En los estudios lingüísticos-semánticos se sabe que las palabras no sólo pueden cambiar sus significados, sino incluso perderlos. Digamos, su significado propio u originario. Esto confirma la teoría de Charles Sanders Pierce de que todas palabras son, al fin, signos que tienen un sentido arbitrario, un significado establecido en consenso dentro de una misma sociedad, compartido por todos los hablantes de una misma lengua. Le ocurre a los nombres propios, y también a interjecciones y exclamaciones. Cuando un italiano dice porco cane piove o un español dice “coño, cómo llueve”, ni uno piensa en los perros, ni otro en el aparato sexual femenino.
Bien, esto es también lo que suele ocurrir con los insultos. Cuando decimos que “fulanito es un estúpido” sabemos, sí, lo que estamos diciendo, y, si no lo sabemos, acudimos al diccionario y allí nos lo explica:
estúpido. Necio, falto de inteligencia. // 2. Dícese de los dichos o hechos propios
de un estúpido // 3. Estupefacto, poseído de estupor
Todos los hispanohablantes dirían que cuando llamamos a alguien “estúpido” no le estamos llamando nada de lo que dice la definición académica. El significado de “superficie” de un insulto es precisamente eso: ‘insultar’.
A veces se pierde el significado original y se vuelve un hecho simplemente metafórico, que cuando decimos que alguien es “un cerdo” podemos querer decir que es una persona que, como los cerdos, no se lava, le gusta revolcarse en el fango, huele mal –por muy buen sabor que tenga–, pero también otros significados que no tienen nada que ver –que yo sepa– con el rico animal, como que es una persona que no se comporta como debe, que le ha hecho a alguien un daño, etc.
Cualquier adjetivo valorativo con connotación negativa sirve para insultar, como “feo”, “borracho”, “gordo”, “canijo” y un larguísimo etcétera.
Incluso con palabras que son ajenas a la valoración negativa en sí, pero que se pueden emplear con valor metafórico como “jirafa”, “cigüeña”, etc. Los animales –es sabido– son especialmente significativos para estos campos metafóricos. De hecho “canijo” es la evolución de caniculu, un diminutivo de caní, o sea perro.
De la misma manera, cuando decimos que alguien es “un canalla” le estamos diciendo que es un “hombre despreciable y de malos procederes”, que es lo que dice el DRAE que significa la palabra, pero es también un derivado de can, tomado del italiano canaglia a fines del siglo XV, lo mismo que el francés canaille. En portugués penetró un siglo más tarde, quizá a través del español.
“Insulto” es un cultismo del siglo XV, que originariamente significó «acometimiento violento o improviso para hacer daño» o «el daño ocasionado»2; solo en 1803 la Academia cambió la definición por la de «ofensa a alguno provocándole e irritándole con palabras o acciones». Antes se dijo “denuesto”.
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Muchas de las lenguas occidentales incluso tienen diccionarios de insultos como el francés3, el inglés4, el italiano5 y el español. Es imposible estudiar todos los insultos, por lo que vamos a hablar de los más frecuentes.
Me voy a detener unos momentos en el mundo animal. Los genéricos “bestia” o “animal” son muy conocidos y generales. Pero no todos los animales son propicios a ser empleados como términos negativos, puesto que depende de la valoración social de los mismos, así “caballo”, “gallo”, “león”, “tigre”, etc. Nunca son empleados como insultos, y sí, en cambio, “burro” o “mula”. Supongo que las características antonomásticas de ambos animales serán ciertas porque, entre otros motivos, se dan también en otras lenguas romances como el francés o el italiano. Frente a “gallo”, positivo, su hembra, la “gallina” es sinónimo de cobarde.
Hombre, muy valientes no es que sean, pero en fin. Las pobres gallinas, tan ricas y útiles, no salen bien paradas, porque, además de cómo insulto se emplean como símil sexual: “más puta que las gallinas”. Veíamos antes cómo tanto “canijo” como “canalla” eran derivados del latín cane. Sin embargo el perro o el gato no son términos que sirvan para insultar en el habla coloquial. Aunque a lo que acabo de decir conviene alguna precisión, pues desde 1984 dice el DRAE que “perro” puede significar ‘persona despreciable’, y en 1992 dice que “perra” puede significar ‘ramera’.
Dos ejemplos más. “Zorra” ‘ramera’ es acepción que ya aparece en el siglo XVII. Del mundo animal procede también “cobarde”, galicismo medieval, derivado del latín coda, es decir: ‘el que lleva el rabo entre las piernas’, como hacen algunos animales cuando huyen. Un ejemplo de la pérdida del valor semántico propio es el sintagma “hijo de puta”, que es verdad que tanto el primer sustantivo como el segundo mantienen plenamente su significado, pero que puede perderse; así, se puede decir “tu madre es una santa, pero tú eres un hijo de puta”. Luego, de un insulto originariamente a la madre de uno se ha pasado a lo que el DRAE define como «expresión injuriosa y de desprecio».
Como ya señalé en otra ocasión, en el Siglo de Oro el sintagma podía emplearse con valores positivos, elogiosos, y citaba el diálogo entre Sancho Panza y el escudero del caballero del Bosque en el que Sancho se enfadaba porque el otro había alabado a Sanchica llamándola “hija de puta”, y, poco después, Sancho alaba el vino que le ha ofrecido el escudero:
–¡Oh hideputa, bellaco, y cómo es católico.
–Veis ahí –dijo el del Bosque en oyendo el hideputa de Sancho– cómo habéis
alabado este vino llamándole hideputa.
No es el único ejemplo, así en Melchor de Santa Cruz (1574): «Cuando hace bien alguna cosa, luego dicen: ‘¡Oh, hideputa, y que bien lo hizo!”»; o en Feliciano de Silva (1534): «¡Hideputa, y cómo es bella y fresca la doncella!».Y, como es sabido, este valor positivo se conserva hoy en Andalucía, en donde se pueden oír frases como –referidas a una virgen – “hija puta, qué guapa eres”. Fines del siglo XIV en la Celestina y en los Siglos de Oro hay una verdadera “explosión” de su uso: en el CORDE hay 104 ejemplos en 82 documentos de “hideputa”, mucho más frecuente que el del sintagma pleno, del que sólo hay 12 ejemplos. La libertad de expresión de este tipo de léxico se veía tan natural en la época que incluso Valdés lo pone como ejemplo.Es curioso comprobar cómo el pudoroso siglo XVIII hace desaparecer la
expresión de la lengua escrita.
.En el CREA (corpus diacrónico del español) no hay ejemplos hasta 1975, lo que es sintomático
de la censura franquista. A partir de entonces abunda –591 ejemplos contemporáneos–, y también, en menor medida –32 ejemplos– el sintagma apositivo “hijo puta”. Los testimonios de la forma femenina –”hija de puta” – son, al parecer, recientes. “Tonto” y “bobo” son dos palabras que pueden admitir diminutivos y por lo tanto decirse en tono afectivo. Recordemos, por otra parte, que en latín significaba ‘tartamundo’.
Muy frecuente, y en numerosas ocasiones empleados como sinónimos, son “idiota”, “imbécil” y “estúpido”. Son más fuertes que los anteriores, y no admiten, por tanto diminutivos. “Idiota” es un cultismo del siglo XV. El Diccionario de Autoridades la define como «el ignorante que no tiene letras; en 1817 cambia a «persona rústica, negada y muy ignorante._Ya en 1884 cambia totalmente: «falto de entendimiento, imbécil» Hay que decir que “idiotez” es definida como «trastorno mental, caracterizado por la falta congénita y completa de las facultades intelectuales». Esta es la historia académica de la palabra. Ahora bien, no sé si yo llamaría “idiota” a una ‘persona engreída sin fundamento’.
De todas formas, lo más interesante de esta palabra es su estrecha relación etimológica con “idioma”, cultismo del siglo XV, es decir: del griego, ‘propio, personal’.“Imbécil” es también un latinismo del siglo XVI, que significaba ‘débil, flojo’; solo en 1843 la Academia lo acepta con su significado actual: «alelado, escaso de razón»
“Estúpido” es también latinismo del siglo XVIII, En latín su significado originario era ‘asombrado, fascinado’, pero ya en época clásica pudo significar ‘necio, insensato’Presenta la misma raíz que “estupor”, “estupendo” o “estupefaciente”. La definición inicial era «bruto, insensato y estólido», que se cambió en 1791 por «el notablemente torpe en comprehender las cosas», y, en 1970, por la actual: «necio, falto de inteligencia», aunque también recoge como tercera acepción «estupefacto, poseído de estupor», acepción esta que no he encontrado nunca.
Partiendo de la base de que todo adjetivo con valores negativos puede ser empleado como insulto, como, por ejemplo, “insensato”, “caradura”, etc., hay algunos términos que son particularmente y casi exclusivamente insultos como “gilipollas” y “cabrón”. “Gilí”, es un gitanismo del español del siglo XIX, en gitano significa ‘inocente, cándido’, y en español ‘tonto, lelo’. La forma compuesta, “gilipollas”
«Dícese de la persona que hace o dice tonterías o que se comporta como un estúpido o un cobarde». Creo que sobra lo de «cobarde» y que es más bien ‘el estúpido y cretino en grado máximo’.
En la sierra de Cazorla, en España “gilipollas” significa ‘orgulloso, quisquilloso’, como variante significativa del uso general.
“Zopenco” es palabra de aparición relativamente tardía –en 1758, P. Isla– y ya aceptada por la RAE en 1803.
Con “cabrón” entramos en el mundo de los insultos que hacen referencia al mundo sexual, que no son muchos, por otra parte. Así a la mujer se le insultará preferentemente con la voz “puta”. Ignoro desde cuándo los cuernos son el símbolo de la persona a la que su mujer engaña; se dice que es porque el macho cabrío no lucha con otros machos para impedir que otro cubra a su pareja. De hecho la definición académica va en esta dirección, así en Autoridades se dice que cabrón es «metafóricamente el que sabe el adulterio de su mujer y le tolera o solicita».
En la primera acepción, la de «macho de la cabra», dice que «por estar comúnmente tomada en mal sentido esta palabra, se llama y expresa por la de macho de cabrío». En 1970 se amplía esta definición con varias acepciones más, así la tercera es «el casado con mujer adúltera», es decir, sin que haya consentimiento por parte del marido, la cuarta es «el que aguanta los agravios o impertinencias de que es objeto» y la quinta «el que hace cabronadas o malas pasadas a otro», que es la acepción con la que solemos emplear esta palabra.
Existen variaciones genéricas; así, hay “puto” y “cabrona”. La primera, ya en el siglo XIII, está entre los insultos que castigan los fueros –como veremos– ya que puto significaba originariamente ‘el que comete el pecado nefando’, es decir ‘homosexual’, y con tal significado está ya en el siglo XIII y se conserva en zonas de Hispanoamérica; sólo en 1984 este viejo significado pasa a ser la tercera acepción, para constituir la primera la ‘adjetivo denigratorio’, y la segunda la de ‘necio, tonto’.
“Cabrona” es más reciente, de fines del siglo XIX, y se emplea frecuentemente como adjetivo –”cabrona suerte” (Zorrilla)–. Es normal, puesto que también ocurre con “puto” y “puta”, bien como adjetivo denigratorio “puta suerte” o encomiástico “de puta madre” por antífrasis.Es interesante señalar la existencia de derivados como “cabronada” y “putada”.
También andaluza es la voz “jigona”, como era de esperar al ser andaluza la acepción de ‘higo’ (con aspiración de la hache) ‘coño’. Así es que es el equivalente del castellano “chochona” y del masculino “huevón”.Referencia al mundo sexual, es más explícito el Fuero de Madrid, aunque en el de Plasencia se entiende que si a un hombre se le llama “jodido” se entiende que es llamarlo homosexual. Todavía hoy se dice “jodido por culo” o “jodido maricón” como insulto –además de los otros empleos de “jodido”