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Resumen de Juan Manuel de Rosas "Pacho" Parte 2

Ciencia Educacion3/30/2012

Capitulo 70 La hora de la venganza
Cuando Rosas supo que Lavalle tenía todo listo para invadir Buenos Aires, en una magistral estrategia ordena a su fiel Echagüe, secundado por el uruguayo Lavalleja, a cruzar el Paraná e invadir la Banda Oriental.
Los planes "libertadores" se alteran: Rivera retrocede para proteger a Montevideo desguarneciendo la retaguardia de Lavalle, y éste, para no perder contacto con el "pardejón" y con la escuadra francesa, invadirá territorio argentino a la altura de Entre Ríos.
Apenas desembarcado lanza una proclama incitando a que "los hombres sin distinción de color o partido político" se incorporen a la gesta antirrosista. El fracaso es total y en cambio va encontrando una vigorosa resistencia que lo lleva a cambiar el tono de sus manifestaciones. En su desvío hacia Corrientes, para unir sus fuerzas a las del gobernador Ferré, amenazará.
Resultado de la indignación por los desmanes cometidos por el "ejército libertador" en su campaña sobre Buenos Aires y que se multiplicaban durante su vandálica retirada fue un espíritu vindicativo que, entre otras consecuencias, motivó el decreto que expropiaba los bienes de los unitarios para "reparación de los quebrantos causados en las fortunas de los fieles federales por las hordas del desnaturalizado traidor Juan Lavalle”.
Ese octubre de 1840 y el abril de 1842 serán recordados como las sangrientas orgías de terror rosista y fueron explotadas hasta el hartazgo por la propaganda enemiga. La policía allanó domicilios de conocidos unitarios buscando correspondencia con Montevideo o con Lavalle. La entrada de los vigilantes de uniformes rojos, gorros de manga, pesados sables de caballería, grandes bigotes federales, producía la comprensible conmoción en las familias. No se habían conocido, hasta entonces, allanamientos de domicilios por causas políticas, ni tampoco revisaciones ni secuestros de correspondencia.

Capítulo 79 La defensa de la soberanía
Nuestra historia oficial nunca logró digerir la cláusula tercera del testamento del general don José de San Martín: "El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sur le será entregado al general de la república Argentina don Juan Manuel de rosas, como una prueba de satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla".
Don José celebraba, no la gesta de Obligado como suele afirmarse en un difundido error, sino años antes, la defensa contra el bloqueo francés que finalizaría en 1840. No es banal esta aclaración pues algunos, entre ellos Sarmiento, osaron opinar que el gesto se debía a la senilidad del Libertador. La relación ente San Martín y Rosas fue intensa a lo largo de muchos años.
Cuando Francia e Inglaterra atacan a la confederación Argentina, nuestro Libertador máximo no vacila en escribir a Rosas, poniéndose a sus órdenes y ofreciéndole regresar a la patria para combatir contra los invasores en una declaración pública que pudo haberle provocado serias dificultades ya que vivía en una de las potencias beligerantes.
San Martín y Rosas comparten un hondo sentimiento nacional que para algunos críticos roza la xenofobia.

Capítulo 90 Tablas de sangre
Las potencias europeas necesitaban buenos pretextos para la "intervención" rioplatense. Por ejemplo algún documento que reforzara la imagen sanguinaria que Juan Manuel de Rosas se había ganado con sus excesos, hábilmente exagerados y propagandizados por sus enemigos de Montevideo. Florencio Varela encargó su confección al escriba José Rivera Indarte.
Nadie mejor indicado. Su odio a Rosas era mayúsculo: había sido federal, miembro de la sociedad Popular Restauradora.
En 1843 se le encargan las "Tablas de sangre", inventario de las atrocidades atribuibles al Restaurador.
que las "Tablas" agregaban 22.560 caídos y posibles caídos en todas las batallas y combates habidos en la Argentina desde 1829 en adelante.

Capítulo 91 El chacal mercenario
Las jóvenes corrían despavoridas por las calles de "Colonia del Sacramento", aullando de terror con sus ropas desgarradas. Los saqueadores arrasaban con todo lo que encontraban. El cielo parecía cobrar vida con el relumbre de los incendios.
El jefe de los vándalos, nacido en Niza pero criado en Italia, echó las culpas a la "difícil tarea de mantener la disciplina que impidiera cualquier atropello, y los soldados anglofranceses, a pesar de las órdenes severas de los almirantes, no dejaron de dedicarse con gusto al robo en las casas y en las calles. Los nuestros, al regresar, siguieron en parte el mismo ejemplo aun cuando nuestros oficiales hicieron lo posible por evitarlo.
Ni siquiera la iglesia se libró de los desmanes, ya que en ella se celebró la victoria con orgías y borracheras.
Al llegar a Gualeguaychú repite el saqueo. El pueblo estaba desguarnecido y fue presa fácil de quienes estaban a las órdenes de la escuadra anglofrancesa que invadía las Provincias Unidas del Río de la Plata, y desarrollaron sin inconvenientes su cruel codicia y lujuria.
Días después, la escuadra de mercenarios italianos, con sus talegos rebosantes de oro y plata, leva anclas y se interna en Uruguay.

Capítulo 92 Las tres cadenas
Una gesta heroica en que las armas argentinas lucharon contra las dos escuadras más poderosas del mando y que hizo escribir al general San Martín, textualmente, que "esta contienda en mi opinión es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación" fue ocultado, desdibujado y disminuido en los textos oficiales de historia, por el principal motivo de que su protagonista fue don Juan Manuel de Rosas.
La poderosa expedición naval de máximas potencias europeas aliadas por los ríos interiores de nuestra patria fue motivada por la negativa del gobierno del Restaurador de conceder su libre navegación , frente a las altaneras exigencias de los representantes de Francia e Inglaterra
En aquellos días se trataba de enriquecerse a toda costa según el novísimo orden liberal reinante, a fuerza de buscar mercados vírgenes para su comercio y con ello edificar fortunas rápidas, de ser preciso mediante cañonazos
La Confederación Argentina había evitado, por el extraordinario patriotismo de sus habitantes que se sobrepuso a la defección de las tropas regulares españolas, la anexión definitiva a Gran Bretaña en las heroicas jornadas de 1806 y 1807, y también en 1838 derrotó a las aspiraciones coloniales de Francia. Pero ello no escaldaría a los europeos que codiciaban sus excelentes perspectivas para un rentable mercado comercial.
El río estaba cerrado por una barrera formada por 24 barcos atados entre sí con tres gruesas cadenas de hierro. En uno de los extremos y sobre la ribera derecha colocáronse diez brulotes, prontos a ser encendidos y dirigidos contra los barcos enemigos, y en el otro extremo, mas allá de la barrera de barcos acoplados, anclado a modo de batería flotante, un bergantín grande y bien armado.
Allí fueron emplazadas cuatro baterías armadas con cañones de grueso calibre: la primera en un ángulo de la barranca, otras dos de tiro rasante en la parte baja del plano inclinado, y la cuarta, que dominaba todo, situada sobre la cresta de la plataforma.
Comprendió el Restaurador la gravedad de la situación y el 13 de agosto de 1845 dirigió a su cuñado, el general Lucio N. Mansilla, una nota participándole que el coronel Francisco Crespo se le incorporaría con los buques de guerra y demás elementos bajo sus órdenes y aconsejándole contemplar la necesidad de "constituir cuanto antes en la costa firme del Paraná una batería en el punto más aparente para ofrecer una resistencia simultánea, de modo que la escuadra enemiga no pueda pasar más adelante". Esta decisión provocaría el celoso encono de Urquiza, ya que su rango y su importancia era mayor que la de Mansilla, pero el Restaurador, que desconfiaba de sus conversaciones con los sitiadores y con los brasileños, creyó tranquilizarlo argumentando que lo necesitaba para impedir la invasión de las fuerzas de Rivera, acantonadas en la frontera de la Banda Oriental.
Mansilla, consiente de su gravísima responsabilidad, después de algunas vacilaciones resolvió fortificar con todos los elementos disponibles el sitio llamado "Vuelta de Obligado", por su extraordinaria posición estratégica
Las baterías argentinas sufrieron el rigor de un cañoneo demoledor. Tres buques ingleses lograron ponerse en posición de ataque frente a ellas pero recibieron un fuego intenso que les ocasionó graves pérdidas.
El capturado "San Martín", enarbolando la insignia del comandante francés Trehouart, logró tomar posición pero, al recibir el vigoroso fuego de la batería "Manuelita" su situación se volvió insostenible por cuanto fue alcanzado por más de 100 cañonazos y perdió la mitad de su tripulación . Acudió en su ayuda la fragata "Fulton" que por dos veces intentó vanamente cortar las cadenas. Tuvo que retirarse aguas abajo. Trehouart entonces se embarcó en el "Expeditive" para seguir la lucha.
Finalmente, a costa de muchos destrozos en las naves y de muchas bajas en sus soldados y tripulantes, los invasores logran sortear los obstáculos y continuar Paraná arriba. Los defensores se resienten por la falta de municiones, lo que no les impide continuar la defensa con heroico ardor. A las 5 de la tarde el capitán Thorne hace su último disparo y cae herido por una granada.
Los argentinos tendrán 650 bajas, la tercera parte de sus combatientes. Hubo comportamientos admirables como el del oficial Brown, digno hijo del ilustre almirante.
Las tropas de Mansilla, quien resultó herido al ponerse al frente de la defensa terrestre que hizo fracasar el intento de desembarco de los europeos.
Los buques invasores, ya de vuelta de su insatisfactoria excursión al Litoral y a Paraguay, son atacados en todo punto favorable que ofrezca el Paraná: en el "Tonelero", en "San Lorenzo" y por fin el 7 de junio de 1846 serán seriamente dañados en el "Quebracho", destrozados por los certeros disparos de cañoncitos usados en las guerras de nuestra Independencia, tan antiguos que los invasores se llevaron varios para exhibir en los museos de sus respectivos países.
El triunfo de Rosas, que se había propuesto hacer fracasar la expedición comercial, fue indudable ya que lejos de quedar abierto el río, como pretendieron los invasores, su navegación se demostró harto peligrosa por lo que el envío del convoy no volvió a repetirse. Gran Bretaña volvía a quedar militarmente mal parada en el río de la Plata

Capítulo 99 La insolencia inaudita
Inglaterra, ansiosa ya por terminar con el bochorno internacional envía al prestigioso diplomático Henry Southern. Rosas, escaldado y deseoso de fijar sin rodeos las condiciones de lo que es indisimulablemente una capitulación enemiga, se niega a recibirlo hasta tener claras sus intenciones.
El convenio establece la devolución de Martín García y de los buques de guerra; la entrega de los buques mercantes a sus dueños; el reconocimiento de que la navegación del Paraná es interior y sólo está sujeta a las leyes y reglamentos de la Confederación Argentina, y que la del Uruguay
Pero todavía hay más. Se restablece la amistad entre los dos países e Inglaterra se obliga a saludar al pabellón de la Confederación Argentina con veintiún cañonazos.
Algunos meses más tarde también se rendirá Francia, a pesar de que muchos querían continuar la guerra, pero serán finalmente desanimados por la patriótica acción de don José de San Martín que empeñará su prestigio para convencer a los europeos de que "todos (los argentinos) se unirán y tomarán una parte activa en la lucha",

Aberrantes costumbres
En 1848 Rosas estaba en la cumbre del éxito como gobernante y gozaba de un extendido prestigio en todo el planeta por su heroica defensa contra el desplante de las potencias europeas.
Quienes apoyaban al Restaurador no podían quejarse de su elección y el rosismo ganaba nuevos adeptos, alejados ya los fatídicos períodos del terror de 1840 y de 1842.
Los estancieros, levantado el bloqueo, tenían sus corrales llenos de ganado que no habían podido comercializar y que ahora exportaban a buen precio en los barcos que en gran cantidad entraban y salían del puerto.
Amansados los caudillos provinciales, por la fuerza o por convicción, parecía aceptarse la hegemonía porteña como un precio tolerable para la organización nacional.
Eran tiempos de paz y ello alentaba el trabajo, la inversión y la llegada de inmigrantes que ayudaban a resolver uno de los grandes costos de la guerra: la falta de mano de obra.
Rosas tenía en aquel momento una preocupación y una obsesión: el imperio del Brasil, que siempre había demostrado su afán expansionista y por cuya hostilidad habíamos perdido el Paraguay y el Uruguay.
Don Juan Manuel esperaba el momento oportuno para hacer valer los derechos argentinos sobre los territorios perdidos, y no dudaría si fuese necesario en utilizar la fuerza en contra del Brasil, sostenido en el apoyo de su pueblo que reaccionaba vivamente cuando la soberanía nacional se veía afectada.
He aquí una diferencia sustancial entre federales y unitarios: los primeros tenderán a defender el territorio y habrá en don Juan Manuel una imposible resignación a aceptar la pérdida de la Banda Oriental, por ello el apoyo a su fiel Oribe, y del Paraguay, cuya independencia jamás reconoció. Los unitarios, en cambio, urdirán incesantes operaciones que no le hacen asco a la cesión de importantes territorios de nuestro país.
Pero la Confederación tenía otro problema.: Urquiza, el jefe del Ejército de Operaciones, la fuerza federal más poderosa y mejor pertrechada. El 15 de agosto de 1846 firma con Joaquín Madariaga, gobernador de Corrientes el "Tratado de Alcaraz" que en lo formal se ocupaba de simples declaraciones de amistad, pero que en sus cláusulas secretas se proponía la independencia de ambas provincias integrando la "República de la Mesopotamia", insistente proyecto de los enemigos de Rosas. Se proponían también reconocer la independencia del Paraguay y así asegurarse su apoyo para el caso de desencadenarse un conflicto con Rosas.
El "Tratado de Alcaraz" constituyó el primer síntoma serio de que el gobernador de Entre Ríos abrigaba planes de mayor alcance en sus relaciones con Rosas, quien rechazó el acuerdo en términos severos. Pero Urquiza no escarmienta y da un nuevo y más grave paso: ha propuesto a los contendores uruguayos su mediación, reconociendo al gobierno de Montevideo en flagrante oposición a la actitud de don Juan Manuel y ordenando, por su cuenta, la suspensión de las hostilidades.
El entrerriano se había sentido despreciado por don Juan Manuel cuando éste no lo eligió para conducir la defensa contra las escuadras invasoras
La mediación merece la más enérgica reprobación de Rosas quien en marzo de 1847 enrostra a Urquiza haber violado el "Pacto Federal" de °1830 por el que toda provincia firmante se ha obligado a no concertar tratados con naciones extranjeras sin anuencia de las otras.
Ante la vigorosa reacción de éste Urquiza comprende que no había llegado el tiempo de un rompimiento abierto e invitó a Madariaga a modificar el Tratado sobre las bases impuestas por Rosas. Las negociaciones se demoraron porque el correntino se siente traicionado por su cómplice, ajeno a tejes y manejes politiqueros, y Rosas ordena perentoriamente la invasión de Corrientes para terminar con Madariaga, poniendo a Urquiza en una encrucijada.
Benjamín Virasoro, correntino urquicista, tomó el gobierno de la provincia con ampulosas declaraciones a favor de la Confederación y de Rosas. Urquiza había logrado el total dominio político, económico y militar total de la Mesopotamia y sabía que en el futuro ya no tendría que agachar nuevamente la cabeza.
Finalmente los antiguos aliados se enfrentan el 27 de noviembre de 1847 en Vences, siendo arrollados los Madariaga por los 7.000 hombres del entrerriano apoyados por una excelente artillería. Tanta cordialidad previa no evitará la crueldad contra los vencidos, siendo fusilados los coroneles Paz y Saavedra, los teniente coroneles Montenegro y Castor de León, además de numerosos soldados, como si Urquiza hubiese querido dar sangrientas pruebas de su lealtad al Restaurador.

Capítulo 104 La traición de Urquiza
Las negociaciones con el enemigo brasilero ya han comenzado y llegarán a buen puerto, argumentarán que el entrerriano hará lo que hizo para defenestrar al tirano. Sin embargo uno de sus secretarios privados, Nicanor Molinas, lo explicará años después y sin ánimo de crítica, por móviles económicos: "Al pronunciamiento se fue porque Rosas no permitía el comercio del oro por Entre Ríos".
Nuevamente se plantea aquí una cuestión semejante a la de las exigencias fácilmente atendibles de Francia que al ser denegadas provocaron la intervención de su armada conjuntamente con los auxiliares unitarios
El entrerriano no ahorró mensajes de advertencia.
Además del carácter obstinado del Restaurador y de su orgullo, también jugó en él la convicción de que la traición de Urquiza era ya inevitable pues el premio que se le ofrecía era muy grande, tan grande como la ambición del entrerriano: remplazarlo en el gobierno en la seguridad de que su alianza militar con el Imperio y con Montevideo, a la que se sumaría Paraguay, sumada a la segura defección de oficiales federales y a la pérdida de su mejor ejército, hacían de la derrota de don Juan Manuel un mero trámite.
El pronunciamiento de Urquiza en contra del gobierno de Rosas se produjo en un acto solemne cumplido el 1° de mayo en la plaza general Ramírez de Concepción de Uruguay, leyéndose dos decretos: por el uno asumía Urquiza el manejo de las relaciones exteriores de Entre Ríos, por el otro cambiaba la consigna "mueran los salvajes unitarios" por "mueran los enemigos de la organización nacional".
En los fogones de la pampa bonaerense se cantaría:
"¡Al arma, argentinos, cartucho al cañón!
Que el Brasil regenta la negra traición. Por la callejuela, Por el callejón, que a Urquiza compraron por un patacón.
¡El sable a la mano al brazo el fusil, sangre quiere Urquiza, balas el Brasil".

Capítulo 105 La lealtad a toda prueba
Los vítores rompen la calma del campamento militar de Santos Lugares. Son las vísperas de Caseros. Quinientos soldados, gauchos en su mayoría, que han servido fielmente a Rosas durante más de quince años en las campañas contra los indios.
Se trata de la fuerza veterana de Oribe que, como consecuencia de la capitulación de su jefe, pasaron por la fuerza a formar parte del ejército de Urquiza. El coronel unitario Pedro León Aquino, compañero y amigo de Sarmiento y Mitre, es nombrado a su mando. Al llegar a la provincia de Santa Fe, en el avance hacia Buenos Aires, se rebela la tropa y en la noche dan muerte a Aquino y a todos los oficiales unitarios. De ahí que los leales rosistas sean recibidos por sus pares en Santos Lugares con delirio y admiración.
Rosas , que ha debido abandonar una reunión con su Estado Mayor, entrará al galope por el centro de esa formación y aquellos hombres curtidos por la pelea y por la añoranza lo rodean vivándolo y se le acercan respetuosamente a besar sus manos y a abrazarlo.
Recién al día siguiente, repuesto de su desagradable impresión, volverá para exigir el cumplimiento de lo acordado.
Los vencedores de Caseros se ensañarán cruelmente con los que llamaban "la división de Aquino" y los sobrevivientes que no pudieron escapar fueron colgados de los árboles de Palermo, ofreciendo un espectáculo macabro y hediondo que horrorizó a Honorio, el negociador del Imperio brasilero cuando el 9 de febrero concurre a visitar al general vencedor.

Capítulo 106 El capítulo final
Rosas había insinuado que no aceptaría otra reelección cuando terminara su período en marzo de 1850. Durante el año 1849 lo reiteró varias veces y cuando llegó diciembre lo anunció una vez más.
Como en 1832 y 1835 puede presumirse que Rosas procuraba mejorar su situación política antes de emprender una guerra que lo convertiría en árbitro de Sud América. Da respaldo a esta presunción el proyecto entonces presentado en la Legislatura porteña de ser consagrado Jefe Supremo de la Confederación, con plenos poderes nacionales, con lo que don Juan Manuel dejaba de ser el Gobernador de Buenos Aires y Encargado de las Relaciones Exteriores para convertirse en Jefe del Estado argentino.
Once provincias adhirieron al proyecto. Entre Ríos y Corrientes se abstuvieron y el 1° de mayo de 1851 Urquiza aceptó la renuncia presentada por Rosas, separó a Entre Ríos de la Confederación y la declaró en aptitud de entenderse con todos las potencias hasta que las provincias reunidas en asamblea determinaran el futuro gobernante. Su satélite Corrientes imitó esta actitud.
El objetivo manifiesto recogía una extendida demanda de muchos de sus connacionales, especialmente de los sectores de mejor posición económica y social, inclusive estancieros beneficiados durante el gobierno rosista pero que miraban ya hacia nuevos horizontes, fatigados ya de tantos años de llevar prendida en su solapa la divisa punzó.
Los enemigos de don Juan Manuel, luego del sostenido fracaso en derrocarlo de intelectuales, potencias extranjeras y probados jefes de nuestra independencia, sentían sus corazones latir con esperanza pues había llegado el momento en que quien confrontaría con el invicto dictador era alguien de su misma hechura (Urquiza): un recio caudillo federal, de gran carisma entre la chusma y con mayor talento y experiencia en el campo de batalla. A sus fuerzas se incorporarían un revoltoso boletinero, Domingo Sarmiento, y un joven artillero y promisorio poeta, Bartolomé Mitre.
En la Banda Oriental acampaba el segundo mejor ejército de Rosas, quien se había ocupado de suministrarle el mejor armamento posible para sus cinco mil aguerridos soldados, veteranos de muchas campañas. Contaba también con una excelente caballada y varias piezas de artillería de buen poder de fuego dejadas atrás por ingleses y franceses. Pero a pesar de sus virtudes no tenía envergadura suficiente para resistir una acometida de las tropas al mando de Urquiza. Mucho menos si a éstas se le sumaban las de su nuevo aliado, el Imperio del Brasil.
El entrerriano invade el Uruguay el 18 de julio de 1851. El 4 de septiembre lo imita un ejército brasileño de dieciséis mil hombres a cuyo frente va el militar más prestigioso de su país, el marqués de Caxias. Además con una fuerte suma en la faltriquera para sobornar políticos uruguayos y jefes del ejército de Oribe.
Esto, sumado a una inteligente política de "ni vencedores ni vencidos" prometiendo el perdón y la reincorporación a la "fuerzas vencedoras" provocó una importante deserción de oficiales y soldados federales.
Oribe, quien sostuvo una secreta y prolongada entrevista con Urquiza, no ofreció resistencia capitulando el 8 de octubre de 1851. Después de tantos años de una recíproca lealtad que había sobrellevado tantas contingencias extremas, traicionaba a Rosas.
La etapa siguiente de la campaña aliada era el ataque a Buenos Aires. El tratado del 21 de noviembre de 1851, entre Brasil, Uruguay y los "estados de Entre Ríos y Corrientes", estableció que el aporte humano correría por cuenta de las provincias del Litoral.
Pero a los habitantes de las pampas les resultaba inadmisible la alianza con el enemigo brasilero y resistieron pasivamente a los "libertadores", como dieron en llamarse a sí mismos, negándoles información, contactos y provisiones, y manteniéndose fieles al gobernador de Buenos Aires.
Hasta Urquiza estaba asombrado y preocupado al ver "que el país tan maltratado por la tiranía de ese bárbaro se haya reunido en masa para sostenerlo".
Las mejores unidades que le quedaban a Rosas eran la artillería y el regimiento de reserva cuyo comando, en un gesto de hidalga confianza, ofreció a dos oficiales unitarios que habían regresado a Buenos Aires para luchar de su lado y en contra de los invasores extranjeros.
Nombró a Ángel Pacheco comandante de la vanguardia y luego comandante en jefe del centro y norte de Buenos Aires. Pero todo evidencia que, sobornado o realistamente convencido de la inutilidad de resistir, no tomó iniciativa contra el enemigo ni permitió que lo hicieran sus subordinados.
Ángel Pacheco dejó su puesto sin consultarlo y se marchó a su estancia "El Talar de López" sobre el río "las Conchas". Allí presentó nuevamente su renuncia y mientras se estaba librando la batalla final para el régimen, el general Pacheco, en quien Rosas había depositado su confianza a lo largo de muchos años, y su fuerza de caballería de quinientos hombres descansaban en su estancia.
Para colmo de males también perdió el aporte del héroe de Obligado, general Mansilla, quien cayó misteriosamente enfermo el 26 de diciembre luego de advertirle a su cuñado que no lo consideraba con capacidad militar para conducir un ejército de 20.000 hombres.

Capítulo 108 Más animal que intelectual
Los dos ejércitos se encontraron el martes 3 de febrero de 1852 en Morón, a unos treinta kilómetros al oeste de Buenos Aires.
El de Urquiza contaba con veinticuatro mil hombres experimentados, de los cuales tres mil quinientos eran brasileños seleccionados, mil quinientos uruguayos y el resto argentinos, reforzados con cincuenta piezas de artillería.
Las fuerzas de Rosas estaban constituidas por veintitrés mil hombres, la mayoría bisoños, con cincuenta y seis piezas de artillería, la mayoría de calibre insuficiente y poca pólvora y pocas balas pues el grueso del parque había sido destinado a sus ejércitos principales al mando del entrerriano y de Oribe.
La batalla comenzó a las 7 de la mañana, con fuego de artillería de ambos lados. Urquiza, mejor militar que Rosas, atacó primero el flanco izquierdo enemigo con su caballería y dispersó a la federal. Luego desplegó su infantería y artillería contra el flanco derecho de las tropas porteñas obligándolas a replegarse y a atrincherarse en la casa de Caseros, de donde tomó su nombre la batalla. Allí la resistencia fue corajuda pero desorganizada y de corta duración.
Finalmente las tropas rosistas huyeron en desorden, derrotadas por su falta de disciplina, por su inferior armamento y por la inexperta conducción de Rosas. Solamente la artillería de Chilavert y el regimiento de Díaz presentaron una tenaz y heroica oposición, pero también ellos fueron superados. Hacia mediodía, la victoria de los aliados era total y había insumido menos tiempo y menos empeño de lo imaginable, tanto que las bajas en conjunto no sumaban más de doscientas.
Miles de soldados y no pocos de sus oficiales, con artillería, fusiles y municiones, abastecimientos, animales y equipos, cayeron en manos de los victoriosos aliados, quienes a las 3 de la tarde estaban ya en Santos Lugares que hasta pocas horas antes había sido el cuartel general militar de un poderoso régimen.

Capítulo 109 Nunca hubo hombre tan traicionado
Los que habían luchado contra el "tirano sangriento" no tardaron en mostrar su hilacha violenta: en los días siguientes a Caseros más de doscientas personas fueron fusiladas por orden de Urquiza, incluyendo muchos civiles.
También fueron ajusticiados varios oficiales federales, algunos por su pasado terrorista, otros con justificaciones menos obvias.

Capítulo 110 Nación, territorio, estancia, pueblo
Al terminar su gobierno don Juan Manuel dejaba:
1) Un país con sentido de nación y de soberanía que hasta ha recibido su bautismo: República Argentina.
2) Un territorio sin exacciones y que de allí en adelante sólo sufrirá pérdidas menores, como la cesión de las "Misiones Orientales" por parte de Urquiza
3) Un proyecto económico que nos proyectará en el capitalismo y nos dará un lugar y una función en la organización del mercado mundial: la estancia y su producción agropecuaria
4) Una clase baja, la plebe, que ya ha experimentado su protagonismo social y que nunca se resignará a perderlo, dando origen en el futuro a movimientos políticos y sindicales de envergadura.

Capítulo 112 Un refugiado distinguido
Perdida la batalla, Rosas, herido por un casco de metralla en una mano. prueba de que no le ha rehuido a la lucha como pretende la propaganda unitaria incansable en difamarlo, emprende el camino hacia Buenos Aires, sólo. Desmonta para escribir su renuncia al gobierno a lápiz, cumpliendo con la formalidad en lo que es la actual plaza Garay.
Luego se dirige a la legación británica donde es rápidamente embarcado con sus hijos Juan y Manuelita en el "Centaur", a las once de la noche del mismo día 3 de febrero, permaneciendo hasta el 9 en el puerto, por lo que pudo contemplar las demostraciones de alegría que provocaba su caída en la clase "decente" de Buenos Aires.
El viaje fue lento pues se reventó una de las calderas, ocasionando la muerte a cuatro individuos de la tripulación. El 23 de abril arribaron a Devonport, donde Rosas fue recibido oficialmente con una salva de honor por el comodoro superintendente, sir Michael Seymour.
Don Juan Manuel no llevó consigo dinero ni oro, sino que sólo había preparado cajones de documentación, en la seguridad de que la principal tarea en su futuro sería la de defenderse de graves acusaciones.
Con motivo de este recibimiento oficial, como nunca se había honrado antes a soberanos destronados u otros personajes de nota que se refugiaron en tierra inglesa, se suscitó un largo y acalorado debate en la Cámara de los Lores en su sesión del 29 de abril. Es que algunos parlamentarios no olvidaban ni perdonaban las ofensas ni la derrota sufrida a manos de ese veterano gaucho de lejanas pampas.
Fin de la parte 2, espero que les sirva
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