¿Como se formaron las Villas Miseria?
La migración interna argentina comenzó durante la década de 1930 y tuvo más consecuencias
que las meramente económicas. Determinó las características de la capital, pero también sentó las bases de las relaciones sociales entre los porteños (los habitantes de Buenos Aires) y los inmigrantes recientes que persisten hasta nuestros días. Los porteños rechazaron inicialmente a inmigrantes internos. Dados sus diferentes legados culturales y su aspecto físico, a menudo también diferente, la población urbana porteña estigmatizó con frecuencia a los inmigrantes internos, dándoles nombres peyorativos como “cabecita negra”, en referencia al color más oscuro de su piel y su pelo.
Los servicios y la infraestructura de las ciudades iban a la zaga de los elevados niveles
de inmigración a las zonas urbanas, como era habitual en muchos otros países en desarrollo,
lo que dio lugar a la aparición de barrios marginados de ingresos bajos, las “villas de
emergencia”, a las que posteriormente el periodista argentino Bernardo Verbitsky bautizó
“villas miseria”. Muchas de ellas se construyeron en terrenos públicos, inicialmente muy cerca de los lugares de trabajo de los nuevos inmigrantes. Aunque algunas empezaron de forma “espontánea”, otras fueron planificadas por el gobierno como un modo de proporcionar alojamiento barato y accesible a los trabajadores inmigrantes. Una de ellas fue la Villa 31, en el barrio Retiro, que el gobierno comenzó con la construcción de viviendas básicas para alojar a los inmigrantes europeos de ingresos bajos, sobre todo italianos, que llegaban para trabajar en la industria del ferrocarril.
Los habitantes iniciales de algunas de las primeras villas de Buenos Aires fueron inmigrantes italianos, cuyos ingresos como trabajadores del ferrocarril no alcanzaban para proporcionarles un alojamiento más estable, además de los gastos de transporte para desplazarse hasta su lugar de trabajo. Cuando las villas comenzaron a expandirse como consecuencia del proceso de migración interna, a estos primeros inmigrantes se les sumaron
otros procedentes de los países vecinos. A pesar de que una gran parte de sus residentes
fueron siempre nacionales argentinos, esta relación entre marginación, lugar de residencia y condición de inmigrante siempre ha estado presente y persiste hoy día. Mario
Margulis, en su estudio sobre la migración interna desde La Rioja hasta Buenos Aires, también afirma que los inmigrantes recién llegados eran marginados y desarrollaron su propia subcultura en las villas, que en cierta medida reproducía el estilo de vida rural y daba a los inmigrantes seguridad frente a la discriminación que sufrían en su vida cotidiana.
Históricamente las villas y sus habitantes se han considerado marginales, a pesar de
que esta población se articula claramente con otros actores sociales y no desemboca en
modo alguno en una vida segregada y aislada. La discriminación contra los “villeros” llegó a su extremo durante el régimen militar que accedió al poder tras el golpe de Estado de 1976 y que proclamó como uno de sus objetivos la erradicación total de las villas de la capital de Buenos Aires. Estos planes de erradicación afectaron a 208.783 personas.
Hermitte y Boivin describen la forma en que se llevaron a cabo estas erradicaciones.
Primero se desencadenaron campañas racistas y estereotipantes, que fueron seguidas del
corte de servicios públicos como el agua y la electricidad, la prohibición de todo comercio y la obligatoriedad de mostrar tarjetas de identidad para entrar o salir de las villas. También se ejerció ampliamente la intimidación. Dado el contexto político en el que tuvieron lugar las erradicaciones, todo intento de los villeros para organizarse era arriesgado, pues eran tildados de subversivos. En las afueras de Buenos Aires (sobre todo en sus provincias) se construyeron varios proyectos de viviendas sociales a fin de realojar a la población desahuciada.
Sin embargo, nunca se produjo el realojo previsto, pues las viviendas se entregaron a
otros sectores sociales. Además, las redes de apoyo social quedaron destruidas y, junto con el considerable aumento de las distancias que había que recorrer hasta el lugar de trabajo el nivel de vida se resintió considerablemente. Tras el retorno de la democracia, el número de personas que vivían en las villas comenzó a aumentar de nuevo, pero en 1991, la población residente en las villas seguía siendo inferior a la del periodo anterior a los planes de erradicación.
Aunque las villas miseria pueden ser consideradas como lugares marginados dentro del entorno urbano, ello no implica que todos sus habitantes sean personas socialmente excluidas. Las villas son heterogéneas y proporcionan vivienda a quienes no
pueden permitirse vivir en otro lugar, pero también a algunas personas que deciden vivir ahí debido al bajo coste del alojamiento y a la inexistencia de normas de planificación que se adapten a sus necesidades y planes actuales.