El fenómeno de la sincronización se conoce desde 1665, cuando el físico Christian Huygens descubrió que los dos péndulos colocados en la pared de su cuarto habían sincronizado sus movimientos de forma misteriosa.
De alguna manera, Huygens supuso que los relojes estaban interaccionando a través de la pared, lo que le llevó a esbozar una primera explicación de los osciladores acoplados.
Nuestro propio cuerpo está constituido por una gran cantidad de relojes internos o circadianos, de muy variadas frecuencias, los cuales interactúan y se acoplan. Dentro de nuestro cerebro se produce sincronización en la actividad de diferentes regiones del mismo, dependiendo de las tareas que estemos realizando. Hablar, calcular, escuchar, o chasquear los dedos activa y sincroniza diferentes regiones del cerebro. Tanto la falta, como el exceso de sincronización dan lugar al mal funcionamiento con síntomas como la epilepsia o el Parkinson.
Nuestros ritmos circadianos, la respiración, las ondas cerebrales o muchos de nuestros procesos nerviosos están regidos también por este ajuste de frecuencias, que permite a la naturaleza tejer su propio ritmo.
El tejido cardíaco está formado por ciento de miles de células musculares que tienen la capacidad de oscilar. Si cada una oscilase en su propia frecuencia, el resultado sería un músculo cardíaco inmóvil (las oscilaciones individuales se cancelarían entre sí).
Pero, a pesar de que cada una oscila con su propia frecuencia, el acoplamiento mecánico que existe entre unas y otras les permite sincronizar sus oscilaciones de una manera tan precisa que podemos escuchar su oscilación colectiva como un latido perfectamente definido.
Otro ejemplo más cotidiano es el del aplauso en un espectáculo. Cada persona del público aplaude con su propia cadencia, pero el hecho de que esté escuchando el ritmo con que aplaude el resto de las personas hace que, de manera involuntaria, acabe produciéndose un aplauso sincronizado en toda la sala.
Un grupo de científicos de Rumania, Hungría, Francia y EE.UU. encararon resueltamente el desafío de construir un modelo matemático de la forma en que se sincronizan los aplausos de una multitud. A partir de una cacofonía inicial, los cientos de aplausos individuales de pronto se sincronizan. Ahora sabemos que el espectador actúa como un oscilador, y que está acoplado al resto de espectadores a través del oído. Como ocurre con las células cardíacas, no existe entre el público un líder que lleve la batuta, sino que la sincronización surge espontáneamente. El grupo de físicos, integrado por Z. Néda, E. Ravasz, Y. Brechet, T. Bishkek y A-L. Barabási, grabó las ovaciones de varios conciertos. Determinaron que al comienzo la mayoría de los aplausos son entusiastas, con frecuencias de palmadas altas -unas cuatro palmadas por segundo- y desincronizadas. Pasados unos pocos segundos la frecuencia de los aplausos se reduce a la mitad, y comienza la sincronización.
Otro caso fue el del famoso puente del milenio, en Londres, que tuvo que cerrarse el día siguiente a su inauguración por un fenómeno de sincronización crítica. En el momento de su apertura, empezaron a atravesarlo multitud de personas. Cada una de estas personas caminaba a un ritmo diferente, pero todos parecidos entre sí. Los golpes periódicos de los pies de los transeúntes se transmitieron a través del suelo del puente. Esta interacción entre los peatones y el puente hizo que, tanto el movimiento de las personas presentes como el del propio puente, acabasen sincronizándose, con lo que el puente empezó a oscilar peligrosamente.
Otro caso espectacular es el de las luciérnagas macho que son capaces de emitir pulsos de luz. Cada luciérnaga posee una especie de oscilador cuya frecuencia se ajusta en respuesta a los flashes de otras luciérnagas. Los machos se juntan por miles y logran sincronizar sus frecuencias para emitir un pulso de luz rítmico con la intención de llamar la atención de las hembras a larga distancia. Así, algunas noches, a las orillas de los ríos de Malasia, miles de luciérnagas enamoran con un espectáculo de luces rítmicas. Un efecto parecido es que producen los grillos de cuando sincronizan sus chirridos. Otros fenómenos de autoorganización son los aplausos en un auditorio o los cánticos en un estadio de fútbol.
En el vídeo se demuestra este fenómeno físico. Una vez que los metrónomos, activados aleatoriamente, empiezan a oscilar sobre la tabla y las latas, el desplazamiento de cada uno de ellos influye en elcontiguo, de forma que a los pocos segundos todos los metrónomos terminan perfectamente sincronizados.
Otro ejemplo es el fenómeno conocido como “Regulación Social de la Ovulación”, introducido en 1971 por Martha McClintock. Las mujeres que conviven juntas llegan a experimentar una sincronización de sus ciclos menstruales, producto de estar expuestas a las feromonas del sudor del resto de compañeras. Se debe a que las mujeres pueden influir sobre la hormona luteinizante (LH), máxima encargada de producir la ovulación, retrasando o adelantando su concentración máxima.
La hipótesis que se baraja y que daría una explicación a estas sincronías, reside en un vestigio evolutivo de nuestra época prehistórica, cuando era normal que los hombres tuvieran múltiples parejas. Una reproducción eficiente, donde todas las mujeres se sincronizaban, era esencial para la supervivencia de la especie humana.
Lo mismo ocurre con el “nado sincronizado” de los espermatozoides que avanzan hacia el óvulo.
Otro ejemplo es el bostezo. Steven Platek, de la Universidad de Drexel, observó que entre el 40 y el 60% de las personas mayores de 5 años reaccionan con un bostezo propio después de observar uno ajeno. Dicho fenómeno tendría como finalidad la sincronización de los ritmos vitales.
El psicólogo Carl Gustav Jung planteó el principio de sincronicidad, en el sentido especial de una coincidencia temporal de dos o más sucesos relacionados entre sí de una manera no causal.
Las sincronías no surgen de la acumulación estadística de hechos corrientes, son “conexiones acausales” que tienen lugar por medio del significado que revisten para el sujeto que las experimenta. Jung demostró que el significado inherente es lo que realmente diferencia una sincronicidad de una mera coincidencia, pues la esencia de una sincronicidad es que un patrón determinado tiene un significado o valor para la persona que lo experimenta.
Ciertos fenómenos poseen una sincronicidad basada en el principio físico de exclusión..
Jung explicó la existencia de las sincronicidades gracias al trabajo del físico vienés Wolfang Pauli, “el principio de exclusión”, que aportó a la física el descubrimiento de un patrón abstracto que se oculta debajo de la superficie de la materia atómica y que determina su comportamiento de una manera acausal. Es decir, todo lo que sucede en el universo es causado, de hecho, por todo lo demás.
Un ejemplo verídico de sincronicidad citado por Jung dice así: el señor Deschamps recibió en Orleans como obsequio de su amigo De Fontgibu un trozo de pudding de ciruela. Diez años más tarde, en un restaurante de París, éste vio un pudding de ciruela y lo pidió, pero la última porción había sido reservada por De Fontgibu, a quien descubrió en otra mesa. Muchos años después, Deschamps fue invitado a una reunión social donde se servía como especialidad pudding de ciruela; mientras lo saboreaba, Deschamps pensaba para sus adentros que sólo faltaba De Fontgibu; en ese instante, un anciano vacilante entró al salón: era De Fontgibu que, confundido de dirección, entraba en el salón de la reunión.
La sincronización es un fenómeno extraordinariamente común en la naturaleza. En este video educativo muestra sus mecanismos y realiza un experimento demostrativo usando metrónomos.
El vídeo fue realizado por el Portal para educación media del Instituto
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