Niels Bohr
Christian Bohr fue (o tuvo que ser) una persona muy afortunada. Fue un hombre inteligente, un catedrático de fisiología, descubridor del “efecto Bohr” que explica que la entrada de oxígeno en la sangre, es decir, la conexión de la sangre con la hemoglobina, se da más fácilmente en los pulmones que en el resto de tejidos.
Tenía un hijo llamado Harald Bohr, que fue uno de los matemáticos más grandes de Dinamarca y catedrático de la Universidad de Copenhaguen. Pero no creáis que era un estudiante normal y corriente o el clásico empollón: Harald fue titular del equipo de fútbol en la goleada más grande en la historia de los partidos oficiales de selecciones jugados en Europa, un Dinamarca-Francia que acabó con 17-1 en las semifinales de los juegos olímpicos de Londres en 1908. La selección danesa perdió la final obteniendo la medalla de plata.
También estaba allí como portero reserva el otro hijo de Christian. Este otro se llamaba Niels Bohr, premio Nobel de física en 1922, un año después del de Albert Einstein (vaya dos fenómenos). Mientras hacía sus estudios universitarios en Cambridge jugó como portero titular en diversas ligas.
El hijo de Niels Bohr se llamaba Aage Bohr y también fue premio Nobel de física más de 50 años después que lo consiguiera su padre. Un fenómeno en física nuclear.
No será extraño que esta familia aporte en un futuro más sorpresas.
Pero de todos ellos, Niels es el más famoso. Aparte de ser el que dio el primer modelo de átomo incluyendo la teoría cuántica y la constante de Planck, fue quien tuvo que defenderla ante los terribles ataques a la que sometió Albert Einstein, en un debate e intercambio abierto de ideas que duró más de 20 años. Su trabajo ayudó a impulsar el concepto de que los electrones se encuentran en capas y que los de la última determinan las propiedades químicas de un átomo. Demostró que el uranio 235 es el isótopo del mismo que experimenta la fisión nuclear. Estuvo en el equipo que trabajaba en la construcción de la primera bomba atómica en Los Álamos (Nuevo México), hasta su explosión en 1945. Se opuso a que el proyecto se llevara a cabo en secreto por que temía las consecuencias de este nuevo invento. En 1945, regresó a la Universidad de Copenhague donde comenzó a desarrollar usos pacifistas para la energía atómica. Organizó la primera conferencia “Átomos para la paz” en Ginebra, celebrada en 1955, y dos años más tarde recibió el primer premio “Átomos para la paz”.
Lo dicho, Christian Bohr, cabeza de la saga, tuvo que ser un hombre muy afortunado. Las habas a cocer en esta casa debían ser pocas o, al menos, de calidad.
La parte divertida de esta historia es que se cuenta que en un partido de fútbol contra un club alemán estaba Niels Bohr de portero. La mayor parte del encuentro se daba en campo alemán, así que Niels se aburría. De repente, el balón fue rodando hacia la portería danesa y todos esperaban que Niels saliese y lo atrapase. Pero sorprendentemente él siguió parado en la portería, dedicando su atención a uno de los postes. El balón habría entrado de no ser por los gritos de un espectador. Tras el partido, él dio la explicación: de repente se le había ocurrido un problema matemático que le absorbió tan intensamente que había hecho cálculos en el poste de la portería.
¿Qué esperabais de uno de los padres de la teoría cuántica?
Es una verdadera lástima que los jugadores profesionales de fútbol de hoy día desconozcan, con toda seguridad, esta historia.
Otto Frish le explicó que el núcleo de uranio se había fisionado y Bohr le dijo que esperaría a que lo publicara antes de decir nada. No puedo imaginar cómo debe sentirse uno cuando es una de las pocas personas en el mundo que tiene una valiosísima información. Al día siguiente de la conversación Bohr partía para los EEUU.
Primero le trasladaron en un “Mosquito” a través del Mar del Norte. Sumido en sus reflexiones sobre física no se dio cuenta que el piloto le decía que se pusiera la mascarilla de oxígeno, así que cuando llegó a gran altura se desvaneció. Luego tomó un barco para los EEUU. Durante el viaje explicó el asunto de la fisión a Leon Rosenfeld, que viajaba con él, pero se olvidó mencionar su promesa a Otto Frisch. En cuanto llegaron, Rosenfeld difundió la noticia a los cuatro vientos en Princeton.
En Washington se hizo una pequeña conferencia de física teórica. Ese día Niels Bohr era uno de los invitados y se desvió la discusión de un tema relativamente poco incitante a debatir si la fisión del núcleo podía llevar a cabo una liberación de energía nuclear a gran escala. Muchos físicos, Enrico Fermi entre ellos, se dieron cuenta inmediatamente de las implicaciones del descubrimiento. De hecho, Fermi subió a la pizarra y escribió algunas fórmulas relativas al proceso de fisión.
El corresponsal de un periódico de Washington había estado dormitando durante toda la conferencia pero en cuanto vio la situación despertó de golpe y empezó a tomar notas. Merle Tuve, otro físico nuclear, le señaló inmediatamente la puerta para que se marchara argumentando que lo que se discutía era muy técnico para él. Fue el primer paso en normas de seguridad en lo referente al desarrollo de la energía atómica. No obstante, lo que había oído salió al día siguiente en los periódicos. A la mañana siguiente, Robert Oppenheimer llamó a George Gamow para saber qué sucedía. Y así empezó el desarrollo de la bomba atómica.
Por otro lado los físicos corrieron a repetir las experiencias en diferentes universidades. En la Universidad de Columbia (New York), en la Carnegie Institution (Washington), en Baltimore y en Berkeley se realizaron casi simultáneamente las mismas experiencias. El New York Times atribuyó el descubrimiento a Columbia. Pero después de mucho esfuerzo Bohr consiguió que las prioridades fueran respetadas atribuyendo el mérito a Frisch que era a quien correspondía.
Da gusto ver cómo actúan las personas honradas.
Dicen los que le conocieron personalmente que es imposible definirlo a una persona que nunca lo haya conocido o trabajado con él.
De niño no parecía inteligente. Por si fuera poco, hablaba a medias debido, en parte, a un leve defecto del habla. Decían que al hablar no exponía una conclusión, sino que parecía perseguirla, pero cuando uno conocía el modo en que se expresaba era emocionante discutir con él, especialmente si discutía sus ideas. Eso sí, al discutir estaba en su mejor forma.
Afirman que tenía lentitud de pensamiento fuera en el tema que fuera, incluidas las reuniones científicas.
Cuando algunos físicos tomaban café o se ponían a jugar a ping-pong mientras discutían de física, aparecía Bohr diciendo que estaba muy cansado y que le apetecía “hacer algo”. Ese “hacer algo” era indefectiblemente ir al cine. Le encantaban las películas del oeste. Pero era terrible ir a ver con él una de ellas. No podía seguir el argumento y de vez en cuando soltaba preguntas del tipo: ¿Es esta la hermana del cowboy que mató de un tiro al indio que quiso robar un rebaño de ganado que pertenecía a su cuñado?.
Muchas veces cuando llegaba un físico visitante exponía brillantemente sus últimos avances en teoría cuántica. Todo el mundo lo entendía perfectamente, menos Bohr. Así que todos intentaban explicarle el razonamiento o el punto donde se había equivocado. En medio de la discusión, todo el mundo acababa por no comprender nada. Después de mucho tiempo, Bohr empezaba a comprender y resultaba que lo que él había comprendido era lo correcto y que lo que había dicho el físico visitante que había expuesto la idea estaba equivocado. Vamos, lento pero implacable.
Todos los textos que he podido encontrar de otros físicos hablando de él son, simplemente, palabras de admiración. Las que más me gustan pertenecen al impresionante Sheldon L. Glashow, Premio Nobel de Fisica en 1979, quien escribió:
Había también colegas de muchos otros países: de Finlandia, de Francia, de Noruega, de España, de Yugoslavia, de Italia (…) Todos habíamos ido a Dinamarca atraídos por la reputación y le personalidad de Niels Bohr.
El hombre que había formulado las leyes de la teoría cuántica era todavía un científico en activo y visible. En los seminarios nadie se atrevía a sentarse en la última butaca de la primera fila a la derecha, ya que estaba reservada a Bohr. Asistía a muchas charlas y siempre hacía preguntas pertinentes. Sostuve varias conversaciones con él en el comedor del instituto, pero apenas recuerdo ya lo que dijo. En ocasiones no sabía bien si hablaba en inglés o en danés. Aunque entendía sus palabras, el sentido exacto de lo que decía se me escapaba con frecuencia. Uno de sus dichos favoritos era “que la claridad de tus palabras no supere la de tus pensamientos”. Einstein había dicho de él: “Manifiesta sus opiniones como quien anda siempre tanteando y no como quien cree estar en posesión de la verdad definitiva”; la misma impresión me produjo a mí.
Al margen de que hablara con torpeza y de que hubiera desplazado sus intereses hacia los trascendentes problemas de la guerra, la paz, la filosofía y la política, haber conocido a Bohr es una de las experiencias más gratas de mi vida. Cada vez que empiezo un curso de historia de la física y de sus grandes maestros, Galileo, Newton, Maxwell, Einstein y Bohr, yo mismo me asombro al recordar que en cierta ocasión conocí a un hombre de tal categoría.
Una noche, volvían de cenar George Gamow, Fru Bohr (su esposa) y Cas Casimir, un físico holandés. Casimir era un experto escalador de fachadas y a menudo se le podía ver en la biblioteca encaramado cerca del techo en lo alto de los estantes de libros con un libro en la mano y las dos piernas estiradas.
Pues bien, cuando el grupo volvía por una calle desierta, la fachada de un banco, formada por bloques de cemento, llamó la atención de Casimir que escaló dos pisos. Bohr quiso igualar la hazaña y ascendió lentamente por la fachada de dicho banco. En aquel momento, dos guardias haciendo la ronda pasaron por la zona y se aproximaron rápidamente dispuestos a la acción. Miraron a Bohr, que estaba entre el primer y el segundo piso y uno de ellos dijo:
- ¡Oh!, no es más que el profesor Bohr.
Y ya completamente tranquilos continuaron con su ronda.
Es curioso observar cómo se mueven las instituciones cuando hay alguien por medio de la talla de Niels Bohr. Y es que desde que había huido de Dinamarca, más que como a un hombre, lo trataban como un arma secreta.
A su llegada a Nueva York, él y su hijo Aage iban acompañados por dos hombres del servicio secreto británico (sé lo que estáis pensando y no, no era James Bond uno de ellos). Sin que éstos lo supieran, dos agentes especiales del proyecto Manhattan se unieron a su vigilancia. Por si fuera poco se añadieron dos agentes del F.B.I. norteamericano.
Así que tenemos a seis hombres siguiendo a Bohr por todas partes. Al gran hombre le costaba mucho seguir los protocolos de seguridad. Dada su llaneza, amigo siempre de la libertad, escapaba de la vigilancia en cuanto tenía oportunidad. Los seis hombres pasaban auténticos apuros ya que a Bohr le gustaba cruzar la calle por aquellos sitios donde lo tenían prohibido los peatones. Imaginad cómo se lo tenían que montar para no perderle de vista sin, a la vez, infringir las normas de tráfico.
Encima, para mayor seguridad, le hicieron cambiar de nombre. Ahora no era Niels Bohr sino “Nicolaus Baker”. Eso es lo que le recordaron los agentes en el ascensor de un rascacielos cuando se encontró con la que había sido esposa de un colega suyo llamado Halban. Bohr desconocía que esta mujer se había divorciado pocos meses atrás.
- ¿No es usted la señora von Halban? – preguntó Bohr cortésmente.
- Se equivoca usted: ahora me llamo Plazeck.
En ese momento la mujer se volvió:
- ¡Pero si es usted el profesor Bohr!
Y Bohr, sonriendo y llevándose un dedo a los labios, replicó:
- Se equivoca usted: ahora me llamo Baker.