InicioApuntes Y MonografiasCuentos cortos de terror



Yo se lo que te asusta

Decía ser una persona sin miedo alguno. Para mi el mayor de los temores no significaba nada como es la muerte. Sigue sin significarme nada.
Hoy me veo aquí, acostado y desesperado pese a un extraño encierro. Solo puedo ver por un pequeño vidrio hacia el cielo. Escuchó llantos y susurros en un ambiente frió y sombrío.
Petrificado miro lo poco que me rodea y como a través de ese vidrio desciendo lentamente mientras palas sincronizadas dejaban caer tierra sobre mi. Una reacción de escalofrió me hizo golpear y gritar hacia todos lados de lo que muy confusa y real seria el entierro de mi presunta muerte.
Esos llantos de dolor que anteriormente había escuchado fueron opacados por los míos llenos de miedo y desesperación. Nadie parecía escucharme.
Resignado veía como por ese pequeño vidrio la tierra apagaba la luz. Sin fuerzas por la bruma del dolor di mi último grito que se perdió en lo oscuro de lo que increíblemente podría decir, mi ataúd.
Volví a despertar con lágrimas en lo que era mi habitación. Feliz de que solo hubiese sido un horrible sueño.
Mi orgullo fue lo demasiados grande como para no contar nada aunque mi madre se dio cuenta y me dijo en tono de gracia: “- Yo se lo que te asusta. Firma: La pesadilla -“. Una respuesta tan certera pensaba mientras desayunaba.
Al atardecer mientras volvía de la escuela recibo un mensaje en mi celular de mi madre. Al leer ese mensaje hubiera querido que sea otra de las burlas que caracterizan a mi divertida madre y no un regaño que me hizo caer el celular del miedo. “ Hijo donde anduviste metido? Me costo una vida sacar la tierra de tus sabanas”.


El hombre que aprendio a temer

Esta, es la historia de Manuel. La historia de aquel hombre que una noche aprendió a temer. Manuel era un tipo recio, fuerte y bien parado. Para cuando le sucedió todo lo que narraré a continuación, Manuel tenía la curiosa edad de treinta y tres años. Era 31 de octubre, víspera del día de los muertos y el mismo día en el que Don José, quien se consideraba el hombre más fuerte del pueblo, era enterrado. Como Manuel quería ocupar tan prestigioso lugar, esa misma noche de 31 de octubre, decidió retar al mismísimo diablo, en quien no creía.

Ese día, bien temprano, cuando todo el pueblo volvía del cementerio, Manuel sacó su peinilla y comenzó a sacarle filo, en frente del portón de su casa. El hacer eso en aquel pueblo era sinónimo de que iba a haber una riña, pero como Manuel no tenía enemigos aún, la gente se extrañaba de verlo en tal situación. Muy pronto una murmurante multitud rodeaba a Manuel y tapaba el paso por la vieja calleja. Nadie se atrevía a preguntarle nada a Manuel, pues su rostro empapado en sudor y su mirada fija en las chispas que salían de la hoja de su machete, lo hacían ver inquietante y amenazante. Por fin, luego de un rato, el lechero del pueblo, Don Gustavo, dio un paso adelante y con trémula voz le preguntó a Manuel:

-¿Con quien vas a pelear vos?-

Manuel respondió sin voltearle a mirar:

-Le voy a demostrar a todos, quién es ahora el más fuerte en el pueblo. Esta noche, víspera del día de los muertos, iré a lo que todos conocen como la curva del diablo y pasaré la noche ahí. Como el diablo no existe, les demostraré a todos que no hay porque temerle. Pero en caso de que exista, con esta misma peinilla le cortaré el rabo y las orejas y al amanecer los traeré para que todos los vean-.

Dicho esto, la gran mayoría lo tomó por loco, pues ya eran muchas las historias que se contaban aquel sitio, reconocido porque quien pasase por ahí luego de las seis de la tarde, seguramente el diablo lo mataría y robaría su alma. Las viejas rezanderas se persignaban, otros le rogaban que no cometiera tal locura y otros le animaban, invadidos de júbilo al ver la valentía del hombre.

Al caer la tarde, Manuel se puso de pie y con su peinilla, más afilada que nunca y blandida al cielo, gritó a los cuatro vientos:

-Mañana, con las primeras luces del día, este pueblo tendrá un nuevo héroe, pues probaré que ni dios ni el diablo existen y que para el hombre no hay imposibles. Mañana entraré al pueblo lleno de gloria, con un rabo y una cola, bien sea del diablo o del guatín que cace para comenzar las fiestas del pueblo,

Así pues, Manuel partió hacia el oriente, a la salida del pueblo y cuando ya el día sofocaba sus luces en el horizonte, Manuel llegó al famoso sitio. Ahí, al lado de un viejo pozo que había en el lugar, se sentó a esperar el día, confiado de que nada pasaría, más que animales, pájaros y algo de frío.

Mientras pasaban las horas, Manuel se iba llenando de orgullo y de satisfacción. Ya se imaginaba rodeado de las muchachas del pueblo y del respeto de todos. Ya se imaginaba lleno de regalos y al mismo alcalde condecorándole por sus valerosos actos. Pasaron las diez, las once, la doce, la una y nada sucedía. Manuel, confiado de su triunfo, decidió recostarse y dormir las horas que faltaban para que amaneciera. Al fin y al cabo, y según él, nada iba a suceder y le esperaba un día glorioso.

Cuando Manuel estuvo profundamente dormido, iban siendo casi las tres de la mañana, hora en la que dicen que todo lo oscuro deja este mundo y huye despavorido a su profundo encierro. En medio de su sopor, Manuel escuchó un ruido infernal, como si cien cerdos murieran a la vez, como si cien toros bufaran a la vez, como si cien volcanes estallaran a la vez. Manuel, se despertó sobresaltado, pero no vio absolutamente nada. Todo a su alrededor estaba tranquilo y normal. Manuel vio la hora y decidió no dormir más. Se inclinó en el pozo para sacar un poco de agua, pues sentía su garganta reseca como si hubiera comido arena. Estaba en aquella tarea cuando un repugnante olor le llegó a su nariz. Era un olor fétido, como a carroña o como a azufre quemado. Manuel supuso que aquel olor provenía del agua del pozo y decidió devolver el agua. La noche era clara por la luna llena y le dejaba ver perfectamente lo que hacía y hasta alcanzaba a ver su cara reflejada en el fondo del pozo. De un momento a otro, Manuel sintió que sus manos estaban pegadas al lazo que sostenía el balde y sintió su cuerpo paralizado y sintió un escalofrío como de muerte. Luego escuchó unos pasos que se acercaban detrás de él. Unos pasos firmes y pesados. Sonaban como los cascos de un toro al andar. Manuel, hacía enormes esfuerzos para respirar y lograr moverse pero nada valía. Quería sacar su peinilla y amenazar a lo que sea que estuviera ahí, pero sólo podía mover sus ojos y medio balbucear algunas palabras. Entonces su mirada se fijó en el fondo del pozo y dicen que lo que sus ojos vieron no se puede describir…

Al otro día, a las siete, Don Gustavo el lechero, pasaba por aquel lugar a llevar su leche al otro pueblo y se llevó la sorpresa de encontrar a Manuel tirado a un lado del camino. Cuenta Don Gustavo que Manuel estaba desnudo y con su cuerpo rígido. En un principio, creyó que estaba muerto pero al acercarse, vio que Manuel movía sus ojos alocadamente de un lado para otro. La boca, la nuca y el pecho los tenía ensangrentados y llenos de moscas. Manuel se había mordido la lengua y se la había cercenado por la mitad. Don Gustavo, hombre viejo y sabio, sabía que la leche pura de sus vacas podía cortar muchos males y lleno de fe, lavó el cuerpo de Manuel en leche y fue así como logró sacarlo de la rigidez y al menos hacerlo caminar. Cuando don Gustavo llegó con Manuel al pueblo, muchos lo estaban esperando con ansia de saber qué había pasado aquella tétrica noche pero nadie pudo saberlo con exactitud. Manuel nunca pudo contar lo que vio en el fondo del pozo pues, ya no tenía lengua y sus sentidos ya no eran los mismos. Desde entonces Manuel es conocido como el bobo del pueblo y todos los domingos se le ve llegar muy puntual a la misa de seis de la mañana. Desde aquel día, Manuel aprendió a temer.


Sombras y Sangre

Vi, vi una sombra en el pasillo, no sabía lo que era, esa sombra tenía un cuchillo, se acercaba cada vez a mi, me di la vuelta y...
morí, yo llena de sangre, me vio mi madre en fantasma, la sombra me persigue, esta vez con un martillo y yo, otra vez viva, mi casa se hace fuego y la sombra me pega un martillazo, yo muero y, llena de sangre solo veo fuego, un fuego intenso que quemaba la casa, esa sombra lo había hecho, estoy muerta, y las sombras me persiguen.

A través del cristal

Eran las nueve de la tarde. Estábamos a mitad del verano y el escaparate de aquel
Telepizza en el que nos encontrábamos dejaba ver un trozo de calle urbanizada bañada por los últimos rayos de luz solar. No sé si mi acompañante se fijó en ese detalle; pero lo cierto es que poco después, el anochecer se hizo infinitamente largo.
Discutíamos que ingrediente sería mas adecuado para afrontar después la película que íbamos a ver, y comparábamos los precios y ofertas existentes en un descolorido e insulso tríptico.

-Lo lamento, pero recientemente hemos eliminado los champiñones de nuestro menú. Le puedo sugerir que pruebe el nuevo ingrediente, las setas.

Acepté de buena gana. Los champiñones eran mi ingrediente favorito para las pizzas, pero a decir verdad no había probado muchas especies micológicas mas allá de los mízcalos y los boletos. Mientras no fuese Amanita Faloides...


En ese momento entraron en el establecimiento varios mocosos que a buen seguro venían a celebrar un cumpleaños. Nunca me gustaron los niños, y menos los que llevan capirotes de indio y berrean como si fuesen hotentotes a la carga. Para colmo de males, iban sin compañía adulta. Pronto me di cuenta de que la madre del cumpleañero estaba sacando del maletero de un gran BMW una bolsa con regalos y un bolso negro.

-Tardará unos 15 minutos-

"Sin duda, serán largos", pensé. No sólo tenía más hambre que el tamagotchi de un sordo, sino que iba a tragarme los prolegómenos de una entrañable y sonora fiesta infantil.

Y sinceramente, preferiría que así hubiese transcurrido todo.

Nos dirigimos hacia una de las pocas mesas libres de los saltos que los niños completaban sin sentido entre el mobiliario de chillones colores.

El escaparate estaba a pocos centímetros de nuestra mesa. Con la algarabía de fondo, centré mi atención en la madre que trataba de cerrar el coche. Era una mujer bella, no sabría decir que edad tendría, pero sería mentir si no digo que estaba de buen ver.
Era alta y de cabellos rubios, con unas grandes gafas de sol cubriendo unos ojos que a la postre descubriría azules.

La mujer cruzó la estrecha calzada. Ningún coche la impedía cruzar los pocos metros de asfalto que había desde la otra acera.
Cuando iba por mitad del recorrido, ocurrió algo extraño.
Mi sorpresa era similar a la que ella mostraba. Había tirado el bolso como si éste le hubiese mordido, y ahora miraba cariacontecida el brazo que tenía elevado. Creo que yo era el único que estaba viendo aquello.
La jauría de niños seguía sacando de quicio a una camarera que trataba de tomar nota, pero yo los había dejado de oír. Mi cabeza estaba a otra cosa.

De repente, vi como sus dedos empezaron a moverse espasmódicamente ante la sorprendida mirada de la propia mujer. Entonces, soltó la bolsa repleta de regalos y chilló.
Me levanté de la silla y pegué mis manos al cristal. La mujer se retorcía sobre su brazo. Por la forma de moverse, lo asocié a la picadura de alguna abeja, comunes en zonas ajardinadas en esa época del verano.
Los alaridos eran de tal potencia que los niños dejaron inmediatamente su juerga al percatarse de que algo no iba bien.
-¡¡¡Mamá!!!-
El niño que llevaba una corona de plástico en la cabeza intentaba abrir la pesada puerta entre sollozos y los gritos de los demás niños, asustados por la escena.

El que debía ser gerente del local, calvo como una cebolla y con una ridícula corbata ilustrada con porciones de pizza; empujó y abrió definitivamente la puerta, con la intención de socorrer a aquella mujer que gritaba fuera de sí.
En ese momento, también me dispuse a salir y ayudar en lo que pudiese.

-No te muevas-

Tenía a Sergio a mi espalda. Intenté darme la vuelta para decirle que si no era consciente de lo que le pasaba a aquella mujer, pero cuando vi lo que el estaba observando; las palabras definitivamente no sólo no salieron, sino que además se me olvidaron por completo.

Sergio estaba a cinco centímetros de cristal, observando por encima de sus gafas. Tenía la mirada clavada en algo que había pegado al vidrio por la parte exterior.
Sin duda era una avispa. Las avispas no me asustan, salvo que sean tan grandes como el dedo índice, claro.


-¡¡¡Dios!!!¿¿¿Que cojones es eso???- pregunté sin esperar tener respuesta. El aguijón era terrible, era similar al punzón de un dardo, pero con un color blanquecino que parecía palpitar.

-Es un avispón japonés- dijo Sergio con voz calmada, aunque en su rostro se advertía cierto temor.

-¿¿¿Como que un avispón japonés???- pregunté aterrorizado sin quitar el ojo de aquellas patas peludas

- Este insecto vive en Japón y es el causante de más de 40 muertos al año en la isla del sol naciente.

-¿Y si es de allí?¿¿¿Que demonios hace en Colmenar Viejo???¿¿¿Es venenoso???- pregunté totalmente alterado

- No se que diablos hace este insecto aquí. Sólo viven allí y no hay constancia de que se ubiquen en otra zona del planeta

-¡Quiero saber si son venenosos!

- Por desgracia, son bastante mas que venenosos- en ese momento se quitó las gafas. Nunca le vi sudar de esa forma- Recuerdo haber estudiado esta familia en entomología de cuarto. Su glándula segrega siete toxinas muy potentes. Una de ellas facilita una rápida necrosis del tejido afectado.

-¿Necrosis?
La mujer seguía retorciéndose mientras su hijo lloraba a su lado y varias personas trataban de ayudarla. El brazo desnudo comenzaba a coger una tonalidad negra muy desagradable.

-La necrosis consiste en la muerte del tejido afectado. Esa mujer de ahí ha perdido el brazo, y si no se la inoculan los antídotos adecuados, morirá en pocos minutos.

-¡¡¡Rápido, vayamos a ayudar!!!- me levanté y fui corriendo hasta la puerta.

Al mirar atrás, me sorprendí de ver a Sergio aun sentado

-No hagas locuras. Cierra esa puerta y vuelve aquí-

Hice caso omiso y salí al exterior.

Me acerqué mirando con cuidado hacia el corrillo. Varios vehículos estaban parados delante y sus conductores habían bajado a ver que sucedía.

Entonces pude ver los bonitos ojos que tenía aquella mujer, pues las gafas descansaban en el asfalto.

Eran de un azul intenso, pero solo reflejaban un dolor infernal.

La mujer expectoró sangre a borbotones, manchando a su propio hijo que lloraba histérico. Entonces dejó de moverse y los ojos quedaron eternamente abiertos, ya vacíos de todo sufrimiento.

Fue entonces cuando se empezaron a oír aullidos de dolor en todas las direcciones. Me asomé a la esquina de la calle y decenas de personas huían aullando de un parque instalado en una gran rotonda. Otras personas caían al suelo gritando. Era como una locura generalizada.

Muerto de terror, escuché un zumbido similar al que provocaría un mosquito gigantesco batiendo sus alas. Mi adrenalina se disparó y corrí a la velocidad del sonido los diez metros que me separaban de la pizzería. Sólo Sergio continuaba allí dentro, mirando desesperado por el cristal, temiendo por mi futuro… y por el suyo.

Llegué sano y salvo al interior, e instintivamente cerré la puerta. Por desgracia no había nadie más que pudiera entrar. Decenas de niños estaban desperdigados por la calle, moviéndose como peces a los que se saca del agua. Todos gritaban, al igual que los adultos. Algunos se tocaban la pierna, otros se tapaban el pecho, y otros parecían catatónicos tras haber recibido un picotazo en la cabeza.


-¡¡¡El numero 33, dos pizzas medianas!!!


La dependienta del mostrador tachaba con un boli un ticket. Una canción estúpida provenía del interior de la cocina. No parecía haberse percatado de nada. Cuando bordeó el mostrador y nos obsequió con su sonrisa, el gesto cambió lentamente mientras las pizzas caían al suelo.
-Tranquila, se nos ha quitado el hambre-
Tras entrar en histeria después de ver tan dantesca situación, se arrodilló llorando delante de la puerta.

Sergio y yo seguimos observando en silencio a través del cristal. Cientos de insectos tapizaban el gran escaparate. Contemplamos una gran nube de avispones avanzando calle arriba.

Casi todos los que estaban fuera ya habían muerto. Pocos minutos después, apenas entraba la luz. Toda la superficie acristalada estaba poblada por enormes abdómenes negros con líneas amarillas.

La noche al fin llegó. Sergio puso la radio de su Nokia. Estaban dando un aviso de evacuación total en el centro y sur de España. Estábamos siendo invadidos por una plaga de avispones japoneses que se había desplazado desde el este de Madrid. Había teorías de que era un atentado terrorista, el primero desde ese estilo. Se habían llevado hasta unas colmenas de abejas abandonadas cientos de insectos de forma clandestina y deliberada, y tras un concienzudo periodo de reproducción, se habían liberado en el medio ambiente, con las consecuencias acaecidas.

Los datos de las víctimas eran aún inestimables, pero había miles y miles de muertos y afectados. Incluso hablaban de personas que habían ido al hospital con hasta 30 picaduras.
La batería del teléfono se acabó.



Fueron dos días hasta que vimos llegar un camión del ejército y varios soldados con lanzallamas.
Nos sacaron a los tres. Lo último que vi antes de entrar al autobús climatizado con insecticida fue como le pegaban fuego a todos los cadáveres con los que se iban encontrando.

El cabello rubio de la mujer ardió con viveza. Su hijo hacía lo mismo pocos segundos después. La corona de plástico aun descansaba sobre la hinchada y negruzca cabeza.

La puerta del autobús se cerró, al igual que mis ojos.

Dormí durante horas y cuando desperté me levanté aquí.

Estoy en una camareta militar, en un segundo piso. Debe de ser un edificio muy viejo, hay muchas telarañas. Incluso se ven en el exterior.


No se donde está Sergio. Pero al salir en su búsqueda, he visto algo que me ha hecho cambiar de opinión. Hay un soldado muerto a un metro de la puerta.

Parecía sonreír. Cuando he visto salir de sus fosas nasales una viuda negra, he pensado que lo más inteligente es quedarme aquí. Y como estoy demasiado acojonado para seguir escribiendo, me voy a sentar en la cama a mirar a través del cristal de la ventana.

Pero para ser sincero, no tengo esperanza.
No creo que esta vez venga algún autobús a buscarme.


Ruidos ahí abajo


A veces no me puedo dormir. Me asusta estar solo en mi cuarto pero esta noche pude hacerlo sin ningún problema, hasta ahora. Recién escuché unos ruidos espantosos que venían de abajo. Yo estoy en el primer piso, descansaba en mi cuarto tapado en la cama hasta el cuello cuando esos espantosos ruidos me despertaron. Fui al cuarto de mi madre pero no estaba ahí, mi padre está de viaje así que tampoco puedo contar con él. Después pase por la habitación de mi hermana, entré y no se que este pasando pero ella no estaba. Tal vez esos ruidos las han despertaron y esta abajo. Pero si es así ¿por qué los ruidos no paran? Parece que se esta librando una guerra justo en mi casa. No se si prender las luces o tantear el camino hasta llegar a las escaleras. No se porque pero siento que hay alguien detrás mío, me parece que respira cerca de mi cuello, no me animo a prender la luz del pasillo y sigo hacia las escaleras.
Los ruidos no se detienen, la planta baja es un campo de batalla. Si, definitivamente hay alguien detrás mío, sentí la suela de un zapato rechinar contra el suelo. Es alguien que trata de pasar desapercibido pero ya lo oí. Llegué a las escaleras, hay luces débiles que vienen de la planta baja. Tal vez son linternas, ¿puede que estén robando? No, nadie seria tan estupido de hacer tanto ruido. No se si bajar el primer escalón o quedarme quieto. Ahí alguien detrás mío acercando su mano hacia mi hombro, son garras siniestras ¿me quieren matar? ¿Tirar por las escaleras? Eso no, no lo voy a permitir. Me toca, despacio me toca. Creo que me muero de miedo… creo que… No!!!!
No podía permitirme morir ahí. Como si nada me di vuelta, sujeté al extraño de la mano y lo empujé por las escaleras. Su mano se me hizo familiar y sus gritos al caer también, esa voz, como la de… ¡mi madre! Encendí la luz del pasillo. Mi hermana salió del baño, miró debajo de las escaleras y enloqueció, comenzó a gritar. Se arrodilló gritando y mirándome a los ojos “¿¡que pasó!?” me dice mientras grita. Bajé con ella las escaleras. Mi asustada hermana se acercó al control remoto del televisor y lo apagó. Todos los ruidos espantosos terminaron. Recordé cuanto le gusta mirar videos musicales a todo volumen cuando papá no está y también recordé porque pude dormir tan cómodamente; mamá se había quedado a dormir en mi cuarto, junto a mi cama. Mi hermana encendió la luz y llamó desesperadamente por teléfono en busca de auxilio. Yo vi los ojos de mi madre, yo los vi. Ella no iba a esperar al doctor. Perdón mama…


ATADO A SUS RECUERDOS


Atado a sus recuerdos, se balanceaba, y balanceaba, una y otra vez. Su canción favorita, retumbaba alrededor de sus pies endurecidos por días enteros, aunque pareciera que fuesen meses enteros, pero eso le complacía a el. Intentaba encontrar la manera de acomodar su cuerpo al sonido de la música, y creyó ciertas veces conseguirlo, entonces, y como en mucho tiempo, albergó una felicidad nueva, y comenzó a canturrear entusiasmado; ¡Ni… na… Ni… na… Ni…! -No había nadie en casa. Temprano, le dolía el cuello, y protestaba por eso, una parálisis lo había dejado inmovilizado del lado izquierdo años atrás, y se acostumbró al gentil movimiento a ese lado de la mecedora, pero no lo recordaba. Se molestaba, al ser interrumpido en sus largos pensamientos, y mandaba callar con su ronca voz, a cualquier habitante inapropiado de su habitación. En su trasnochada casa, soportada por agrietados pilares de desconocido estilo, vivían diversos recuerdos que deambulaban por los extensos comedores que albergaron alguna vez, épocas de amplia diversión, amoríos de inquietud, y escotes de desenfreno en los sótanos a puerta cerrada, y el penoso suicidio de Nina Alcorán. Hacia delante, y atrás, su mirada volaba en el tiempo, hasta topar con recuerdos, colgados en el tabique gris que separa con el muro del comedero, unas finas caras en terciopelo de la época, esbozando a la fuerza una sutil sonrisa, con gesto desafiante, Nina sentada, y ella detrás, con sus manos levemente apoyadas en los hombros de su hija. Al enterar la noche, el temor se apoderaba de su mente, y le obligaba a presenciar cosas que Vigo detestaba. Durante la acción de la mecedora, y su canción favorita que lo mantenía vivo, cerraba sus ojos, y con un gesto evitaba los retratos que se desprendían en figuras torcidas, con risas macabras, y gemidos, unidos a lamentaciones dese el otro lado de las murallas, en sus menudos tímpanos agobiados por su condición. En pleno embate, se reproducía su nombre bajo sus pies, y en el techo más alto, su habitación se destrozaba por furiosos golpes de seres que se burlaban, y olían carne descompuesta. Después que se habían prolongado en los últimos años éstas experiencias, Vigo quedaba en un estado anómalo, sin poder reconocer si quiera su mano derecha de la izquierda. Su canción seguía tarareando;…. hasta quedarse dormido…
A la mañana siguiente recuperaba el comprimido tono muscular, la corriente sanguínea regresaba a lo indicado, y Vigo, en la mecedora, continuaba balanceando su vida en el lado izquierdo. El resto de la casa continuaba oscuro, salvo en su habitación, donde tímidamente alumbraban desde fuera, unos rayos de sol, recién nacidos. Con dificultad llevó la mano al rostro, y se abstrajo en alongados pensamientos. Su mentón recio, apuntaba al frente de unos espejos oscuros que quedaron, luego del incendio de una lujuria noche de engaño, y perversión, y ejecuciones oscuras que realizaron doce años atrás. Su fisonomía, y más aún, en los tiempos de juventud donde el vigor se demostraba en las cacerías de mujeres bellas que habitaban los pueblos cercanos, era conocido con el apodo de: “Vigo el hermoso”. Un completo silencio abundaba a su alrededor, porque la canción que lo sostenía respirando no hacía ruido, tampoco el sonido de la inmemorial mecedora causaba estragos en su mente. Pero a veces, sólo a veces, en su condenada soledad, unas señas confusas de alguien saludando lo animaba a gesticular su rostro hacia el costado derecho. ¿Si?... ¿Diga?...-Nadie habló-. En las mañanas más húmedas, se lamentaba de no poder llorar, atado a sus recuerdos que sustentaban su causa, ni siquiera era capaz de lagrimear, ella lo impedía. En los magnos pasillos, unas voces de viento se percibían alrededor de los comedores transmitiendo ideas, y negando los desacuerdos con cierta violencia reflejada por golpes de sillas contra la pared. ¡Lo lamentarás, la próxima vez…! Después, unas risas sigilosas disfrutaban de lo planeado por entes influyentes a éstos, que estaban sometidos a sus órdenes. Abajo y arriba, el día avanzaba en su plenitud, y de manera inesperada, la tarde se convertía en larga noche. Sombras cubrían la mitad del muro tiznando el penoso estado de Vigo. Una incómoda picazón a los ojos comenzaron a frenar las intenciones del condenado. Con gemidos de su boca recordaba en voz alta, a una joven hermosa de azulado intenso en su mirada, ¡Donde están tus manos!... ¡Donde tus caricias!... -Vociferó-. El muro quedó en tinieblas. En absoluta oscuridad cayeron objetos extraños, y cada sensación se asimilaba a un duro latigazo a su cuerpo, sonidos subterráneos comenzaron apoderarse en cada rincón, y cadenas arrastrando sentía desde lejos, pero cada vez más cerca. Más sombras invadieron su habitación, y a semejanza de un mono, se agitaban en todas partes risas, y preguntas, sin respuesta lógica. Simón el asesino, apodado en vida por sus víctimas, ahora recibía la orden de alguien grande. Apoyado en su lado izquierdo, fuertes tirones lo colapsaban con la intención de arrojarlo, pero aferrado con su mentón, resistía la furia perversa. En instantes cobraba vida los retratos de Nina Alcorán, y su madre resoplando en su cara: ¡Asesino!... ¡Asesino!..., mientras la hija lo toma del pelo, y le hace un profundo corte en la cabeza, una y otra vez, dejándolo inconsciente. De toda clase de humillaciones era sometido en su cuarto, enormes embestidas en los vidrios de la casa saltaban a todas direcciones astillándose en sus piernas. Un temido silencio hizo huir al resto, y unos pasos se vengaron del condenado.
Nina, y su madre, deambularon por la casa buscando consuelo en los subterráneos, se aparecieron en los extensos pasillos iluminados por la oscuridad, sus voces de lamento cubrían los largos comedores durante el día y la noche, hasta que regresaron a los retratos grises del lugar. Las manchas de sangre, fueron imposibles de borrar, hondonadas profundas, y cadenas de grosor desmedido se encontraron colgadas en la pared dentro de cuevas terroríficas, y otros cadáveres de exagerada tenebrosidad.
Según los antecedentes legales que se guardaron en el registro privado de la autoridad, y después de cerciorarse bien que no hubiera habitante en la casa, comenzaron las obras de demolición. Cubrieron con cinta municipal los alrededores del terreno, varios expertos visitaban de día las obras de derrumbe de los cimientos de la casa. Ladrillos enormes que le dieron alguna vez forma de castillo, extrajeron lo que correspondía al living, la mitad del comedor, y donde comenzaba el extremo del pasillo. Al término de la segunda semana de trabajo, echaron abajo el resto de las murallas de concreto que le dieron vida a las piezas de esa casona.
Sólo objetos, y retratos sin valor quedaron a la intemperie. A la espera de algún familiar que reclamara por éstos, realizaron la venta de la nueva casa, y llegaron habitantes recientes. Todas las habitaciones fueron remodeladas, los sótanos conectaban directamente con el jardín de atrás, hacia un extenso pasto verde donde los hijos de los nuevos propietarios, recibían a sus influentes amistades de la época. Los muros bañados en blanco, brindaba en la noche una luz natural a los extensos pasillos que unían los cuatro baños de visita. La familia dueña ahora de este palacio, firmó los planos en absoluto acuerdo con la municipalidad, y en algún lugar de éste, una cruz grande indicaba que cierto dormitorio no habían podido derribar. Compraron entonces, una casa de diez y nueve habitaciones. Al principio se reunieron, y estuvieron de acuerdo en no abrir la puerta veinte que daba aun gran ventanal, porque no había necesidad. El color de la puerta era distinto al resto, y así la identificaban perfectamente. Al pasar el tiempo, olvidaron todo con respecto a esa habitación de extraño aspecto, además, a nadie le llamaba la atención. Los niños dormían con los típicos terrores nocturnos provocados por su imaginación, y se quedaban la noche entera con la luz prendida. Pese, a las indicaciones del padre, continuaron con esta situación más allá de lo sugerido. Una noche, de vuelta del baño, pasando por el extenso pasillo, una música tenue se dejó sentir en la pieza del menor, al tomar la manilla decidido para interpelarlo según la orden dada por éste, se quedó pasmado escuchando una mecedora, y una ronca voz que decía: ¡Duérmete niño….., duérmete ya….!


UNA MANCHA EN LA PARED

Eran ya casi las doce y media cuando yo, aún sentado en el sombrío estudio de mi casa en la playa, armado con afilada pluma y envuelto en la armadura de mi batín de paño, me disponía a finalizar mi velada creadora, apagar las lámparas de aceite que iluminaban la estancia mientras me preparaba mentalmente para caer entre los mullidos brazos de Morfeo durante toda aquella noche invernal del 16 de febrero.

Lentamente terminé de retocar con un ligero trazo de mi pluma aquél poema al que había estado dando vueltas toda la tarde. Pero, pese a tener un fuerte sentimiento intuitivo alrededor de los primeros versos, finalmente observé abatido que había vuelto a escribir uno de aquellos poemas, entre vulgares y simbolistas, cuya fuerza estética (si es que tenían alguna) era sin duda el engañoso fruto subjetivo de mi voluntad frustrada y no de un maravilloso arranque de genialidad literaria.

Según Juan, mi inspiración (antaño tan creadora) se había detenido en el pasado, y nada, ni siquiera un sobrehumano esfuerzo por escribir, lograría hacerla volver a mi vieja pluma. Cualquier otro se habría reído de él: hay quien dice que la poesía es sólo fruto del perfeccionamiento estilístico y de un prolongado trabajo del poeta. Por desgracia, yo soy de los que buscan una poesía más intuitiva, menos fría y más humana. Por este último motivo yo estaba completamente desanimado y terriblemente apático en todo aquello que no implicase el escribir.

Aquella repentina "falta de talento" que experimenté durante aquél invierno vino acompañada, casi simultáneamente, por un cambio de mis preferencias artísticas: ya no surgirán de mi inconsciente pluma versos entonados al amor incontenible y confuso que sentía por la vida, la vida personificada en ella... Ahora se apoderaban de mi mente pensamientos de los más negros que pueden jamás haberse imaginado. Pero estas oscuras y tenebrosas sombras que acechaban mi alma eran sólo meros atisbos de una realidad no empírica que sentía fuera de lo que llamamos Mundo, algo más allá de lo que el ser humano puede llegar a comprender sin perder completamente el juicio.

Verdes espectros de seres escamosos con tentáculos innúmeros abordaban la complejidad de mis recuerdos, elevándose desde las siniestras brumas de mis sueños a la parte consciente de mi memoria, como si quisieran pasar a formar parte de mi realidad.

Yo, en lugar de asustarme, me proponía con seriedad y deseo los retos poéticos que estos temas en mí despertaban, ya que se me sugerían cosas inexplicables, seres indescriptibles... Sería un enorme placer describirlos usando las emociones que en el hombre despierte el verso, unas emociones que no son descriptibles mediante meras palabras, pues el hombre no puede más que intuir estas verdades como sombras de una figura monstruosa recortándose frente a la luz de la luna.

Por eso, cuando sueño con los seres que visitan mi cerebro por las noches, procuro estar alerta para, a la menor incidencia, despertarme; para así saber si comprendo la realidad que los compone. Sin embargo, no me atrevo a subir a mi habitación el material de escritura. No quiero que si algún día veo (o recuerdo) todo lo que en sueños se me ofrece y al despertar se me niega; sea capaz de plasmarlo en el papel, ya que sería ese un recuerdo que permanecería imborrable por el resto de mi vida, atándome a la locura permanente del que vive el miedo.

Las lámparas humeaban apagadas, mis pies se arrastraban con pesadez hacia las escaleras angostas que llevan a la buhardilla donde solía dormir. Entonces, al disponerme a subir los escalones de madera, me volví a fijar (como cada noche inquieta que pasé en mi nueva casa) en la húmeda mancha oscura de la pared del pasillo. Aquella mancha no tenía ninguna forma definida que me pudiera inspirar temor, pero una extraña inquietud me azotaba al mirarla, como si fuese la costra superficial de la piel de algo cuya realidad se hallaba tras aquella pared... hasta tal punto llegaba mi obsesión debido a la influencia de los sueños que me visitaban cada noche.

La observé de nuevo, como hacía cada noche al subir a mi habitación y, como todas las noches, comprobé que la humedad verde que formaba aquél putrefacto dibujo en mi pared seguía expandiéndose por ella, contaminando el blanco tabique de yeso.

Un paso hacia ella, mi mirada clavada en la desconchada superficie que abarcaba el cerco de humedad. Apartando inconscientemente la única lámpara que quedaba encendida en la casa (y que llevaba en la mano izquierda) de aquél trozo pútrido de pared. El olor agrio que emanaba de la mancha me invadió con violencia y me hizo retroceder, según creía yo, ligeramente mareado.

Ligeramente "intoxicado" por arcadas convulsivas y por nauseas (más bien mentales que fruto de la realidad que todos entienden por verdadera) retrocedí unos pasos y, después, recorrí rápidamente los peldaños de crujiente madera que me separaban de mi ansiado lecho. ***

Ya una vez metido entre las mantas, en lugar de sentirme evadido de todo temor, como era costumbre en mí, considerando ajeno a todo aquello que sucedía fuera de mi cuadrilátero lugar de reposo, más bien me sentía amenazado, debido a que era consciente de que "aquello" de lo que provenía el líquido rezumante en la pared de la planta inferior se hallaba justamente debajo de donde yo yacía.

Mirando al techo de color oscuro, que alcanzaba a distinguir debido a la tenue luz proveniente de la luna que penetraba entre las cortinas de mi habitación, no podía cesar de pensar en lo que se encontraba bajo mi suelo, entre los bloques de ladrillo y yeso que formaban el inexistente hueco de la escalera. El frío temor de un imaginario e inminente ataque desde debajo del colchón atenazaba mi espalda, haciendo que los riñones se contrajeran provocándome un grave dolor en la zona lumbar.

Traté de conciliar el sueño, tumbándome de lado. Mirando con los ojos, llorosos de cansancio, hacia el exterior de la ventana, hacia el cielo negro dónde la luna colgaba, ofreciéndome su luz. Pero la visión de la pálida luna (casi llena) no podía hacer más que rememorar en mí los recuerdos de todas aquellas bestias que disfrutan de sus presas por la noche... y no podía dejar de darme cuenta de que la noche, aunque implique el descanso de lo humano, no deja de ser el día para monstruos innombrables capaces de cualquier atrocidad.

Todos mis pensamientos me inquietaban. Llegué a sobresaltarme del propio tacto del pijama, incluso de mis sábanas, húmedas por el frío sudor, símbolo del miedo,

Tras algunas horas (que quizás fueron minutos, pero que la eternidad del pánico convirtieron en siglos) de oir un impertinente goteo en el piso de abajo, ya advertido por mí desde el primer día, pero que nunca había merecido más consideración que lo meramente rutinario, sentí que me volvía loco. Esperaba, mirando hacia la inmóvil puerta, que ésta se abriese dejando franco el paso a la innominable criatura que vivía bajo mi escalera.

Me levanté, con miedo de poner los pies sobre el marmóreo y frío suelo, y me dirigí hacia la ventana, abriéndola y sacando mi cabeza al frío ambiente nocturno. Me tranquilicé bastante al ver las blancas nubes corriendo suavemente bajo el albo satélite lunar, al oír al grillo, cantor de la noche, cuya canción puede llegar a exasperar al durmiente frustrado, pero que a mí me devolvió a la realidad que estaba a punto de perder por siempre.

El aire fresco me sentó muy bien, la cordura se volvió a adueñar de mi persona, desterrando a la locura intuitiva que había exagerado hacía tan poco rato, debido a mi espíritu extremadamente emotivo y exagerado. La soledad que me acompañaba desde el día que compré el caserón hacía que mi imaginación volase alto y en torno a lugares que jamás habría querido yo, voluntariamente, visitar. Pero ya estaba todo en paz de nuevo. ***

Al entrar de nuevo en mi rancia habitación, la desesperación y el desaliento me aplastaron bajo un peso sobre mis hombros y mi alma que me hizo caer, inerte, al suelo. Aquello existía, la puerta estaba entreabierta, y la maligna entidad que permanecía junto a los peldaños de madera, emparedada desde hacía innumeros años, dejaba ver un reflejo de su corrupta y leprosa alma, bajo la forma de una neblina color mostaza que ascendía de debajo de la cama en forma de pútridas volutas de humo cuyo amargo olor se me hacía insoportable.

Entonces, en un arranque de furia provocada por mi locura, bajé a la planta baja, pasando sin volverme junto a la monstruosa mancha de la pared. Entré, con la lámpara de aceite que portaba en alto, en el trastero donde guardaba todas las pertenencias olvidadas por el anterior dueño de la casa, y, no encontrando ningún pico ni martillo lo suficientemente grande, agarré un hacha roma, vieja y rojiza por el óxido, volviendo hacia las escaleras, fuente y fin de mis temores más profundos e incomprensibles.

El primer golpe descargado por el filo viejo sobre el yeso, que saltó en pedazos blanduzcos, rezumantes de un verdoso limo, hizo que la cabeza del hacha se hincase en la pared... y al sacarla de su aprisionamiento, un tufo agrio (como el de la leche pasada) inundase todo el corredor.

Mareado por la vaharada del pútrido aliento de la pared, y exaltado por mi febril estado, continué descargando golpes al tabique, que en lugar de despedir trozos compactos de yeso carcomido por el impacto del pico, empezó a supurar grandes cantidades de verde y denso líquido que empapaba el suelo y salpicaba las paredes.

No se cuánto tiempo permanecí golpeando la infecta muesca hecha por mí en la pared, pero con el esfuerzo de mi mente enferma logré abrir un agujero en ella de, más o menos, el diámetro de mi cabeza.

Fui a asomarme por el negro boquete rodeado de chorreantes babas y algunos gusanos interceptados por mi hacha durante su trayectoria por el yeso. Pero cuando acerqué mi rostro al agujero una vaharada de fétido aire invadió mis fosas nasales, provocándome un terrible shock. Caí contra la pared del pasillo magullándome el hombro izquierdo.

Pero en aquellos momentos no sentí ningún dolor, mis sentidos se hallaban saturados por el aullido de mis lacerados pulmones, quemados por aquél corrupto aire...

En aquél momento miré de nuevo el agujero... Jamás podré describir, ni en el más melancólico poema -por muy tenebroso e inquietante que éste sea- la parte de la figura que asomó durante aquel breve instante por el otro lado del improvisado vano, para después retroceder, dejando que aquello que chorreaba por las paredes de la sala volviese a cubrir el agujero: ventana hacia un mundo exterior que aquél recluido ser parecía preferir ignorar por el momento.

Ahora me encuentro tumbado en una cama del hospital situado a las afueras del pueblo, hospital que tantas veces divisé desde mi buhardilla durante los días claros, tan escasos en aquella comarca costera. Recuerdo aquella noche de incomprensible locura e irremediable temor. Nadie, si siquiera los médicos que me encontraron en aquel estado casi catatónico, me quieren explicar cómo me hallaron y la situación del pasillo de mi casa...

Ayer, un colega de profesión y gran amigo me comentó que, cuando él llegó a mi casa, la pared que yo le indiqué por señas olía a yeso fresco y aún estaba blanda, evidenciando alguna reciente obra. Esto es prueba de que aquello existe, y yo volveré a la casa para derruir esa pared y desvelar ese ente que garantizará atemporalmente una inagotable inspiración por el resto de mis días...


La Noche

La noche habia terminado para el aun antes de empezar. Como lo habia premeditado, nadie se acerco a el durante toda la cena, no hubo una sola alma piadoza que dirigiera la mirada hacia el, y su copa nunca fue llenada una segunda vez…su presencia en esa reunion vivio una muerte subita en un ambito esteril que le mostro que nunca fue necesaria en primer lugar. Se dedico a beber solo, sintiendo que el estar ahi, el haber aceptado la invitacion no fue la correcta. Tantas otras experiencias de este tipo habian dejado en el un mal sabor como para tener tanta fe y creer que esta noche no fuera diferente.
Se encontro una mancha de salsa de soya en su pantalon y se entretuvo un poco tratando de limpiarla con una toalla humedad que encontro sobre la mesa. Y al mirar que no iba a salir ya maldijo entredientes y desistio en el intento.
Era un hombre bajo, con mala dentatura, de poco cabello canoso y cejas esporadicamente pobladas como la de todo Japones. Sus labios apretados, fruncidos en forma eterna en sus esquinas en una mueca de reproche por su character rancio, le daban una impresion de no quererce ni a si mismo; cosa que no pasaba desapercibida entre la gente que tenia la mala suerte de conocerlo.
Como en todas las reuniones sociales de trabajo en Japon, se le habia invitado como una obligacion solamente por los jovenes de la oficina donde laboraba, a sus ya avanzados 58 anos de edad existia un gran abismo cultural, e idiosincratico muy profundo con los demas…siempre le fue imposible relacionarce con alguien, no importaba el nivel, o el sexo; era algo con lo que habia vivido toda su vida. Y todo esto habia causado un odio en el que no encontraba soziego aun a solas.
Pero nunca habia sido asi, no, una vez en un pasado lejano fue alguien, tuvo suenos, y vivio enamorado de manera oculta y erraticamente las pocas veces que lo hiso como todo mundo lo hace en algun punto de nuestras vidas…pero en algun lugar remoto, en un valle recondito e inascesible en su subconsiente, su vida paro de sentir y reconocio que existia un amargo sabor a la vida, a todo, al mundo, y este rechazo abarcaba (e impedia) cualquier tipo de acercamiento hacia una reconciliacion interna que le negaba una paz serena. Mostraba todo con su manera de ser, su hablar, su mirada, frases frias y calculadoras sin el menor vestigo de respeto a terceros. Asi vivia, asi era feliz en el medio de su soledad, algo que habia cultivado el mismo. Y la soledad acepta a esos que la aman. Su cosecha era el rechazo social.
Miro a su alrrededor y vio caras conocidas, escucho voces familiares, pero no pudo recorder un solo caso donde el dueno de esa cara, o esa voz, le haya ofrecido una amistad sincera durante los anos de oficio. Algo le decia que el tenia gran parte de la culpa, pero no lo quiso escuchar en ese momento, apago esa voz interna con una maldicion mas y fue entonces cuando el frio de la soledad, algo ya familiar, le dijo que era hora de retirarce.
Se levanto del tatami donde se encontraba sentado con las piernas cruzadas, se coloco sus zapatos y fue por su maletin que contenia su trabajo, papeles que cargaba consigo para poder terminarlos en casa, un labor acumulado que nunca mermaba no importa lo rapido con que trabajara, era su vida, y su unica conversacion, una razon mas por la cual era evitado en los circulos sociales de su empresa. Lo tomo en su mano derecha y se volteo hacia donde la fiesta estaba siendo llevada a cabo, nadie habia notado su ausencia. O todo mundo aparentaba no percatarce que planeaba retirarce.
Todo mundo permanecia sentado, compartiendo alguna historia, haciendo un brindis, riendo de algun comentario falaz, todos disfrutando la noche y las bebidas. Le parecieron las risas tan falsas, los gestos tan programados, y se dirigio hacia la puerta sin despedirce de nadie, un gozo inexplicable lo lleno y no penso mas.
“No necesito a nadie”, penso para el mismo a la vez que los maldecia.
El calor de la calle, nocturno y lleno de un sin fin de ruidos de Tokio le golpeo la cara y le lleno los sentidos. Eran los dias de lluvias torrenciales de Julio cuando ciclon tras ciclon parecen hacer linea para entrar a la isla y vaciar sus nubes sobre las ciudades, transportadas sobre largas distancias desde el sur de Asia para dejarlas caer como un manto gris a intervalos de varios dias.
Los ultimos habian sido de fuertes vientos y varios dias de lluvia interminables, ciclon numero 22 habia dejado a su paso un desmadre de perdidas materiales y a tres miembros de una familia arrastradas a sus muertes al desplomarze la falda de la colina donde vivian en las afueras de la ciudad de Shizuoka, a tres horas al sur de Tokio.
Maldijo el clima y apresuro el paso cruzando la avenida principal ilegalmente, desafiando los autos con una desfachatez hasta un poco envidiable.
Los chillidos inesperados de unos frenos accionados de forma desesperada lo hicieron voltear en una fracion de segundo…fueron inmediatos y fuertes pero no aptos de un automovil de lujo de procedencia Alemana.
Diez minutos…serian otros diez minutos a paso rapido que lo separaban de la estacion de Shinjuku pasando por la zona roja de diversiones para adultos conocida como Kabukicho.
Sus trabajadoras nocturnas ya adornaban las aceras de la avenida, colocandose directamente frente a las entradas de sus negocios ofreciendo y haciendo invitaciones indecorosas a los hombres que pasaban rumbo a sus destinos.
Algunas tratando de convencer a los hombres para que estos disfruten de un “masaje” antes de volver a sus hogares; y otros tambien, vestidos como Dios les hiso aceptar la vida, sacandole provecho de la unica manera como la sociedad se los permitia.
Los trasvestis Filipinos y Tailandeces buscaban clientes locuasmente, verbalmente jugando con el idioma Japones, ofreciendo mas de una bebida, otra cancion en un karaoke, una compania furtiva a quien la necesitara y pidiera; todo estaba de venta esa y todas las noches.
Noto que ningun renglon torcido de Dios se digno a buscarle su mirada para ofrecerle los placeres carnales que a cada transeunte se les hacia de manera obvia. Lo ignoraron tan abiertamente pero le importo poco, supo que sin saberlo les habia dicho todo con sus ojos, maldiciendolos bajo su aliento y dejandoles saber que no era participe de tan baja moral. Apresuro el paso mientras maldecia a diestra y siniestra a todos y al mundo en general por permitir tanta suciedad. Miro con desprecio a un par de hombres, claramente homesexuales, que le gritaban al mundo su amor y les grito mas profanidades. Estos no rapararon y continuaron con su vida, que era de ellos, y no de el.
Unas nubes mas negras que la noche se avecinaban tras los rascacielos, era obvio que ciclon numero 23 estaba a punto de golpear la isla, ya habia sido anunciado en las noticias de la manana y se esperaba que golpeara durante la madrugada. Iba pensando en el, y en el problema en que se convertiria al llegar a su propia estacion, cuando entro a la estacion de Shinjuku por el lado Este frente a Studio Alta.
Dicha estacion tiene a sus alrrededores tiendas departamentales, hoteles de 5 estrellas, las oficinas del governador y de las autoridades metropolitanas, asi como tambien un gran numero de universidades y puntos turisticos que a cualquier hora pueden estar llenos de autobuses descargando sus cargas humanas de ropas distintas y colores posibles. Tambien sirve de enlace para otras lineas de la compania JR, y algunas estaciones de metro de otras companies que zurcan la gran mikan, o mandarina (a comparacion de la gran manzana, como es llamada la ciudad de Nueva York) hacia todos los puntos cardinales del Japon; en su mas tranquilos e intimos momentos, esta tiene en sus adentros a varios cientos de personas, no importa la hora o el dia.
No noto que en ese instante se encontraba misteriosamente vacia de gente, ni un solo ruido molestaba la noche.

Nunca miro hacia atras, ni presto atencion alguna a la falta de humanidad que era obvia por su ausencia durante esas horas cuando deberian estar todos en busca de transportacion para volver a sus lugares de origen.
De haberlo hecho, se hubiera dado cuenta de que esta noche seria especial. Pero muy tarde seria.
Al colocar su pase electronico en el lector de la maquina, y al dar un par de pasos para pasar a la estacion, el “BIIP” del escaneador robotico lo hiso despertar de su ceguera mental como si fuera un sueno. Miro a su alrrededor y no miro un alma, volteo a su derecha para mirar la oficina donde siempre hay alguien atendiendo algun turista perdido y solo miro la palida y arrugada cara de una mujer de avanzada edad sentada y mirandolo fijamente. Su rostro no mostraba senal de vida; solo sus cansados ojos almendrados, profundos y negros mostraban un brillo tenebroso, frio y sin el menor rastro de compasion.
Algo le hiso sentir que esa mujer no pertenecia ahi, pero el uniforme de la compania de trenes lo hiso reconocer que estaba talvez juzgando mal, el alcohol estaba jugando con su cerebro, penso.
“Hola?” se dirigio hacia la mujer, “paso algo, porque no hay gente?”
Esta solo se limito en mantener su mirada en el, impavida y congeladora, para luego levantar su brazo derecho indicandole hacia las plataformas de los trenes. Su huesuda mano, y cadaverico dedo indice parecian estar hechos de un material blanco y transparente, aun mas carentes de color que su cara misma. O talvez era la distancia que lo hacia ver cosas que no estaban ahi.
Le grito un par de necedades obscenas, nacidas del mismo terror que le hiso sentir y continuo caminando hacia donde sabia que su tren pararia. La decripta mujer no se inmuto, y una mueca que queria ser una ronrisa ironica broto en sus labios, mientras que un gesto que parecia decir todo le nacia en su cara.
Esto el no lo miro; pero ya no importaba, aun despues de haberlo visto hubiera sido muy tarde y no cambiaria nada al final. Continuo balbuceando algo entre dientes como lo hacen todos los Japoneses, se volteo una ultima vez y grito un “BAKA!” (estupida!) hacia donde se encontraba la mujer sentada, y el eco que su voz habia creado con sus gritos se negaba a desvanecerce.
Al penetrar un poco mas hacia las plataformas empezo a escuchar ruidos que provenian del area de ventas. Las tiendas deberian estar cerradas ya, penso por un momento. Pero el ruido lo hiso pensar dos veces, los negocios parecian seguir abiertos, simplemente no habia nadie en ellos. La musica moderna emanaba de la tienda de CDs, los parlantes de la panaderia anunciaban la llegada de un pan de moda, el local que vendia articulos de Okinawa seguia tocando la aburrida musica tipica de esa isla, todo parecia normal, solamente la falta de gente lo hiso reconocer que este vacio no era del nada normal.
Continuo caminando, y antes de voltear hacia su plataforma escucho un ruido que provenia de unas escaleras electricas a varios metros de ahi, escucho pasos y un sonido gutural muy animal, sintio una emocion inexplicable al no sentirce solo en medio de ese silencio que lo empezaba a agobiar.
Mantuvo la mirada hacia donde se encontraban las escaleras para poder ver quien las producia, y espero unos cuantos segundos hasta que miro bajar de ella a una mujer alta de extraordinaria belleza, de tez blanca y un cabello negro que le caia hasta su estrecha cintura vestida en un manto rojo, le dio la impresion de haberla visto saltar de un poster Espanol de los anos 50. Mantuvo su mirada en ella, asombrado por su manera de caminar que era elegante pero calculadol; fue cuando noto que en su mano izquierda traia atada una cadena de oro, fina, de la cual al lado opuesto se encontraba atada una cerdita rosa que lloraba y caminaba a duras penas sin duda alguna por culpa de la cadena misma. Se paraba a intervalos como negandose a seguir caminando, y soltaba un largo repertorio de fuertes chillidos.
La mujer, sin decir palabra alguna como se le suele hablar a las mascotas, la jaloneaba para que no se quedara atras y el animal dejaba salir un desgarrador aullido aun mas fuerte mientras trataba de escapar de la cadena, con esto la mujer la hiso apresurarce de nuevo con otro simple pero firme jalon y esto hiso que la marranita rosa soltara un llanto enorme como el de un bebe hambriento.
Al voltear la esquina el hombre le perdio de vista. Se habia quedado sin habla por la rara aparicion. Fue algo inverosivil y decidio dejar de pensar en eso, se dirigio a escalera electrica para subir a su plataforma tratando de pensar en algo mas que no fuera en esa noche que no auguraba nada bueno.
Al llegar a ella reconocio inmediatamente que todo habia perdido significado esa noche para el, estaba fallando en los mas minimos intentos en reconstruir lo que le estaba pasando, sus sentidos parecian aceptar todo como lo mas natural, nada parecia estar fuera de lo normal, pero algo en su subconciente le trataba de hacer ver que ALGO no estaba bien.
La plataforma se encontrabra totalmente vacia. Los truenos del ciclon que se avecinaba se podian escuchar a la distancia, mas cerca cada vez, y un viento frio empeza a soplar; no un viento fresco de verano, sino un frio que le hiso acomodarce el cuello de la camisa. Los trenes, en su totalidad, se encontraban en sus respectivas vias, los motores parados, inertes. Miro hacia abajo donde habia estado hace un momento, deseando ver alguna persona, pero la escalera tambien habia dejado de funcionar. Era un silencio total.
Se acerco a su tren con un poco de aprehension, no sabia lo que iba a encontrar en el, se coloco frente a la primera puerta que encontro abierta y se asomo en ella…alguien se encontraba sentado en un asiento.
Era un hombre de alta estatura, vestido en ropa negra y un poco anticuada para los tiempos, con zapatos de charol que no mostraban huella alguna del tiempo, como si los hubiera recien adquirido, y con un sombrero de palma blanco como el que usan los viejos en paises caribenos cuando van a las fiestas de las plazuelas, mas blanco que la memoria de un recien nacido.
Su pelo mostraba algunas canas, pero en su rostro se denotaba una sabiduria mas alla de lo humano. Levanto su mirada de sus manos, pero no pareciera que estuvieron ahi mirandolas, no, no se podia decir donde se habian encontrado, talvez en algun punto mas alla del infinito; y volteo a verlo, sus ojos lo clavaron en ellos y sintio que lo habia conocido toda su vida.
“Hola” se limito a decir el hombre en el tren con una voz profunda, un acento inolvidable pero que sus huesos lo reconocieron como un frio seco. Con un gesto de su mano izquierda lo invito a que subiera al tren, toco el espacio junto a el como indicandole que se sentara ahi mismo y le sonrio levemente.

El hombre sintio un escalofrio.
Volteo a su lado derecho, a la izquierda, nerviosamente buscando a alguien a quien preguntarle por lo que estaba pasando pero no encontro ningun alma en toda la plataforma. Volteo a mirar el lado opuesto donde otro tren se encontraba estacionado y noto que otro hombre, con el mismo tipo de ropa, con el mismo sombrero, se hallaba sentado mirando de la misma manera hacia un punto lejano e indescriptible como habia encontrado al hombre hace un momento.
Cuando se dio la vuelta hacia su propio tren se encontro con la cara del hombre a no mas de 50 centimetros de la suya.
“Que pasa? No quieres abordar? Ya esta a punto de salir” le dijo con una voz que quiso ser amable pero que lo traiciono y resulto amenazante; lo hipnotizaba con su acento.
“No…no, no quiero” balbuceo el hombre mientras que esquivaba su mirada.
“Porque no quieres? Aqui no es para ti, nunca fue para ti. Nunca te diste cuenta, como querias que te lo comunicara?”
Le pregunto mientras le mostraba una sonrisa que pretendia ser alentadora pero que resultaba siendo una mueca burlona.
“A don…a donde va este tren?” pregunto el hombre mientras un viento frio y tenebroso le recorria la espalda.
El hombre en el sombrero, sin decir una palabra, lo tomo del brazo con un mano que no pareciera que tuviera fuerza, pero que era obvio de la cual nunca hubiera podido escapar aunque lo hubiera intentado.
“Este va a ser un viaje muy interesante, creeme” le dijo mientras lo asistia a subirse al tren, haciendolo tomar el ultimo paso. La sonrisa habia desaparecido, la mano dejo de ser fuerte para convertirce en hueso…y su boca dejo escapar un fuerte olor a muerte.
El hombre no se resistio mas.

La gente se habia acomulado alrrededor del cuerpo que yacia inerte en el medio de la calle, el nervioso chofer del auto se encontraba sentado en la acera con las manos en la cabeza, junto a el un agente de transito local le estaba hacienda las preguntas reglamentarias cuando se ha atropellado a un peaton. La sirena de una ambulancia se podia escuchar tratando de hacerce paso entre el trafico de la noche, pero no importaba, el hombre sin nombre habia muerto instantaneamente.


El cementerio

Nunca habia creido en los espiritus hasta que, hace un par de meses, fui por la noche con mis amigos al cementerio. Al llegar, nos pusimos a jugar al escondite y me toco pagarla a mi. Cuando acabe de contar escuche un ruido en la zona de los nichos mas viejos y fui hacia alli esperando pillar a alguien. Pero no fue asi. Al principio no veia nada, aunque poco a poco me fui acostumbrando a la oscuridad, y entonces le vi. Era un crio pequeno que parecia estar muy triste. Yo me quede muy sorprendido. ¿Que hacia ese crio alli? Antes de que pudiera decir algo, el crio se desvanecio en el aire. No me habia asustado mas en toda mi vida. Casi nadie me creyo, pero yo estoy convencido de que aquello fue real. Lo peor fue, que pocos dias despues, buscando informacion, lei que veinticinco anos antes, y esa misma noche, un nino habia muerto en el cementerio en extranas circunstancias.


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