InicioApuntes Y MonografiasAgua de Cementerio
Escapábamos los dos de la mano, corriendo calle abajo donde a nadie se le ocurriría buscarnos. Vivíamos ambos en un pequeño pueblito, y a raíz de nuestras recientes escapadas nuestras familias nos habían prohibido el vernos. Pero lejos de asustarnos, tales advertencias hacían de nuestra relación una emocionante aventura.
Aquella noche la había incitado a huir para pasar la noche juntos, pero mientras se descolgaba de su balcón su madre irrumpió en su alcoba percatándose del escape. Le ayudé lo mejor que pude a descolgarse, y tomándonos de la mano corrimos calle abajo, sin rumbo fijo. Pronto nos dimos cuenta que su madre había dado la voz de alarma y su padre venía tras nosotros… al principio sentimos miedo, pero luego la adrenalina nos empujó a seguir huyendo. A lo lejos ladraban los perros, y encima de nosotros la luna brillaba con toda su fuerza, iluminando aquella noche de verano. Vagando por las calles vacías (ya no se oía el rumor de nuestros perseguidores) llegamos a las rejas del cementerio Tenía este en su fachada el dibujo de dos ángeles, uno de ellos bastante grotesco que mirada hacia el oeste, donde se encontraba un pequeño parque al que acudían los palomillas después de clases. Vacilábamos en entrar, pero entonces oímos el bramido de los canes acercándose. Riendo nerviosamente empujamos las oxidadas vigas del camposanto y entramos. A nadie se le ocurriría buscarnos ahí. Al entrar sentimos un silencio aplastador cayendo sobre nuestros hombros… la quietud de la muerte calló el gozo de nuestra pasión. Ya sea por la emoción o el cansancio la frente de mi amada estaba perlada de sudor, así que busque algún grifo para calmar su sed. Al costado de la capilla hallé un pequeño puqio de donde manaba agua. Ella se inclinó y empezó a remojarse el rostro y a beber un poco. Yo no quise hacerlo, hacía frío y el agua estaba helada. Por otro lado la excitación de saber lo que nos esperaba me ponía nervioso. Después de refrescarse tomó mi mano y empezamos a caminar entre las oscuras tumbas. No hablábamos. Ambos sabíamos en que terminaría todo: Pasaríamos nuestra primera noche de amor, y luego nuestros padres nos reñirían tanto que de seguro nos separarían. Pero en ese momento nada importaba. Estábamos ahí solos y nadie podía evitarlo.
Llegamos a un trozo tierra cubierto de césped húmedo y nos recostamos un momento.

- ¿No tienes miedo de estar aquí?
- Si todos estos estuvieran vivos entonces sí que tendría miedo, pero muertos no pueden hacernos nada…
- Pero podrían lanzarnos su maldición por irrumpir su quietud.
- Que lancen lo que quieran, pero de todas maneras siempre estaremos juntos.
- Si siempre estaremos juntos… aunque mi padre nos sorprenda esta noche juro que volvería a hacer lo que he hecho…

Y diciendo esto me tomo de los hombros y me besó dulcemente. Así empezamos nuestro viaje al paraíso…

No sé cuanto tiempo estuvimos dormidos, pero recuerdo que el sonido de una verja oxidada al abrirse me despertó. De pronto me di cuenta de que nuestros perseguidores habían entrado a nuestro escondite y con faroles intentaban abrirse paso entre la oscuridad. La llamé suavemente para escapar de ahí, pero no hacía caso. Debía estar muy dormida. La moví un poco pero tampoco respondía… la luna se había ocultado así que no podía ver su rostro. De pronto las nubes se disiparon dejando al descubierto su faz pálida, demacrada, ya sin vida… de sus labios brotaba espuma tan blanca como la luna que nos iluminaba… estaba muerta. ¡Muerta! ¿Cómo es posible? Recordé entonces con horror el agua que bebió, y que yo no quise beber. Comprendí entonces que el agua había estado envenenada. No tuve mucho tiempo de reflexionar pues vi que alguien se acercaba, así que me oculté detrás de una lápida, y después me escabullí hacía el norte, hacia donde había otra salida, una que daba al río. No quise ver cómo encontraban el cadáver y tampoco quería ser acusado de la muerte de mi amada.
Corrí como poseído al río y ahí al borde la orilla lloré amargamente me desdicha…

No quiero volver a casa, por ello evitaré que me atrapen. Iré a donde nadie pueda atraparme. El río… dicen que es profundo, que nadie puede escapar de sus entrañas… ojala sea cierto…
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