El megalodón o megalodonte (Carcharodon megalodon o Carcharocles megalodon), nombre que significa "diente grande", derivado de los términos griegos μέγας (mega, "grande" y ὀδούς (odon, "diente", es una especie extinta de tiburón que vivió aproximadamente desde hace 28 a 1,5 millones de años, durante el Cenozoico (finales del Oligoceno a principios del Pleistoceno).
La asignación taxonómica de C. megalodon ha sido debatida por cerca de un siglo, y aún está en disputa con dos interpretaciones principales: como Carcharodon megalodon (bajo la familia Lamnidae) o bien como Carcharocles megalodon (bajo la familia Otodontidae).
C. megalodon es considerado como uno de los mayores y más poderosos depredadores en la historia de los vertebrados. Los estudios sugieren que C. megalodon lucía en vida como una versión corpulenta del gran tiburón blanco actual, Carcharodon carcharias, llegando a alcanzar los 16 metros de longitud total. Los restos fósiles indican que este tiburón gigante tuvo una distribución cosmopolita, con áreas de cría en zonas costeras cálidas.1 C. megalodon probablemente tuvo un profundo impacto en la estructura de las comunidades marinas de su época.
Ilustración de una cabeza de tiburón actual junto a fósiles de dientes de C. megalodon por Nicolás Steno (Disección de la cabeza de un tiburón, 1667).
De acuerdo a la ideas del Renacimiento, gigantescos dientes triangulares fósiles que frecuentemente se hallan integrados en formaciones rocosas, se consideraron como lenguas petrificadas (en latín glossopetrae) de dragones y serpientes. Esta interpretación fue corregida en 1667 por un naturalista danés, Nicolás Steno, quién las reconoció como pertenecientes a tiburones antiguos, basándose en la disección que realizó de una cabeza de tiburón actual.4 Steno describió sus hallazgos en un estudio, Disección de la cabeza de un tiburón, que contenía una ilustración de la cabeza del tiburón actual junto a dos glossopetrae, para mostrar y destacar su similitud con los dientes de este animal.5 Según John Maisey, la lámina de Steno corresponde a la primera ilustración conocida de fósiles de C. megalodon.6 Por otro lado, este estudio constituye la primera manifestación firme sobre el origen orgánico de los fósiles.
Identificación
Un naturalista suizo, Louis Agassiz, le dio al tiburón su nombre científico, Carcharodon megalodon, en 1835,8 en su trabajo de investigación Recherches sur les poissons fossiles9 (investigaciones sobre los peces fósiles), que él completó en 1843. Los dientes de C. megalodon son morfológicamente similares a los dientes del gran tiburón blanco. Sobre la base de esta observación Agassiz asignó la especie megalodon al género Carcharodon.8 Aunque el nombre científico es C. megalodon, es frecuentemente apodado el tiburón megadiente 10 o el tiburón blanco gigante11 o inclusive el tiburón monstruo.
Fósiles
C. megalodon es representado en el registro fósil principalmente por dientes y centros de vértebras.10 Como en todos los otros tiburones, el esqueleto de C. megalodon estaba formado de cartílago más que de hueso; esto resulta en una pobre preservación de especímenes encontrados.13 Sin embargo, los restos fósiles de C. megalodon indican que tenía los centros vertebrales densamente calcificados.
Dientes fósiles
Los fósiles más comunes de C. megalodon son sus dientes. Las características diagnósticas de los dientes de C. megalodon incluyen: forma triangular,1 estructura robusta,10 gran tamaño,1 un borde finamente aserrado,1 y una visible forma de letra v en el cuello (base de la corona). Los dientes de C. megalodon pueden medir cerca de 180 milímetros en altura perpendicular o longitud diagonal, y son los mayores en tamaño de cualquier especie conocida de tiburón.
Diente de megalodonte de cerca de 170 milímetros (medida diagonal desde el ápice de la cúspide de la corona al extremo de la base de la raíz posterior).
A diferencia de lo que sucede con el yeti o con Nessie, la existencia del tiburón gigante (Carcharocles megalodon) está más allá de cualquier duda.
Vivió aproximadamente entre hace veinte y quince millones de años y se extinguió hace un millón, aunque su desaparición es un hecho que los criptozoólogos no aceptan.
La criptozoología es una pseudociencia que se ocupa de la presunta existencia y descubrimiento de animales míticos y legendarios; lo mismo que la ufología hace con los ovni.
Entre los miembros más destacados de la criptofauna, se cuentan el yeti, más conocido como el abominable hombre de las nieves, o Nessie, a.k.a. el monstruo del lago Ness.
Menos conocidos, lector amigo del misterio y lo desconocido, son el tatzelwurm, megagusano que mora en las cumbres alpinas, el irkuiem, descomunal plantígrado de Kamchatka, o el megalodón, a quien dedicaré estas líneas.
Hablamos de un enorme tiburón prehistórico, uno de los mayores depredadores marinos, cuyas dimensiones estimadas varían según la fuente consultada: según los paleoictiólogos su tamaño pudo oscilar entre los diez y los veinte metros aproximadamente; si hacemos caso de los criptozoólogos, supuestos testigos y demás émulos de Iker Jiménez, las dimensiones se amplían hasta llegar a los treinta, cuarenta e incluso sesenta metros, está última cifra según anónimos “informes recientes”.
La única huella tangible de su existencia son unos enormes dientes fósiles de diecisiete centímetros de longitud, de morfología similar a los del tiburón blanco.
No obstante, los investigadores de quimeras insisten en que nuestro escualo puede seguir poblando los océanos, con especial énfasis en el océano Pacífico. Para ello se basan en testimonios de testigos que afirman haber visto tiburones de grandes dimensiones, desde anónimos hombres de mar a nombres ilustres como Zane Grey.
Nada hay que objetar a tales declaraciones, puesto que la mayor especie de escualo, el tiburón ballena, casi alcanza los veinte metros de longitud.
Es más, a mediados de los años setenta se descubrió la existencia del tiburón megaboca, una especie desconocida hasta la fecha, de unos cinco metros.
Ambos animales tienen en común que se alimentan de plancton, frente al supuesto megalodón redivivo, depredador en la cúspide de la cadena alimenticia.
Un fósil viviente
Los criptozoólogos utilizan argumentos similares a estos para defender la supervivencia del megalodón, y la vinculan a la existencia del celacanto: un pez que se creía extinto hace cincuenta millones de años y de los que se han capturado diversos ejemplares desde 1939.
Incluso mantienen que el gran tiburón habitaría las mismas aguas profundas que los dos grandes escualos antes mencionados.
Para desgracia suya, y muestra de su escaso o nulo rigor, utilizan el argumento del redescubrimiento del celacanto a modo de patente de corso y así justificar la existencia de cualquier animal considerado extinto: desde el supuesto plesiosauro del lago Ness a nuestro tiburón.
Ahora bien, ¿cómo es posible especular sobre la existencia de este animal, amparándose en posibles avistamientos de ejemplares de sesenta metros, si ni siquiera sabemos a ciencia cierta qué aspecto tenía?
Los tiburones poseen un esqueleto cartilaginoso, no óseo. Sus espinas están formadas por el mismo material que nuestras orejas o la punta de nuestra nariz, siendo sus dientes sus únicos componentes óseos.
Algunos restos óseos y dientes fosilizados son el único legado superviviente de este titán de los mares, cuya similitud con los del tiburón blanco ha hecho que sea descrito como un calco de este a mayor escala, aunque la inexistencia de otros restos nos impide conocer su aspecto real.
Los criptozoólogos argumentan que la ausencia de restos de presuntos megalodones contemporáneos se debe a su carencia de vejiga natatoria, lo que provocaría que los supuestos restos mortales nuestro super escualo se hundan en el abismo marino.
Proclamar al gran blanco como descendiente directo del megalodón es un hecho totalmente arbitrario, ya que algunos expertos plantean que su aspecto pudo presentar diferencias notables.
De ahí la polémica entre incluirlo en el género carcharodon o en el carcharocles, que lo desligaría del tiburón blanco y parece imponerse entre los paleoictiólogos.
Volviendo a lo mencionado anteriormente, no hay que descartar los testimonios sobre avistamientos de grandes escualos aparentemente desconocidos, mención aparte de los de dimensiones descabelladas. Lo descabellado, sin embargo, es identificarlos automáticamente con el megalodón.
Titán de los mares
Otro hecho que plantea serias objeciones a las tesis de los criptozoólogos es la dieta de nuestro pez. Obviamente, estamos ante un depredador alfa, en la cumbre de la cadena alimenticia.
La desaparición de los dinosaurios y los grandes reptiles acuáticos posibilitó la evolución de los tiburones y de los mamíferos marinos, que pasaron a ocupar el nicho ecológico dejado reptiles.
Los primitivos cetáceos se convirtieron en la principal dieta del megalodón, una dieta más rica en energía que permitió alcanzar a nuestro escualo las dimensiones de entre quince y veinte metros de longitud.
Si estamos ante un animal de ferocidad extrema, ¿existen recursos suficientes en el ecosistema marino actual para que nuestro pez tuviera cabida en la cadena alimenticia, situándose en su cúspide? ¿Se resiente la población de ballenas por la presencia del megalodón, o no es necesario añadir quimeras a los estragos que el hombre provoca en los cetáceos?
Un biólogo marino ha refutado la existencia de los monstruos del lago Ness, con un estudio que demuestra como insuficientes los recursos alimenticios del lago para sostener a una población de supuestas criaturas de manera estable.
Otro hecho que refuta la teoría de la existencia del megalodón es la actual temperatura del mar. Frente a su supuesto primo el gran blanco, que habita aguas templadas, el megalodón habitó los mares del oligoceno en los que la temperatura del mar era notablemente superior.
De hecho, una de las teorías que se barajan sobre su extinción es que no pudo adaptarse a la bajada de temperaturas que se produjo en el plioceno. Hoy, aunque se recurriesen a los augurios más alarmistas de los efectos del cambio climático sobre la elevación de la temperatura marina, distaríamos de alcanzar de los niveles del oligoceno.
No obstante, frente la fecha estimada de su extinción, los criptozoólogos argumentan a que se han hallado dientes fósiles fechados hace unos diez mil años. Esto se debe a un error de datación, pues si bien estaban en estratos que correspondían a esa fecha, ya estaban fosilizados.
El 75 % de nuestro planeta se encuentra cubierto por el mar y al hombre le queda mucho por descubrir y estudiar. Sin embargo, nuestro conocimiento de la vida oceánica no es tan exiguo como los criptozoólogos mantienen, uno de los argumentos favoritos que enarbolan para sostener sus quimeras.
Y de quimeras es de lo que trata la cuestión de fondo, de las que manejan los autoproclamados criptozoólogos, tratándose la quimera del megalodón uno de los casos más escandalosos. Y es que a su lado, elmonstruo del lago Ness pasaría por ser el colmo de la ortodoxia científica.
El gran timo de la criptozoología
La inclusión del megalodón en el inventario del criptofauna es relativamente reciente, se remonta a los años setenta, y coincide con la publicación de una novela súper ventas y su posterior adaptación cinematográfica: Tiburón.
El autor del libro, Peter Benchley, menciona en la obra la existencia en el pasado de antepasados más grandes y más feroces del gran blanco protagonista, especulando con la supervivencia de alguno de ellos.
Algún biólogo manifestaba opiniones semejantes por las mismas fechas, opinión que no coincide con la mayoritaria de la comunidad científica.
Es obvio que una criatura que dobla en ferocidad y tamaño, o triplica, cuadruplica, quintuplica al tiburón de Spielberg captura nuestra imaginación. Y por arte de magia comienzan a aparecer los testimonios de avistamientos del megalodón. Testimonios que oscilan entre la escasa y nula fiabilidad y donde los criptozoólogos ven a un ser prehistórico extinto, del que la ciencia desconoce su aspecto real.
He aquí la perversión del método científico: los criptozoólogos ya han obtenido una conclusión antes de disponer de pruebas fehacientes.
A estos peculiares investigadores hay que recomendarles una herramienta infalible, la navaja de Ockham: máxima filosófica que se resume en que ante varias soluciones de una incógnita, siempre hay que decantarse por la más sencilla.

