final acaban relatandose el uno al otro muertes absurdas. Entre tanta muerte absurda y demás payasadas, salen temas diversos, como son supersticiones, rituales satánicos y ese tipo de historias que todos conocemos, que de pequeño tanto nos afectan y con el paso del tiempo parecen perder todo su “encanto”. Suena de fondo “bed of roses”. Con ese tema suelen cerrarles el bar, y casi siempre acaban discutiendo con el dueño para tomar otra más, pero esta vez no es así.
Nuestros amigos han hecho un pacto ridículo, de esas cosas que todos conocemos de pequeño, y que tanto nos afectan en su momento, pero que ahora parece una tontería más. Han decidido que al llegar a casa, se pondrán delante del espejo, con una vela encendida y hay que decir doce veces “Verónica”. Ernesto le dijo a Javier que si haces eso, verás tu muerte reflejada en el espejo. Javier le dijo a Ernesto que lo que quería ver es a su hermana en pelotas.
Tras decidirse a marchar a casa, ambos amigos, juraron hacer este singular ritual nada más llegar a sus casas. Ernesto hizo hincapié en que no era ninguna broma, y que si el otro no lo hace, el espíritu del otro, aparecería en su casa para acabar con él. Tras estas sabias palabras, Javier tuvo que vomitar. Los últimos 3 tequilas le sobraban en su organismo.
Una vez llegados a su casa, Javier fue al baño. Como de costumbre echó una larga meada, se lavó la boca, la cara, y tras mirar al espejo mucho tiempo, decidió irse a la cama. No estaba en estado de hacer cosas de niños.
Ernesto en cambio, llegó a su casa. Con gesto serio tomó un par de velas que tenía en la habitación. Camino al servicio, donde tenía el espejo más grande de su hogar, see encontró con su madre en el pasillo: “cómo vienes hijo” le dijo esta, a lo que él la respondió con un “mamá, deberías estar dormida”.
Así sin más que hablar, llegó, colocó las velas, las encendió... Apoyado en el lavabo y con gesto serio comenzó el ritual: “Verónica, Verónica, Verónica...” así hasta doce veces.
Al poco tiempo la madre de Ernesto, que aún no había conseguido dormir, escuchó unos golpes. Toc, toc, toc, toc... Provenían del dormitorio de su hijo, y allá que fue, con la intención de decirle que parase de una maldita vez.
Al abrir la puerta no encontró nada extraño. Sólo un detalle la hizo pararse. La cama estaba abierta y su hijo no estaba sobre ella. Entonces una gota roja cayó sobre las sábanas blancas. Ernesto estaba clavado en el techo. Pálido como si llevase días muerto. Sin ropa, sin labios, sin nariz, sin ojos.
Al dia siguiente muchos estuvieron de luto. La madre de Ernesto tuvo que ser ingresada por un ataque de ansiedad. Javier estaba desencajado, su colega había muerto, y él no sabía por qué. Los datos conseguidos por la policia eran secretos hasta para sus más allegados. Así el pobre Ernesto fue enterrado en una tarde de lluvia.
Javier no sabía qué había pasado, pensó mucho en aquello que quedaron en hacer y si eso pudo ser lo que le matase. También pensó mucho en el mal estado psicológico de su ahora añorado amigo. Esa misma noche, cuando se disponía a dormir, sintió unos golpes en la puerta. Echó un vistazo por la mirilla pero no vió nada. Al abrirla algo estaba ante él. "Hola Javier, ¿preparado?" .Era su querido amigo Ernesto... sin ropa, sin labios, sin nariz, sin ojos...
La canción les hace hablar de “lo jodido que debe ser morir joven”. “Lo jodido que debe ser morir” les hace hablar de muertes jodidas. Al final acaban relatandose el uno al otro muertes absurdas. Entre tanta muerte absurda y demás payasadas, salen temas diversos, como son supersticiones, rituales satánicos y ese tipo de historias que todos conocemos, que de pequeño tanto nos afectan y con el paso del tiempo parecen perder todo su “encanto”. Suena de fondo “bed of roses”. Con ese tema suelen cerrarles el bar, y casi siempre acaban discutiendo con el dueño para tomar otra más, pero esta vez no es así.
Nuestros amigos han hecho un pacto ridículo, de esas cosas que todos conocemos de pequeño, y que tanto nos afectan en su momento, pero que ahora parece una tontería más. Han decidido que al llegar a casa, se pondrán delante del espejo, con una vela encendida y hay que decir doce veces “Verónica”. Ernesto le dijo a Javier que si haces eso, verás tu muerte reflejada en el espejo. Javier le dijo a Ernesto que lo que quería ver es a su hermana en pelotas.
Tras decidirse a marchar a casa, ambos amigos, juraron hacer este singular ritual nada más llegar a sus casas. Ernesto hizo hincapié en que no era ninguna broma, y que si el otro no lo hace, el espíritu del otro, aparecería en su casa para acabar con él. Tras estas sabias palabras, Javier tuvo que vomitar. Los últimos 3 tequilas le sobraban en su organismo.
Una vez llegados a su casa, Javier fue al baño. Como de costumbre echó una larga meada, se lavó la boca, la cara, y tras mirar al espejo mucho tiempo, decidió irse a la cama. No estaba en estado de hacer cosas de niños.
Ernesto en cambio, llegó a su casa. Con gesto serio tomó un par de velas que tenía en la habitación. Camino al servicio, donde tenía el espejo más grande de su hogar, see encontró con su madre en el pasillo: “cómo vienes hijo” le dijo esta, a lo que él la respondió con un “mamá, deberías estar dormida”.
Así sin más que hablar, llegó, colocó las velas, las encendió... Apoyado en el lavabo y con gesto serio comenzó el ritual: “Verónica, Verónica, Verónica...” así hasta doce veces.
Al poco tiempo la madre de Ernesto, que aún no había conseguido dormir, escuchó unos golpes. Toc, toc, toc, toc... Provenían del dormitorio de su hijo, y allá que fue, con la intención de decirle que parase de una maldita vez.
Al abrir la puerta no encontró nada extraño. Sólo un detalle la hizo pararse. La cama estaba abierta y su hijo no estaba sobre ella. Entonces una gota roja cayó sobre las sábanas blancas. Ernesto estaba clavado en el techo. Pálido como si llevase días muerto. Sin ropa, sin labios, sin nariz, sin ojos.
Al dia siguiente muchos estuvieron de luto. La madre de Ernesto tuvo que ser ingresada por un ataque de ansiedad. Javier estaba desencajado, su colega había muerto, y él no sabía por qué. Los datos conseguidos por la policia eran secretos hasta para sus más allegados. Así el pobre Ernesto fue enterrado en una tarde de lluvia.
Javier no sabía qué había pasado, pensó mucho en aquello que quedaron en hacer y si eso pudo ser lo que le matase. También pensó mucho en el mal estado psicológico de su ahora añorado amigo. Esa misma noche, cuando se disponía a dormir, sintió unos golpes en la puerta. Echó un vistazo por la mirilla pero no vió nada. Al abrirla algo estaba ante él. "Hola Javier, ¿preparado?" .Era su querido amigo Ernesto... sin ropa, sin labios, sin nariz, sin ojos...
La santa compania
La leyenda sobre la Santa Compaña es una tradición que ha permanecido en la cultura tradicional gallega con el paso de los siglos y de la que aún quedan rastros, como los cruceiros en los cruces de caminos. La Santa Compaña es, en la mitología popular gallega, una procesión de muertos o ánimas en pena que por la noche (a partir de las doce) recorren errantes los caminos, los bosques, las cercanías de una parroquia o un pueblo. Lo tétrico de su procesión es que visitan todas aquellas casas en las que en breve habrá una defunción. Además de Santa Compaña también es conocida como "a procesión das animas" o simplemente "Compaña"…
Aunque el aspecto de la Santa Compaña varía según la tradición de diferentes zonas, la más extendida es la formada por una comitiva de almas en pena, vestidas con túnicas negras o sudarios y capucha que vagan durante la noche con los pies descalzos. Cada fantasma lleva una vela encendida y su paso deja un olor a cera o incienso en el aire…
Además de estas visiones hay otras leyendas que dicen que se nota un frío intenso siempre que aparece, además del olor y el sonido de cadenas como que también se dice que los fantasmas son como una niebla…
La procesión va encabezada por un vivo (mortal), el cual precede a la procesión y que bien puede ser hombre o mujer, dependiendo de si el patrón de la parroquia es un santo o una santa…
Se cree que quien realiza esa "función" no recuerda durante el día lo ocurrido en el transcurso de la noche, y únicamente se podrá reconocer a las personas penadas con este castigo por su extremada delgadez y palidez. Cada noche su luz será más intensa y cada día su palidez irá en aumento. No les permiten descansar ninguna noche, por lo que su salud se va debilitando hasta enfermar sin que nadie sepa las causas de tan misterioso mal. Son condenados a vagar noche tras noche hasta que mueran u otro incauto sea sorprendido (al cual el que encabeza la procesión le deberá pasar la cruz que porta)…
Caminan emitiendo rezos (casi siempre un rosario) cánticos fúnebres y tocando una pequeña campanilla y a su paso, cesan previamente todos los ruidos de los animales en el bosque. Los perros anuncian la llegada de la Santa Compaña aullando de forma desmedida y los gatos huyen despavoridos.
Se dice que no todos los mortales tienen la facultad de ver con los ojos a "La Compaña". Elisardo Becoña Iglesias, en su obra "La Santa Compaña, El Urco y Los Muertos" explica que según la tradición, tan sólo ciertos "dotados" poseen la facultad de verla: los niños a los que el sacerdote, por error, bautiza usando el óleo de los difuntos, poseerán, ya de adultos, la facultad de ver la aparición. Otros, no menos creyentes en la leyenda, habrán de conformarse con sentirla, intuirla, etc.
En unas versiones se cuenta que la luctuosa procesión transporta un ataúd en el cual hay una persona dentro, la cual puede ser incluso la persona que sufre la aparición siendo su cuerpo astral el que está en el ataúd. Se pueden aparecer en diferentes lugares, pero predominan las encrucijadas y hay fechas concretas en las que se dice que tiene más incidencia las apariciones, como por ejemplo, la noche de Todos los Santos (entre el 1 y el 2 de noviembre) o la noche de San Juan (24 de junio).
En otras provincias adyacentes a Galicia como Asturias también hay esta tradición conocida como La Güestia o bona xente. Es un grupo de personas encapuchadas que se acercan a la casa de un enfermo moribundo, dan tres vueltas a la misma y el enfermo muere. Normalmente son conocidos del moribundo. Se dice que van exclamando "Andad de día que la noche es mía". Se cuenta el relato de una mujer que salió de su casa a por castañas pensando que ya era de día y un miembro de la procesión le dijo que era su padrino entonces ya muerto. Le tendió la mano dándole la vela encendida, ella la cogió, y al cabo de unos días enfermo y murió.
En Extremadura, aparece el Corteju de Genti de Muerti, que se compone de dos jinetes fantasmales que causan el pánico de madrugada por los pueblos ya que quien los ve puede resultar muerto. En Zamora se la denomina La estadea y es una mujer que vaga por los caminos y los cementerios. No tiene rostro y huele a la humedad de los sepulcros. Sólo se aparece a aquel que va a morir. En León se la llama La hueste de ánimas…
Las numerosas leyendas sobre esta compañía de difuntos en pena cuentan que se aparecen en los caminos cercanos a los camposantos o en los cruces de caminos en busca de algo o alguien, y que siempre auguran un desastre o maldición. Y es que, queridos amigos, como dicen las almas en pena: "Andad de día que la noche es mía…" Una cosa es que no creamos… y otra bien diferente… que existan…
La carretera maldita
Podemos ver desde el quitamiedos un coche parado en el arcén en medio de la noche, iluminando con sus faros el porvenir y emitiendo intermitentemente su iluminación anaranjada. Si nos acercamos, descubrimos que es uno de estos coches nuevos tan fantásticos, compactos, poco dados al consumismo y de mecánica silenciosa. Probablemente sea un coche coreano, o quien sabe si japonés, el que aparece ante nuestros ojos. Su carrocería es de un blanco reluciente, recién lavado con mimo, y la luna trasera, al lado izquierdo, luce una “L” de color verde reflectante. Si nos aproximáramos hacia la ventanilla nos encontraríamos al otro lado, en el asiento del conductor, a una chica joven, la cual trastea su teléfono móvil y lo maldice por no permanecer encendido el suficiente tiempo como para poder siquiera cargar la agenda. Al fin y al cabo la culpa es suya: si hubiese recargado la batería a tiempo, antes de salir de casa, ahora no se encontraría en tal eventualidad. El caso es que, debido a su ignorancia, cree que mantener los intermitentes encendidos en señal de emergencia es una medida suficiente de seguridad, aunque no lo estimo oportuno pues se encuentra parada en una carretera estrecha y con arcén aun más estrecho.
Afortunadamente, ningún vehículo transcurrió dicha carretera durante los instantes en que la joven conductora permaneció invadiendo buena parte de ella. Y digo afortunadamente porque se trata de una carretera sinuosa y angosta, poco placentera para la conducción, a no ser, claro está, que uno sea amante del riesgo. Dicha vía zigzaguea sin cesar a lo largo de la sierra y en algunos tramos el asfalto está incluso levantado. Por otro lado, algún que otro barranco avanza en paralelo al camino.
Nuestra protagonista, rendida en batalla a su teléfono móvil, decide reemprender la marcha, así que pulsa el botón que desactivará la señal de emergencia, echa un escueto vistazo por el retrovisor izquierdo, acaba de calibrar el derecho gracias a una palanquita de funciones electrónicas y arranca, revolucionando excesivamente el motor por miedo a que éste se cale.
Le espera un largo viaje hasta su destino. Bueno, largo si tenemos en cuenta la dificultad de la vía a transcurrir y la velocidad que habrá que llevar en ella, si bien, a la hora de la verdad, no debe recorrer más de veinte quilómetros –exigente prueba para quien lleva tan poco tiempo con la “L” en la luna trasera.
Con la precaución esperada por alguien sensato y prudente, la chica va ganándole metros al asfalto. Primero a decenas, luego a centenares y, finalmente, a millares, a medida que pasa el tiempo.
Cuando ya se encontraba a unos dieciséis quilómetros de su destino, ocurrió un hecho inesperado: en medio de la niebla que había surgido de repente, tenuemente iluminada por algún farol solitario puesto al tuntún por el ayuntamiento, un potente coche alemán, del 89 y de color negro gastado, se aproximaba a buena velocidad hacia ella con las luces apagadas. La chica no pudo distinguir su presencia hasta que dicho vehículo no se encontró a una veintena de metros y, asustada, procedió a hacerle largas con las luces de su coche. Instintivamente, nuestra protagonista había frenado casi hasta el punto de pararse ante tal sorpresa y, a través de los espejos retrovisores, pudo ver cómo el coche negro también estaba reduciendo su velocidad, tal y como atestiguaban sus pilotos traseros de freno. Mientras ella, con el corazón palpitante aun, empezaba a maldecir y a recuperar lentamente su velocidad, no cesaba de echar vistazos hacia atrás por el retrovisor interior y, así, pudo ver cómo el vehículo con el que se había cruzado estaba maniobrando para cambiar de sentido y ponerse, por tanto, tras ella. Por si alguien lo desconocía, diré que dichos vehículos, a pesar de ser grandes berlinas, están dotados de un sistema de dirección magnífico así que, en pocas maniobras, el coche negro se situó tras el de nuestra chica y encendió las luces. Ella se mostró temerosa, pero trataba de tranquilizarse argumentando que quizá fuese algún despistado, aunque empezó a aterrarse cuando comprobó que el vehículo que la seguía empezaba a ganar velocidad de forma alarmante y no tardó en devolverle las largas con insistencia. Ella, alarmada totalmente, se arrimó al lado derecho de la calzada y redujo la velocidad con tal de dejarse adelantar, por si fuese esa la intención de su “seguidor”, pero éste se mantuvo tras ella, habiendo reducido ya peligrosamente la distancia de seguridad y habiendo activado los intermitentes derechos. Le estaba diciendo claramente que quería que se detuviese en el arcén.
La chica se había convertido ya en un puro nervio. ¿Debía obedecer al desconocido? ¿Y si se tratase de la policía? Pero pronto descartó dicha idea por un simple motivo: un policía, aunque fuese de incógnito, tendría alguna forma de identificarse, ya fuera con una sirena acústica o luminosa. No. En tal caso debía ser una especie de loco, un psicópata, un pirado. ¡Y encima pretendía que se detuviese! ¿Para qué? Para nada bueno, eso seguro.
La chica no pudo contenerse más y empezó a pisar el acelerador con mala ansia, resuelta a huir de ese desconocido. No tardó en recordar la tópica leyenda urbana del asesino de las largas, ya saben, la fórmula es clásica: un psicópata conduce de noche por una carretera de mala muerte con las luces apagadas y cuando alguien le hace largas, se pone a perseguirle y a incordiarle hasta que le provoca un accidente, sea directa o indirectamente, a causa de la presión psicológica que produce tener un coche gigantesco tras el de uno, rugiendo y casi rozando parachoques con parachoques, lo cual desemboca en que el perseguido acelere de puro miedo y termine perdiendo el control.
Estaba claro, se trataba de eso. ¿Quién le iba a decir que en España también había gente que se dedicara a estos quehaceres, los cuales parecen americanos por excelencia? En fin, es lo que tiene la globalización.
Volviendo a la historia, nuestra chica, con estas ideas en mente, no pudo evitar aumentar peligrosamente su velocidad, siendo perseguida con insistencia por el coche alemán, el cual llevaba encendidas sus luces de cruce y las antiniebla delanteras –pues no hay que olvidar que la niebla reinaba aun en el ambiente y, de vez en cuando, lanzaba fogonazos de luces largas. En medio del silencio de la noche, y teniendo en cuenta lo silencioso del motor del coche de la chica a pesar de ir sobrerevolucionado, reinaba a sus anchas el rugido del motor sajón, el cual se caracteriza por su potencia mecánica, sonora e incluso vibradora.
La velocidad fue en aumento, los volantazos se sucedían peligrosamente y la goma empezaba a dibujar en el asfalto, mientras el coche de procedencia oriental, de modesto motor, chirriaba, desacostumbrado a ir tan revolucionado durante tanto tiempo. Sin duda, la chica debería haber subido de marcha, pero se la debe perdonar, pues me imagino que en una situación de tal tensión en lo que menos se piensa es en el motor del vehículo propio. Se veía acorralada: si frenaba, su perseguidor le daría caza y quien sabe si le golpearía, pudiendo llevarla a caer por el precipicio colindante, el cual machacaría la blanda carrocería de un coche de hoy en día, así que tan solo le quedaba acelerar y confiar en los instrumentos electrónicos de seguridad al volante.
Finalmente, tras varios minutos de persecución, fue uno de dichos sistemas de seguridad el que entró en acción aunque, en este caso, no hizo más que agravar la situación: para impedir un sobrecalentamiento del motor, éste había sido apagado electrónicamente y se negaba a encenderse ante la insistencia de la chica. Mientras, el vehículo avanzaba por inercia en medio de la carretera en la que ya varios jóvenes habían perdido la vida.
Aterrada, echó la vista al retrovisor por enésima vez, como no había dejado de hacer desde el fatídico momento, y comprobó cómo su eterno perseguidor se le acercaba, triunfante, rociándola de largas e invitándola a parar con el intermitente derecho. De hecho, no tenía más opción. La chica, aterrorizada, detuvo el coche en el escaso arcén derecho y encendió las luces de emergencia. Por última vez, echó una mirada asesina al teléfono móvil que, de ser por ella, habría usado ya hacía mucho tiempo. Pudo comprobar cómo el vehículo alemán se paraba tras el suyo, cómo la puerta del conductor se abría y salía de él un hombre que se dirigía hacia su ventanilla con tal de verse las caras. Ella, presa del pánico, no pudo ni gritar aunque era lo que su instinto primario le reclamaba con todas las fuerzas. Buscó inútilmente con la mirada cualquier objeto contundente que pudiera servirle en su defensa. Mientras, los pasos avanzaban hacia ella disturbando el silencio y la serenidad de la noche.
Paralizada de terror, se mantuvo con los ojos cerrados y los músculos agarrotados hasta que los nudillos golpearon la ventanilla. Rendida y sometida, cansada ya de luchar y dispuesta a conformarse con lo que el destino le aguardara, bajó su ventanilla y encontró ante sí a un hombre de mediana edad, algo rechoncho y calvo, alguien de aspecto poco amenazador, realmente, que le dijo:
Simplemente te quería dar las gracias por el aviso. Si no llega a ser por ti, ¡quién sabe si llego a provocar un accidente!
Afortunadamente, ningún vehículo transcurrió dicha carretera durante los instantes en que la joven conductora permaneció invadiendo buena parte de ella. Y digo afortunadamente porque se trata de una carretera sinuosa y angosta, poco placentera para la conducción, a no ser, claro está, que uno sea amante del riesgo. Dicha vía zigzaguea sin cesar a lo largo de la sierra y en algunos tramos el asfalto está incluso levantado. Por otro lado, algún que otro barranco avanza en paralelo al camino.
Nuestra protagonista, rendida en batalla a su teléfono móvil, decide reemprender la marcha, así que pulsa el botón que desactivará la señal de emergencia, echa un escueto vistazo por el retrovisor izquierdo, acaba de calibrar el derecho gracias a una palanquita de funciones electrónicas y arranca, revolucionando excesivamente el motor por miedo a que éste se cale.
Le espera un largo viaje hasta su destino. Bueno, largo si tenemos en cuenta la dificultad de la vía a transcurrir y la velocidad que habrá que llevar en ella, si bien, a la hora de la verdad, no debe recorrer más de veinte quilómetros –exigente prueba para quien lleva tan poco tiempo con la “L” en la luna trasera.
Con la precaución esperada por alguien sensato y prudente, la chica va ganándole metros al asfalto. Primero a decenas, luego a centenares y, finalmente, a millares, a medida que pasa el tiempo.
Cuando ya se encontraba a unos dieciséis quilómetros de su destino, ocurrió un hecho inesperado: en medio de la niebla que había surgido de repente, tenuemente iluminada por algún farol solitario puesto al tuntún por el ayuntamiento, un potente coche alemán, del 89 y de color negro gastado, se aproximaba a buena velocidad hacia ella con las luces apagadas. La chica no pudo distinguir su presencia hasta que dicho vehículo no se encontró a una veintena de metros y, asustada, procedió a hacerle largas con las luces de su coche. Instintivamente, nuestra protagonista había frenado casi hasta el punto de pararse ante tal sorpresa y, a través de los espejos retrovisores, pudo ver cómo el coche negro también estaba reduciendo su velocidad, tal y como atestiguaban sus pilotos traseros de freno. Mientras ella, con el corazón palpitante aun, empezaba a maldecir y a recuperar lentamente su velocidad, no cesaba de echar vistazos hacia atrás por el retrovisor interior y, así, pudo ver cómo el vehículo con el que se había cruzado estaba maniobrando para cambiar de sentido y ponerse, por tanto, tras ella. Por si alguien lo desconocía, diré que dichos vehículos, a pesar de ser grandes berlinas, están dotados de un sistema de dirección magnífico así que, en pocas maniobras, el coche negro se situó tras el de nuestra chica y encendió las luces. Ella se mostró temerosa, pero trataba de tranquilizarse argumentando que quizá fuese algún despistado, aunque empezó a aterrarse cuando comprobó que el vehículo que la seguía empezaba a ganar velocidad de forma alarmante y no tardó en devolverle las largas con insistencia. Ella, alarmada totalmente, se arrimó al lado derecho de la calzada y redujo la velocidad con tal de dejarse adelantar, por si fuese esa la intención de su “seguidor”, pero éste se mantuvo tras ella, habiendo reducido ya peligrosamente la distancia de seguridad y habiendo activado los intermitentes derechos. Le estaba diciendo claramente que quería que se detuviese en el arcén.
La chica se había convertido ya en un puro nervio. ¿Debía obedecer al desconocido? ¿Y si se tratase de la policía? Pero pronto descartó dicha idea por un simple motivo: un policía, aunque fuese de incógnito, tendría alguna forma de identificarse, ya fuera con una sirena acústica o luminosa. No. En tal caso debía ser una especie de loco, un psicópata, un pirado. ¡Y encima pretendía que se detuviese! ¿Para qué? Para nada bueno, eso seguro.
La chica no pudo contenerse más y empezó a pisar el acelerador con mala ansia, resuelta a huir de ese desconocido. No tardó en recordar la tópica leyenda urbana del asesino de las largas, ya saben, la fórmula es clásica: un psicópata conduce de noche por una carretera de mala muerte con las luces apagadas y cuando alguien le hace largas, se pone a perseguirle y a incordiarle hasta que le provoca un accidente, sea directa o indirectamente, a causa de la presión psicológica que produce tener un coche gigantesco tras el de uno, rugiendo y casi rozando parachoques con parachoques, lo cual desemboca en que el perseguido acelere de puro miedo y termine perdiendo el control.
Estaba claro, se trataba de eso. ¿Quién le iba a decir que en España también había gente que se dedicara a estos quehaceres, los cuales parecen americanos por excelencia? En fin, es lo que tiene la globalización.
Volviendo a la historia, nuestra chica, con estas ideas en mente, no pudo evitar aumentar peligrosamente su velocidad, siendo perseguida con insistencia por el coche alemán, el cual llevaba encendidas sus luces de cruce y las antiniebla delanteras –pues no hay que olvidar que la niebla reinaba aun en el ambiente y, de vez en cuando, lanzaba fogonazos de luces largas. En medio del silencio de la noche, y teniendo en cuenta lo silencioso del motor del coche de la chica a pesar de ir sobrerevolucionado, reinaba a sus anchas el rugido del motor sajón, el cual se caracteriza por su potencia mecánica, sonora e incluso vibradora.
La velocidad fue en aumento, los volantazos se sucedían peligrosamente y la goma empezaba a dibujar en el asfalto, mientras el coche de procedencia oriental, de modesto motor, chirriaba, desacostumbrado a ir tan revolucionado durante tanto tiempo. Sin duda, la chica debería haber subido de marcha, pero se la debe perdonar, pues me imagino que en una situación de tal tensión en lo que menos se piensa es en el motor del vehículo propio. Se veía acorralada: si frenaba, su perseguidor le daría caza y quien sabe si le golpearía, pudiendo llevarla a caer por el precipicio colindante, el cual machacaría la blanda carrocería de un coche de hoy en día, así que tan solo le quedaba acelerar y confiar en los instrumentos electrónicos de seguridad al volante.
Finalmente, tras varios minutos de persecución, fue uno de dichos sistemas de seguridad el que entró en acción aunque, en este caso, no hizo más que agravar la situación: para impedir un sobrecalentamiento del motor, éste había sido apagado electrónicamente y se negaba a encenderse ante la insistencia de la chica. Mientras, el vehículo avanzaba por inercia en medio de la carretera en la que ya varios jóvenes habían perdido la vida.
Aterrada, echó la vista al retrovisor por enésima vez, como no había dejado de hacer desde el fatídico momento, y comprobó cómo su eterno perseguidor se le acercaba, triunfante, rociándola de largas e invitándola a parar con el intermitente derecho. De hecho, no tenía más opción. La chica, aterrorizada, detuvo el coche en el escaso arcén derecho y encendió las luces de emergencia. Por última vez, echó una mirada asesina al teléfono móvil que, de ser por ella, habría usado ya hacía mucho tiempo. Pudo comprobar cómo el vehículo alemán se paraba tras el suyo, cómo la puerta del conductor se abría y salía de él un hombre que se dirigía hacia su ventanilla con tal de verse las caras. Ella, presa del pánico, no pudo ni gritar aunque era lo que su instinto primario le reclamaba con todas las fuerzas. Buscó inútilmente con la mirada cualquier objeto contundente que pudiera servirle en su defensa. Mientras, los pasos avanzaban hacia ella disturbando el silencio y la serenidad de la noche.
Paralizada de terror, se mantuvo con los ojos cerrados y los músculos agarrotados hasta que los nudillos golpearon la ventanilla. Rendida y sometida, cansada ya de luchar y dispuesta a conformarse con lo que el destino le aguardara, bajó su ventanilla y encontró ante sí a un hombre de mediana edad, algo rechoncho y calvo, alguien de aspecto poco amenazador, realmente, que le dijo:
Simplemente te quería dar las gracias por el aviso. Si no llega a ser por ti, ¡quién sabe si llego a provocar un accidente!
Estación Gountemborough.
Miro la hora...son pasadas la 1:30 de la mañana. Miguel se fue a la entrada de la estación a ver si habia algun personal de seguridad que nos pudiera sacar de ahi. Me he quedado solo por el momento, sentado en el banquillo de espera, recordando lo bien que lo habíamos pasado esa noche. Fue una fiesta increíble. Camila en verdad sabe hacer fiestas. Ella es tan hermosa. Llego a preguntarme si la volveré a ver. Eh? ¿Pero en que diantre estoy pensando? Claro que la voy a volver a ver. Si no nos sacan de aquí esta noche, solo será esperar a que abran la estación mañana y listo, todo arreglado. Aun así me desespera estar aquí metido. No nos dimos cuenta de a que horas cerraron la estación. Miguel volvió, sin suerte. Inmediatamente nos relajamos y concluimos que solo será cuestión de esperar hasta mañana.
Me desperté de repente. Algo me habia picado las costillas. Me levanté y vi que era un señor con un bastón y una pierna ortopédica. Tenía la camisa remangada para lucir un costoso reloj de oro. Nos preguntó si nos quedamos atrapados también. Le respondí que sí. Volteé a ver y vi que Miguel se estaba quedando dormido de nuevo. El señor nos dijo que nos levantáramos, habia encontrado una manera de salir; solo habia que bajar a las vías del tren e ir a la siguiente estación, que era una estación muy usada y que constantemente se saturaba de gente. Por lo que la mantenían siempre abierta. Miguel ni se inmutó. Decía que para que molestarse. Eran como las 4:30 de la madrugada y la estación abría a las 6:00. Solo seria cuestión de esperar en lugar de arriesgarnos a que nos atropellara un tren. Le di la razón a Miguel y decidí quedarme en la estación. El señor nos dice que hagamos lo que queramos y se baja a las vías del tren para perderse en la oscuridad.
En ese momento me asaltó una duda y se la conté a Miguel. Él era como un hermano mayor para mí, y si él no sabia la respuesta a algo, me era difícil saber quien sí la sabría. Le pregunté que si la siguiente estación estaba abierta, entonces por qué no habia pasado ni un solo tren en toda la noche. Miguel se despertó de repente. Era una buena pregunta, y no podían estar todos retrasados por mas de cinco horas...era algo ilógico. Miré nuevamente el reloj y vi. Que eran las cinco en punto. Solo quedaba una hora. Intente dormirme otra vez cuando un grito desgarrador nos despertó de repente. El grito salió de la profundidad del túnel y de inmediato supimos que aquel hombre que nos despertó estaba en problemas. Nos levantamos y fuimos al borde con la intención de ir a ver que pasaba, pero el miedo de que fuéramos los siguientes en gritar nos impedía mover un músculo.
Finalmente lo vimos. Aquel hombre atravesó las vías del tren corriendo, llorando y suplicando por su vida, y se perdió en la oscuridad del túnel del otro lado. Me preguntaba que habia pasado. Y justo en ese momento vimos lo más aterrador que nos hubiéramos imaginado. Del túnel por el que salio el señor salió algo. Era un hombre, o eso parecía. Llevaba una capa negra con capucha que le cubría todo el cuerpo. Solo se veia aquella capa. De repente un brazo se asomó por uno de los tantos pliegues de la capa se asomó un brazo. Pensé que seria un brazo esquelético y putrefacto, típico de un fantasma, pero no. El brazo era fuerte y musculoso, muy bien formado. Lo que paraba nuestros corazones era que la piel era de un color azul negrusco y en lugar de uñas tenia garras, similares a las de un águila. Finalmente nos dimos cuenta de su intención, estaba señalando hacia el túnel por el cual se fue el señor de la pierna ortopédica. La oscuridad empezó a cambiar, a tomar forma. No podía creer lo que estaba pasando, Miguel estaba paralizado y temblando. Finalmente la oscuridad se transformó en un enorme lobo negro del cual lo único que se podía distinguir además de su silueta eran sus penetrantes ojos y sus brillantes colmillos. El lobo emprendió la carrera hacia donde su amo le señalaba y volvimos a escuchar el desgarrador grito de ese señor. El lobo reapareció y se acerco a aquel espectro. Fue felicitado por su labor con una caricia en el hocico y de repente el lobo regurgitó la pierna ortopédica, que ahora estaba llena de símbolos y runas extrañas, y también el reloj de oro. El espectro recogió la pierna y dijo algo...su voz era profunda, ancestral y gutural...nunca lo olvidare...dijo:
Sucio lujurioso, ahora tu hija podrá dormir tranquilamente sabiendo que no será victima tuya. Recibe el juicio de Minos. Requiescat in Pace.
Miguel finalmente reaccionó y me dio un codazo para que yo también reaccionara. Y me dijo rápidamente al oído que teníamos que salir de allí. El espectro volteó a vernos. No veía su cara, ni sus ojos, pero podía sentir que nos miraba. Miguel grito que nos largáramos y cuando nos dimos la vuelta para salir corriendo el espectro estaba frente a nosotros. Su capa se movía como si fuera más ligera que el aire y empezó a rodearnos, como alistándose para devorarnos. Miguel se quedó mirándolo fijo. Lo conocía muy bien y sabía que estaba rezando en su mente. Yo no sabia que hacer. Tenía muchos pensamientos en la cabeza. ¿Que nos iba a hacer? ¿Que pasaría con nuestras familias? ¿Nos torturará o moriremos instantáneamente? Juro que en ese momento lo que mas quería era que me diera un paro cardiaco, para salir de aquel horror de una vez por todas. Incluso forcé a mi corazón a que se detuviera, sin éxito.
No vuelvan.
Fue todo lo que nos dijo. Entonces oímos como abrían la reja de la estación y empezaban a entrar un par de personas. Volteé a ver y aquel ser habia desaparecido. Agité a Miguel y le dije que nos fuéramos y tomáramos un taxi mejor. Miguel aceptó de inmediato y nos fuimos lo más rápido posible. Dos días después le conté esa historia a Camila, y me dijo que ese era el espectro de Goutenborough, o que al menos le decían así por que solo se aparecía en esa estación. También me contó que por raras razones mucha gente se queda encerrada en esa estación y decían haberlo visto. Pero que eran avistamientos ocasionales, pues admitió que nunca habia escuchado algo como lo del lobo. Cuando salí de su casa pasé junto a la estación Gountemborough y se me erizó la piel. Al lado mío pasó un chico como de mi edad, lo reconocí de inmediato. Solía asaltar gente cerca de la universidad. Me detuve de repente al ver que empezó a descender por la escalera hacia la estación. No me atrevía a decirle lo del espectro. El ni me conocía, creería que soy un lunático.
En cuanto entró a la estación las rejas se cerraron. Un celador pasó frente a mí y coloco un candado en la reja. Estaba a punto de decirle que iba a dejar a ese chico encerrado cuando se dio la vuelta y me saludo quitándose el sombrero de guardia. En ese justo instante reconocí el reloj de oro, ahora puesto en la muñeca de aquel celador. Le respondí el saludo levantando ligeramente la mano. Él pasó junto a mi y cuando voltee a ver habia desaparecido. Supe de inmediato lo que estaba pasando y corrí tan rápido como pude. Nadie volvio a asaltar gente cerca a la universidad.
Bueno hasta aqui llegue, dentro de unos dias segura mente sale la parte 3!
Si quieren ver la primera parte: