¿Qué es el miedo? ¿Qué significa temer? ¿Qué permite que una simple sensación corpórea pueda paralizarnos, dejarnos perplejos, atónitos, mudos? ¿Qué extraño mecanismo hace que ante tal estímulo, el cuerpo de hiele y el alma se esconda?
¿Por qué lo bueno, es bueno? ¿Por qué lo malo duele? ¿Por qué la risa cuesta, la hipocresía molesta y el dolor deja huellas? ¿Por qué el porqué es protagonista? ¿Por qué los sueños se despiertan? ¿Por qué la muerte es final? ¿Por qué el miedo paraliza?
Una y mil preguntas, una y mil disparos en la sien que abren hondas cicatrices, hielan los sentidos y oxigenan las neuronas invitando a pensar, mientras que la sangre rueda por el cuerpo y motiva a sentir.
A veces, esos extraños visitantes vestidos de interrogación molestan una realidad placentera, otras veces despiertan neuronas perezosas, y otras tantas incomodan en un presente que da la espalda para suponer un vivir mejor, fanatizado por el facilismo y el "por algo pasa", "así estoy mejor".
Firme representante del cuestionar para bien, soldado de armas tomar del buscar vientos mejores, hoy vuelvo a dar cara a lo inhóspito, poniendo en jaque a mi propio cuerpo, abrumado de sensaciones, de fobias, y de hondos temores al parecer ineludibles dentro de la estructura humana.
Hoy reniego sobre mis propios sentimientos intentando encontrarle sentido al miedo (si es que lo tiene), coherencia al temor (si es que este existe), y explicación a lo que nos paraliza (si es que lo merece). ¿Son todos estos estados reales o son meros inventos de cabezas deseosas por encontrar fronteras y no ir más allá? ¿No son simples trampas de la mente para saber que eso no se debe y aquello no se puede? ¿Por qué vil motivo, vivimos clasificando inútilmente lo inclasificable?
Creo ser un fiel convencido de que todo encuentra fin y principio en uno mismo, y que en cada ser, diferentes situaciones de vida, toman forma y encuentran sentido de una forma particular, propia... única.
El miedo, el temor, la sinrazón, lo inútil, lo imposible, lo cruel, lo dulce, se representan en cada piel, en cada alma y en cada corazón en un modo singular, poniendo en funcionamiento los sentidos, los procesos de la razón… y también los latidos.
Tengo la firme posición de reconocer que al momento que una duda nos atrapa y que una extraña sensación nos hiela el cuerpo, nos impide pensar, y nos encierra entre paredes, todo pasa en un universo mundano, molesto de coherencias, en busca de silenciar y adoctrinar nuestras almas escurridizas.
Nada de eso es real, solo imaginamos ello para convencernos que hasta allí llegamos y que no podemos seguir peleando. Conformistas, temerosos… y quizás cobardes.
Es por eso que día a día invito a creer, en lugar de pensar, aferrado a una ilusión, a un sueño, a ser parte de mundos paralelos donde podamos convivir con en armonía con la duda, saludar a los miedos y desayunar con el temor.
Un mundo donde podamos librarnos al fin de esas cárceles del alma, y de esas trampas de nuestra razón, empuñando las armas del corazón, y decidido de una vez y para siempre a derribar los muros de mi mente.
Estoy completamente seguro que los únicos límites que pueden afectarnos el alma son los que habitan en nuestro propio ser. Conjeturas ineludibles para unos, necesarias para otros, vivimos construyendo MUROS en nuestra cabeza, y cercando el alma para “evitar” males peores… cobardes autodefinidos y conscientes de tal evasión.