En un artículo anterior hablábamos de las simulaciones realizadas por ordenador en 2007 según las cuales los principios fundamentales para el desarrollo de la vida tendrían su origen en el polvo cósmico, el cual parece contener en sí mismo la información necesaria para ello.
Un proceso eléctrico llamado polarización organizaba las partículas de estas nubes cósmicas en estructuras más y más complejas a lo largo del tiempo, de manera que los granos de polvo cósmico podían auto-organizarse bajo estructuras en forma de hélices, semejantes al ADN. Las partículas interactuaban con sus vecinas, evolucionaban hacia otras formas y se dividían para formar copias de sí mismas, adquiriendo cierto tipo de memoria reproductiva y evolutiva en su relación con el medio.
Según dice el artículo, una vez en forma de hélice, las partículas se pueden dividir por sí mismas en dos hélices idénticas, mostrando las señales de memoria en sus estructuras. El diámetro de las hélices varía a lo largo de la estructura y la disposición de estos diversos sectores se repite en otros cristales, originándose lo que podríamos llamar una forma de código genético
Desde entonces, diferentes estudios han apuntado a las nubes cósmicas como el medio más probable donde se inicia la síntesis de las moléculas necesarias para la vida. Después, es cuestión de encontrar los elementos apropiados con los que combinarse y dar los siguientes pasos para que estos conjuntos evolucionen en complejidad.
Desde hace años, los científicos sabían que los meteoritos contienen ciertos bloques de construcción del ADN, la molécula que porta las instrucciones genéticas para la vida. Pero existía la duda de que los elementos hallados en las rocas provinieran realmente del espacio o no fueran más que el fruto de la contaminación terrestre.
En agosto de 2011, la NASA hizo públicas las pruebas de que, efectivamente, las estructuras base para la creación de la vida no tenían un origen terrestre, respaldando así la tan rechazada teoría de la panspermia, según la cual la vida pudo llegar a la Tierra a bordo de asteroides o cometas que impactaron contra ella.
A esto se sumaba una investigación publicada algunos meses atrás según la cual los asteroides son centros de producción de aminoácidos. Según los investigadores, un equipo del Goddard Space Flight Center de la NASA, una amplia gama de asteroides, más de los que se creía, son capaces de crear los aminoácidos fundamentales que sustentan la vida en la Tierra.
Existen dos variedades de aminoácidos, las cuales resultan imágenes especulares una de la otra, como las manos de una persona. La vida en la Tierra utiliza exclusivamente el denominado “tipo zurdo” que es la forma que los investigadores descubrieron en muestras de meteoritos que provenían de asteroides ricos en carbono. Los impactos de los meteoritos podrían haber traído a la Tierra este material y haberlo incorporado a la evolución de la vida en este planeta.
Hasta ahora, aún quienes contemplaban la teoría de la panspermia como algo posible consideraban que las opciones de que un meteorito impactase contra un planeta adecuado para la vida eran mínimas, casi un milagro. Sin embargo, a día de hoy cabe añadir otro ingrediente.
A los continuos descubrimientos de planetas pertenecientes a otras estrellas realizados en los últimos años, hay que añadir la existencia, confirmada hace apenas un año, de los planetas errantes, aquellos que vagan libres por el espacio, sin ataduras a un sistema estelar, pero que en algún momento pueden ser atrapados y convertirse en planetas orbitando en torno a un sol.
Hace unos días, Chandra Wickramasinghe, director del Centro de Astrobiología en la Universidad de Buckingham, Reino Unido, uno de los principales defensores de la teoría de la panspermia, publicaba un estudio en el que afirma que en nuestra galaxia pueden existir cientos de miles de millones de planetas errantes, tantos o incluso más que estrellas.
Estos planetas que flotan libremente pueden impregnarse del polvo cósmico durante sus paseos y repartirlo de un sistema solar a otro, como si se tratara de insectos que transportan el polen de una flor a otra. Es más, tendrían la capacidad añadida de mezclar diferentes tipos de estructuras moleculares según su composición.
Volviendo a los asteroides, sus impactos no sólo posibilitan la introducción de los aminoácidos en un entorno, sino que también pueden volver a liberar al espacio las estructuras potenciales de vida y esparcirlas en busca de otra oportunidad. En este sentido, un estudio llevado a cabo por científicos mexicanos ha analizado las probabilidades de que, si en algún gran impacto contra la Tierra hubieran sido expulsados elementos orgánicos, éstos hubiesen podido llegar a otros planetas cercanos:
Las simulaciones muestran que las partículas expulsadas de la Tierra podrían llegar a Júpiter y que las que chocan con Marte son dos órdenes de magnitud mayor que las vistas en estudios anteriores. Los investigadores creen que ambos resultados tienen una importancia astrobiológica, especialmente debido a la búsqueda de evidencias de entornos capaces de sustentar vida en Marte y las lunas de Júpiter Europa y Ganímedes.
Los investigadores matizan que la probabilidad de que las partículas alcancen algún objetivo atractivo también depende del lugar de la Tierra desde donde han sido expulsadas. En general, las probabilidades, aunque existan, son siempre pequeñas, según reconocen los investigadores. Nuevas simulaciones aún más precisas serán necesarias para determinar, con mayor seguridad, si la vida terrestre pudo haber alcanzado otro mundo. Si una vez allí consiguió aferrarse y expandirse, ya es otra historia. (ABC ciencia)
Pero aún queda otro invitado más que añadir a toda historia: las enanas marrones.
Este tipo de objetos se caracteriza por estar a medio camino entre la consideración de planeta y de estrella. Los astrónomos suelen referirse a ellos como “estrellas fallidas”, debido a que, aunque poseen características básicas propias de una estrella, no tienen masa suficiente para que sus núcleos generen fusiones nucleares. Es por ello que no brillan y son imperceptibles a simple vista. En cuanto a su temperatura, pueden llegar a bajar de los 100 ºC. De hecho, la más fría conocida posee una temperatura atmosférica de 25ºC.
A finales de abril, científicos de la Universidad de Penn State descubrieron ondas de radio en una enana marrón, superando así los récords anteriores para la temperatura estelar más baja en la que se pueden producir ondas de radio. Según los investigadores, esto supone la existencia de una magnetosfera que la protege de los rayos cósmicos y, del mismo modo que el campo magnético terrestre nos protege del viento solar, el saber si los campos magnéticos planetarios son comunes o no a lo largo de la galaxia nos permitiría comprender las posibilidades de encontrar vida más allá del Sistema Solar.
Nubes cósmicas, planetas errantes, asteroides, enanas marrones cálidas y protegidas… En fin, todo un cóctel, si no para reflexionar, al menos para soñar un Universo no tan solitario…