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Nietzsche y el fascismo inevitable

Ciencia Educacion10/28/2011



El Anticristo se encuentra dentro de la tercera y definitiva fase de la filosofía de Nietzsche, inaugurada por Así habló Zaratustra y concluida con Ecce homo. En esta etapa se afirma el estilo y el pensamiento de este vigoroso pensador alemán, y se perfilan con claridad constante sus temáticas pilares: la muerte de Dios, la voluntad del poder, el eterno retorno y el superhombre; y, dentro de éstas, un profundo desprecio y enfrentamiento con las masas, las multitudes, el pueblo numeroso, que revelan desde su propia formulación la síntesis del pensamiento burgués en una etapa superior del desarrollo social.

En El Anticristo Nietzsche expresa, esta vez, no sólo la muerte de dios, ya anteriormente desarrollada con vigor irrebatible, sino también el carácter alienante, negativo y corrupto del cristianismo a lo largo de su negra historia. Para él la idea cristiana de Dios es uno de los más corrompidos conceptos que se hayan inventado para definir la divinidad, y señala que “tal vez represente incluso el nivel más bajo en la evolución descendente del tipo de dioses. ¡Dios, degenerado a ser la contradicción de la vida, en lugar de ser su transfiguración y su eterno sí! ¡En Dios, declarada la hostilidad a la vida, a la naturaleza, a la voluntad de vida! ¡Dios, fórmula de toda calumnia del ‘más acá’, de toda mentira del ‘más allá’! ¡En Dios, divinizada la nada, canonizada la voluntad de nada…!”.

Esta forma pertinaz y agresiva atraviesa toda la obra, donde el pensador del martillo que es Nietzsche no se detiene para nada ante los tópicos más caros del cristianismo. Su lenguaje es injurioso, violento, burlón y certero. Nada del cristianismo –de esa “moral de esclavos”– queda en pie. Incluso sus conceptos de mayor peso, como la propia idea de Dios, de Cristo y de la actitud correcta del creyente quedan derribados por la puntería imbatible del filósofo.

Lo que más reprocha Nietzsche al cristianismo es esa mansedumbre decadente que va contra el hombre, contra la vida. Afirma que la forma máxima de autoenvilecimiento del hombre es el concepto cristiano del pecado. El mismo cristianismo e, para él, la más grande de todas las corrupciones imaginables, porque envenena la vida mediante la idea del pecado. Compara al cristianismo como un estado de “parasitismo”, porque se alimenta de los momentos de indigencia del alma humana. Y añade: “Esta eterna acusación contra el cristianismo voy a escribirla en todas las paredes, allí donde haya paredes; tengo letras que harán ver incluso a los ciegos… Yo llamo al cristianismo la única gran maldición, la única grande intimísima corrupción, el único gran instinto de venganza, para el cual ningún medio es bastante venenoso, sigiloso, subterráneo, pequeño; yo le llamo la única inmortal mancha deshonrosa de la humanidad…”

A estas alturas cabe preguntarnos, sin embargo, cuál es el verdadero blanco de los ataques de Nietzsche. No se enfrenta al cristianismo por su utilidad embrutecedora, ni por su idealismo y servil aparato de coerción moral manejado por las clases dominantes, ni tampoco por el amasijo de falsedades y mentiras que conlleva al terror de los humildes y a su explotación inmisericorde; se le enfrenta principalmente por haberse atrevido a promover la igualdad entre los hombres, sin diferencias ni privilegios. “La refutación de Dios: en rigor, sólo se refuta el Dios moral”, señala.

Contra esta última afirmación cristiana enfila en realidad toda su artillería. Odia al cristianismo con odio utilitario; es decir, sólo en la medida en que se ha opuesto a las “diferencias naturales” que existen entre una minoría selecta y la gran mayoría. Así escribe: “Una cultura superior sólo puede surgir allí donde haya dos castas distintas en el seno de la sociedad: la de los trabajadores y la de los ociosos, capacitados para disfrutar verdaderamente de su ocio; o, para decirlo con palabras más fuertes, la casta del trabajo forzado y la del trabajo libre.”

Es que Nietzsch es, en el fondo, como todo gran filósofo, un pensador de su época, que supo reflejar parte simportantes del pensamiento burgués que iban en aumento gracias a las condiciones sociales que las hacían necesarias. Esta situación no era otra que el ingreso del capitalismo, con todas sus fuerzas, en la etapa imperialista y todas sus guerras de rapiña que traía consigo.

Pero la singularidad de Nietzsche radica en abarcar el enorme mosaico cultural que iba sosteniendo el desarrollo capitalista, y el conflicto de éste con sus condiciones materiales. Nietzsche supo ver que el sistema capitalista no podía sobrevivir sin guerras, genocidios y explotaciones a escala mundial, pero sublimó estas necesidades con su teoría aristocratizante del superhombre, que sería ya no la casta dirigente feudal, envejecida y anacrónica, sino el linaje de la inteligencia burguesa marcado por el fuego de la guerra y la voluntad de poder. De allí que fuese fácil su aceptación entre los nazis y sea considerado como uno de los pensadores que influyeron en el desarrollo ideológico del fascismo.

El superhombre sería la encarnación concreta del reemplazo de la idea de dios. El grito de “Dios ha muerto” implicaba también el que Dios, esa creación judía que en Cristo representa lo antihumano, lo antivital, y destruye toda auténtica jerarquía mediante la igualdad de las almas ante él, sea por fin superado mediante la sola voluntad dominadora. Y el ejemplo real de superhombre lo ve nada menos que en Bismark, aunque ciertamente lo critica por considerar que su política no era suficientemente imperialista y reaccionaria.

Por eso, con toda claridad, escribe Nietzsche en El anticristo: “¿Quiénes son aquellos a quienes más odio, entre la canalla de hoy? La canalla socialista, los apóstoles chandalas, que minan el instinto, el goce, el sentimiento de hartura del obrero, que le hacen envidioso, que le inculcan la venganza… La injusticia no reside nunca en la desigualdad de derechos, sino en la pretensión de derechos iguales…” Y agrega, para redondear su espíritu guerrero: “El mantenimiento del Estado militar es el último y supremo recurso para asumir o mantener la gran tradición, con vistas al tipo superior de hombre, al tipo de hombre fuerte”.

Pese a que a estas alturas hemos demostrado que su concepción ideológica anticristiana no es sino una forma difusa y poética de su visión política reaccionaria, hay quienes, sin embargo, creen que Nietzsche logró superar el abismo alienante del cristianismo por su sola voluntad humana. Pero en realidad la existencia de este y otros fenómenos del capitalismo, donde la realigión obnubila las conciencias junto a supersticiones y mitos como la postmodernidad o el neoliberalismo,de esencia eminentemente irracional, sólo pueden ser superados cuando desaparezcan las condiciones materiales que las hacen posibles; es decir, cuando sean eliminados la explotación, la lucha de clases, el individualismo enfermizo, la propiedad privada de los medios de producción, etc. Y esta no es, ciertamente, tarea burguesa, sino que ella misma debe ser eliminada.

Nietzsche no fue el ideólogo del fascismo, pero puso la primera gran piedra para su construcción. Lo fue Rosenberg, con la ayuda “crítica” de un Heidegger, un Jaspers, entre otros que luego de la experiencia nazi se lavaron las manos. Pero la burguesía no ha podido de ningún modo renunciar al fascismo; por el contrario, lo ha vuelto más sangriento y genocida que en la época hitleriana, lo ha hecho más sutil y endiabladamente hipócrita, a tal punto que bajo su férula la humanidad ha sido degradada a niveles jamás alcanzados a o largo de su historia. Basten como ejemplos los crímenes estadounidenses en casi todos los países del mundo, y la corrupción generalizada en las conciencias de generaciones enteras; o, en el Perú este fascismo haya provocado que nuestro país ocupase el primer lugar en el mundo en detenidos y desaparecidos políticos, y que los muertos en nuestra última guerra civil superasen a los habidos durante la guerra con Chile en el siglo pasado, y, por último, que buena parte de la población se encuentre en estado de miseria absoluta mientras una minoría parásita goza de los beneficios de esta explotación. No faltan, por supuesto, los intelectuales mercenarios, arteros, que por un sueldo o una subvención justifican lo injustificable y acusan en general a todo movimiento popular de ser fanático, fundamentalista, sectario, dogmático, etc.; es decir, el despliegue de la pobre inteligencia fascista.

No es otra, como telón de fondo, la posición primigenia de Nietzsche en El Anticristo y en sus demás obras filosóficas. Lukács lo vio claro y escribió que El Anticristo suministra los complementos intrínsecos, éticos-sociales e históricos necesarios a este desarrollo lírico, cargado de odio, del Nietzsche de la última época. Que en ella trata el autor de ridiculizar y destruir por doquier, discursivamente, la idea de la igualdad entre los hombres, es bien sabido y no necesita documentarse por medio de citas especiales, pues constituye, en rigor, la idea central de toda su carrera de escritor. (…) Nietzsche no rechaza nunca la igualdad, evidentemente, por razones éticas de orden general, sino que esta actitud suya responde precisamente a su posición ante la democracia, la revolución y el socialismo, los cuales son, según la concepción nietzscheana, frutos necesarios de la dominación del cristianismo. (…). Por consiguiente, cuando Nietzsche se presenta como el Anticristo, a lo que en realidad aspira es a destruir el socialismo”
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