La creación de destino, como concepción o fatalismo, guarda ciertas reservas. Su cosmología es artística o divina. Dijo Johann Wolfgang von Goethe: "A veces nuestro destino semeja un árbol frutal en invierno. ¿Quién pensaría que esas ramas reverdecerán y florecerán? Mas esperamos que así sea, y sabemos que así será.", e intentó desbaratar toda sospecha. Alguien, alguna vez, procedió ignorante del porvenir, suponiendo que todos los actos eran únicos. La repetición de las circunstancias, lo desmotivaron: todo tiene el mismo final. Conjeturó que existía el fatalismo, la conducta, la elegancia y la ordinariez. Luego consideró -o le hicieron considerar- que aquella acción arbitraria y su ulterior final, estaba vigilada por estamentos ilegibles. La imaginación del primer hombre que reparó en ello, llamó a tal efecto destino, y lo juzgó implacable.
El remordimiento de los dioses, tal vez su compasión o embustería, creó ante el desamparo, la sorpresa. Como todas las ilusiones, supone cierta piedad ante la crueldad de lo estipulado. Se trata, acaso, de una convención entre el destino y la casualidad, entre el fatalismo y el albedrío: una representación de lo añorado, de lo imperceptible, o más leve que ello. Y ante la inmensidad de lo desconocido, los mortales que deambulan aguardando brisas que guíen con mejor suerte sus almas, como si la brisa ignorara su creación y su fin. Como si desconociera su naturaleza, como si hubiera sido concebida con la soberbia que supone no poder ser descrita en ninguna mitología.
Sin embargo, el destino -y Ernesto Sábato- advierten que no son las ideas, el intelecto ni la razón los que salvan al mundo, sino las insensatas esperanzas de los hombres, su furia persistente para sobrevivir, su anhelo de respirar mientras sea posible, el pequeño, testarudo y grotesco heroísmo de todos los días frente al infortunio.Como una condena, el destino predestinó la furia y los actos heroicos de los hombres, porque todo puede ser lo último.
Bienaventurado el destino hace a lo movible, irrepetible. El mundo y nuestro destino se convierte, entonces, en una construcción imposible pero sujeta a nuestra propia objeción. Sentenció Friedrich Nietzsche: "Es, pues, tan bello lo que veis del mundo a través de esta ventana, tan bello, que os negáis a mirar a toda costa a través de otra ventana, y que procuráis hasta impedir a los demás cualquier tentativa."
El remordimiento de los dioses, tal vez su compasión o embustería, creó ante el desamparo, la sorpresa. Como todas las ilusiones, supone cierta piedad ante la crueldad de lo estipulado. Se trata, acaso, de una convención entre el destino y la casualidad, entre el fatalismo y el albedrío: una representación de lo añorado, de lo imperceptible, o más leve que ello. Y ante la inmensidad de lo desconocido, los mortales que deambulan aguardando brisas que guíen con mejor suerte sus almas, como si la brisa ignorara su creación y su fin. Como si desconociera su naturaleza, como si hubiera sido concebida con la soberbia que supone no poder ser descrita en ninguna mitología.
Sin embargo, el destino -y Ernesto Sábato- advierten que no son las ideas, el intelecto ni la razón los que salvan al mundo, sino las insensatas esperanzas de los hombres, su furia persistente para sobrevivir, su anhelo de respirar mientras sea posible, el pequeño, testarudo y grotesco heroísmo de todos los días frente al infortunio.Como una condena, el destino predestinó la furia y los actos heroicos de los hombres, porque todo puede ser lo último.
Bienaventurado el destino hace a lo movible, irrepetible. El mundo y nuestro destino se convierte, entonces, en una construcción imposible pero sujeta a nuestra propia objeción. Sentenció Friedrich Nietzsche: "Es, pues, tan bello lo que veis del mundo a través de esta ventana, tan bello, que os negáis a mirar a toda costa a través de otra ventana, y que procuráis hasta impedir a los demás cualquier tentativa."