Breve fragmento que me gustó del libro "El Flaco" de José Pablo Feinmann.
Estoy ya en las últimas páginas del libro "El Flaco. Conversaciones irreverentes con Nestro Kirchner" del novelista, ensayista, filósofo, intelectual, guionista, etc. José Pablo Feinmann.
Un libro excelente y muy recomendable no solo para quienes estén interesados en la vida del expresidente, sino también para quienes les interesa la política en general, la historia argentina y como estas se vinculan con la filosofía. Tiene fragmentos desopilantes que hacen disfrutar mucho la lectura, también aporta datos y explicaciones muy razonables sobre muchas cuestiones de la "política sucia" que se debe hacer un "político" para triunfar en su gestión o dejar que triunfen sus ideas (que no es lo mismo).
Pero por otro lado redunda en anécdotas demasiado personales que, en solo pocos casos, poco tienen que ver con el tema del libro. Además muchas veces cae en reproches, también demasiado personales, a personas conocidas o no por todos. Sumado a esto se nombran muchas veces otros libros del autor, por momentos pareciera que está haciendo publicidad de sus publicaciones. (funciona porque me los quiero leer a todos)
Pero salvando estas particularidades, que considero mínimas con respecto al todo, el libro es genial. Un analisis de la situación política argentina del 2003 al 2006 excepcional e indispensable para entender el fenómeno político actual.
En fin, lo que quería que simplemente fuera un fragmento del libro que me pareció muy bueno para quienes no diferencian entre "izquierda", "progresismo", "derecha" y demás ideologías o paradigmas políticos se terminó convirtiendo en una breve crítica del libro.
Lo que quería transcribir es el siguiente texto del libro que se encuentra en las páginas 242 a 244:
(viene hablando de cuando Kirchner descolgó el cuadro de Videla) ... "No creo que estas cosas signifiquen lo mismo para todos. Algunos, sin que se les mueva un pelo, se largan a decir que las hacía para dejar contentos a los "progres". Aprovechemos, a partir de esta mentira letrinógena, para aclarar algo. La palabra "progre" es una palabra de la derecha. Una palabra despectiva. Algo así como el "pequeño idiota latinoamericano" que usan el pequeño idiota Alvarito Vargas Llosa y sus dos amigos para agraviar a toda una generación de militantes en Amércia latina. Como se supone que la izquierda ya no existe se una "progre". No me voy a gastar en discutir este recurso bastardo. A comienzos de los noventa, se empezó a reemplazar "izquierdista" por "progresista". Incluso en un libro que creo le escribió Santiago Kovadloff, la Sra. Fernández Meijide se lanza a decir: "No soy de izquierda ni de derecha. Soy progresista"- Durante el siglo XIX la izquierda marxsista corrió el riesgo de confundir la Historia con el Progreso. Y a menudo lo hizo. El progreso le era sustancial porque la dialéctica es un pensamiento teleógico, es decir, un pensamiento de los fines. Con una direccionalidad. Esto se tradujo en una fe en el progreso que hacía del proletariado europeo una especie de nuevo redentor de la Historia. A partir del siglo XX, con Walter Benjamin y sus Tesis de filosofía de la historia, con la Escuela de Frankfurt y con la summa metodológica de Sartre, Crítica de la Razón Dialéctica, ningún pensador serio identificó a la historia con el progreso. De modo que podríamos sugerir lo siguiente: Si quieres injuriar a tu enemigo, a ese que tanto odias, trata de revisar tu cultura, tan escasa como tu inmenso deseo de injuriar, porque eres tan bruto, pequeño fascista, que dirás tonterías, pensamientos torpes, viejos, cuya superación, de bruto insisto, que eres, desconoces; por lo tanto, en lugar de injuriar, acabarás injuriándote, acaso merecidamente. Los que se juegan por causas "menores", no revolucionarias (que siempre requieren trastocar la "totalidad" del sistema de producción capitalista, de aquí que, con mala fe, se les diga "totalitarios", sino por particularidades (a los que en tiempos perimidos, lejanos en que se creía que la totalidad podía cambiarse, se les decía "reformistas", sin duda importantes, como la situación de las cárceles, de los manicomios, de las minorías sexuales, raciales, de las mujeres golpeadas, de los niños abusados, de los animales (recordar: siempre iguales a nosotros en su capacidad de sufrimiento), de la libertad de prensa, de la libertad artística en todas sus expresiones, de los derechos humanos y mil causas más; a esos, desde la caída del famoso Muro, se les dijo posmodernos o multiculturalistas. Pero no: son los izquierdistas de siempre. Posmodernos y multiculturalistas tienden a extinguirse con el nuevo siglo. Son movimientos académicos y antimarxistas. La izquierda será siempre la verdadera fuerza opositora a las canlladas mercantilistas de la derecha. Las sociedades que instituyó el siglo XX fueron malas y fracasaron por sus defectos autoritarios. La izquierda es -ahora- luchar para evitar el ignominioso e impune reino de la barbarie del capitalismo que se sintió libre de ataduras para reinar sobre el entero planeta y hambrearlo, destrozar la naturaleza y hacer las guerras cuando se le antoje. Contra su podería bélico nada podemos. Al frente del capital, hoy. está el más grande Imperio de la historia humana. El más grande poder mediático que haya existido nunca. La lucha contra ese poder destructor difícilmente sea victoriosa. Pero debe darse porque puede reducir sus depredaciones y -también- la idiotización del género humano y el uso de la energía nuclear. Harán las guerras que quieran. Hay algo hondamente doloroso en la historia y en la condición del hombre: nunca una gran sinfonía, un gran cuadro, una gran novela impidieron una guerra. La sonata en si menor de Liszt no vale nada si se la compara con una bomba nuclear de alto poder. Sin embargo, si alguna vez el hombre tuviera que defender el sentido de su paso por la Tierra tendría que hechar mano a la sonata de Liszt, a la Sixtina o a Los hermanos Karamazov. Ninguno de los destructores de este mundo cree que ese momento llegará. Y sólo en ese triste punto podría uno estar de acuerdo con ellos. Sólo que nada deberá privarnos de decirles: defenderemos la vida mientras podamos, pero sepan que en esa infinita hogera que preparan, también se quemarán ustedes, sus hijos, las madres de sus hijos y lo que más les dolerá: las acciones de sus empresas y las que resguardan en la Bolsa de Tokyo y en las secretas cuentas de Suiza.
Estoy ya en las últimas páginas del libro "El Flaco. Conversaciones irreverentes con Nestro Kirchner" del novelista, ensayista, filósofo, intelectual, guionista, etc. José Pablo Feinmann.
Un libro excelente y muy recomendable no solo para quienes estén interesados en la vida del expresidente, sino también para quienes les interesa la política en general, la historia argentina y como estas se vinculan con la filosofía. Tiene fragmentos desopilantes que hacen disfrutar mucho la lectura, también aporta datos y explicaciones muy razonables sobre muchas cuestiones de la "política sucia" que se debe hacer un "político" para triunfar en su gestión o dejar que triunfen sus ideas (que no es lo mismo).
Pero por otro lado redunda en anécdotas demasiado personales que, en solo pocos casos, poco tienen que ver con el tema del libro. Además muchas veces cae en reproches, también demasiado personales, a personas conocidas o no por todos. Sumado a esto se nombran muchas veces otros libros del autor, por momentos pareciera que está haciendo publicidad de sus publicaciones. (funciona porque me los quiero leer a todos)
Pero salvando estas particularidades, que considero mínimas con respecto al todo, el libro es genial. Un analisis de la situación política argentina del 2003 al 2006 excepcional e indispensable para entender el fenómeno político actual.
En fin, lo que quería que simplemente fuera un fragmento del libro que me pareció muy bueno para quienes no diferencian entre "izquierda", "progresismo", "derecha" y demás ideologías o paradigmas políticos se terminó convirtiendo en una breve crítica del libro.
Lo que quería transcribir es el siguiente texto del libro que se encuentra en las páginas 242 a 244:
(viene hablando de cuando Kirchner descolgó el cuadro de Videla) ... "No creo que estas cosas signifiquen lo mismo para todos. Algunos, sin que se les mueva un pelo, se largan a decir que las hacía para dejar contentos a los "progres". Aprovechemos, a partir de esta mentira letrinógena, para aclarar algo. La palabra "progre" es una palabra de la derecha. Una palabra despectiva. Algo así como el "pequeño idiota latinoamericano" que usan el pequeño idiota Alvarito Vargas Llosa y sus dos amigos para agraviar a toda una generación de militantes en Amércia latina. Como se supone que la izquierda ya no existe se una "progre". No me voy a gastar en discutir este recurso bastardo. A comienzos de los noventa, se empezó a reemplazar "izquierdista" por "progresista". Incluso en un libro que creo le escribió Santiago Kovadloff, la Sra. Fernández Meijide se lanza a decir: "No soy de izquierda ni de derecha. Soy progresista"- Durante el siglo XIX la izquierda marxsista corrió el riesgo de confundir la Historia con el Progreso. Y a menudo lo hizo. El progreso le era sustancial porque la dialéctica es un pensamiento teleógico, es decir, un pensamiento de los fines. Con una direccionalidad. Esto se tradujo en una fe en el progreso que hacía del proletariado europeo una especie de nuevo redentor de la Historia. A partir del siglo XX, con Walter Benjamin y sus Tesis de filosofía de la historia, con la Escuela de Frankfurt y con la summa metodológica de Sartre, Crítica de la Razón Dialéctica, ningún pensador serio identificó a la historia con el progreso. De modo que podríamos sugerir lo siguiente: Si quieres injuriar a tu enemigo, a ese que tanto odias, trata de revisar tu cultura, tan escasa como tu inmenso deseo de injuriar, porque eres tan bruto, pequeño fascista, que dirás tonterías, pensamientos torpes, viejos, cuya superación, de bruto insisto, que eres, desconoces; por lo tanto, en lugar de injuriar, acabarás injuriándote, acaso merecidamente. Los que se juegan por causas "menores", no revolucionarias (que siempre requieren trastocar la "totalidad" del sistema de producción capitalista, de aquí que, con mala fe, se les diga "totalitarios", sino por particularidades (a los que en tiempos perimidos, lejanos en que se creía que la totalidad podía cambiarse, se les decía "reformistas", sin duda importantes, como la situación de las cárceles, de los manicomios, de las minorías sexuales, raciales, de las mujeres golpeadas, de los niños abusados, de los animales (recordar: siempre iguales a nosotros en su capacidad de sufrimiento), de la libertad de prensa, de la libertad artística en todas sus expresiones, de los derechos humanos y mil causas más; a esos, desde la caída del famoso Muro, se les dijo posmodernos o multiculturalistas. Pero no: son los izquierdistas de siempre. Posmodernos y multiculturalistas tienden a extinguirse con el nuevo siglo. Son movimientos académicos y antimarxistas. La izquierda será siempre la verdadera fuerza opositora a las canlladas mercantilistas de la derecha. Las sociedades que instituyó el siglo XX fueron malas y fracasaron por sus defectos autoritarios. La izquierda es -ahora- luchar para evitar el ignominioso e impune reino de la barbarie del capitalismo que se sintió libre de ataduras para reinar sobre el entero planeta y hambrearlo, destrozar la naturaleza y hacer las guerras cuando se le antoje. Contra su podería bélico nada podemos. Al frente del capital, hoy. está el más grande Imperio de la historia humana. El más grande poder mediático que haya existido nunca. La lucha contra ese poder destructor difícilmente sea victoriosa. Pero debe darse porque puede reducir sus depredaciones y -también- la idiotización del género humano y el uso de la energía nuclear. Harán las guerras que quieran. Hay algo hondamente doloroso en la historia y en la condición del hombre: nunca una gran sinfonía, un gran cuadro, una gran novela impidieron una guerra. La sonata en si menor de Liszt no vale nada si se la compara con una bomba nuclear de alto poder. Sin embargo, si alguna vez el hombre tuviera que defender el sentido de su paso por la Tierra tendría que hechar mano a la sonata de Liszt, a la Sixtina o a Los hermanos Karamazov. Ninguno de los destructores de este mundo cree que ese momento llegará. Y sólo en ese triste punto podría uno estar de acuerdo con ellos. Sólo que nada deberá privarnos de decirles: defenderemos la vida mientras podamos, pero sepan que en esa infinita hogera que preparan, también se quemarán ustedes, sus hijos, las madres de sus hijos y lo que más les dolerá: las acciones de sus empresas y las que resguardan en la Bolsa de Tokyo y en las secretas cuentas de Suiza.