InicioApuntes Y Monografias65 horas de pesadilla
Charly: Este artículo pertenece a un compilado de archivos de la revista de interés general, "Reader's Digest" (Conocida en nuestro país como Selecciones) En años anteriores esta revista para mí tenía un gran valor cultural, quién haya tenido una en sus manos sabrá de lo que hablo. Últimamente, además de un aumento del precio, se ha notado un deterioro en la calidad y cantidad de artículos publicados, al menos es lo que personalmente siento. Busqué por internet y encontré varios artículos que iré publicando cada tanto. Debido a la antigüedad de estos buscaré aquellos donde ésta no influya.








Hoy les traigo un relato de supervivencia, espero que les interese.




65 HORAS DE PESADILLA




Aquel día en que la vida lo puso a prueba, un granjero canadiense supo lo que es estar en verdad solo.


Una vez que se terminó la siembra de primavera y las agotadoras jornadas de 18 horas, el granjero Bruce Osiowy, de 53 años, por fin pudo darse un respiro. El jueves 5 de junio de 2003 descansó casi todo el día, pero al caer la tarde decidió ir a despejar de piedras uno de sus campos. Antes de salir, puso a asar algo en el horno; iba a quedar listo a las 8 de la noche, hora en que volvería para ver un partido de futbol americano.

Bajo un despejado cielo azul que contrastaba en el horizonte con el verde de la pradera, enganchó a su tractor un recogepiedras automático y partió con Gopher, su perro. En el último momento había decidido llenar el tanque del tractor con 320 litros de combustible. Así no tendré que hacerlo mañana temprano, pensó.

Mientras cruzaba su granja de 600 hectáreas, situada cerca de Abernethy, Saskatchewan, a 100 kilómetros de Regina, accionó una palanca para bajar la rastra del recogepiedras, de metro y medio de ancho, la cual echa las piedras en un tambor giratorio y éste las arroja a un depósito.

A las 7, mientras vaciaba una carga de piedras en una orilla del terreno, Bruce notó que los brazos elevadores que hacían bajar y subir la rastra se habían quedado trabados. Dejó el tractor en marcha, saltó al suelo y destrabó el brazo izquierdo golpeándolo con un martillo. El otro brazo no era tan fácil de alcanzar. De rodillas, insertó una llave Stillson por el estrecho espacio que había entre el brazo trabado y la máquina y dio varios martillazos al extremo de la llave, pero no consiguió destrabar el brazo.

Para sujetar mejor la llave y estabilizarla, la asió por el centro con la mano izquierda, alargó el brazo y de nuevo martilló con fuerza. Con ese solo impacto la pieza trabada cedió, y una pesada barra de acero bajó de golpe.



Osiowy soltó un grito de dolor al sentir que la mano le quedaba atrapada en un espacio de no más de cuatro centímetros por lado, entre el brazo elevador y la barra. Empezó a escurrirle sangre de la mano, y cuanto más luchaba por zafarse, más intenso era el dolor.

Contrólate, se dijo. Miró su reloj: eran las 7:20. Estaba con medio cuerpo tendido en la tierra, y el brazo izquierdo atrapado a casi medio metro del suelo. Tomó el martillo y se puso a golpear el costado de la máquina y a pedir auxilio a gritos.



A cuatro kilómetros de allí, Cindy Dixon estaba en el porche de la casa de su granja cuando de pronto oyó unos golpes a lo lejos. Llamó a su esposo, Dennis, y le dijo:

--Quizá deberíamos ir en el auto a ver qué pasa.

--Es sólo alguien reparando equipo --repuso él--. No te preocupes.

Tembloroso y ronco de tanto gritar, Osiowy trató de calmarse. Pensó que Jason Naumetz, su ayudante ocasional, lo encontraría en la mañana, cuando llegara a trabajar. Tienes que aguantar hasta que amanezca, se dijo. Ya casi no le sangraba la mano, pero aún le dolía mucho, sobre todo cuando cambiaba de posición. El frío era ya de 6 °C. Como iba vestido sólo con pantalón vaquero y camisa de manga corta, mantuvo a Gopher cerca de su cuerpo para entrar en calor.

Al día siguiente, a 30 kilómetros de distancia, en Fort Qu'Appelle, Jason Naumetz vio por la ventana de su casa que no paraba de llover. Eso significaba que no podrían trabajar. Llamó al teléfono celular de Bruce, pero el granjero no contestó.

Cuando amaneció, Osiowy ya estaba atento para ver si aparecía Jason. A eso de las 8 oyó sonar su celular, que estaba en el tractor. ¿Y si decidió no venir hoy?, pensó con alarma. Hacia el mediodía, al ver que su ayudante no llegaba, empezó a desesperarse.

El teléfono sonó varias veces más. Bruce miró a su alrededor. Estaba muy lejos de la granja más cercana y rodeado de árboles. Era improbable que alguien lo viera. Además, ¿quién podría ir a buscarlo?



Osiowy era divorciado y tenía seis hijos. Había crecido en una granja cercana, y luego, cuando tenía siete años, se fue a vivir con su madre a Regina, la capital provincial. En 1988 compró tierras cerca de la casa de su infancia y comenzó a cultivar alpiste y frijol, pero no era un granjero típico. Como tenía una casa en Regina y un negocio de alquiler de máquinas tragamonedas que a menudo lo obligaba a viajar varios días seguidos, era común que durante ese tiempo perdiera contacto con su familia y sus amigos. Además, sus vecinos granjeros sabían que en esa temporada del año se mantenía ocupado en la siembra desde el amanecer hasta que oscurecía.

Bruce estiró la mano derecha para palparse los dedos atrapados. Además de haber perdido la sensibilidad, se le habían hinchado al doble o el triple del tamaño normal, y tenía helado el brazo izquierdo hasta el codo. Había estado casado 10 años con una médica, así que sabía que cuando se obstruye la circulación en un miembro, hay alto riesgo de que se gangrene. Tengo que soltarme cuanto antes o esto se pondrá peor, se dijo.

Se desprendió una navaja suiza del cinturón y la miró unos instantes. Si me corto el pulgar y el meñique, quizá pueda sacar la mano. Toda la tarde contempló la navaja y analizó sus opciones. Pensó que tal vez sería mejor cortarse la mano a la altura de la muñeca. Se miró el cinturón: podría usarlo como torniquete. ¿Pero la navaja tendría el filo necesario para mutilarse rápidamente sin perder mucha sangre? Al final decidió cortarse sólo el pulgar y el meñique.



Aunque le horrorizaba la idea de cortarse la piel, sabía que no tenía alternativa. Para probar su valor, tomó aliento y empezó a rebanarse la base del índice izquierdo. Descubrió con sorpresa que el dolor era leve; aun así, se detuvo apenas brotó sangre de la herida. La ausencia de dolor y de chorros de sangre era señal de que estaba obstruida la circulación. Tengo que hacerlo pronto, pensó. Se fijó un tiempo límite: si no recibía ayuda antes del mediodía del día siguiente (sábado), comenzaría a cortar.

La noche del viernes hubo viento y lluvia, y Bruce acabó empapado hasta los huesos. Tiritando, llamó a silbidos a Gopher, que se había guarecido en el cobertizo del recogepiedras. Enroscó las piernas alrededor del perro a fin de protegerse del viento. La temperatura seguía bajando rápidamente.

Pasó toda la noche sin dormir. Al clarear la mañana del sábado estaba entumido, adolorido y cubierto de tierra. Se sentó en el suelo mojado, sintiendo cómo se le agotaban las fuerzas, hasta que pasó la hora límite del mediodía. Llevaba más de 40 horas atrapado y tenía una sed terrible, pero su botella de agua y sus termos con té estaban en la cabina del tractor. Miró su reloj: era la una de la tarde. No tenía sentido aplazar más el trance. Sin ánimos, tomó la navaja.

Debilitado por la sed y la falta de sueño, empezó a sufrir alucinaciones, trastorno común cuando hay deshidratación grave. De pronto se veía en México, ayudando a una familia a preparar una cena de Pascua. Había gente parada a su alrededor y él suplicaba que le dieran agua, pero nadie lo hacía.

Luego, como si despertara de un sueño, se encontró mirando la navaja, que había tirado al suelo. La recogió, limpió la hoja ensangrentada frotándola contra su pantalón y se siguió cortando entre el pulgar y el índice. Como la navaja estaba desafilada y avanzaba poco, con los dientes extrajo otra más pequeña, y continuó.



A ocho kilómetros de allí, en Lemberg, Bev Kanciruk, amiga de Osiowy, le dejó un segundo mensaje en la contestadora telefónica.

--Bruce siempre devuelve las llamadas --le dijo a su esposo, Frank.

--Sí, pero ya lo conoces --repuso éste--. No sabe estarse quieto.

Sumido en otra alucinación, Osiowy se vio en un extraño campamento. A su lado había una enorme hielera con bebidas frías. Alargaba el brazo izquierdo para tomar una, pero se le quedaba atrapado bajo la tapa. Volvió de golpe a la realidad cuando tocó un nervio con la navaja y todo su cuerpo se estremeció de dolor. Al cabo de un rato siguió cortándose el pulgar, haciendo pausas para tomar aliento.



De repente volvió a alucinar que estaba en el campamento. En vano rogaba a la gente que le dieran una bebida. El dueño del lugar se acercaba a él, y Bruce le decía: "Mire lo que me hice en la mano". "No se preocupe", respondía el hombre, y le entregaba un brazo con la mano completa. "¿Por qué no usa éste?"

En su delirio, Osiowy pensaba que podía desprender los dedos sanos de esa mano para sustituir los de la suya, y empezaba a cortarlos. De vuelta en la realidad, usó los dientes para extraer las tijeras de la navaja a fin de cercenarse los tendones, y después utilizó las pinzas para cortar las partes más duras.

Al amanecer del domingo logró ponerse en pie, y se dio cuenta de que por fin tenía libre el brazo. El tractor seguía con el motor en marcha. Se apresuró a beber agua, y luego se tomó todo el té de los termos. Débil y mareado, se tambaleó y cayó al suelo.

Entonces volvió a alucinar. Estaba en un día de campo, y una mujer le decía que iba a servirle el almuerzo. "Voy al tractor a descansar", le respondía él. "Lléveme la comida allá". Cuando iba a subir a la cabina, con el brazo izquierdo pegado al pecho, la mujer le daba un paquete de pollo asado. Mientras alucinaba, Bruce se había puesto en pie y había subido al tractor; exhausto, se dejó caer en el asiento y se quedó dormido.

Cuando despertó, descubrió que lo que se sostenía contra el pecho no era un paquete de pollo, sino la mano izquierda, envuelta con hojas del manual del tractor. Se horrorizó al ver que ya no tenía pulgar ni meñique; la pesada barra le había cercenado la piel y la carne hasta la muñeca, dejando al descubierto huesos y tendones. Al bajar de la cabina encontró los dedos mutilados: estaban sobre el recogepiedras, junto a la navaja. Ya de nada me sirven, se dijo, y los arrojó a un lado. Jamás se había sentido tan cansado. Con gran esfuerzo subió al tractor y de nuevo se quedó dormido.



El sonido de un teléfono lo despertó poco después de las 11 de la mañana. Aunque atolondrado, tomó el celular y contestó. Era su hijo, Mitch, quien llamaba desde Edmonton.

--Papá, ¿dónde te has metido?

La respuesta farfullante de Osiowy y sus divagaciones alarmaron a Mitch. ¿Acaso su padre había sufrido un ataque de apoplejía?

--Papá, tienes que ir a un hospital --le dijo--, ¡ahora mismo!

Entonces colgó y se apresuró a llamar a Frank Kanciruk.

Bruce dejó a un lado el teléfono. El tractor seguía con el motor en marcha. Dio gracias a Dios por haberle permitido llenar el tanque antes de partir. No habría podido caminar los dos kilómetros hasta la casa, pensó. Entonces se dirigió lentamente hacia la granja. Mientras conducía, se dio cuenta de que habían pasado más de 65 horas desde que se le quedó atrapada la mano en la máquina. Calculó que había tardado entre 16 y 20 horas en cortarse los dedos.

Cuando llegó a la casa, percibió un olor a carne quemada: era el asado que había dejado en el horno. Exhausto, se dejó caer en una silla, se quitó las botas y pidió una ambulancia. Frank y Bev Kanciruk lo encontraron 10 minutos después. Al poco rato, una ambulancia lo trasladó a un hospital de Regina, donde en el transcurso de la tarde le amputaron la mano hasta la muñeca.



Aunque ahora tiene que trabajar con una mano artificial, Bruce Osiowy se considera un hombre afortunado. "Le imploré tanto a Dios un milagro, que tardé en darme cuenta de que ya me lo había concedido", dice. "Si hubiera hecho calor, me habría deshidratado rápidamente y lo más probable es que hubiera muerto. Y sin ese viento, los mosquitos me habrían torturado. Pero al final conseguí soltarme. A veces, en medio del horror, los milagros simplemente no parecen milagros".


*Fotos a modo ilustrativo

FUENTE





Te recomiendo pasar por mi otro post, tomate 10 minutos para verlo te va a servir mucho:




¿Te vas de viaje? Guia de supervivencia -Inteligencia colectiva-







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