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lovecraft ,Mitos De Cthulhu libro completo capitulo 1

Paranormal5/19/2013
INTRODUCCIÓN

Tres son los cuentos más significativos sobre los dioses de la mitología lovecraftiana: La llamada de Cthulhu (1926), gran evocación de esta entidad; El horror de Dunwich (1928), sobre la unión ritual y blasfema con otro de los supuestos «dioses», Yog-Sothoth, y el exorcismo de su vástago, dentro del más puro terror cósmico, y, finalmente, La sombra sobre Innsmouth (1931), donde somos testigos de la fusión completa con seres inhumanos (seguidores del mencionado Cthulhu), a través de la metamorfosis corporal del protagonista. Lovecraft parece desear que nos miremos al espejo y descubramos nuestro propio monstruo interior, que ya no nos causa repugnancia, sino liberación y maravilla. El anhelo final del personaje en La sombra sobre Innsmouth nos da la clave para considerar la madurez estilística del autor a la hora de abordar sus temáticas habituales, madurez que refleja también la propia visión adulta de su persona

El horror de Dunwich plantea una serie de constantes en la obra de Lovecraft: la unión con un dios-monstruo, esta vez plenamente sexual, evocando conceptos como la degeneración física y el incesto fabulado, dentro del contexto de las clases más bajas y embrutecidas del ámbito rural. Sus escenarios, donde es desatado el horror absoluto, están inmersos en una naturaleza salvaje y ominosa, poblada con las leyendas de brujas de una Nueva Inglaterra supersticiosa e inculta. Es sabido que Lovecraft prefería el ámbito civilizado de las ciudades y defendía la tradicional cultura anglosajona, aunque nunca pudo evitar el juego que le aportaba el folclore popular en su esfuerzo aparente por exorcizar lo inculto, asociado con lo aberrante, a la vez que pretende «asustar» e inquietar a su decadente clase burguesa. Muy próximas, también, están sus fobias hacia «lo que viene del exterior» (¿sugiere algo al lector?), dentro de sus maneras racistas, más ideológicas que reales. Al final de su vida, Lovecraft dudaría de la rancia tradición conservadora, tachándola de involucionista, convirtiéndose en un ferviente admirador del presidente demócrata Roosevelt.

Otro de los temas abordados en el relato es el de la invisibilidad del monstruo, que tiene amplios referentes en el género terrorífico como Guy de Maupassant (El Horla, realmente un antecedente de la mitología lovecraftiana), o Algernon Blackwood (El Wendigo), entre muchos otros.

El trío de relatos antes comentado puede completarse con El que acecha en la oscuridad (1935), el último relato propiamente de Lovecraft y gran broche final a sus mitologías y a su propia obra. Se trata de una visión pesimista y apocalíptica sobre el inevitable triunfo del caos en nuestro universo, con la liberación de lo prohibido, del emisario de los dioses, su mensajero, el caos reptante: Nyarlatotep. Años después, Robert Bloch, autor conocido por haber escrito la novela original de Psicosis, daría carne y apariencia a esta entidad en su relato La sombra que huyó del chapitel.

Tan solo restarían dos años para la muerte del autor, acaecida en 1937, años que pasaría dedicado a visitar a sus amigos, manteniendo la asidua correspondencia y las revisiones literarias de todo aquel que pudiera necesitarlo. Su vida y su obra parecían destinadas al caos del olvido, pero sus palabras habían quedado ya impresas en todos aquellos que compartieron sus deseos y terrores, su visión irónica y pesimista de la vida y el cosmos. También dos años después, Arkham House, creada por sus seguidores August Derleth y Donald Wandrei, publicaría la primera recopilación de sus relatos: The Outsider and Others.

Había comenzado su leyenda.
EL HORROR DE DUNWICH*


Gorgonas, Hidras y Quimeras —las terroríficas historias de Celen y las Arpías— pueden reproducirse a sí mismas dentro del cerebro de los supersticiosos… pero eso se debe a que ya estaban antes ahí. Son transcripciones, tipos… los arquetipos están en nuestro interior y son eternos. ¿Podría, de otra manera, afectarnos el relato de algo que, conscientemente, sabemos que es falso? ¿Es que tenemos terror hacia tales objetos por su capacidad de infligirnos daño corporal? ¡No, ni mucho menos! Tales terrores están en nosotros desde hace mucho. Son anteriores a nuestro cuerpo… o ajenos al cuerpo, que es lo mismo. Que la clase de miedo aquí tratado es puramente espiritual, que su fuerza es proporcional a su inexistencia terrena y se muestra sobre todo en el periodo de nuestra inocente infancia… todo eso son dificultades, cuya solución puede estar en alguna probable percepción a nuestra condición anterior al nacimiento y en una mirada a la sombría tierra de la preexistencia.

Charles Lamb, Brujas y otros terrores nocturnos

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Cuando alguien que viaja por el centro-norte de Massachusetts toma la desviación equivocada en el cruce del monte Aylesbury, justo pasado Dean’s Corner, llega a una región pintoresca y solitaria. El terreno se eleva y los muros linderos de piedra se cierran cada vez más contra las cunetas del polvoriento y zigzagueante camino. Los árboles de los numerosos bosques circundantes parecen demasiado grandes, y las malezas, zarzales y yerbajos alcanzan una exuberancia que no se ve muy a menudo en regiones pobladas. Al tiempo, los campos cultivados parecen singularmente escasos y baldíos, mientras que las pocas casas dispersas muestran una sorprendente uniformidad en su vetustez, miseria y decadencia. Sin saber por qué, uno titubea antes de preguntar el buen camino hacia las nudosas y solitarias figuras que entrevee, aquí y allá, en los desvencijados escalones de las casas, o en las empinadas y pedregosas laderas. Tales figuras son tan silentes y furtivas que uno, de alguna forma, se siente ante cosas prohibidas cuyo contacto es mejor rehuir. Cuando una cuesta del camino muestra las montañas cerniéndose sobre los grandes bosques, el sentimiento de extraño desasosiego se incrementa. Las cimas son demasiado redondeadas y simétricas para ser naturales y hacerle sentir a uno cómodo, y a veces, contra el cielo, se perfilan con especial claridad extraños círculos de altas columnas de piedra que coronan la mayoría de los picos.

Desfiladeros y barrancos de profundidad desconocida cortan el camino, y los toscos puentes de madera parecen siempre de dudosa seguridad. Cuando la carretera desciende de nuevo, hay tramos pantanosos ante los que uno siente instintivo desagrado y, de hecho, casi experimenta miedo cuando al anochecer comienzan a graznar los chotacabras y las luciérnagas surgen en anormal profusión para danzar al ritmo chillón, reptante e insistente del croar de los sapos. La débil y brillante línea del alto Miskatonic tiene una extraña apariencia serpentina, según corre ceñido a las redondeadas colinas entre las que nace.

Ya más cerca de las colinas, uno se fija más en sus laderas boscosas que en sus cimas coronadas de piedras. Tales laderas son tan oscuras y empinadas que uno quisiera mantenerse a distancia, pero no hay camino para alejarse de ellas. Cruzando un puente cubierto se ve un pueblo acurrucado entre el río y la ladera vertical de Round Mountain, y uno se maravilla al ver el grupo de tejados empinados y podridos que hablan de un periodo arquitectónico más antiguo que el de la región colindante. No es
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Cuando alguien que viaja por el centro-norte de Massachusetts toma la desviación equivocada en el cruce del monte Aylesbury, justo pasado Dean’s Corner, llega a una región pintoresca y solitaria. El terreno se eleva y los muros linderos de piedra se cierran cada vez más contra las cunetas del polvoriento y zigzagueante camino. Los árboles de los numerosos bosques circundantes parecen demasiado grandes, y las malezas, zarzales y yerbajos alcanzan una exuberancia que no se ve muy a menudo en regiones pobladas. Al tiempo, los campos cultivados parecen singularmente escasos y baldíos, mientras que las pocas casas dispersas muestran una sorprendente uniformidad en su vetustez, miseria y decadencia. Sin saber por qué, uno titubea antes de preguntar el buen camino hacia las nudosas y solitarias figuras que entrevee, aquí y allá, en los desvencijados escalones de las casas, o en las empinadas y pedregosas laderas. Tales figuras son tan silentes y furtivas que uno, de alguna forma, se siente ante cosas prohibidas cuyo contacto es mejor rehuir. Cuando una cuesta del camino muestra las montañas cerniéndose sobre los grandes bosques, el sentimiento de extraño desasosiego se incrementa. Las cimas son demasiado redondeadas y simétricas para ser naturales y hacerle sentir a uno cómodo, y a veces, contra el cielo, se perfilan con especial claridad extraños círculos de altas columnas de piedra que coronan la mayoría de los picos.

Desfiladeros y barrancos de profundidad desconocida cortan el camino, y los toscos puentes de madera parecen siempre de dudosa seguridad. Cuando la carretera desciende de nuevo, hay tramos pantanosos ante los que uno siente instintivo desagrado y, de hecho, casi experimenta miedo cuando al anochecer comienzan a graznar los chotacabras y las luciérnagas surgen en anormal profusión para danzar al ritmo chillón, reptante e insistente del croar de los sapos. La débil y brillante línea del alto Miskatonic tiene una extraña apariencia serpentina, según corre ceñido a las redondeadas colinas entre las que nace.

Ya más cerca de las colinas, uno se fija más en sus laderas boscosas que en sus cimas coronadas de piedras. Tales laderas son tan oscuras y empinadas que uno quisiera mantenerse a distancia, pero no hay camino para alejarse de ellas. Cruzando un puente cubierto se ve un pueblo acurrucado entre el río y la ladera vertical de Round Mountain, y uno se maravilla al ver el grupo de tejados empinados y podridos que hablan de un periodo arquitectónico más antiguo que el de la región colindante. No es nada tranquilizador de ver, mirando más de cerca, que la mayoría de las casas están abandonadas y en ruinas, y que la iglesia, de campanario derruido, alberga ahora el único y desaseado establecimiento mercantil de la aldea. Uno teme cruzar el tenebroso túnel del puente, pero no hay forma de evitarlo. Ya cruzado, es difícil no tener la impresión de que hay un débil y maligno olor en la calle del pueblo, como por obra del acumulado moho y decadencia de siglos. Siempre es un alivio salir de allí y seguir la estrecha carretera, contorneando la base de las colinas y cruzar el país para volver a salir al monte Aylesbury. Después, a veces, uno se entera que ha cruzado por Dunwich.

Los forasteros visitan Dunwich lo menos posible, y, a partir de cierta época de horror, todas las señales del camino que indican su localización han sido arrancadas. El escenario, juzgando desde el punto de vista de un canon estético ordinario, es de belleza más que mediana, aunque no ha atraído artistas o veraneantes. Dos siglos antes, cuando hablar de brujería, satanismo y extrañas presencias del bosque no despertaba la risa, se solían dar razones para rehuir el lugar. En nuestra época sensible —desde que el horror de Dunwich, de 1928, fue silenciado por los que velan por el bienestar y la tranquilidad de espíritu de la ciudad y el mundo— la gente lo evita sin saber muy bien por qué. Quizá una razón —aunque no se puede aplicar a los forasteros desprevenidos— es que los lugareños son ahora repulsivamente decadentes, habiendo bajado mucho en ese camino de degradación, tan común a muchas localidades de la Nueva Inglaterra profunda. Se han convertido en una raza aparte, con estigmas mentales y físicos, de degeneración y consanguinidad, perfectamente definido. Su nivel medio de inteligencia es patéticamente bajo, mientras que sus crónicas hieden a vicio manifiesto y medio ocultos asesinatos, incestos y actos de casi indescriptible violencia y perversidad. La gente más antigua, representada por dos o tres familias de buena cuna que llegaron de Salem en 1692, se han mantenido un poco por encima del nivel general de decadencia, aunque muchas de sus ramas se hunden tan profundamente en el sórdido populacho que solo quedan sus nombres para dar la clave del origen de su desgracia. Algunos de los Whateley y Bishop aún mandan a sus hijos mayores a las universidades de Harvard y Miskatonic, aunque tales hijos rara vez vuelven a los mohosos tejados picudos bajo los que tanto ellos como sus antepasados nacieron.

Nadie, ni siquiera aquellos que conocen lo que sucedió durante el reciente horror, podrían decir con certeza cuál es el problema con Dunwich; aunque viejas leyendas hablan de impíos ritos y aquelarres de los indios, durante los cuales invocaban a sombras prohibidas en las grandes colinas redondeadas y
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Cuando alguien que viaja por el centro-norte de Massachusetts toma la desviación equivocada en el cruce del monte Aylesbury, justo pasado Dean’s Corner, llega a una región pintoresca y solitaria. El terreno se eleva y los muros linderos de piedra se cierran cada vez más contra las cunetas del polvoriento y zigzagueante camino. Los árboles de los numerosos bosques circundantes parecen demasiado grandes, y las malezas, zarzales y yerbajos alcanzan una exuberancia que no se ve muy a menudo en regiones pobladas. Al tiempo, los campos cultivados parecen singularmente escasos y baldíos, mientras que las pocas casas dispersas muestran una sorprendente uniformidad en su vetustez, miseria y decadencia. Sin saber por qué, uno titubea antes de preguntar el buen camino hacia las nudosas y solitarias figuras que entrevee, aquí y allá, en los desvencijados escalones de las casas, o en las empinadas y pedregosas laderas. Tales figuras son tan silentes y furtivas que uno, de alguna forma, se siente ante cosas prohibidas cuyo contacto es mejor rehuir. Cuando una cuesta del camino muestra las montañas cerniéndose sobre los grandes bosques, el sentimiento de extraño desasosiego se incrementa. Las cimas son demasiado redondeadas y simétricas para ser naturales y hacerle sentir a uno cómodo, y a veces, contra el cielo, se perfilan con especial claridad extraños círculos de altas columnas de piedra que coronan la mayoría de los picos.

Desfiladeros y barrancos de profundidad desconocida cortan el camino, y los toscos puentes de madera parecen siempre de dudosa seguridad. Cuando la carretera desciende de nuevo, hay tramos pantanosos ante los que uno siente instintivo desagrado y, de hecho, casi experimenta miedo cuando al anochecer comienzan a graznar los chotacabras y las luciérnagas surgen en anormal profusión para danzar al ritmo chillón, reptante e insistente del croar de los sapos. La débil y brillante línea del alto Miskatonic tiene una extraña apariencia serpentina, según corre ceñido a las redondeadas colinas entre las que nace.

Ya más cerca de las colinas, uno se fija más en sus laderas boscosas que en sus cimas coronadas de piedras. Tales laderas son tan oscuras y empinadas que uno quisiera mantenerse a distancia, pero no hay camino para alejarse de ellas. Cruzando un puente cubierto se ve un pueblo acurrucado entre el río y la ladera vertical de Round Mountain, y uno se maravilla al ver el grupo de tejados empinados y podridos que hablan de un periodo arquitectónico más antiguo que el de la región colindante. No es nada tranquilizador de ver, mirando más de cerca, que la mayoría de las casas están abandonadas y en ruinas, y que la iglesia, de campanario derruido, alberga ahora el único y desaseado establecimiento mercantil de la aldea. Uno teme cruzar el tenebroso túnel del puente, pero no hay forma de evitarlo. Ya cruzado, es difícil no tener la impresión de que hay un débil y maligno olor en la calle del pueblo, como por obra del acumulado moho y decadencia de siglos. Siempre es un alivio salir de allí y seguir la estrecha carretera, contorneando la base de las colinas y cruzar el país para volver a salir al monte Aylesbury. Después, a veces, uno se entera que ha cruzado por Dunwich.

Los forasteros visitan Dunwich lo menos posible, y, a partir de cierta época de horror, todas las señales del camino que indican su localización han sido arrancadas. El escenario, juzgando desde el punto de vista de un canon estético ordinario, es de belleza más que mediana, aunque no ha atraído artistas o veraneantes. Dos siglos antes, cuando hablar de brujería, satanismo y extrañas presencias del bosque no despertaba la risa, se solían dar razones para rehuir el lugar. En nuestra época sensible —desde que el horror de Dunwich, de 1928, fue silenciado por los que velan por el bienestar y la tranquilidad de espíritu de la ciudad y el mundo— la gente lo evita sin saber muy bien por qué. Quizá una razón —aunque no se puede aplicar a los forasteros desprevenidos— es que los lugareños son ahora repulsivamente decadentes, habiendo bajado mucho en ese camino de degradación, tan común a muchas localidades de la Nueva Inglaterra profunda. Se han convertido en una raza aparte, con estigmas mentales y físicos, de degeneración y consanguinidad, perfectamente definido. Su nivel medio de inteligencia es patéticamente bajo, mientras que sus crónicas hieden a vicio manifiesto y medio ocultos asesinatos, incestos y actos de casi indescriptible violencia y perversidad. La gente más antigua, representada por dos o tres familias de buena cuna que llegaron de Salem en 1692, se han mantenido un poco por encima del nivel general de decadencia, aunque muchas de sus ramas se hunden tan profundamente en el sórdido populacho que solo quedan sus nombres para dar la clave del origen de su desgracia. Algunos de los Whateley y Bishop aún mandan a sus hijos mayores a las universidades de Harvard y Miskatonic, aunque tales hijos rara vez vuelven a los mohosos tejados picudos bajo los que tanto ellos como sus antepasados nacieron.

Nadie, ni siquiera aquellos que conocen lo que sucedió durante el reciente horror, podrían decir con certeza cuál es el problema con Dunwich; aunque viejas leyendas hablan de impíos ritos y aquelarres de los indios, durante los cuales invocaban a sombras prohibidas en las grandes colinas redondeadas y realizaban salvajes plegarias orgiásticas que tenían, como respuesta, poderosos crujidos y estremecer de la tierra. En 1747, el reverendo Abijah Hoadley, recién llegado a la iglesia congregacionista de Dunwich, lanzó un memorable sermón acerca de la cercana presencia de Satán y sus diablos, durante el que dijo:

Debe señalarse que tales Blasfemias, procedentes de alguna infernal caravana de Demonios, son asuntos de demasiado común conocimiento como para negarse; los malditos nombres de Azazel y Buzrael y Belcebú y Belial han sido escuchados en nuestros días por un grupo de testigos de confianza aún vivos. Yo mismo, hace no más de una quincena, capté todo un discurso de poderes malignos en la colina que hay detrás de mi casa, donde hubo un resonar y un rodar, gruñir, chillar y sisear, en una forma tal que solo podían deberse a seres de la tierra y que, necesariamente, debían proceder de esas cavernas que solo la magia negra puede descubrir y solo el Maligno desvelar.

El señor Hoadley desapareció poco después de pronunciar este sermón; pero el texto, impreso en Springfield, aún permanece. Hubo informes, año tras año, sobre ruidos en las colinas, y todavía son motivo de intriga para geólogos y fisiógrafos Otras tradiciones hablan de malignos olores cerca de los círculos de columnas de piedra que coronan las colinas, y de unas apresuradas presencias aéreas que se escuchaban débilmente a ciertas horas en determinados puntos al fondo de grandes barrancos; mientras que aún otras tratan de explicar el Salto del Diablo… una arrasada y baldía colina donde no crece árbol, matorral o hierba. Los lugareños, además, sienten un pánico mortal de los numerosos chotacabras que alborotan en las noches cálidas. Se afirma que son ladrones de ánimas acechando a las almas de los agonizantes, que lanzan sus espantosos gritos en consonancia con los resuellos del doliente. Si capturan el alma cuando deja el cuerpo, alzan el vuelo entre un escándalo demoníaco; pero, si fallan, van acallándose progresivamente hasta caer en un silencio frustrado.

Tales fábulas, desde luego, son obsoletas y ridículas, ya que provienen de épocas verdaderamente antiguas. Dunwich, de hecho, es una población ridículamente antigua… más que cualquier otra en cincuenta kilómetros a la redonda. Al sur del pueblo se pueden ver las paredes del sótano y la chimenea de la antigua casa Bishop, construida antes de 1700, mientras que las ruinas del molino de los rápidos, edificado en 1806, es la más moderna pieza arquitectónica que puede encontrarse. La industria no floreció allí, y la fábrica del siglo XIX duró poco. Lo
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Cuando alguien que viaja por el centro-norte de Massachusetts toma la desviación equivocada en el cruce del monte Aylesbury, justo pasado Dean’s Corner, llega a una región pintoresca y solitaria. El terreno se eleva y los muros linderos de piedra se cierran cada vez más contra las cunetas del polvoriento y zigzagueante camino. Los árboles de los numerosos bosques circundantes parecen demasiado grandes, y las malezas, zarzales y yerbajos alcanzan una exuberancia que no se ve muy a menudo en regiones pobladas. Al tiempo, los campos cultivados parecen singularmente escasos y baldíos, mientras que las pocas casas dispersas muestran una sorprendente uniformidad en su vetustez, miseria y decadencia. Sin saber por qué, uno titubea antes de preguntar el buen camino hacia las nudosas y solitarias figuras que entrevee, aquí y allá, en los desvencijados escalones de las casas, o en las empinadas y pedregosas laderas. Tales figuras son tan silentes y furtivas que uno, de alguna forma, se siente ante cosas prohibidas cuyo contacto es mejor rehuir. Cuando una cuesta del camino muestra las montañas cerniéndose sobre los grandes bosques, el sentimiento de extraño desasosiego se incrementa. Las cimas son demasiado redondeadas y simétricas para ser naturales y hacerle sentir a uno cómodo, y a veces, contra el cielo, se perfilan con especial claridad extraños círculos de altas columnas de piedra que coronan la mayoría de los picos.

Desfiladeros y barrancos de profundidad desconocida cortan el camino, y los toscos puentes de madera parecen siempre de dudosa seguridad. Cuando la carretera desciende de nuevo, hay tramos pantanosos ante los que uno siente instintivo desagrado y, de hecho, casi experimenta miedo cuando al anochecer comienzan a graznar los chotacabras y las luciérnagas surgen en anormal profusión para danzar al ritmo chillón, reptante e insistente del croar de los sapos. La débil y brillante línea del alto Miskatonic tiene una extraña apariencia serpentina, según corre ceñido a las redondeadas colinas entre las que nace.

Ya más cerca de las colinas, uno se fija más en sus laderas boscosas que en sus cimas coronadas de piedras. Tales laderas son tan oscuras y empinadas que uno quisiera mantenerse a distancia, pero no hay camino para alejarse de ellas. Cruzando un puente cubierto se ve un pueblo acurrucado entre el río y la ladera vertical de Round Mountain, y uno se maravilla al ver el grupo de tejados empinados y podridos que hablan de un periodo arquitectónico más antiguo que el de la región colindante. No es nada tranquilizador de ver, mirando más de cerca, que la mayoría de las casas están abandonadas y en ruinas, y que la iglesia, de campanario derruido, alberga ahora el único y desaseado establecimiento mercantil de la aldea. Uno teme cruzar el tenebroso túnel del puente, pero no hay forma de evitarlo. Ya cruzado, es difícil no tener la impresión de que hay un débil y maligno olor en la calle del pueblo, como por obra del acumulado moho y decadencia de siglos. Siempre es un alivio salir de allí y seguir la estrecha carretera, contorneando la base de las colinas y cruzar el país para volver a salir al monte Aylesbury. Después, a veces, uno se entera que ha cruzado por Dunwich.

Los forasteros visitan Dunwich lo menos posible, y, a partir de cierta época de horror, todas las señales del camino que indican su localización han sido arrancadas. El escenario, juzgando desde el punto de vista de un canon estético ordinario, es de belleza más que mediana, aunque no ha atraído artistas o veraneantes. Dos siglos antes, cuando hablar de brujería, satanismo y extrañas presencias del bosque no despertaba la risa, se solían dar razones para rehuir el lugar. En nuestra época sensible —desde que el horror de Dunwich, de 1928, fue silenciado por los que velan por el bienestar y la tranquilidad de espíritu de la ciudad y el mundo— la gente lo evita sin saber muy bien por qué. Quizá una razón —aunque no se puede aplicar a los forasteros desprevenidos— es que los lugareños son ahora repulsivamente decadentes, habiendo bajado mucho en ese camino de degradación, tan común a muchas localidades de la Nueva Inglaterra profunda. Se han convertido en una raza aparte, con estigmas mentales y físicos, de degeneración y consanguinidad, perfectamente definido. Su nivel medio de inteligencia es patéticamente bajo, mientras que sus crónicas hieden a vicio manifiesto y medio ocultos asesinatos, incestos y actos de casi indescriptible violencia y perversidad. La gente más antigua, representada por dos o tres familias de buena cuna que llegaron de Salem en 1692, se han mantenido un poco por encima del nivel general de decadencia, aunque muchas de sus ramas se hunden tan profundamente en el sórdido populacho que solo quedan sus nombres para dar la clave del origen de su desgracia. Algunos de los Whateley y Bishop aún mandan a sus hijos mayores a las universidades de Harvard y Miskatonic, aunque tales hijos rara vez vuelven a los mohosos tejados picudos bajo los que tanto ellos como sus antepasados nacieron.

Nadie, ni siquiera aquellos que conocen lo que sucedió durante el reciente horror, podrían decir con certeza cuál es el problema con Dunwich; aunque viejas leyendas hablan de impíos ritos y aquelarres de los indios, durante los cuales invocaban a sombras prohibidas en las grandes colinas redondeadas y realizaban salvajes plegarias orgiásticas que tenían, como respuesta, poderosos crujidos y estremecer de la tierra. En 1747, el reverendo Abijah Hoadley, recién llegado a la iglesia congregacionista de Dunwich, lanzó un memorable sermón acerca de la cercana presencia de Satán y sus diablos, durante el que dijo:

Debe señalarse que tales Blasfemias, procedentes de alguna infernal caravana de Demonios, son asuntos de demasiado común conocimiento como para negarse; los malditos nombres de Azazel y Buzrael y Belcebú y Belial han sido escuchados en nuestros días por un grupo de testigos de confianza aún vivos. Yo mismo, hace no más de una quincena, capté todo un discurso de poderes malignos en la colina que hay detrás de mi casa, donde hubo un resonar y un rodar, gruñir, chillar y sisear, en una forma tal que solo podían deberse a seres de la tierra y que, necesariamente, debían proceder de esas cavernas que solo la magia negra puede descubrir y solo el Maligno desvelar.

El señor Hoadley desapareció poco después de pronunciar este sermón; pero el texto, impreso en Springfield, aún permanece. Hubo informes, año tras año, sobre ruidos en las colinas, y todavía son motivo de intriga para geólogos y fisiógrafos.

Otras tradiciones hablan de malignos olores cerca de los círculos de columnas de piedra que coronan las colinas, y de unas apresuradas presencias aéreas que se escuchaban débilmente a ciertas horas en determinados puntos al fondo de grandes barrancos; mientras que aún otras tratan de explicar el Salto del Diablo… una arrasada y baldía colina donde no crece árbol, matorral o hierba. Los lugareños, además, sienten un pánico mortal de los numerosos chotacabras que alborotan en las noches cálidas. Se afirma que son ladrones de ánimas acechando a las almas de los agonizantes, que lanzan sus espantosos gritos en consonancia con los resuellos del doliente. Si capturan el alma cuando deja el cuerpo, alzan el vuelo entre un escándalo demoníaco; pero, si fallan, van acallándose progresivamente hasta caer en un silencio frustrado.

Tales fábulas, desde luego, son obsoletas y ridículas, ya que provienen de épocas verdaderamente antiguas. Dunwich, de hecho, es una población ridículamente antigua… más que cualquier otra en cincuenta kilómetros a la redonda. Al sur del pueblo se pueden ver las paredes del sótano y la chimenea de la antigua casa Bishop, construida antes de 1700, mientras que las ruinas del molino de los rápidos, edificado en 1806, es la más moderna pieza arquitectónica que puede encontrarse. La industria no floreció allí, y la fábrica del siglo XIX duró poco. Lo más viejo de todo son los grandes anillos de columnas, de piedra toscamente tallada, en lo alto de las colinas; pero, por lo general, se atribuye más a los indios que a los colonos. Enterramientos de cráneos y huesos encontrados en esos círculos, así como a la gran piedra, plana y de buen tamaño, de Sentinel Hill, sustentan la creencia popular de que tales lugares eran los cementerios de los pocumtucks, aun cuando muchos etnólogos, pese a la absurda imposibilidad de tal teoría, insisten en considerar a esos restos caucasianos.
ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO LUEOG TRAERE EL 2DO CAPITULO :d
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