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Que se siente ser fóbico

Que se siente ser fóbico POR MARCOS CARNEVALE Después de haber transitado el mundo de los miedos, me atrevo a hacer mi definición del afamado y tan temido ataque de pánico. El ataque de pánico es la suma de miedos. El proceso es más o menos así: aparece, sin ningún motivo aparente, un miedo totalmente irracional. A ese miedo, se le suma el miedo a que te pase algo: por ejemplo, tener un infarto. Y ahí tu aparato se detiene y comienza a agregarle más miedo. Las glándulas suprarrenales se disparan e inundan tu venas y arterias de adrenalina haciendo que tu corazón se acelere (de miedo), pero vos creés que es parte del infarto y así entrás en una zona donde la confusión y todo ese caudal de miedos y adrenalina hacen estragos con vos. Sentís que no podés controlarlo. Y está bien, ¡es mucho lo que hay que controlar! Y te desesperás. Con suerte, tenés alguien que te quiere cerca para atajarte, o un clonazepán sublingual (preferentemente), o terminás en una guardia donde te dicen que no tenés nada y te sugieren que te tomes un clonazepán sublingual (preferentemente) y te mandan a tu casa. En el taxi, sentís una enorme sensación de alivio. Te acordás de Woody Allen. Eso también te hace sentir mejor, porque todo ese estado espantoso que acabás de vivir te ha convertido en un tipo interesante y hasta divertido. Más si dirigís cine. Y puede que digas alguna pelotudez como: "Ahora entiendo a Woody". Seguramente, mucha gente que esté leyendo esta columna se sentirá identificada. Todos, en mayor o menor medida, hemos tenido un episodio al menos "rarito". Ya sea de corte físico (infarto, desmayos, sudores, bajas de presión, temblores, etc.) o de corte psicológico (miedo a volverse loco, picos de angustia, etc.). Todos estamos habitados por monstruitos. El desafío es enfrentarlos, conocerlos y controlarlos. Y hablando de control, lo mío tuvo que ver con ello, precisamente. Tengo una personalidad un tanto controladora. Ojo, no soy un denso que anda digitándole la vida a los demás. Pero sí tengo una mirada exhaustiva sobre la realidad que me rodea. Yo necesito saber adónde voy, quién va a estar y más o menos qué va a pasar. Eso se parece bastante a tener un guión antes de cada situación. ¿Deformación profesional? Puede ser, soy guionista. Y director. Mi primer miedo fue "miedo a perder el control". Viajaba de Córdoba a Buenos Aires en auto y, de pronto, comencé a sentirme raro. Mi percepción era rara. Como si tuviera algo de alcohol en el cuerpo, pero no había tomado una gota. El pulso se me aceleró. Me asusté. Se aceleró más. Me asusté más y paré. Me quedé en la banquina intentando dilucidar qué me pasaba. Y pasó. Dos días después, volvió a suceder y fui a una guardia pensando que era la presión. Y sucedió la rutina que describí más arriba. Está bueno ser director para las ficciones. No está bueno ser director para la vida. No se puede estar dirigiendo todo el tiempo. Ése es mi gran tema, y el de mucha gente. Me desesperan las situaciones en las que sé que no voy a poder tener el control. El avión, por ejemplo. El avión despega de Ezeiza rumbo a París. Mientras carretea, el monstruito interno se despierta y te susurra: "Dura 13 horitas este viajecito. ¿Y si te querés bajar?". Y ahí comienza el desastre. Mi faceta de controlador, querido lector, suma un detalle más: a mi monstruo interno lo conoce muy poca gente. Tengo un nivel de dignidad altísimo. Por dentro puede que esté viviendo el peor de los infiernos, pero vos, que vas sentado en el asiento de al lado rumbo a París conmigo, no te das cuenta. Pero si sos mi mujer o mi mejor amigo, conocerás mi Mr. Hyde. Me acuerdo de una situación totalmente filmable. En uno de esos episodios, tuve una suerte de arritmia, de rareza cardíaca. Partí para la guardia de un sanatorio de Palermo y me atendió una médica divina. Me hizo un electrocardiograma y me dijo: "Este corazón está bárbaro. Hacete ver el otro". ¡Qué inteligente! Eso se necesita en la medicina. Personas como esa médica, que le presta atención al otro aparato. A veces, la medicina atenta contra sistemas como el mío. Vas y, sin querer, te tiran un texto que te puede arruinar la vida por años. Un "vamos a hacer un estudio, esto no me gusta". Eso se traduce INMEDIATAMENTE en cáncer. ¿O no? Yo di con un psicólogo maravilloso, mi amigo Julio. Ahora es mi amigo también. Él se especializa en ataques de pánico y estas cuestiones. Él me hizo ver y entender que me pasaba. Y me dio armas. Los primeros días, los más terribles, llegué a andar por la calle con un papelito en la billetera —escrito de puño y letra por Julio— que decía: "No estoy enfermo. Lo que tengo no es peligroso. No me va a pasar nada". Papelito que hoy conservo entre mis bienes más preciados. Yo no la pasé tan mal como otra gente. Hay personas que no pueden salir de sus casas. Mi experiencia con el miedo, con los miedos, es aprender a no tenerles miedo, precisamente. A los miedos hay que conocerlos, respetarlos, entenderlos y luego, enfrentarlos. Con cuidado. El clonazepán calma el síntoma, no ataca al miedo. Al miedo hay que trabajarlo aparte. Yo aprendí a vivir con mis miedos. Y hasta me son útiles para mi trabajo. Me han abierto puertas de mi cabeza muy interesantes. No les voy a agracecer a mis miedos porque me la han hecho pasar duro, pero... les saqué rédito. fuente: http://www.facebook.com/revistash
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