La verdad detrás del VAMPIRISMO.
Independiente de la tradición de cada país, no podemos negar que a lo largo de la historia de la humanidad, se han producido una serie de eventos que van de la mano del mito del vampiro. Epidemias, transmisión de enfermedades y afecciones endocrinas, han coronado con un halo de certidumbre la existencia real de los vampiros.
Por siglos los hombres se vieron expuestos a las mordidas de murciélagos -aunque sólo el "Desmodus Rotundus" bebe sangre de sus víctimas-, pero que de igual modo transmitían la rabia -al igual que perros, gatos, mangostas, zorros, hurones, mapaches, y lobos-. Quienes sufrían de hidrofobia, podían presentar grandes espasmos y ponerse violentos ante el agua, fuera corriente o bendita.
Pero el Siglo XIV marcó un antes y un después en el tema de las pestes, ya que, proveniente de Oriente, llegó a Europa la Peste Negra o Bubónica, que acabó con la vida de más de 25 millones de personas. Esta enfermedad, causada por la bacteria “Yersinia Pestis”, se contagió por la picadura de las pulgas que, a su vez, había picado a la rata negra (Rattus Rattus).
Tal fue el caos, el temor y la rapidez del contagio, que comenzaron a correr rumores sobre que eran los vampiros quienes transmitían la enfermedad: a raíz de esto, la gente comenzó a enterrar a sus difuntos, sin estar completamente seguros de que estaban muertos. Fue por eso que los aldeanos vieron levantarse de sus tumbas a sus seres queridos y conocidos atacados por la peste…y que estaban vivos.
Otra de las pestes que incrementó la creencia en los vampiros fue la tuberculosis, también conocida como Peste Blanca. Algunas de sus características, como debilidad, palidez, tos con sangre y falta de apetito, hicieron crecer la leyenda de que, al morir un tuberculoso, éste regresaba en busca de los vivos para satisfacer y aplacar su debilidad.
Gracias al avence de la ciencia, se ha podido detectar que lo que podría asociarse al padecimiento del vampirismo, como enfermedad –no como estilo de vida- se relaciona con la PORFIRIA. Esta enfermedad es un grupo de cerca de ocho desórdenes diferentes, pero todos tienen en común la acumulación de porifirinas o precursores de profirina en el cuerpo. La porfirina es uno de los bloques de la construcción del HEM –parte de la hemoglobina que contiene el hierro en los glóbulos rojos, que transportan el oxígeno al organismo.
Quienes padecen esta enfermedad muestran mala circulación, palidez extrema, fuertes dolores musculares, alucinaciones, crecimiento excesivo del cabello, cambios en el color de la piel, insomnio, paranoia, problemas de respiración, dientes café-rojizos, dolor abdominal, su orina se vuelve roja, y su piel se pone fotosensible, por lo que el contacto del sol puede provocarles quemaduras de tercer grado y desgarre en las zonas expuestas, así que solían recluirse de día.
A raíz del dialkisulfito que contiene el ajo y que actúa sobre la hemoglobina, se agudizan los ataques de porfiria: de ahí que según la leyenda, los ajos ahuyentan a los vampiros.

MUY INTERESANTE (edición chilena Nro. 267)