Justicia
Después de escuchar. Atentamente. Que no hay fondo. Que esta piscina es de diez metros y solo tenemos aire para siete. Que solo tenemos fuego en los pulmones y un racimo de lágrimas en el corazón. Me queda desear. Que nuestra risa sea siempre adolescente. Inspirarte malabares. Y abrir los ojos en sueños. Sin miedo a ahogarme en ellos. Porque estoy dispuesta a dar patadas por los dos. Salir a flote. Agarrarme al bordillo con las uñas. Beberme todo el cloro. Y dejar de echarte de menos.
Confesión postal
Dentro de ese buzón hay un cura que me quiere coger el bajo de la falda. Zurzo con esmero las vocales. En los pliegues. Sus tijeras, mi lengua y algunos sellos. Le pido los retales. Como recuerdo.
Musa

No suenan campanas cuando me la cruzo. Es más parecido a la obsesión del enamorado: Enrojecer. Ansiar. Sudar. Y seguirla hasta su casa para darle una postal.
Predicativo
Cuando las aguas bajan turbias se me escurren, pierna abajo, las ganas de quererte más
Lejía y amoniaco
Se desabrochó el sujetador. Cogió el Mr. Proper del armario. Sacó el estropajo de su impecable bolsa. E impregnó aquella inocente esponja de verde radiactivo. Todo debía oler a limpio. La cal en el lavabo, sus cabellos en el desagüe, la orina del suelo, tenían que desaparecer. De rodillas y con esmero frotó el gris de la bañera. Arriba y abajo. Una y otra vez. El profesional giro de muñeca,
la rozadura del dedo corazón... pruebas de la guerra librada durante años contra las huellas. El pasado y sus deshechos, afluentes de un río local. Ya nadie pregunta por las cicatrices. 'Sanitarios blancos, familia feliz'
Solo quiero sentirme como si estuviera tomando un buen baño de sol
La chica de la mariposa en la espalda grita cuando la estrujan, fuerte. Se ha teñido el pelo porque quiere parecerse a Miércoles Adams. Dice que retiene líquidos. Dice que le gustan los polvorones en verano. Dice que el padre de su mejor amiga es el mejor amante que ha tenido jamás. Le encanta que entierre sus uñas en sus caderas. También le gusta que le deje las necrológicas del día anterior en el buzón. Por la mañana, cuando todos duermen, viene a mi cama y me las enseña, una por una, como si fueran cartas de amor. Nos ponemos los bikinis. Nos tumbamos al sol. Exprimimos naranjas y contamos nubes. Nos desnudamos en la terraza sin piscina de este piso de alquiler. Sin sonrisas ni esmalte de uñas en los pies. Benidorm no es 'Room in Rome'.
Cicatriz

En la lucha por demostrar quién tenía a la diosa Razón de su parte conseguimos odiarnos para siempre. Por siempre jamás. Como en los cuentos. Pero nuestra historia no es un cuento, ¿verdad? Nuestra historia es una típica película de terror. Desteñida y vulgar
Christine
Esta mañana el cielo parecía estar más cerca. Vamos a quemar mentiras, tralará.
No/Si/No
Dejas de llorar una canción que antes te agarraba. Evitas repetirla una y otra vez, una y otra vez, una... Las cuestas ya solo las notas en bicicleta. Cruzas en rojo, con la canción retum-bumbum-bando. Desbocado el corazón, no respetas las líneas discontinuas. Estás en la montaña rusa de un parque de atracciones belga. Cruzas en rojo. No abres los ojos. No duele. Y eso duele. La canción ha dejado de mojarte los pies
PUTA
Titanlux de pantone desconocido. Brocha y pared. Nos veremos al amanecer. Como en aquella peli de cuando éramos amigas
Inercia
Ella es buena -paga sus impuestos, piensa en los demás-. Una hembra complaciente de manual. Con su maleta de ruedines se desplaza por el plano inclinado. Lo inmediato pesa, aunque esté hecho de nubes -de algodón dulce-. El presente anudado a los tobillos, pero sin cascabeles para alertar a los demás. Escaleras y ganas de matar. Ella es/está impaciente. Y un niño le sonríe. Sonríe a todo el mundo. Y el mundo se para. Ella baja las escaleras con la maleta al hombro. No ve la sonrisa, no ve al niño. Solo quiere llegar y sentir alivio -darse una ducha, cenar con alguien-. Huye a un vagón de la línea 2 (Ópera, Sol, ¿Sevilla?) y descubre -contrariada- que erró la dirección. Suspira y cambia de andén. Faltan diez minutos para que el tren efectúe su entrada en la estación
Contagio
Tan fácil. Arrancarte los ojos. Comerme las uñas. Escupir sobre tus ganas de ser ella. Tan fácil. Seguirte el ritmo. Cruzar la calle. Poner el pie. Verte caer. Tan fácil. Robarte el marco. Poner mi foto. Dejar de verte. Sonreir.
Pauline en la Playa
El recuerdo que confunde. Ese sabor que se esconde en la comisura para después aparecer. Es la nostalgia, me digo. La que abandonas junto a la piel muerta en la bañera, que buena sala de espera, para viajar ligera de equipaje. Relajada, aunque dolida. Sangras, pero no estás herida, de muerte no. Solo goteas. Se te escapa el tiempo entre los dedos, Pauline. Creces entre besos que calan, besos que suben por la rodilla y se pierden en la primera curva. Esos besos y tu voz, se me meten tan dentro que titubeo. Como un muelle, no me atrevo. Disparar todos mis temores, escaleras abajo. Y dejarlos allí, revueltos, en el suelo -de tu habitación-.
Señoras en el país de las maravillas
Alicia no cae por la madriguera, atraviesa el umbral de la discoteca y busca su cama. El Sombrero Loco y la Reina Blanca la acompañan. Sostienen las copas, enseñan sus cartas y esperan a que la Reina de Corazones y su séquito entren en escena. Qué maravilla
Sheila
Podría enamorarme de ella. Dice cosas como que "emborracharse y enseñar las tetas en público no es un acto que le dé poder personal a una". Dice que "eres tú, tan diseñada y programada por el constructo de la sociedad patriarcal que ya no sabes qué beneficia a tus intereses". Damiselas en peligro incapaces de reconocer el peligro. Le besaría los pies como si fueran dos polos de fresa
Saturno devorando a su hija
Déjame apoyar los dos pies en el suelo para recoger mis juguetes antes de mandarme a la cama. Braceo entre las sábanas y algo interrumpe mi digestión. Es el reloj, me dices, que se para a veces. Tomo aire y me escondo bajo la cama. Nadie me duele estando aquí abajo. Nada puede alcanzarme. Te pido un respiro. Me cuentas un cuento. Me devuelves la pila del gusiluz.
Eterna
Como en aquella peli porno. Muñeca de carne y nata. Piernas temblorosas y coleta de quinceañera. Pulcra. Profesional. El pendiente en el ombligo. El anular entre los labios. Un precioso ejemplar en la pantalla. Con los cascos y a oscuras. Atravieso el espejo. Quererla es escucharla gemir como una pequeña diosa. Sumisa. Suplicante. En bucle. Sin fin.
Resistencia
Aguantar, de puntillas, como cuando era bailarina. Los dedos se-pa-ra-dos. Las uñas pintadas -de rojo-. El nudo en la boca en el estómago. ¿Y la conciencia? Tranquila