Estas son cuentos, por asi decirlo, que escribe un amigo mio como parte de su libro.. y me pidio que las ponga aca en Taringa para saber que opina la gente mas alla de mi, que por cierto me parece genial lo que escribe.. Si es largo, pero si no tenes ganas de leerlo directamente evita hacer cualquier comentario pelotudo onda "NO LEI UN CARAJO".. si no tenes ganas de leer Alt+f4.. o si tenes google chrome ctrl+shift+n y entra a youjizz.com y no molestes x aca.. Y si te tomas el tiempo de leerlo por favor despues decime que opinas..
La puntualidad de los gallos suele ser un hecho digno de admiración y envidia para los humanos. Clavadas las seis, se escucharon los primeros cantos, un poco roncos por ser los primeros, cualquiera hubiera gritado “Sacalo a pasear” pero en este caso era una redundancia absurda.
La cosa es que lograron despertarlo, justo a la hora indicada para comenzar uno de los días que tanto había esperado. Para colmo, ni una nube, un sol radiante que terminaba de encantar la mañana, esa mañana que uno tanto espera que llegue tras largas y largas noches de tristeza, dolor, desesperanza, sueños rotos y todo lo que tiene que ver con padecer las injusticias de esta vida. Levantate Inés, ya es la hora, dijo Oscar a su señora mientras se acomodaba los pantalones, Dale amor, mirá de hermoso que está el día, desayunemos juntos antes que me valla. Como gran compañera que era, abrió los ojos, se dejó enamorar por la, realmente, hermosa mañana y se fue a lavar la cara. Hacía años que habían esperado este día, pues, tras pasar años y años de sequías económicas, donde subsistir diariamente era una misión casi imposible, hoy, tras un largo camino de plegarias, su marido había conseguido trabajo. El plan del gobierno había resultado cierto y el había sido seleccionado para ingresar en una de las empresas en cuestión. Claro, estudios no tenía, nunca le dieron la oportunidad de tenerlos, pero si era un hombre de bien, respetuoso, muy religioso y con un gran corazón. Sentados ya los dos en la mesa, compartían el bollo que había quedado de ayer, Oscar lo mojó en el mate, mientras que Inés casi se atraganta cuando dijo, Los chicos, Que pasa con los chicos, Hoy empiezan la escuela, anda y despertados mientras yo les preparo el mate. Claro, olvido del autor, hoy también sus chicos empezaban la escuela. Pues la escuela que había prometido el candidato victorioso había sido construida en tiempo y forma, y justo a unas pocas treinta cuadras de donde vivían. Lucas, de ocho, Luis, de nueve, y Silvana de doce eran los que por primera vez podrían pisar, junto a cientos y cientos de chicos, una escuela, y no solo eso, podrían ponerse, por primera vez, uno de los cientos de delantales que regaló la nueva gestión política. Ahora si, ya todos en la mesa, un poco apurados culpa del olvido propio de la falta de costumbre, o dicho en otras palabras, de la costumbre a lo que no debe ser costumbre, estaban listos para salir rumbo a su nueva vida, esa de la que por momentos se creyeron hasta indignos de tener, vaya a saber quienes se encargaron de convencerlos de eso, vaya a saber si ya tuvieron su castigo. Vayan y vuelvan juntos, Si mamá, Cuídense y tengan mucho cuidado, Si mamá, Y aprovechen cada segundo de esta oportunidad, así puedan ser libres el día de mañana y no ser presos de esta ignorancia que nos condena a tu papá y a mí, obvio que el sí mama no estuvo, si hubo una bajada de cabeza y luego un beso y abrazo de cada crío a su madre, Oscar miraba de costado, escondiendo las lágrimas que se le caían, un tercio de dolor, un tercio de impotencia, un tercio de emoción, el diez restante imagíneselo el lector. Saludaron desde la puerta, Oscar e Inés se dieron un beso que dijo más que mil palabras, y un abrazo que represento todos los gestos posibles, y salieron los cuatro.
Caminaron rumbo a la parada, otra novedad, habían pavimentado las calles y posibilitado que el colectivo pase por ahí, primero los dejaría a los chicos y luego lo acercaría un poco más a él a su destino. Esperaron cinco minutos, de a poco iba llegando gente al baile, todas caras conocidas, en los barrios todos se conocen, pero la novedad era el blanco en su ropa, el delantal, el cuaderno que sostenían algunos con la derecha, otros con la izquierda, y también otros como Oscar, empilchados con lo mejor entre lo peor y con la sonrisa de oreja a oreja. Ahí está, gritó uno, y todos se pusieron en fila, buscaron entre sus bolsillos el abono que el nuevo gobierno les había regalado y empezaron a subir uno por uno. Cuidado, Gracias, No, no es nada, dijo Oscar a una señora que casi se nos pierde a mitad del relato culpa de la ansiedad del colectivero, nunca frenan del todo, nunca. Encontraron libre tres asientos, Luis se sentó con Silvana y Lucas compartió asiento con Romina, la hija del almacenero. Con delantal parece más linda, decía por dentro, Ni el delantal lo salva a este, sentenciaba nuestra amiga para tristeza de Lucas. Oscar parado, sujetado al caño e intentando ser lo mas discreto con la señora que estaba de espaldas a él. La que no se preocupaba por lo mismo era la señora, tenía puesta la reversa parece. El sol empezaba a calentar un poco, y con eso las desventajas del delantal se comenzaban a conocer, Che que son caliente estos cosos, se quejó Luis, Da gusto pagar este precio, dijo Silvana mostrando siempre la madurez de la mayor. El timbre que indicaba la parada sonó, y el saludo de Oscar terminó de despedir a sus hijos hacia su nuevo destino, Acuérdense de lo que les dijo mamá, Si papá, juraron. Mientras el colectivo empezaba a moverse, Oscar no podía sacarle la vista a sus tres hijos que junto con tantos otros comenzaban a prepara los cimientos para una vida mejor. Había pasado ya un tiempo, para colmo el sol decía presente cada vez con mas fuerza, Me dice la hora, tuvo que decir a la señora de adelante quién con una sonrisa de cómo si hubiera estado esperando este momento durante todo el recorrido, le respondió, Son las Siete y diez, Muchas gracias, Para lo que guste, prefirió ya no responder. Faltaban veinte minutos para llegar con la puntualidad que él mismo, no hacía falta que nadie mas lo haga, se exigía. Cerró los ojos un momento, los volvió a abrir, miró por la ventana, ya estaba en el centro, trató de ubicarse rápido, y sí, estaba a dos cuadras de la parada, sintió que era tiempo de rezar, de pedir y agradecer, cerró los ojos y cuando estaba por comenzar a decir el padre nuestro, Amor, amor, despertate, ya son las ocho, Oscar abrió los ojos, se despertó de ese sueño, se lavó la cara, se puso la ropa, agarró el documento y se fue a votar, rogando que esta vez cumplan las promesas, así no se le rían mas, y la democracia deje de llorar.
La puntualidad de los gallos suele ser un hecho digno de admiración y envidia para los humanos. Clavadas las seis, se escucharon los primeros cantos, un poco roncos por ser los primeros, cualquiera hubiera gritado “Sacalo a pasear” pero en este caso era una redundancia absurda.
La cosa es que lograron despertarlo, justo a la hora indicada para comenzar uno de los días que tanto había esperado. Para colmo, ni una nube, un sol radiante que terminaba de encantar la mañana, esa mañana que uno tanto espera que llegue tras largas y largas noches de tristeza, dolor, desesperanza, sueños rotos y todo lo que tiene que ver con padecer las injusticias de esta vida. Levantate Inés, ya es la hora, dijo Oscar a su señora mientras se acomodaba los pantalones, Dale amor, mirá de hermoso que está el día, desayunemos juntos antes que me valla. Como gran compañera que era, abrió los ojos, se dejó enamorar por la, realmente, hermosa mañana y se fue a lavar la cara. Hacía años que habían esperado este día, pues, tras pasar años y años de sequías económicas, donde subsistir diariamente era una misión casi imposible, hoy, tras un largo camino de plegarias, su marido había conseguido trabajo. El plan del gobierno había resultado cierto y el había sido seleccionado para ingresar en una de las empresas en cuestión. Claro, estudios no tenía, nunca le dieron la oportunidad de tenerlos, pero si era un hombre de bien, respetuoso, muy religioso y con un gran corazón. Sentados ya los dos en la mesa, compartían el bollo que había quedado de ayer, Oscar lo mojó en el mate, mientras que Inés casi se atraganta cuando dijo, Los chicos, Que pasa con los chicos, Hoy empiezan la escuela, anda y despertados mientras yo les preparo el mate. Claro, olvido del autor, hoy también sus chicos empezaban la escuela. Pues la escuela que había prometido el candidato victorioso había sido construida en tiempo y forma, y justo a unas pocas treinta cuadras de donde vivían. Lucas, de ocho, Luis, de nueve, y Silvana de doce eran los que por primera vez podrían pisar, junto a cientos y cientos de chicos, una escuela, y no solo eso, podrían ponerse, por primera vez, uno de los cientos de delantales que regaló la nueva gestión política. Ahora si, ya todos en la mesa, un poco apurados culpa del olvido propio de la falta de costumbre, o dicho en otras palabras, de la costumbre a lo que no debe ser costumbre, estaban listos para salir rumbo a su nueva vida, esa de la que por momentos se creyeron hasta indignos de tener, vaya a saber quienes se encargaron de convencerlos de eso, vaya a saber si ya tuvieron su castigo. Vayan y vuelvan juntos, Si mamá, Cuídense y tengan mucho cuidado, Si mamá, Y aprovechen cada segundo de esta oportunidad, así puedan ser libres el día de mañana y no ser presos de esta ignorancia que nos condena a tu papá y a mí, obvio que el sí mama no estuvo, si hubo una bajada de cabeza y luego un beso y abrazo de cada crío a su madre, Oscar miraba de costado, escondiendo las lágrimas que se le caían, un tercio de dolor, un tercio de impotencia, un tercio de emoción, el diez restante imagíneselo el lector. Saludaron desde la puerta, Oscar e Inés se dieron un beso que dijo más que mil palabras, y un abrazo que represento todos los gestos posibles, y salieron los cuatro.
Caminaron rumbo a la parada, otra novedad, habían pavimentado las calles y posibilitado que el colectivo pase por ahí, primero los dejaría a los chicos y luego lo acercaría un poco más a él a su destino. Esperaron cinco minutos, de a poco iba llegando gente al baile, todas caras conocidas, en los barrios todos se conocen, pero la novedad era el blanco en su ropa, el delantal, el cuaderno que sostenían algunos con la derecha, otros con la izquierda, y también otros como Oscar, empilchados con lo mejor entre lo peor y con la sonrisa de oreja a oreja. Ahí está, gritó uno, y todos se pusieron en fila, buscaron entre sus bolsillos el abono que el nuevo gobierno les había regalado y empezaron a subir uno por uno. Cuidado, Gracias, No, no es nada, dijo Oscar a una señora que casi se nos pierde a mitad del relato culpa de la ansiedad del colectivero, nunca frenan del todo, nunca. Encontraron libre tres asientos, Luis se sentó con Silvana y Lucas compartió asiento con Romina, la hija del almacenero. Con delantal parece más linda, decía por dentro, Ni el delantal lo salva a este, sentenciaba nuestra amiga para tristeza de Lucas. Oscar parado, sujetado al caño e intentando ser lo mas discreto con la señora que estaba de espaldas a él. La que no se preocupaba por lo mismo era la señora, tenía puesta la reversa parece. El sol empezaba a calentar un poco, y con eso las desventajas del delantal se comenzaban a conocer, Che que son caliente estos cosos, se quejó Luis, Da gusto pagar este precio, dijo Silvana mostrando siempre la madurez de la mayor. El timbre que indicaba la parada sonó, y el saludo de Oscar terminó de despedir a sus hijos hacia su nuevo destino, Acuérdense de lo que les dijo mamá, Si papá, juraron. Mientras el colectivo empezaba a moverse, Oscar no podía sacarle la vista a sus tres hijos que junto con tantos otros comenzaban a prepara los cimientos para una vida mejor. Había pasado ya un tiempo, para colmo el sol decía presente cada vez con mas fuerza, Me dice la hora, tuvo que decir a la señora de adelante quién con una sonrisa de cómo si hubiera estado esperando este momento durante todo el recorrido, le respondió, Son las Siete y diez, Muchas gracias, Para lo que guste, prefirió ya no responder. Faltaban veinte minutos para llegar con la puntualidad que él mismo, no hacía falta que nadie mas lo haga, se exigía. Cerró los ojos un momento, los volvió a abrir, miró por la ventana, ya estaba en el centro, trató de ubicarse rápido, y sí, estaba a dos cuadras de la parada, sintió que era tiempo de rezar, de pedir y agradecer, cerró los ojos y cuando estaba por comenzar a decir el padre nuestro, Amor, amor, despertate, ya son las ocho, Oscar abrió los ojos, se despertó de ese sueño, se lavó la cara, se puso la ropa, agarró el documento y se fue a votar, rogando que esta vez cumplan las promesas, así no se le rían mas, y la democracia deje de llorar.
Hernan J. Moina