Cuidado con el Dragón
Creo que a ese lugar llegamos casi juntos, el dragón y yo.
Yo soy un doctor; un médico anciano y tembleque. Tanto me tiembla el pulso que a veces, cuando intento aplicar una inyección y quiero clavar la aguja en una nalga, no puedo, y termino pinchándolos en cualquier parte. Por eso, no conseguía pacientes.
Nadie quería tratarse conmigo, claro, preferían a los médicos jóvenes. Así que un día, decidí irme a un lugar donde no hubiera más médico que yo. Por eso me instalé en este poblado de la Provincia de Entre Ríos, llamado Tamboyuyo.
Ah, les decía que llegué casi al mismo tiempo que el dragón. Saben lo que es un dragón? Es un bicho más grandote que una casa de dos pisos. Tiene uñas filosas en las patas y las manos. Escamas duras le cubren todo el lomo, ¡ y tira fuego por las narices!. Pero lo más peligroso de este bicho es la panza. ¡Come a lo bestia!
El día en que llegó, ya se almorzó como doscientas vacas. Aunque, a la noche sólo comió cien y un par de chanchos, porque dice que le gusta cenar liviano. ¡Los ganaderos estaban desesperados! Y después les tocó el turno a los agricultores. ¿Saben por qué? Parece
Una mañana me despertaron tempranito, para que fuera a curar a un accidentado: se trataba de un chico que se había caído de un árbol, en la plaza del pueblo.
Cuando llegué al lugar, me asombró la cantidad de gente que estaba reunida. Todos discutían sobre lo que había que hacer para librarse del dragón.
Unos proponían cavar un pozo grande y cubrirlo de ramas para que el bicho cayera en él, pero, ¿quién sería el valiente que se animaría a llevarlo hasta allí? Nadie contestó a esa pregunta.
Mientras tanto, yo trataba de vendarle el pecho al chico accidentado que gritaba como un marrano. No tanto por el dolor del golpe, sino porque yo, con el temblequeo, en vez de vendarle el pecho, le estaba cubriendo la cara. Menos mal que, una mujer me ayudó a colocarle el vendaje en el lugar apropiado.
Lo que no se resolvía era el problema del dragón. Sólo se hablaba y hablaba. Casi lo corren a palos a uno que propuso envenenar las cosechas para que el bicho muriese al devorarlas. Le gritaron de todos lados: ¡y que vamos a comer nosotros!, ¡idiota!, ¡infeliz!
En fin, no había resolución…aunque la mayoría no veía otra salida que, Ahí me di cuenta de que tenía que actuar. Temblequeando más que de costumbre me abrí paso entre la gente y ascendí con mucha dificultad- al tablado, desde donde hablaban los oradores.
Yo no podía aceptar que se fueran mis posibles pacientes, así que les grité, tartamudeando: - ¡Nonono, nonono… no se vayan!
¡Yoyoyo puedo darles fuerzas! -¡Hable más claro! me gritaron.
Tragué saliva y me serené.
-Yo puedo darles fuerzas para luchar contra el dragón. Escuchen: con lo que traigo, ustedes podrán vencerlo.
-¿Con qué? preguntó uno de entre la multitud. De mi valija extraje una jeringa con una tremenda aguja. Mostrándola en el aire con mi mano tembleque, exclamé: -¡Con esto!
- Se fueron todos.
Aunque, a la mañana siguiente, varios aparecieron por mi consultorio.
-¡Doctor, el dragón nos quiere comer!
-Se acabaron las vacas y ahora, nos persigue a nosotros. No dudé un segundo. Preparé la inyección y traté de aplicarla en la cola del primero, pero, ¡se movía tanto mi mano que le pinché un brazo! ¡Como se quejaba ese cristiano! Entonces, entre dos me sostuvieron para evitar el temblequeo y así pude - ¡por fin! completar con éxito
mi trabajo.
Se fueron sacando pecho y palmeándose los músculos llenos de vigor, dispuestos a darle una soberana paliza al dragón.
Eran como las seis de la mañana cuando empecé a escuchar sonidos extraños y a sentir otras cosas que me llenaron de espanto: crujidos, golpes, viento huracanado, acompañados de un olor a quemado muy intenso y algo así como un terremoto, todo junto.
Salté de la cama y traté de llegar a la puerta de calle pero, con el movimiento del suelo me resbalaba, iba de un lado a otro de la habitación manoteando, hasta que, al fin logré sostenerme del marco de la puerta, abrirla y mirar para afuera. Dos gruesas columnas extrañas estaban frente a mi casa. Miré hacia fuera y descubrí que las columnas eran en realidad, las piernas del dragón. Este me observaba con los brazos en jarra y cara de pocos amigos. Su poderosa voz sonaba amplificada, como si hablara a través de un equipo elevado a la mayor potencia.
-Me quieren pegar. son unos malos.
-¿De quienes habla? le pregunté, haciéndome el tonto.
-De los paisanos. usted le puso la inyección que da fuerza. Ahora tiene que ponerme la inyección a mí.
-No tengo más. Se me acabaron…
-Entonces me lo voy a comer.
Dicho esto, me levantó con una de sus garras hasta ponerme a la altura de su cara. Vi como le salía humo de las narices y pensé: “Este bruto me va a cocinar con el fuego que tiene adentro y después me comerá”. Así que acepté hacer lo que me pedía.
-Está bien, le voy a dar la inyección. No se enoje…ahora recuerdo que me queda una.
Me puso en el suelo, entré en la casa y traté de escaparme por la puerta de atrás, pero, se ve que el dragón había pensado lo mismo, porque lo encontré esperándome. Así que, no tuve más remedio que elegir la jeringa y la aguja más grande que tenía y salir a su encuentro.
Fue en ese momento cuando aparecieron, desde atrás de una lomada, los paisanos armados de horquillas, hachas y palos, dispuestos a terminar con el monstruo.
El dragón me agarró de un brazo y me arrastró consigo, para enseguida ocultarse detrás de mi casa. Asomaba la cabeza por encima del tejado espiando a los paisanos que se acercaban. Me dijo, temeroso, bajando la voz: “Ya vienen. Pronto, déme la inyección”.
La verdad es que yo también tenía miedo y esto se agregaba para ser que mi temblequeo habitual se volviera más violento, mucho más violento. ¡Lo cosí a pinchazos! ¡Por todos lados! ¡Era como una máquina de coser!¡No podía parar! Hasta que el dragón logró atraparme y me arrojó a lo alto, mientras escapaba ciego de dolor y de furia.
Caí sobre el agua en un lago que se encontraba como a tres cuadras de mi casa. De ahí me rescataron los vecinos, mojado pero contento; porque estaba seguro que el monstruo no intentaría volver.
Los paisanos me recibieron con grandes muestras de júbilo. ¡Era un héroe para ellos!. Tantas demostraciones de cariño, reconocimiento, besos, abrazos, aclamaciones…hicieron que me remordiera la conciencia. Tenía que confesar la verdad y así lo hice:
“Yo no soy un héroe, ni tampoco les di fuerza con la inyección, porque esta sólo contenía agua. Sí debe confesar que no tenía ningún medicamento especial. Era sólo agua…
La fuerza les vino de tenerse confianza, de creer en ustedes mismos y trabajar juntos con un mismo objetivo. Sepan que, si continúan así en el futuro, nunca tendrán motivos para temer a ningún dragón del mundo que aparezca por Tamboyuyo”
Así fue. Hoy, este pueblito es un encanto. ¡Progresa que da gusto! Si pasan por aquí no dejen de visitarme, aunque solo sea para comprobar todo lo que les conté.
Además, si necesitan que los revise como médico…y hasta les puedo aplicar alguna inyección. Con confianza, eh. Ya saben…siempre dispuesto.-
FIN
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