Si alguna amenaza absolutamente imprevisible acechara nuestro planeta,
como, por ejemplo, un monstruo espacial gigantesco que viniera con
buenas intenciones pero que desgraciadamente se alimentara de árboles y
petróleo y como consecuencia exhalara grandes cantidades de dióxido de
carbono en nuestra atmósfera, orinara pesticidas sobre nuestros campos y
defecara baterías de celulares, deberíamos pensar seriamente en mudarnos
a otro planeta.
A pesar de la obvia imposibilidad de este ejemplo surgido de mi
prodigiosa imaginación, otras posibilidades emergentes podrían
movilizarnos hacia el espacio exterior; alguna catástrofe natural de
origen terrestre o externo podría obligarnos a meternos en ciudades
voladoras e ir en busca de otro hogar, o hacer de ellas nuestra morada
permanente, ya que la arquitectura de los planetas vecinos es poco
confortable para débiles criaturas que no soportan temperaturas
extremas. Por eso las viejas se quejan si sube o si baja la temperatura
un par de grados; el clima las acorrala hasta que sólo pueden existir a
una temperatura concreta, y luego mueren.
Varios escenarios apocalípticos han sido ya advertidos por la literatura
y bastardeados por el cine. Los fines del mundo más originales
<http://www.cibermitanios.com.ar/2008/06/10-formas-de-destruir-el-mundo.html>
son también los más rápidos y eficientes, y no nos darían mucho tiempo
de previsión, así que en lo que a la preocupación concierne, este
párrafo no existe.
Entre las amenazas previsibles más peligrosas para la Tierra encontramos
meteoritos, llamaradas solares invocadas por mayas vengativos y
proliferación descontrolada de un virus mutante. También el mal podría
ser de origen interno, presentándose como una larga y desapercibida
agonía. El clima podría tornarse insoportable o alguien podría clonar
mimos en masa y soltarlos en las calles. De un modo u otro, habría que
largarse inmediatamente de aquí.
¿A dónde ir?
La primera parada obvia sería nuestro vecino Planeta de la Guerra, bajo
sus lunas Miedo y Terror. Si estas intuiciones grecorromanas parecen
exageradas, tendrías que saber que vivir en Marte es una pesadilla real
<http://www.cibermitanios.com.ar/2010/11/viaje-marte.html>. Pese a todo,
pequeñas embajadas coloniales podrían asentarse en el cuarto planeta y
otras patéticas imitaciones de la Tierra, pero la especie no prosperaría
en ellas y el viaje debería continuar.
Aún suponiendo que para entonces haya un planeta con el cual alinear
nuestro timón, el viaje no terminaría nunca para los tripulantes
originales. En lo que a una vida humana respecta, alcanzar otro planeta
mínimamente confortable sería imposible. El sólo hecho de abandonar este
sistema estelar requeriría empeñar todo el tiempo de vida disponible.
Sólo individuos de generaciones ya nacidas en el arca espacial tendrían
la posibilidad remota de poner los pies sobre otro edén, miles de años
después de haber la cultura humana ya olvidado su propio origen y
algunos de los fallos más espectaculares de su Historia, como la guerra
y la cancelación de /Firefly
<http://www.cibermitanios.com.ar/2008/08/las-mejores-naves-de-ciencia-ficcion.html#firefly>/.
De modo que poco importa hacia dónde ir. Habría que concentrarse en la
difícil tarea de sobrevivir en las naves, y después ya alguien tendrá
tiempo para pensar el destino.
Mientras tanto, fuera de los brazos gravitatorios de la Tierra, la mayor
parte de nuestras actividades actuales desaparecería, y aunque fueran
conservadas serían radicalmente distintas. El fútbol, por ejemplo,
debería jugarse atado y terminaría pareciéndose al baseball.
Soportar torturas de este tipo se haría cosa natural con el tiempo, ya
que no habría otra opción. Durante poco menos que una eternidad
estaríamos enjaulados en naves que rápidamente se harían tan pequeñas
que sólo habría en ellas lugar para un cartel: "No procrearás".
La vida humana en el espacio
La ciencia-ficción nos ha contado muchas veces que la Humanidad podría
sobrevivir enlatada como en /Battlestar Galactica/, pero no olvidemos
que ciencia-ficción significa "ciencia-mentira". La realidad es que,
aunque pudiéramos organizarnos para construir, desplegar y rellenar esas
naves con la mayor cantidad posible de personas con especial énfasis en
aquellas que tienen amplias glándulas productoras de secreciones
lácteas, la vida en el espacio no sería tan simple como parece; no
sería, mejor dicho, tan /posible/ como parece...
Más allá de los pequeños inconvenientes de la ingravidez, como la
tendencia de la mozzarella a escapar de la pizza, la poca irrigación
sanguínea que recibiría el quinto palito de un hombre dibujado por un
niño precoz, la imposibilidad de ahorcar herejes, la debilitación de los
músculos y huesos y el daño psicológico que produciría cruzarse con un
escocés volador -todas cosas teóricamente solucionables mediante un
sistema de gravedad artificial (en realidad, de /simulación/
gravitatoria, basado en la fuerza centrífuga)-, otros dilemas no
tendrían tan simple solución siquiera en los complejos reinos de nuestra
mente.
Con la mejor tecnología actual, un astronauta que viajase a Marte
recibiría una dosis de radiactividad de 1 a 3 sieverts, causando daños
irreparables en la médula ósea, el bazo, el sistema linfático y el
sistema inmune.
Importar asteroides para obtener agua y racionar el alimento (mayormente
vegetal) serían los retos más simples. Lo más grave del espacio es la
radiación. La exposición prolongada a ella, incluso si todos usáramos
trajes de astronauta especialmente reforzados, lo cual ya de por sí le
quitaría todo el glamour a la idea del sexo espacial, quedaríamos
prácticamente estériles. La producción de esperma bajaría a niveles
cercanos a cero y los pocos embajadores masculinos sobrevivientes que
alcanzaran la seguridad del óvulo serían demasiado débiles como para
transformarlo en un cigoto, mucho menos en un embrión, ya que la
radiación afecta especialmente a las células en división. Y si el feto
lograra desarrollarse y nacer sería poco probable que sobreviviera o que
lo hiciera sin monstruosas mutaciones genéticas.
El blindaje de la nave poco detendría al furioso viento cósmico de
velocidad luminosa. Los metales del casco incluso podrían potenciar
ciertas de sus partículas, rompiéndolas y dispersando en el interior su
munición cuántica, aún más peligrosa. No conocemos fórmula alguna para
protegernos efectivamente de la radiación por períodos de meses o años,
y, si no la descubrimos para entonces, la especie estará terminada.
Pero, si fuéramos bastantes en la odisea, lográramos sobrevivir a esta y
otras amenazas, practicáramos el sexo fanáticamente y la selección
natural nos diera una mano (con ventosas, para prescindir de la
gravedad), podría nacer una generación humana que soporte la radiación
cósmica. Nos ayudaría mucho tener un teletransportador descompuesto que
mezcle nuestro ADN con el de las moscas, capaces de soportar más de cien
veces la radiación letal para el ser humano (las cucarachas son apenas
15 veces más resistentes, mientras que algunas bacterias pueden
sobrevivir a dosis 2.000 veces superiores, pero pertenecen a otro reino
con el que no nos hablamos desde hace aproximadamente dos mil millones
de años).
Conclusión
Considerando los percances, debo concluir que por el momento es
preferible quedarse en este planeta. No lo digo por conformista: es que
realmente me cae bien este lugar, y eso no lo digo porque haya nacido
aquí, sino porque es tan apropiado para la vida orgánica que me siento
tentado a decir que es un milagro galáctico.
Y, si bien no viene mal tener algunos cohetes y destinos preparados como
plan B, lo ideal sería cuidar el precioso recurso no renovable llamado
Tierra. No sólo porque es lo correcto, sino porque, aunque encontrásemos
otro mundo habitable, la mala noticia es que seguramente las
probabilidades quisieran que ya estuviese habitado. Allí valoraríamos el
haber heredado un planeta propio donde no debemos vivir como inquilinos
y todo lo que hay que hacer es cuidarlo, aunque sea por nostalgia.
Porque finalmente y pese a todo recaudo que se pueda tomar, si la
Humanidad sobrevive lo suficiente como para ver la muerte natural de la
Tierra, deberá partir de su atmosférico nido estelar en busca de otros
aires, sin rumbo.