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Los delirios del Quijote y la Iglesia Católica


Escrito y publicado por Mateu Lacroze (Gastón)

Una biografía inexacta, previsible y breve, podría juzgarlo como un lector implacable -e inapelable- de historias caballerescas. Estos relatos le impresionaron profundamente, acaso lo enloquecieron. Consideró inoportuna la pasividad que supone ser sólo un caballero en cavilaciones y lecturas solitarias. Por destino o capricho, en un lugar de la Mancha de cuyo nombre Cervantes no quiso acordarse, el ingenioso Quijada -o Quesada- quiso convertirse en hidalgo. Lo logró, convirtiéndose entonces, además de ingenioso e hidalgo, en loco. Se autoproclamó, con reservados honores, el hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Pretendió creer que unas armaduras oxidadas y abandonadas que estaban en su casa le protegerían del mundo y sus enemigos. Es probable que no lo haya creído, tal vez lo omitió. Abandonó su hogar buscando hazañas y adversarios, pervirtiendo toda bonhomía y piedad. Fue grosero, provocador e irreverente con quien se le cruzare, venteros, labradores, hasta que luego de caminar dejando tras de sí un frágil y precario catálogo de triunfos improbables, un mercader que se dirigía a Murcia junto con un grupo de mercaderes toledanos, puso coto a tales irreverencias. Ante las reiteradas provocaciones del hidalgo, lo hirió gravemente, dejándolo absolutamente vencido y avergonzado.

No obstante, la suerte -o Dios- le tenían preparado una gratificación. Un labrador -que fue su vecino cuando no era Quijote, sino Quijada- lo encontró en tales condiciones y lo llevó a su casa. Allí lo esperarían su ama y dos amigos del caballero, el cura y el barbero, para recomponerlo. Decidieron terminar con sus delirios juveniles y por ende, anacrónicos. El alba encontró al hidalgo sin sus preciados -y reos- libros pues el cura, junto con el barbero y la complicidad de la noche, se encargaron de arrojar al corral los libros que consideraran malignos. Luego serían quemados por el ama. Quitaron, o intentaron quitar de ese modo, el demonio que escondían los textos, librando de todo mal el alma corrompida del desafortunado caballero.

Sin embargo, debieron inventar una excusa para justificar la ausencia de los libros. Cervantes escribió: "Uno de los remedios que el cura y el barbero dieron por entonces para el mal de su amigo, fue que le murasen y tapiasen el aposento de los libros, porque cuando se levantase no los hallase (quizá quitando la causa cesaría el efecto), y que dijesen que uun encantador se los había llevado, y el aposento y todo. Y así fue hecho con mucha presteza.". Cuando despertó Don Quijote, fue a su búsqueda, pero no halló el aposento. Preguntó a su ama qué había sucedido; advertida por el cura, dijo: "¿qué aposento, o qué anda buscando vuestra merced? Ya no hay aposento ni libros en esta casa porque todo se lo llevó el mismo diablo.".

La sentencia puede ser errónea o ineludible. Los textos pueden alucinar o enloquecer sin reparos; algunos se deslumbran con caballeros nobles y valientes que arriesgan su vida, y otros por ángeles, demonios, resurrecciones y últimas cenas.

http://febrerolacroze.blogspot.com/2011/01/los-delirios-del-quijote-y-la-iglesia.html
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