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La expansion ganadera - Historia Argentina

RESUMEN

Tulio Halperín Donghi (1963)

LA EXPANSIÓN GANADERA EN LA CAMPAÑA DE BUENOS AIRES (1810 - 1852)

I

Condiciones y limitaciones económicas de la expansión ganadera

El estimulo que significó la libertad de comercio se orienta, sobre todo, a las comarcas no tocadas por la guerra civil: entre ellas las zonas del interior mejor ubicadas respecto del centro exportador de Bs. As.

Hasta 1825 la ruta de Potosí queda cortada, aun después de esa fecha la apertura del Pacifico sur al comercio europeo impedirá que Bs. As recapture el de Chile y Bolivia. Su papel comercial sufre necesariamente como consecuencia de esto: Bs. As pasa a ser, sobre todo, el puerto de unas exportaciones ganaderas que en las últimas décadas coloniales solo habían cubierto alrededor de un tercio del total de comercio exportador porteño.

Antes de eclipsarse como rivales de la ganadería porteña, las zonas ganaderas del litoral consumen frenéticamente su stock: los ejércitos federales y porteños son devoradores implacables de ganado; la inseguridad impulsa, además, a los hacendados a liquidar, anticipándose a sus posibles saqueadores.

Solo la conclusión de esta etapa deja a la ganadería de las zonas menos tocadas por la guerra civil en disposición de aprovechar por entero la ampliación de su mercado consumidor.

A esa ampliación se responde con un crecimiento de la producción que, pese a sus altibajos, es el movimiento dominante durante 30 años, a partir de 1820. Este aumento a su vez deriva en primer término de la ampliación del área explotada; en segundo lugar, de una utilización más intensa de la mano de obra disponible; no surge, en cambio, sino en medida mínima, de progresos en los aspectos propiamente técnicos de la explotación ganadera y las industrias con ellas conexas.

En cuanto a la industrialización, la innovación más significativa es sin duda la grasería, el vapor que no solo se incorpora al saladero, sino también se difunde por la campaña en la década de 1830 por iniciativa de hacendados y acopiadores locales.

Sin duda esa expansión debe plantear un problema de mano de obra: esta es ya escasa al comenzar el proceso y corre riesgo de hacerse cada vez más cara.

Las mismas exigencias de baja inversión inicial rigen en las actividades industriales relacionadas con la ganadería y en primer término en la más importante de todas: el saladero.

La producción y la industrialización del vacuno se desarrollan entonces con bajos costos de instalación.

Las altas ganancias son uno de los rasgos dominantes de esa expansión ganadera: explican no solo el triunfo de las inversiones en el sector rural sobre los modos de inversión rivales, sino también el brusco aumento en la demanda de capitales que esa expansión provocó y se tradujo de inmediato en una subida de las tasas de intereses corrientes.

Sin duda la inversión en empresas comerciales no había disminuido sus rendimientos como consecuencia de la revolución, pero hubo aquí una transformación profunda de los grupos mercantiles: una forma de adaptación a la situación nueva es la vuelta hacia el campo, que ejecutan a partir sobre todo de 1820 algunos de los grandes comerciantes porteños de arraigo colonial. Junto con ellos son los comerciantes extranjeros los que también participan en la expansión del sector rural porteño.

La inversión especulativa se vuelve rápidamente de un rubro a otro, a la espera de ganancias excepcionalmente elevadas. Al mismo tiempo, la miseria crónica del estado creó un nuevo rubro, bien pronto importante para los especuladores: los vales de aduana, luego los fondos públicos, por fin el papel moneda, todos de valor oscilante que, combatida intermitentemente y sin vigor por los gobiernos, estaba destinada a durar a lo largo de toda la etapa de expansión de la ganadería vacuna.

Más que rival, la inversión especulativa es entonces complementaria de la pecuaria o comercial. Este rasgo se traduce también en el plano social: la expansión ganadera da lugar en el ámbito porteño a una sociedad más homogénea que la colonial; los conflictos latentes en esta, se atenúan progresivamente gracias a la expansión.

II

El marco social

a) En el nivel local

En las últimas décadas coloniales la campaña de Bs. As, entre El Plata y el Salado era una zona juzgada solo mediocremente apta para la ganadería.

La frontera significaba para la campaña porteña una desventaja sin contrapartida positiva alguna: si en el periodo 1780-1810 hubo en ella una relativa paz, ella se mantuvo a costo de la detención del avance poblador en la línea del Salado, protegido mediante el sistema de poblaciones y fuertes fronterizos comenzado a organizar en la primera de esas fechas.

Detrás de esa línea la campaña de Bs. As estaba dividida en propiedades de extensión media (norte y aledaños de la ciudad), pequeña (oeste) y grande (sur). Estas diferencias iban acompañadas de una parcial diferenciación de funciones: el oeste y algunos oasis del norte eran centros predominantemente cerealeros; al norte y al sur el predominio de la ganadería iba acompañado muy frecuentemente de actividades agrícolas. Pero este sector rural no era tan solo el hinterland agrícola-ganadero de la capital, era el “corredor porteño”, una zona de tránsito para el comercio con el interior.

En estas condiciones la hegemonía de los comercializadores en nivel local no se prolonga en contactos estrechos con grupos de gran comercio de Bs. As: estos últimos, dedicados a la importación ultramarina para un mercado que llegaba hasta Puno y Santiago de Chile, dedicados a una exportación en que el metálico predominaba sobre los cueros no necesitaban de la colaboración estrecha de los comerciantes rurales; aun se ocupaban menos de los hacendados y agricultores de la campaña porteña.

Sin duda el desbarajuste del comercio mundial luego de 1795 y el florecimiento de la especulación que fue en Bs. As su consecuencia cambió en algo esta situación originaria: antes que la ganadería vacuna era la agricultura la que estableció algún contacto entre el pequeño comercio local y el gran comercio de exportación-importación de la capital. Pero estos contactos no eran lo bastantes duraderos como para provocar comunidades o rivalidades permanentes de intereses entre ambos grupos. El resultado era que solo sectores de gran gravitación de posición relativamente secundaria en la vida urbana aseguraban el contacto entre uno y otro sector.

El cabildo intervenía sin duda para asegurar que las maniobras de especulación no llevaran a la carestía de productos de consumo universal a niveles intolerables; intervendría también para designar, año tras año, las autoridades investidas de funciones de política y baja justicia en la campaña.

Todo esto no eliminaba la relativa independencia de la campaña respecto de las fuerzas económicas-sociales más dinámicas de la ciudad porteña, que estaba destinada a desaparecer luego de la liberación del comercio ultramarino, y sobre todo de los cambios que la acompañan.

b) Consecuencias de los reajustes comerciales post-revolucionarios (1810-1820)

El Reglamento de Comercio Provisorio, dictado en 1809 por un virrey acuciado a la vez por la angustia financiera y el deseo de complacer en lo posible a los grupos de potenciales descontentos, se preocupó, a la vez que de asegurar salidas ultramarinas para los frutos de la campaña rioplatense, de conservar el control de la comercialización de los mismos por aquellos que ya la dominaban.

La prohibición a los comerciantes extranjeros de participar en el comercio al menudeo y en la internación de los frutos, la obligación de emplear factores y consignatarios entre los comerciantes ya reconocidos son todas disposiciones encaminadas a ese fin. La revolución comenzó por no introducir innovaciones en ese régimen.

En 1812 y 1813 el problema se da ya en toda su gravedad: un nuevo grupo de comerciantes británicos actúa en el mercado porteño, disociando sus estructuras tradicionales: las limitaciones que pesan sobre su actividad o las esquiva o bien las viola abiertamente. Luego de varias tergiversaciones el gobierno, pese a la toma de posición muy enérgica de la Asamblea de 1813, concluyó por derogar todas esas disposiciones restrictivas.

En efecto, los comerciantes ingleses entran en el mercado rioplatense, largamente aislado, más que a establecer sistemas comerciales estables, a “recoger la crema” de provechos extraordinarios que a la acumulación de frutos durante demasiado tiempo privados de salida y la escasez de productos importados hacían posible. Su estilo de comerciar utiliza muy escasamente el crédito, deja de lado las jerarquías complicadas que incluye la estructura comercial tradicional.

Si la crisis del sistema de comercialización es innegable y presenta peligros graves para el futuro de la economía regional en su conjunto, el avance de las fuerzas disruptivas se realiza desde el comienzo con apoyos importantes entre los productores: la Representación de los Hacendados, que reflejaba los puntos de vista de estos, seguida en su redacción como cosa propia por el delegado de los comerciantes británicos, Mackinson. Obtenido el comercio provisorio, los productores no debían perjudicarse necesariamente por la crisis de una estructura comercial compleja y costosa; los signos de prosperidad ganadera se hacen evidentes a partir de 1816.

Más que por la existencia de una economía natural en la campaña, el punto de partida está caracterizado por la existencia de un grupo comercial no subordinado a los hacendados; lo que estos temen no es la reaparición de ciclos económicos cerrados en cada rancho, sino es que este halle el camino para incorporar sus actividades a circuitos comerciales no controlados por los mismos hacendados.

Las disposiciones sobre enrolamiento de vagos y la aparición de la industria saladeril

Es la escasez de mano de obra, la indisciplina que producen las levas y el temor a ellas, la aparición de núcleos de desertores que necesariamente quedan marginados, lo que explicaría este mayor vigor de las normas que gobiernan la disciplina del trabajo rural

Hegemonía terrateniente y avance de la frontera

Las bases de la hegemonía terrateniente en la campaña se han puesto ya en la primera década revolucionaria. En 1760 se había ido constituyendo en la campaña un sistema de defensa de fronteras. La revolución obligó a descuidar a las fuerzas regulares de la campaña; las milicias tendieron cada vez más a ocupar su lugar.

Mientras los oficiales y suboficiales de blandengues, no necesariamente vinculados a los lugares en que estaban acantonados, pagados por la autoridad central, solían establecer vínculos locales sobre todo con comerciantes, y aun emprender por su cuenta aventuras comerciales más o menos disimuladas, la estructura de las milicias se apoya en las de las estancias ganaderas, su hegemonía militar en la campaña es la de los hacendados.

Así, los hacendados adquieren poderes militares: la supresión del cabildo pone la justicia y la policía bajo la autoridad directa del gobierno provincial, las designaciones que éste hace consultan los deseos de sus apoyos locales; estos son los hacendados que controlan las milicias y además los votos de sus peonadas.

En el plano provincial: política de fronteras, política de tierras públicas. En el plano local: la transformación de la administración pública en manos de los hacendados para el mantenimiento de la disciplina del trabajo rural.

Desde 1820 se da un avance de la frontera que supera la línea del Salado. Este avance es fruto de la expedición militar del gobernador Rodríguez y de las paces que la concluyen. A partir de entonces se abre el proceso de poblamiento y organización de la Nueva Frontera; en 1823 se funda Tandil; en 1825 una comisión recorre las tierras solo parcialmente utilizadas aunque las paces han cedido los cristianos. En 1827 Rosas concluye el arreglo de la frontera: una línea de fuertes, desde Santa Fe hasta el Atlántico, asegura una paz relativa, consolidada mediante pagos de tributos destinados a ganar la amistad de algunos de los grupos indígenas.

La Nueva Frontera había más que duplicado la superficie explotable de la campaña: para disponer de ella, el gobierno de Rodríguez introdujo el régimen de enfiteusis.

Pero el régimen de enfiteusis, si no suprime la hegemonía de los grandes hacendados en el sector rural, tiene una consecuencia económica-social cuya importancia no podría exagerarse: al poner a disposición de los posibles compradores de tierras extensiones prácticamente nuevas se mantenga, durante un periodo relativamente prolongado. Gracias a ellos los costos de producción ganadera pudieron mantenerse bajos. A partir de 1836 la política ha de variar: la enfiteusis será reemplazada por la venta de tierras públicas. Esta no es muy exitosa: el precio es bajo, es disminuido aún por la inflación de papel moneda, y sin embargo solo una fracción de las tierras enfitéuticas son adquiridas en propiedad. Todavía en 1839 la superficie de las primeras abarca más de la mitad de las tierras explotadas de la provincia. Junto con la venta, el régimen rosista recurrirá abundantemente a la donación de tierras.

Los trabajadores que requieren ser disciplinados son objetos de procesos en los cuales los jueces de paz actúan como sumariantes.

Reduciendo la población marginal, imponiéndole la integración a los grupos de los peones asalariados, reprimiendo efectivamente las actividades ilícitas que habían sido uno de los medios con que los comerciantes de la campaña habían asegurado su independencia respecto de los hacendados y les habían disputado la hegemonía, la organización policiaca y judicial que se establece en la campaña luego de 1820 y se consolida durante la etapa rosista presta un auxilio capital a la afirmación de la hegemonía de los hacendados. Pero para mantener el orden de la campaña no contaban estos tan solo con la activa benevolencia del poder político, tenían a su disposición otros instrumentos igualmente eficaces.

El orden nuevo en la estancia

La estancia vacuna es gracias a los cambios post revolucionarios no solo el más importante centro productor de la campaña sino también un factor cada vez más importante por lo menos en las primeras etapas de la comercialización.

Para mantener esa disciplina el propietario tiene también otros instrumentos: la condición de asalariados de sus servidores; muy frecuentemente la insuficiencia de esos asalariados, que coloca a los peones en deuda permanente con los hacendados.

El aparato represivo del Estado puesto al servicio del hacendado frente a sus peones, las deudas de estos con el patrón creando un nuevo lazo que los asalariados no tienen posibilidades reales de romper.

La imposición autoritaria de un nuevo ritmo de trabajo aparece en el litoral argentino al iniciarse el proceso de nacionalización de la actividad productiva; aquí como en otras partes es utilizada para acelerar la transición que es extremadamente difícil.La expansión ganadera se da en medio de una penuria constante de mano de obra en estas condiciones de éxito de la tentativa de disciplinar la vida rural debe medirse, más que en los cambios del ritmo de trabajo en la estancia, en la transformación de la estancia en elemento económico dominante en el área rural porteña.

Esa transformación se dio en toda la campaña porteña. Pero se dio más radicalmente allí donde la expansión ganadera se implantan sobre un vacío previo: en el sur de la provincia, en la Nueva Frontera.


[Tulio Halperín Donghi, "La expansión ganadera en la Campaña de Buenos Aires, 1810-1852", Desarrollo Económico, Vol. III, Nº 1-2, Abril-Septiembre de 1963]

FUENTE



Espero que les sirva como me sirve a mi ya que estudio Historia




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