InicioApuntes Y MonografiasLudopatic --- Relato (+18)
Un relato de Pedro Pastor
Extraido de http://paronirium.blogspot.com/ /


“Si alguien busca la salud, pregúntale si está dispuesto a evitar en el futuro las causas de
la enfermedad; en caso contrario abstente de ayudarle.”
Sócrates





La tenue luz de una vela era el único manchón luminoso en
la habitación donde despertó.
Sus ojos no tardaron en acostumbrarse a la penumbra.
Permaneció sentado en la silla donde se encontraba
maniatado, observando aquella luz proveniente del fondo de la estancia.
Poco a poco, Tomás salió de la inconsciencia en la que
estaba sumido. Quizás gracias al dolor inconcebible que le
llegaba del pié derecho.
Giró bruscamente el cuello, buscando con la mirada el
dolorido miembro. Después, comenzó a gritar.
Pareció más sorprendido de no oír su propio alarido, que de
contemplar un roedor del tamaño de un conejo dándose un
suculento festín con varios dedos de su pié.
Volvió a chillar mientras intentaba zafarse de la alimaña,
meneando torpemente las bien amarradas piernas.
El aullido inaudible no espantó al roedor, que parecía haber
elegido como segundo plato un jugoso tendón de Aquiles.
Horrorizado, Tomás volvió a gritar cuando las fauces del inicuo mamífero estuvieron a punto de cerrarse sobre el vital ligamento.
Esta vez sí oyó su voz, que rebotó contra las paredes de la
angosta habitación. El dolor desapareció, al igual que el
inmenso ratón; y como por arte de magia, volvieron a
aparecer los dedos amputados.
No entendía nada.
¿Qué había ocurrido?
Empezó a investigar a su alrededor con la vista, pues las correas que lo fijaban a aquella silla seguían en su sitio.
Primero descubrió que su cuerpo estaba desnudo. Luego,
que el habitáculo que ocupaba parecía desprovisto de
puertas y ventanas. La luz era débil, pero suficiente para
comprender que estaba encerrado. Si no había entrada… ¿Cómo había entrado allí? Éste pensamiento racional empezó a poner nervioso a Tomás, que volvió a gritar.
La ansiedad lo dominaba, y durante unos minutos, continuó
con sus gritos y demandas de auxilio. Al comprobar que no
recibía respuesta alguna, el pobre hombre desistió.
Súbitamente, mientras observaba la llama, ésta duplicó su
intensidad; para un instante después, apagarse
completamente.
La oscuridad gobernó en la sala, y Tomás rompió a llorar.
No entendía nada de lo que estaba sucediendo.
De repente, mientras sollozaba, nuevas luces inundaron su campo de visión.
La mesa y la vela habían desaparecido. El lugar ahora era
ocupado por tres máquinas tragaperras. Sus parpadeantes
destellos iluminaban vivamente las grisáceas paredes.
La adicción que Tomás tenía hacia estos aparatos no soportó aquella visión, y a sabiendas de las apretadas correas, hizo un esfuerzo por liberarse desesperadamente.
Nuevamente, quedó atónito al levantarse inmediatamente
de la silla. No había correas ni cordeles que lo retuviesen y
poco le faltó para desnucarse, al levantarse con tanto
ímpetu.
Se acercó a las máquinas y descubrió una moneda dorada
en cada uno de los cajones. Con mucha cautela, acercó la
mano a una de ellas. Cuando sus dedos la prensaron,
rápidamente la llevó ante sus ojos.
Anonadado quedó, al ver que la moneda tenia acuñada su
cara en uno de los lados. El otro carecía de inscripciones; y
por el peso, Tomás supuso que sería de oro.
Al dirigirse al monedero de la máquina, dispuesto a echar
una partida, se percató del letrero que parpadeaba,
alternando aleatoriamente subyugantes luces de colores .
“UNA MONEDA, UNA PARTIDA”
“RECUERDE: LA EMPRESA NO SE RESPONSABILIZA DE LOS
POSIBLES DAÑOS”
Le hizo sonreír sarcásticamente. Tomás pensó que el daño
se reducía a perder una moneda que ni siquiera era suya, y
no dudó en introducirla en la ranura roja de el artefacto central.
Cuando activó la manivela, las tres ruletas de la máquina,
que se mostraban en reposo como agradables frutas de
tonos chillones; giraron rápidamente, mostrando un popurrí
de colores y formas sin sentido.
Los ojos le brillaban; y parecía haber olvidado la situación
tan extraña en la que se encontraba.
La primera ruleta paró en seco y el rostro de Tomás
palideció. La figura de una rata aparecía entre una calavera
y una guillotina.
La adrenalina se disparó cuando la segunda ruleta se
detuvo mostrando unas letras encuadradas en un pequeño
marco rojo.
“NHO3”
La tercera de las ruletas se paralizó iluminando el
inequívoco símbolo de un relámpago.
Las luces desaparecieron y Tomás quedó inmóvil, pegado a
una pared, gritando. No cesó de hacerlo hasta que la vela
situada encima de la mesita iluminó de nuevo la estancia.
Dejó de gritar, a la par que sentía de nuevo las correas que
lo unían a la silla.
Otra vez percibió una nueva punzada de dolor en el pié. Sin necesidad de mirar, ya sabía que ocurría. Un enorme ratón le estaba cercenando al completo la tibia y el peroné de su pierna derecha, mientras los jirones de carne y los hilachos de sangre volaban por la sala. En medio del sufrimiento, sintió como algo le mojaba la mano. Pero por desgracia para él, no era sangre. De forma repentina, la piel empezó a burbujear, humeando intensamente y efervesciendo. Una
nueva gota cayó en su hombro; y detrás de ella, otra.
Alzó la mirada y horrorizado descubrió que un bote de ácido
nítrico, asido de un gotero; se balanceaba y dejaba caer
aquel líquido en cada sitio por donde se movía. Una de las
gotas alcanzó al animal, que cenaba alegremente; y que
tras proferir un pequeño gruñido, abandonó el manjar y
corrió al refugio que le brindaba la oscuridad.
La lacerada pierna ya no era un incordio. Todo su sistema
nervioso estaba ocupado, enviando al cerebro el dolor
producido por las quemaduras del ácido.
Su agonía cesó rápidamente. Cayó en la inconsciencia
cuando un relámpago apareció en la sala para fulminarle.
Cuando Tomás recuperó la consciencia, sólo pudo abrir los
ojos. No sentía su cuerpo; pero seguía viendo. De nuevo, la
vela había desaparecido y las tres máquinas tragaperras
seguían con su cantinela luminosa. Entre los dientes,
Tomás grito:

—¡Basta! ¡No quiero jugar! ¡Que alguien me saque de
aquí! ¡Nunca más Jugaré!

Las máquinas desaparecieron y en la oscuridad, Tomas se
desvaneció.

Cuando despertó, se encontraba en la cama de un Hospital.
Poco a poco, recuperó recuerdos del día anterior. Samanta lo abandonó tras averiguar que había fundido los ahorros matrimoniales de treinta años. Él dijo que lo había invertido mal, pero sabía que no era ésa la verdad. Lo había perdido jugando a las máquinas en el casino.
No le sorprendió descubrir que le faltaba la pierna derecha
y que su cuerpo estaba cubierto de vendajes.

—Señor Sánchez, ha tenido un accidente muy grave
con su vehículo. Puede dar gracias a Dios de estar vivo,
aunque lamento comunicarle que ha perdido una pierna—le explicó una doctora, que no entendía la sonrisa de oreja
a oreja que exhibía su paciente.
Siguió sonriendo durante días.
Al fin y al cabo, había tenido suerte. Nunca olvidaría aquel
tétrico gráfico de la guillotina, al igual que nunca más
estaría a menos de medio kilómetro de una máquina
tragaperras.


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