En Albuquerque (Nuevo México), 1957, un avión estadounidense dejó caer accidentalmente una bomba de hidrógeno 700 veces más potente que la bomba atómica de Hiroshima. No tenía la mortífera dosis de plutonio, pero igual provocó un cráter de 8 metros de diámetro y escombros radioactivos en varios kilómetros a la redonda. Muchos años después, cualquiera que posea un detector de metales, y un contador Geiger (medidor de radioactividad) puede encontrar restos de esta bomba.
Esto hizo Taylor Wilson, un pequeño de 18 años natura de Texarkana, Arkansas.
Tras recolectar unos 30 kilos de uranio y fragmentos de bomba, recoge todo y lo lleva a su casa Reno (Nevada) junto a sus padres. El material que carga no es objeto de trabas durante los controles, pues no es inflamable. Según Taylor le dice a “Popular Science”, “no hay peligro a menos que haya una exposición muy larga y a corta distancia”. No obstante, se podría hacer con todo esto una “bomba sucia”, confiesa.