Este texto es fruto de la elaboración de uno de los internos de la Unidad Penal mencionada anteriormente.
Las culpas son repartidas y es fácil tirar nuestra parte a los otros, fácil y urgente. Jesús la tenía reclara. Y por esto mismos, más allá de que los jueces tiren sobre nosotros su parte de responsabilidad y la del sistema y la de los vecinos, o no, no termino de entender qué es justicia para el juez, el sistema y los vecinos. Sin embargo, porque todos en alguna medida somos culpables, estoy de acuerdo en que nadie llega inocente a la justicia.
A mí nadie me enseñó, no aprendí de nadie qué es esto de vivir en sociedad. Apenas creí intuir que se trataba de un juego que ganaba quien obtenía más dando menos. Y elegí una "carrera", la que vi más apropiada para triunfar. A esto se le opuso la inclinación hacia otro tipo de victoria, emparentada con el amor, la felicidad y la JUSTICIA. Así, confundido, sin saber qué quería, hice un despelote tal de mi vida que desembocó en esto. Podría fabricar uno o mil rosarios de justificaciones, de excusas pero ¿ para qué? ¿para quedar conforme de mí mismo? ¿para conformar a los demás en mi beneficio? Para ambas cosas ya es tarde.
Yo creo que hay que hacer algo para que las cosas mejoren y si hay una manera de contribuir a esto es facilitándonos la única herramienta capaz de destrabarnos la cabeza: educación. Pero, por supuesto, esto solo no alcanza. También hay que enseñarles a los que todavía no llegaron a la justicia lo que es el espíritu de la sociedad, y la importancia, no tanto de la responsabilidad sino del compromiso social. Lo que haya que hacerse nada tiene que ver con los juzgados ni con las religiones ni con ninguna otra cosa que atente contra la libertad, porque hasta yo me doy cuenta - y mi fuerte no es pensar- que la humanidad sin libertad sería menos que vegetación.
En cuanto a nosotros, ¿qué tendremos que admitir? El equívoco, sí, pero cuál. ¿Qué hace que, a la hora de necesitarlo, no discriminemos respuestas?
Es claro que lo único que queremos es salir y que esta porquería no cumple otra función que no sea inhabilitar. Esto viene de la bronca y el hastío. Siento que somos como muertos, y como muertos, por inalcanzable, no anhelamos la vida sino que la aborrecemos. Y qué otra cosa puede este sentimiento que nos sea dañar a cuanto involucra.
Tengo un secreto que no tiene nada de particular, excepto lo inmundo, producto de mis acciones adversas. Por lo demás, todos somos un conjunto inescrutable de razones -el secreto- más o menos sucias de frustraciones, o más o menos limpias, por lo inocuo del acierto.
Este secreto mío no me deja en paz, es cierto. Sus voces, mis errores, no me dejan en paz, me reprochan su existencia, la condición inmunda del secreto. Sin embargo, no estoy descontento con la vida. "De vez en cuando la vida nos regala un sueño" canta José Luis Perales, y yo agrego: una carta, un rayo de sol, un cariño, una alegría de un pibe y hermosas simplicidades. Solo por una de estas cosas vale la pena soportar la más larga eternidad en el más cruel de los infiernos. Quizá quisiera vivir para siempre.
Reniego mucho, es cierto, pero porque no podría vivir con la intensidad que lo hago si no sobredimensionara los problemas.
Mi mundo. Es con quien más me identifico. Pero en realidad no pertenezco a él sino a otro particular, pequeñito y "simple". Esta y no otra es la principal causa de mi soledad.
Los crímenes no pueden ser deshechos y eso lo sé; por eso hago lo posible para huirles o convencerlos de que me dejen en paz. Los crímenes merecieron mis grillos. Pero los peores crímenes son los cometidos contra mí mismo. En vez de crímenes, puedo decir frustraciones o fracasos cotidianos, por si suena muy fuerte. El caso es que los años pasaron y no pensé que las frustraciones tuvieran alguna consecuencia, pero los trastornos se acumulaban hasta que se hicieron insoportables. Supongo que entonces necesité cambiar, provocar a la vida, arrojarme en otra dirección. Una decisión temerosa, de resultados drásticos podría conjugar con mis trastornos.
Veo a la libertad como un capital que no se quiere o no se sabe invertir. De cualquier modo, su posesión es, como el resto, como todos, ambicioso. A la manera de Los Siete Locos, te convencen de que una martingala es el camino que conduce, saltando de banca en banca y haciéndola saltar, a la fortuna.
Hay quienes no conocen siquiera las reglas más elementales del delito. Y de un momento a otro se quedan con las manos vacías mirándose asombrados.
La libertad no es sólo libre tránsito, ni aún el poder hacer una cosa u otra. La libertad en su total amplitud escapa a la realidad compartida, y se encuentra en el universo del pensamiento, donde es una obligación ineluctable el comparar, juzgar, elegir. Es legítimo el deber de dudar y objetar.
Como nada es perfecto la libertad es limitada. Todos somos prisioneros del libre albedrío, del espíritu humano. ¿Cómo escapar entonces de la libertad? Tal vez, y ojalá me equivoque, se consiga con la muerte.
Ayer el libre albedrío
Me consumía las manos.
Pasé la noche escalando
Un Sinaí de suplicios.
Buscando, siempre buscando,
Con los ojos escondidos
Bajo el remanso del vino,
Bien contra el fondo del vaso.
Ayer un rostro elegido
Me ayudó a tomar su mano.
Me regaló ese sentido
Que apunta hacia todos lados.
Enigmático camino
De andar libre, ser humano.
La vida, creo es la gran excusa, para experimentar la sorpresa. Y a falta de imprevistos, aquí en la cárcel, esta sensación es fruto de la confirmación de nuestras vislumbres.
Ayer a las seis de la tarde me sacó de mi siesta una retahíla de sonoras corridas y gritos desesperados y frases como "pasame el corte", y "abran". Por un momento, oí entre sueños, después con un esfuerzo inmenso me levanté. Un poco por curiosidad y otro poco por el deber con mi rancho, lo hice. Nadie peleaba frente a mi celda, donde se concentraba bastante gente alterada. Cuando busqué el foco de la acción, más al fondo por el pasillo, caí en la cuenta que ésta estaba ahí, donde primero fijé la vista. Un pibe pendía por el cuello de una cuerda, cuyo otro extremo estaba atado a uno de los barrotes del ventilete, sobre la puerta de su celda. Aún viendo lo que sucedía me preocupaba sin recato de averiguar la hora. Vi cuando cortaban la soga, sentía ganas de ayudar pero no hacía falta. Mientras lo cargaban tuve la intención de decirles que lo dejaran en el suelo por si tenía el cuello roto, por si se había desnucado. Pero callé. Tardaron más tiempo en llevarlo a la enfermería de lo que, sin ayuda alguna, le tomó estar de regreso. Contra la protesta de los guardias me colé por el resquicio que quedó al paso de alguien que entraba en el pabellón. Y llegué muy a pesar de la voluntad de un segundo abrepuertas hasta el teléfono para llamar a alguien que esperaba hacía más de dos años.
Tengo la impresión que hay dos cosas que la muerte no puede derrotar: el cuerpo y el secreto, éste queda en aquél impregnado de sí, aprovechando la ausencia del alma dibuja en las facciones propias de la carne con matices de lo oculto. Esto tuvo lugar el veinticinco a las seis de la tarde.
Prisión del Sur, Unidad 9, Neuquén
Octubre de 1998
El material ha sido cedido gentilmente por Beatriz Kalinsky, Licenciada en Ciencias Antropológicas, Master en Ciencias Sociales, Profesora Adjunta Regular. Facultad de Filosofía y Letras, Cátedra de Epistemología y Métodos de la Investigación Social. Departamento de Ciencias Antropológicas, Universidad de Buenos Aires. Investigadora adjunta del Consejo nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas -Conicet. Area de trabajo: antropología penal, antropología del conocimiento, metodología de la investigación social.