La noche más corta (relato breve)
Noviembre de 1994
elvio alanís
Mañana de primavera. Recién amanecía; el cielo se mostraba despejado y azul. Más tarde, seguramente, el calor se haría sentir en esa húmeda región del chaco boliviano, pero eso no nos preocupaba en lo más mínimo. Nos encontrábamos ocupados en la preparación de nuestros instrumentos, para realizar una experiencia largamente planificada.
Las condiciones meteorológicas, cruciales para la realización del trabajo, eran óptimas por el momento y permanecerían así durante las próximas horas según nuestras estimaciones.
Todo estaba bajo control y, aunque todavía faltaban completar algunos detalles previos, nada hacía pensar la ocurrencia de problemas que impidiesen completar nuestra misión. Estábamos entusiasmados... y de buen humor. No era para menos...!!!
La expedición hacia la alejada y solitaria región comenzó el día anterior, a las 09:00 de la mañana del 2 de noviembre del año 1994. El grupo estaba compuesto por tres personas: Graciela, Carlos y yo. Disponíamos de dos vehículos, en uno de los cuales (una Kombi) transportábamos los instrumentos necesarios para hacer el trabajo y lo ocupábamos Carlos y yo. En el otro vehículo viajaba Graciela con su mamá y su pequeña hija; ellas llevaban las provisiones necesarias para los dos días que duraría la misión.
Cuando todo estuvo preparado, emprendimos la marcha hacia Villamontes, Bolivia. Si todo marchaba “sobre ruedas”, estaríamos cruzando la frontera a media tarde y probablemente llegaríamos a esa localidad del vecino país, elegida para realizar nuestra tarea, a la tardecita y con tiempo suficiente para ubicar un lugar adecuado donde emplazar nuestro campamento. Al día siguiente, muy temprano, comenzaríamos a montar los equipos para realizar la experiencia.
Cerca de mediodía estábamos cruzando la ciudad de San Pedro y luego de un tiempo más de marcha, llegamos a un tramo de la ruta que estaba en remodelación. El pavimento había sido removido, pero la calzada, aunque estaba enripiada, era transitable a una velocidad aceptable. Esto nos obligó a tomar cierta distancia entre los dos vehículos para no llenar de tierra al que circulaba detrás. La kombi encabezaba la marcha en ese momento y yo estaba algo preocupado por los neumáticos cuyo estado no era muy bueno; temía que alguna piedra pudiera romper una cubierta. Por eso, cuando comencé a percibir olor a quemado, pensé que eso había ocurrido.
-Carlos, no sentís olor a quemado? – pregunté.
-Sí, – me contestó – debe ser algo que están quemando en el campo.
-No creo – le dije – me parece que vamos con una rueda en llanta. Por qué no te fijás por la ventanilla?
-De este lado parece que no pasa nada – dijo Carlos.
En ese momento decidí detener el vehículo y mirar de mi lado para comprobar el estado de las ruedas. Cuando puse punto muerto, el motor se paró (?!!!!)… Detuve la camioneta a un costado del camino. Al mirar hacia atrás por la ventana, se me heló la sangre. La cosa era más grave de lo que imaginaba. Del compartimiento del motor, ubicado en la parte trasera, salía un espeso humo negro!....
-¡¡Carlos.., se nos incendia la kombi!! – le grité.
Bajé de un salto, corrí hacia atrás y levanté la tapa del motor. Unas llamas amarillentas, envolviendo el carburador, se alargaban amenazantes hacia arriba, lamiendo la pintura de la chapa superior.... Al instante me di cuenta que esa chapa era……¡el tanque de nafta!!!.
Mientras corría hacia delante a buscar el extinguidor, preguntándome cuál sería su estado (¿estaría en su lugar?… ¿estaría cargado?...), vi de reojo que Graciela había llegado y corría hacia el incendio con algo en la mano.
Afortunadamente el extinguidor estaba en su sitio y parecía estar cargado: la agujita roja estaba en la zona verde del indicador. Al volver atrás, mientras intentaba romper el precinto del matafuego, alcancé a percibir que Graciela intentaba apagar el fuego golpeándolo frenéticamente con una... almohadita!!!
Carlos intervino para ayudarme con el matafuego. Cuando logramos hacer que el chorro de polvo saliera por la manguera, ésta se me escapó de las manos y empezó a sacudirse para todos lados, empolvando la cara de Graciela, que aún intentaba apagar el fuego con su original método.
Habiendo extinguido las llamas y pasado el peligro de explosión del tanque de nafta, empezamos a comentar lo sucedido y a reírnos, para relajarnos un poco, de algunas situaciones que ahora nos parecían cómicas. Después habría tiempo para evaluar la situación y discutir las distintas alternativas para solucionar aquel contratiempo.
La primera impresión fue que nada servía. El polvo blanco estaba por todas partes cubriendo una masa informe, negra y maloliente de cables, ductos y mangueras fundidos, lo que daba poco lugar al optimismo. La pintura chamuscada acentuaba esa inquietante sensación. Pero una vez despejado el polvo y retirados algunos de los elementos quemados, pudimos inferir la causa del incendio: un manguito metálico que une la manguera de nafta al carburador, se había desprendido de éste (cosa muy rara), la nafta cayó sobre el distribuidor y .... Mirando un poco más detenidamente pensamos que la cosa tal vez fuera reparable. Lo que sí estaba muy claro era que en ese paraje, a 100 km de cualquier lado, a la una de la tarde y con una temperatura de treinta y pico de grados, no podríamos hacer nada.
Decidimos ir en el otro auto hasta la localidad jujeña de Ledesma a buscar auxilio. En resumen: conseguimos quién nos remolcara la camioneta hasta y nos reparara los daños. Luego de cuatro horas de espera, a la sombra de un arbolito, la kombi estaba nuevamente en marcha. Debo confesar que yo quería abortar la misión y volver a casa; aún me quedaba la preocupación de los neumáticos, el considerable atraso que llevábamos (eran las seis de la tarde), el cansancio prematuro y, además, la sensación de que la suerte no parecía estar de nuestro lado. Carlos estaba decidido a continuar y me convenció, con la ayuda de Graciela, utilizando un argumento que luego comprobaría que era falso.
Por la noche llegamos a la frontera, sin contratiempos. Pasamos la aduana argentina, cruzamos el puente y cuando quisimos hacer los
trámites de rigor en la aduana boliviana, encontramos todas las oficinas cerradas. Nadie atendía.
Resulta que el 2 de noviembre es el día de los muertos y nos enteramos que los bolivianos lo “festejan” de manera muy especial. A esa hora, la una de la mañana del día 3, parecía que todos estaban durmiendo, incluido el encargado de la aduana. Luego de algunas diligencias logramos despertar al funcionario y lo convencimos para que nos atendiera. Nos firmó los permisos para introducir los vehículos al país y así poder circular libremente.
No recuerdo bien por qué, pero al poco tiempo de haber reiniciado la marcha y cuando ya habíamos salido del pueblo, algo que rondaba por mi mente me impulsó a hacerle señas a Graciela para que nos detuviéramos. Le pedí que me mostrara los papeles del vehículo, que le dio el aduanero. Así comprobamos que no eran los de su automóvil. Debimos volver a buscar los que correspondían.
Reanudamos el viaje y cuando salíamos por segunda vez del pueblo, nos paró la policía y nos pidió los papeles. Nos salvamos de lo que, quizá, hubiese sido el más grave e irremediable problema de aquel viaje.
¿Qué más tendríamos que afrontar?
La travesía continuaba por un camino de tierra estrecho, solitario y oscuro. De vez en cuando pasábamos por algún pueblito con una esquina débilmente iluminada. De pronto, luego de una curva, cruzamos una ruta; una ruta pavimentada, ancha, nuevita. Parecía recién terminada. ¿Por qué no nos habían dicho que había una ruta así, hasta Villamontes? Decidimos continuar por ella. Tal vez, en menos una hora, llegaríamos a nuestro destino. El motor de la kombi roncaba suavemente y nos llevaba a unos cien kilómetros por hora. Íbamos solos,.. ningún vehículo nos cruzaba.
-¿Ché, qué es eso que hay adelante? – le pregunté a Carlos, mientras disminuía un poco la velocidad.
-No se…, parece que es un bordo de tierra... ¡Pará Elvio, que no hay por dónde pasar! – me advirtió Carlos.
Alertada por las balizas de la kombi, Graciela paró detrás de nosotros. Nos bajamos de los vehículos y fuimos hasta el montículo
que cruzaba toda la ruta. Nos subimos para buscar una manera de pasar y comprobamos qué había del otro lado: La oscuridad más absoluta.
Al rato pudimos observar que estábamos parados al borde de un precipicio. Cuando adaptamos la visión a la oscuridad notamos que, unos quince metros más abajo, corría un pequeño río. Lejos, del otro lado, la ruta continuaba. Era una hermosa ruta, sólo que por un pequeño detalle no la podríamos usar: ¡todavía no le habían hecho los puentes!... y necesitaba varios...!!!!
Volvimos resignados sobre nuestros pasos para continuar por el camino de tierra que habíamos abandonado media hora antes. Al cabo de un tiempo, vadeamos el río que habíamos divisado desde las alturas.
Así pasaron las horas y el sueño aumentaba. Cada tanto cruzábamos la ruta imposible, pero Villamontes no aparecía. Ni un solo cartel indicador para tener una idea de dónde estábamos.
Agotados por el viaje, que resultó mucho más largo de lo esperado y dominados por el sueño, paramos y decidimos que ese era un buen lugar para acampar y realizar la tarea que motivó nuestra travesía; dentro de unas pocas horas.
Las estrellas brillaban en el cielo y supusimos que por lo menos, a la mañana siguiente, el clima estaría de nuestro lado.
Todo marchaba según lo previsto. Habíamos logrado un buen alineamiento del instrumento principal y éste funcionaba sincrónicamente con el tiempo sidéreo, compensando la rotación diaria de la Tierra. El sensor clásico que le instalamos registraba periódicamente las distintas fases del fenómeno que estábamos estudiando.
Una cámara fotográfica, montada sobre un trípode, estaba preparada para captar detalles adicionales a través de un teleobjetivo de 200 milímetros. Otra cámara fotográfica era utilizada para las fotos recordatorias del evento. Nos habíamos internado por el pavimento unos trescientos metros desde el cruce con el camino de tierra. A causa de la falta de puentes, no esperábamos circulación de vehículo alguno por allí, de manera que estábamos seguros que nadie interrumpiría nuestro trabajo. A lo lejos se divisaba parte del camino de tierra por el cuál, de vez en cuando transitaba algún vehículo. El sitio era ideal.
En una oportunidad percibimos el sonido de un motor que se acercaba hacia nosotros, por el pavimento. Era un motociclista que pasó por un espacio libre que habíamos dejado en el camino y se alejó raudamente sin prestarnos, aparentemente, la menor atención.
Más tarde se me ocurrió pensar que el hombre, sin saberlo, había dejado pasar una oportunidad que tal vez no se le volvería a repetir. A varios kilómetros a la redonda, no había otro grupo de personas y medios apropiados con quienes compartir el extraordinario fenómeno que ocurriría pocos minutos después.
De pornto, la claridad de la mañana comenzó a hacerse cada vez más tenue. Imperceptiblemente al principio... luego con rapidez creciente, hasta el punto de dificultar la lectura de nuestros instrumentos. El paisaje se tornaba irreal bajo esa luz mortecina. Algo extraño ocurría; no había ni una sola nube en el cielo y cuando miré hacia el sol pude comprobar, dolorosamente, que aún se encontraba en su sitio. La voz entrecortada con que intercambiábamos los breves comentarios que requería el trabajo y la nerviosidad de nuestros movimientos, delataban la creciente excitación que nos embargaba.
Lo que sucedió después pasó tan rápido que, a pesar de poseer varios instrumentos, solo pudimos registrarlo en nuestras memorias... permanentemente. Durante un breve instante fuimos iluminados desde arriba de una forma nunca antes experimentada por ninguno de nosotros. Las cosas se veían como si hubiera desaparecido la atmósfera; como si se tratara de una fotografía tomada en la
Luna. La luz venía solo desde arriba y no había luz difusa que rellenara las sombras.
Aquella visión instantánea que tuve de mis compañeros, tan sorprendidos y maravillados como yo, aquella impresión única en mi vida, desapareció abruptamente solo para dar lugar a un suceso aún más desconcertante y maravilloso.
La luz se extinguió súbitamente....!!!!
¡Se hizo de noche... sin anochecer!!!!
A pesar que nuestra razón lo negaba, de un momento para el otro se hizo de noche. Así lo atestiguaban las estrellas que aparecieron en el cielo. También los pajaritos lo creyeron: sin discutir las razones, dejaron de trinar y se fueron a dormir. Y el mosquito que ocasionalmente pasó zumbando cerca de mi oído, también se lo creyó. La temperatura ambiente descendió apreciablemente y una fresca brisa que sopló durante un momento, llegó tarde para estremecernos.
Pero era una noche extraña, singular. No fue precedida por un atardecer; careció de crepúsculo.
El cielo y las montañas al oeste estaban oscuras. Sin embargo, hacia el sur, en el horizonte muy lejos de nosotros se veía una delgada
franja de cielo iluminada....
Lo más extraño fue que todo esto sucedió a las nueve y cuarenta y cinco de la mañana!!!!
Y el Sol?! Todos miramos hacia el lugar donde debía estar el Sol. Al principio solo se veía un hueco redondo rodeado de un fino y débil círculo de luz, que emitía deslumbrantes destellos en un punto. Era como un “anillo de diamantes” dibujado en el cielo.
La Luna, invisible, se deslizaba justo delante del astro dejando escapar por entre sus montañas los últimos rayos de sol. Hasta que finalmente logró cubrirlo del todo.
Apenas un momento después, como encendido súbitamente, apareció un halo brillante rodeando al Sol... Como una nube.
¡La corona solar!!!!.
Una imagen que tantas veces habíamos visto en libros y revistas, de pronto apareció ante nuestros ojos, silenciosamente, flotando en un oscuro cielo azul.
A su alrededor aparecieron Venus, Júpiter y Mercurio, los tres planetas que en ese momento estaban cerca del eclipsado Sol. Y
algunas estrellas brillantes.
¡Qué espectáculo!
Nuestros instrumentos registraban imágenes de todo eso. Por lo menos así lo esperábamos. Para eso habíamos planeado la excursión. Pero a los instrumentos había que manejarlos, regularlos adecuadamente para adaptarlos a las condiciones que cambiaban rápidamente. Éramos personas capacitadas para ello y sabíamos perfectamente lo que estaba pasando.
-¿Qué diafragma le pongo? – escuché que alguien preguntaba por allí.
-Creo que efe dos – atiné a balbucear sin ningún convencimiento.
Que extraño!. Nuestros sentidos trabajaban fervientemente, pero la información que recogían iba a parar a una parte equivocada de nuestro cerebro. Los fotones que entraban a nuestros ojos no se convertían en una magnitud o en un número de diafragma, como
sucedía habitualmente. No. Aparentemente eran utilizados para dificultar la respiración o para acelerar las pulsaciones, entorpeciendo los movimientos. Cada uno de nosotros trataba de atesorar las imágenes y las sensaciones que ningún instrumento podría hacer.
Teníamos muy poco tiempo!!!
En ese momento estábamos a la sombra. A la sombra de la Luna. Una sombra que se deslizaba vertiginosamente sobre la superficie de la Tierra. Sabíamos que pronto “amanecería” por segunda vez ese día y aquel sueño maravilloso terminaría.
Esa noche única duraría solo tres minutos. Para los que estábamos allí ésta sería, indudablemente, la noche más corta hasta entonces vivida.
Impresiones de un eclipse total de Sol
Elvio Alanís
3 de Noviembre de 1994 - 09:45