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breve genealogia de la razon moderna

BREVE GENEALOGÍA DE LA RAZÓN MODERNA “Pero de la pura inteligencia no brotó nunca nada inteligible, ni nada razonable de la razón pura”. FIEDRICH HÖLDERLIN, “Hiperión”. En su libro “A Brave New World” Aldous Huxley proyecta hacia el futuro las lineas de un presente que le parece insoportable. Flota en ese Nuevo Mundo imaginario un clima que nos recuerda al “terror blanco” de Chesterton, una especie de potencialidad adormecida, de brillante incertidumbre. El tema de la novela es la ubicuidad de un poder asfixiante que expande a escala planetaria un sistema clasista ultra-racionalizado. La metáfora schopenhaueriana de la “fábrica de la naturaleza” es –ingenuamente- llevada hasta el paroxismo: en el “Centro de Incubación y Acondicionamiento” se preparan hormigueros de niños en agemeladas parejas, niños que desde el embrión tienen asignada su clase social y su función en el mundo. La metáfora apunta a una embrionización de la producción de la conciencia estandarizada de innumerables hombres por la “comunication industry”. Huxley prolonga observaciones del actual estado de la civilización, moviéndose hasta hacer inmediata la evidencia de su maldad; el “Brave New World” es un capitalismo de estado planeado, donde siguen funcionando la economía dineraria, el motivo del beneficio privado y el culto a la técnica (Ford es Dios y la T suplanta la cruz). Podríamos entonces, y a riesgo de parecer reduccionistas, pensar este libro como una desesperada paranoia anti-racionalista. A esta altura sería pertinente preguntarnos por el concepto de “racionalidad” y sobre el porqué puede llegar ésta a ser tan desdeñable como parecía serlo para Huxley. Para Ch"telet, la filosofía toma sus objetos de la realidad exterior. Para los griegos esa realidad exterior era la “polis”, la ciudad. La racionalidad filosófica es una invención de Platón y Aristóteles, influidos por la realidad política que los rodeaba. Esta racionalidad científica, este logocentrismo, es según Nietzsche, lo peor que pudo haberle pasado al mundo occidental: Apolo –lo permanente, lo necesario, lo claro- expande su dominio a partir del siglo V antes de Cristo, se convierte en el dique que pretende encauzar la vida para que no asuste, que trata de domesticar el impulso de lo vital. Muchos cayeron en la burda confusión de etiquetar a Nietzsche de anti-racionalista. Lo que Nietzsche intentaba revalorizar era la dicotomía Apolo-Dionisios, el matrimonio entre lo uno y lo múltiple, la armonía de los contrarios heraclítea. El problema era la universalización de Apolo, la colonización sobre Dionisios, no Apolo en sí. Si para el griego la realidad era la polis, lo constitutivo de la apariencia de nuestra época es el desarrollo de la RACIONALIDAD TÉCNICA. Y, de nuevo, lo malo no es la racionalidad en sí misma, sino la extensión de un tipo de razón limitada a ámbitos que no le competen. Esta racionalidad técnica tiene su génesis en la revolución física del siglo XVI. Galileo, influido fuertemente por las nuevas teorías copernicanas, provoca una revolución intelectual al mismo tiempo que cosmológica: al afirmar que “la naturaleza está escrita en lenguaje matemático” está diciendo que por más complicado que sea un objeto sensible, siempre es posible, por abstracción mental, por una forma analítica, reducir esta forma complicada a una forma compleja. Toda realidad sensible es INTELIGIBLE, esto significa entonces que no hay NADA que pueda escapar a la inteligencia humana. Sin embargo, quien consiguió la generalización y la materialización de la física fue Isaac Newton. La física a partir de él se convirtió en un modelo al que todas las ciencias buscaban parecerse. La propia filosofía entronizaba el mecanismo como teoría dominante y daba con ello un trasfondo filosófico a las teorías newtonianas. El universo se había transformado en legal y, por lo tanto era predecible. Esto sumado al enorme progreso tecnológico llevó a la “ideología del progreso”, a la consolidación y expansión del positivismo, sustento ideológico de la racionalidad técnica. La pregunta es: Esta racionalidad, ¿es tal? A esta pregunta pretende responder la Teoría Crítica que se desarrolla en Horkheimer, Marcuse y Adorno a partir de una experiencia profundamente vivida de irracionalidad e inhumanismo. Teniendo por fundadores a tres judíos alemanes, que experimentaron en su espíritu los horrores del Nazismo que hubieran experimentado en sus propios cuerpos si hubieran permanecido en su patria, esa Teoría es, sobre todo, producto de la vivencia de la “nueva barbarie” que alcanzó su punto culminante en Ausschwitz. Para los integrantes de la Escuela de Frankfurt la razón que se ha materializado en nuestra sociedad es ella misma irracional y opresora del hombre. La impronta nietzscheana había anticipado la crisis de la racionalidad y la bomba atómica –planificación racional del exterminio- aparece como evidencia de una razón que se escapó de la vida y puede ir contra ella. Max Weber había articulado ya el problema que se iba a convertir en la preocupación central del neomarxismo. Con el concepto de racionalización, Weber trataba de captar todo un complejo de tendencias relacionadas con el progreso técnico y científico y con sus efectos sobre la trama institucional de las sociedades tradicionales. Pese a que sus sentimientos frente a este proceso fueron ambiguos, Weber lo consideraba sin duda alguna irreversible y causante de un progresivo “desencantamiento” del mundo. Acerca de las consecuencias de la formalización de la razón, señala Horkheimer: “Nociones como las de justicia, igualdad, felicidad, que en siglos anteriores eran considerados inherentes a la razón o dependientes de ella, han perdido sus raíces espirituales. Son metas o fines, pero no hay ninguna instancia racional autorizada a otorgarles valor y a vincularlos con una realidad objetiva ... ¿Quién podrá decir que alguno de estos ideales guardan un vínculo más estrecho con la verdad que su contrario? Según la filosofía del intelectual moderno promedio, existe una sola autoridad, es decir, la ciencia, concebida como clasificación de hechos y cálculo de probabilidades”. El triunfo del positivismo significa para Habermas el fin de la Teoría del Conocimiento, que pasa a ser sustituida por una Teoría de las Ciencias. La pregunta lógico-trascendental por las condiciones de todo posible conocimiento, apuntaba a la vez hacia la explicación del sentido mismo del conocimiento en cuanto tal. El positivismo corta de raíz ese problema, que para él ha desaparecido con el desarrollo de las ciencias modernas que toman como “hecho real” aquello que coincida con el análisis metodológico de los procesos de investigación científica. El pecado de Marx, según Habermas; fue haber sacrificado la filosofía en aras de una Ciencia coloreada positivísticamente, terminando de ahogar así aquella Teoría del Conocimiento que ya en Kant naciera tarada con el presupuesto de un conocimiento normativo de Ciencia, obtenido de las Matemáticas y la Física, abriendo con ello de par en par las puertas a la marcha triunfal del positivismo. Un positivismo que, sobre todo desde el funcionalismo, se convertiría en un sistema teórico-práctico de justificación política de posiciones sociales, destinado a motivar la obediencia por parte de los dominados, a crear la convicción social de que la situación no debe ser contestada. La planeación y la dirección controlada basadas en teorías como las funcionalistas han logrado hacer que las necesidades de los individuos sean precisamente aquellas que eternizan el sistema. La propaganda dirigida (la Hipnopedia del libro de Huxley) consigue hacer ver “claridad radiante allí donde reinan las más profundas tinieblas”. El gran milagro del aparato económico administrativo consiste en haber conseguido que “los hombres puedan sentirse felices cuando en realidad no lo son”: la conciencia falsa, en términos de Luckacs, ha pasado a hacerse conciencia general.
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