Las despedidas son así, inherentemente dolorosas. Su dolor radica en lo que se conoce como “la angustia de ya no ser”. Borges, en su poema eterno “Límites”, lo expresa como sólo él puede hacerlo. Hay un número determinado de antemano, que define la cantidad de repeticiones que ejecutaremos de una acción en particular. Nacemos con un número concreto de, por ejemplo, respiraciones, latidos o tropezones asignados. El valor dramático e imponente de esto, no aparece, gigante, demoledor, hasta que empezamos a saber que uno de esos números ha llegado a cero, que una cuenta se ha extinguido.
En este caso, además de esta carga dolorosa, la tristeza la aporta la poca, casi nula, probabilidad de que alguien retome el camino del Ausente, de este Ausente que estamos llorando y echando de menos a partir de hoy. Al dolor de saber que la cuenta, el número de veces en que podremos verlo en carne y hueso, escuchar su voz directamente de su garganta, ha llegado a cero, debemos agregar el sufrimiento que provoca la certeza de que no habrá otro como él.
Agradecido y humilde hasta límites insospechados en el ambiente exitista y devorador en que triunfó, con incontables años de carrera, no tiene sentido hoy hablar de sus logros como cantante. Lo que es imperativo remarcar, es que, en mi corazón, siempre fuiste el mejor, desde la primera vez. Desde el principio, fue amor a primera vista lo que sintieron mis oídos al conocerte. Te escuché cantar, y te creía lo que cantabas. Te creía cuando decías que eras un gigante, un monstruo. A tu caudal de voz, un torrente de luz sonora, le supiste sumar una cuota de sentimiento y sensibilidad que hacía que cada nota que fluía de tu ser cobrara un tinte dorado antes de perderse en los oídos y corazones de todos nosotros.
Por tu calidez, por tu humildad, por ser el mejor y seguir agradeciendo hasta el cansancio a los fans que colmaron cada recital tuyo, por tu voz, por sumarle sentimiento al metal como nunca nadie, por los “malocchios” hoy usados por tantos ignorando completamente su origen, por cada canción que escribiste, por cada letra que cantaste, por Holy Diver, por The Last in Line, por Heaven and Hell, y por todas las demás, gracias. Gracias.
Hoy escuché Egypt y no pude ni quise evitar llorar. Supe que tus cadenas ya no estaban. Y me sentí feliz de que no sufras más, feliz por el legado que nos dejaste a todos nosotros. La cuenta llegó a cero, pero quedan los recuerdos.
Nunca, hasta que el tiempo se rompa, te olvidaremos.
Siempre serás nuestro arcoíris en la oscuridad.
Hasta siempre Ronnie.
En este caso, además de esta carga dolorosa, la tristeza la aporta la poca, casi nula, probabilidad de que alguien retome el camino del Ausente, de este Ausente que estamos llorando y echando de menos a partir de hoy. Al dolor de saber que la cuenta, el número de veces en que podremos verlo en carne y hueso, escuchar su voz directamente de su garganta, ha llegado a cero, debemos agregar el sufrimiento que provoca la certeza de que no habrá otro como él.
Agradecido y humilde hasta límites insospechados en el ambiente exitista y devorador en que triunfó, con incontables años de carrera, no tiene sentido hoy hablar de sus logros como cantante. Lo que es imperativo remarcar, es que, en mi corazón, siempre fuiste el mejor, desde la primera vez. Desde el principio, fue amor a primera vista lo que sintieron mis oídos al conocerte. Te escuché cantar, y te creía lo que cantabas. Te creía cuando decías que eras un gigante, un monstruo. A tu caudal de voz, un torrente de luz sonora, le supiste sumar una cuota de sentimiento y sensibilidad que hacía que cada nota que fluía de tu ser cobrara un tinte dorado antes de perderse en los oídos y corazones de todos nosotros.
Por tu calidez, por tu humildad, por ser el mejor y seguir agradeciendo hasta el cansancio a los fans que colmaron cada recital tuyo, por tu voz, por sumarle sentimiento al metal como nunca nadie, por los “malocchios” hoy usados por tantos ignorando completamente su origen, por cada canción que escribiste, por cada letra que cantaste, por Holy Diver, por The Last in Line, por Heaven and Hell, y por todas las demás, gracias. Gracias.
Hoy escuché Egypt y no pude ni quise evitar llorar. Supe que tus cadenas ya no estaban. Y me sentí feliz de que no sufras más, feliz por el legado que nos dejaste a todos nosotros. La cuenta llegó a cero, pero quedan los recuerdos.
Nunca, hasta que el tiempo se rompa, te olvidaremos.
Siempre serás nuestro arcoíris en la oscuridad.
Hasta siempre Ronnie.