Padres jóvenes, bondadosos, abiertos de miras, solidarios, que aman a sus hijos y a los que he oído expresarse como título este post.
Si sus hijos, que ahora son niños pequeños, crecieran y formarán parte del universo LGTBI, los aceptarían y amarían igual. No tengo la menor duda. Pero de ser algo que pudieran elegir, dicen preferir que no fuera así para que no sufran, porque lo tendrían más complicado.
Asumen que si se salen del camino más transitado tendrán más dificultades para ser felices, y no digo que no tengan parte de razón. Siempre es más difícil avanzar desbrozando el bosque. Y entiendo perfectamente el deseo paternal y maternal por evitar sinsabores a los vástagos.
Pero es que nuestras preferencias son irrelevantes. Ellos serán lo que tengan que ser, su corazón caminará en la dirección que sea, ajeno a nuestros deseos. Y está bien que así sea.
En cambio que sus padres tengan preferencias en uno u otro sentido sí puede traducirse en que haya más dificultades en su camino, en su autoaceptación, en el modo de sincerarse con ellos mismos y con el mundo.
Siempre hay bosques espesos por los que abrirse camino en esta vida. El afán de proteger a nuestros hijos es natural, pero precisamente los padres somos los que tenemos que evitar ser piedras en su camino.
Lo que los padres deberíamos desear en primer lugar, por encima de cualquier otra cosa, es que nuestros hijos sean felices y buena gente.
La felicidad solo llega queriéndose a uno mismo. Y asumir que las dificultades impiden la felicidad es absurdo.