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Un poco de literatura de " terror " contemporánea argentina . Este cuento pertenece a mi libro "Finales Abiertos", publicado en el año 2009.
Espero que les guste.



8 GB DE ALMACENAMIENTO



I. EL FUNERAL


Sus cejas eran abundantes, velludas, más gruesas que sus labios. Y eso que sus labios eran regordetes; más rechonchos que sus dedos.
La madre del difunto no pudo evitar quitar los ojos de su hijo para mirarlo a él: un bigote insípido de virulana le poblaba el labio superior y unos pelos semirubios, brillantes por el sudor, le insinuaban un mentón redondo y prominente. Ambas mejillas eran una erupción de granos que, por su aspecto mal cuidado, le dejarían pozos incorregibles en la piel.
La mujer trató de recordar su nombre (el nombre del mejor amigo de su hijo), pero no logró conseguirlo. Lo único que pensó fue en por qué su querido Nahuel, compartiría el asiento de su Vento con alguien como… como…
—Me llamo Jonatan, señora —dijo el chico obeso, que se había percatado de los ojos confusos de la madre. La veía todos los días y todos los días él le recordaba su nombre; pero por alguna extraña razón —él suponía que era a causa de su deformidad—, la mujer no conseguía retenerlo por más de diez segundos. ¿Querés que le diga al chofer que te lleve a tu casa, Roberto? No, señora, estoy bien así. Y soy Jonatan.
La mujer corrió el rostro y volvió a bajar la vista hacia el cuerpo de su hijo, que estaba siendo velado a cajón abierto en la sala de velatorios más lujosa de la ciudad. SE LO DEJÁMOS COMO VIVO S.A apostaba a lo alto, al maquillaje cinematográfico y al decorado más extravagante. La sala estaba decorada con arañas de cristal y esta ostentosa compañía creía que la mesita de copetín era infaltable. Sobre el mantel había sándwiches de lomo, caviar, bebidas espirituales y cócteles de frutas. Nadie se atrevía a comer ante la presencia de un cadáver, pero el servicio era cobrado aunque nadie tocara los alimentos.
Solo había algo que desentonaba con la decoración. Y se trataba del gordo que había envuelto unos lomitos en servilletas y se los había guardado en los bolsillos. Una mancha oscura de aceite le brotaba del pantalón y, junto al difunto, el aroma a carne cocida era más que irresistible.
—¿Lo van a cremar? —preguntó. Y, sin intención alguna de mostrar irrespetuosidad, se hurgó la nariz con el dedo gordo.
—Sí, Pedro —respondió la madre de mala gana—, lo vamos a cremar esta tarde.
A continuación, el chico se sintió observado. Otra vez. La clase alta lo calaba, lo medía, lo hacía sentir tan fuera de lugar como un Emo en Dinsneylandia. Y Jonatan lo percibió; aun sabiendo que era el funeral de su mejor amigo, el atleta más respetado del pueblo y el chico más atractivo de la secundaria, sabía con certeza que las miradas del lugar no se concentraban únicamente en él, que ya estaba muerto. Se concentraban en el “chico feo”, que estaba vivo y chorreaba la sangre de un grano recién reventado sobre el casco del ataúd.
Un hilillo de sangre con pus cayó sobre las manoplas de acero del cajón y se deslizó hacia abajo, manchando la invaluable madera —que luego iba a ser incinerada, pero, bueno, en fin—.
La madre del difunto se acercó al chico con aceite en los pantalones y le puso una mano sobre el hombro. Con tono fino y delicado, le dijo:
—Perdón, Mario, pero te voy a pedir que por favor te retires. Das asco y estás perturbando a los parientes.


II. EL REGALO INESPERADO


Al día siguiente, un caluroso sábado de enero, Jonatan fue despertado por su madre.
—Jona, arriba, te llaman por teléfono.
El chico apenas pudo ponerse en pie. Todas las mañanas, se balanceaba hacia los lados del colchón para tomar impulso y así quitar su pesado cuerpo de entre las sabanas. Se reincorporó en un borde y, luego de suspirar por sus ciento treinta y cuatro kilos de amargura, se paró intentando no perder el equilibrio.
—¡Dale! —le instó la madre desde el otro cuarto—. ¡Movete, corazón, el teléfono!
La mañana se cubrió con un delicioso aroma de café y medialunas. La mamá de Jonatan era panadera y la casa donde vivían estaba ubicada detrás de la panadería. El olor de masas finas, tortas negras, pastafloras y un sinfín de panes azucarados fue lo que movilizó a Jonatan a través del pasillo. La única persona que le hablaba —y, por ende, la única que podría llamarlo por teléfono— estaba hecha talco sobre las tribunas de un estadio de futbol, así que no se entusiasmó mucho por la llamada. Probablemente, era la secretaria de su nutricionista para decirle que habían cambiado la fecha de su consulta. Otra vez.
—¿Hola? —dijo Jonatan al perder el tubo dentro de su oreja.
—Hola, ¿hablo con Jonatan Dalinger?
—Depende.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea. Luego, lo que se notaba que era un hombre mayor, preguntó:
—¿De qué depende?
—De que si está llamando para romperme las bolas un sábado a las diez de la mañana o si está conspirando con los estúpidos de mi escuela para hacerme alguna clase de broma. En ambos casos, no estaría hablando con Jonatan Dalinger.
—¿Nahuel Dayub era uno de esos estúpidos? —preguntó el hombre con pesadez. Se oyó un largo suspiro al final de la frase.
—No, no —replicó Jonatan de inmediato—, Nahuel era bueno con todo el mundo, era mi mejor ami… Esperá, ¿ésto es una joda? Porque Nahuel murió y, y… ¡Esto no es gracioso!
El chico blandió el teléfono en el aire y estuvo a punto de arrojarlo contra el suelo. El recuerdo de Nahuel le vino a la mente cual rayo de centellas; su compañerismo, su sonrisa amigable, sus ojos azules que lo veían como a una persona, como a un ser humano, debajo de toda esa grasa y estrías…
—No, no, por favor —replicó el hombre—, esto no es una broma. Jonatan, soy yo, Gabriel.
Jona se calmó de golpe. Volvió a prestar atención.
—Sí, me fue imposible asistir al funeral ayer, estaba volviendo de Japón por un tema de negocios. Estoy destrozado, ¿sabés? No ver como velaban a mi hijo, ni estar presente mientras esparcían sus cenizas, me hace sentir como el peor papá del mundo. Y ahora, en cierta manera, me alegra saber que mi nene no fue uno de esos hijos de puta que les hacían la vida imposible a los demás. Puedo decir que puse mi granito de arena en él…
—Puede estar seguro de eso, señor Dayub…
—…gracias a Dios, no salió a su madre.
Cuando Jonatan notó que era el momento oportuno para hablar, dijo:
—Siento su dolor, señor, él fue un hermano para mí, ¿pero por qué me está llamando?
—Tengo algo para vos.
—¿Para mí?
—Sí, Nahuel le dejó una nota a una de las empleadas y le pidió que me la entregara a mí apenas llegara a la casa. Es un testamento.
—¿Escribió un testamento? —el cerebro de Jonatan comenzó a carburar como jamás lo había hecho—. Entonces, eso significa que…
—No supongamos nada —interrumpió el padre—, pero es lo más factible.
¿Te suicidaste, hijo de puta, y me dejaste solo? ¿Por qué?
—¿Podés pasar por casa al mediodía, Jona? ¿Querés que le pida al chofer que te busque?
—No —contestó Jonatan—, así está bien. Al mediodía estoy allá.
—Listo, te espero. Chau, hijo.
—Chau, señor Dayub.
Una hora después, en el largo viaje hacia la mansión de los Dayub sobre un colectivo de línea, Jonatan pensaba desinteresadamente en lo que su mejor amigo le podría haber dejado tras su muerte. El primer pensamiento fue sobre el Volkswagen; el Vento bermellón en el cual habían atravesado las costas de Mar del Plata aquel diciembre de… ¿De hacía quince días?; el segundo pensamiento fue sobre la Play Station 3 y la incontable cantidad de noches que se desvelaron jugando al GTA IV; y el tercero —y no por eso el menos generoso— fue sobre su hermanastra.
Jona, fuiste mi mejor amigo en todo el mundo, por eso te dejo todos mis bienes materiales y a mi hermanastra, Carlita. No es necesario que le enseñés nada, ella ya lo sabe todo. Sabe usar las manos, la boca, incluso los pies. Las tetas se le desinflan para que la puedas guardar debajo de la cama…
—Hey, gordito —exclamó de pronto una voz maciza. Era el chofer—, ¿te vas a bajar? Hasta acá llegamos. Y hacete revisar ese bulto en los pantalones.
Sin hacerle caso al comentario, Jonatan bajó del colectivo. Quiso deshacerse de la idea de una muñeca inflable con cabellos y curvas de verdad, pero era imposible no delirar con la hermosura sinuosa de Carla Dayub.
La mansión de su mejor amigo estaba a media cuadra de donde había descendido. Caminó hasta allí jalándose de la remera para ocultar la erección que divagar con lo imposible le había producido.
Tocó el timbre con una mano sudorosa y esperó. Mientras tanto, aprovechó para acomodarse la bermuda que se le había metido entre las nalgas y se sonrojó al recordar que había una cámara de vigilancia situada sobre su cabeza.
—Bueno días, señor —dijo el ama de llaves al abrir la puerta—. El señor Dayub lo espera en la sala.
—Sonia, nos conocemos de hace años, me podés tutear.
—Como usted diga, señor.
Jonatan entró en la casa y caminó por un largo salón decorado con cuadros y óleos pintados por la madre de Nahuel. Había dibujos de mujeres sometidas por hombres vestidos de cuero con máscaras brillantes y viceversa. Los ricos son todavía peores, pensaba cada vez que caminaba por allí.
Ya en el salón principal, el señor Dayub estaba sentado en un sofá color ladrillo con almohadones anaranjados. Su mujer estaba en la cocina, bebiendo. La bebida era transparente y parecía acompañarla con hielo. La empleada pasó junto a su jefa y luego desapareció tras una puerta corrediza.
—Adelante, Jonatan, sentate —exclamó Gabriel Dayub y señaló con la palma abierta de la mano un sillón de tres patas.
Jonatan se sentó y el mueble suspiró bajo su peso. Las tres patitas de madera se deslizaron unos centímetros de su lugar y marcaron tres líneas profundas en el piso de roble. El chico obeso se ruborizó.
—No es nada —dijo Gabriel—, se lo tapa con una alfombra. ¡Querida, vení, saludá a nuestro invitado!
La mujer se apoyó en el marco de la puerta y, revolviendo su bebida, exclamó:
—Hola, Paco.
—Soy Jonatan, señora.
—Sí, Mauricio, como sea —. Y volvió a la cocina.
—Disculpala —dijo Gabriel—, pero no se encuentra bien. Cuando toma confunde los nombres de todos. No pasa muy seguido.
¿Está seguro de eso?
—Bueno, señor Dayub, no quiero sonar irrespetuoso pero estar acá me marchita el alma y tengo que volver para ayudarle a mi mamá con un horno para pan, así que… ¿Qué es lo que tiene para mí? ¿Plata?
El hombre lo miró de soslayo, esperaba algo más por parte del mejor amigo de su hijo. ¿Algo de respeto quizá?
—Bueno, sí, sonó irrespetuoso, pero ya que estás acá tengo que darte lo que Nahuel te dejó.
Jonatan trató de esconder la alegría que toda aquella situación le producía. Estaba dolido por la muerte de su mejor amigo, e incluso algo furioso con él por haberlo abandonado así como si nada, pero la verdad era que siempre había sentido algo de envidia de él. No en todo. Sólo en la mayoría de las cosas. O en las más importantes, al menos.
Cuando el padre de Nahuel abandonó la sala para buscar lo que ahora le pertenecía a Jonatan Dalinger, éste sintió vergüenza de sí mismo; un grotesco ardor que le removía las grasas del corazón.
No, no puedo ser así, ¡quedé como un interesado! Mejor me voy antes de que…
—Acá está —expresó Gabriel, que regresó enseguida con algo entre las manos.
Jonatan lo miró, era un sobre pequeño, armado con papel para regalo.
…me de las llaves del auto…
—No sé por qué, pero te lo dejó a vos.
No, por Dios, no puedo aceptar el auto. ¿O sí?
—Tomá, aceptalo y, por favor, no vuelvas a esta casa.
El señor Dayub se veía ofendido y dolido a la vez. Su cara era una mezcla de sensaciones indescriptibles. Dejó el pequeño paquete sobre una mesita de vidrio frente al sofá y se fue, con las manos en los bolsillos, por donde había acabado de llegar.
Jonatan se removió en su asiento, éste crujió y volvió a suspirar bajo los ciento treinta y cuatro kilos de mole humana que trataba de sostener. Parecía que los pensamientos y las decisiones le agregaban peso extra.
Tomó el paquete.
Lo miró y volvió a ponerlo sobre la mesa.
Enseguida volvió a agarrarlo y, ésta vez, metió los dedos regordetes como salchichas parrilleras y sacó las llaves.
Frunció las cejas y quedó absorto en el pequeño dispositivo azul que se dibujaba sobre su palma grasienta. No eran llaves, en absoluto.
Se trataba de un pendriver.
Un dispositivo de almacenamiento portátil.


III. EL CAMBIO


Jonatan conectó el dispositivo de almacenamiento en el puerto USB de su computadora y esperó a que lo reprodujera automáticamente. Apareció una ventana con varias opciones e hizo clic en la que decía ABRIR CARPETA.
Un único archivo poblaba el pendriver. Se llamaba NAHUEL y pesaba ocho gigabytes. Intentó acceder en él, pero ningún programa era compatible con el archivo; tenía una extensión desconocida para Jonatan —y para su HP Pavilion—.
No era “.doc” ni “.txt”; no se trataba de un documento. Tenía una X, lo cual le indicaba que podría ser un “.exe”, una programa de ejecución; un disparador para la instalación de algo. ¿Pero para qué cosa? ¿Alguna clase de software pirata? Intentó copiarlo, cortarlo, eliminarlo y entrar a las prioridades pero no hubo suerte. Todo desembocaba en el mismo mensaje titilante: SOLICITA PERMISO DEL ADMINISTRADOR.
Jonatan quitó el pequeño dispositivo de plástico azul del puerto y lo arrojó hacia el cielorraso, y luego lo atrapó antes de que cayera al piso, como si estuviera jugando con una pelota de tenis. ¿Para qué me dejaste esto, Nahuel?
Ya en su cama, sobre su horrible colchón de resortes oxidados, trataba de estudiar mejor la situación. Pero quedó dormido profundamente, y cuando despertó, con un terrible dolor en el abdomen, no era domingo, sino lunes…
—Jona, despertate, vas a llegar tarde a la escuela —gritó su madre, y le golpeó las rodillas con un rodillo de amasar—. ¡Dale, dale, dale!
Jonatan se reincorporó de repente y comenzó a gritar, con los ojos bien abiertos.
—¡Mamá! ¿¡Estás loca!? ¡Estoy en vacaciones! ¡Dejá de pegarme con ese palo, por favor!
—¡Vacaciones las pelotas! ¡Cambiate ya, que vas a perder el colectivo!
El chico gigante notó que su madre no estaba jugando. Sin dejar de refunfuñar, hizo sus acrobacias matutinas para levantarse de la cama y luego se vistió con el uniforme de la escuela. Lo hizo sólo para que su madre no lo noqueara con el rodillo de amasar mientras intentaba descubrir lo que le estaba sucediendo.
Se puso la mochila al hombro, cuatro medialunas en la boca y salió de la casa. Afuera, había un pequeño patio de piedras con macetas vacías a los lados y, a siete pasos, si no menos, empezaba la panadería. Se metió por una puerta mosquitera y se encontró con Rafa, uno de los empleados.
—Rafa, ¿qué le pasa a mamá?
—Nada —respondió éste mientras ponía círculos de masa cruda sobre una fuente de teflón—. ¿Qué tiene?
—Me dice que me vaya a la escuela.
—¿Y por qué no vas?
—Porque estoy en vacaciones.
—¿Cuándo empezás las clases?
—En marzo.
—¿Qué día?
—El primero, como todos los años.
—Entonces, sí, deberías estar en la escuela —. Y señaló un calendario que colgaba del muro con una vaca violeta comiendo pasto—. Hoy es primero de marzo, Jona.
Diez minutos después, Jonatan Dalinger estaba embarcado hacia su último año de secundaria, hacia su tortura anual por parte de alumnos sádicos y profesores ignorantes, hacia la vergüenza y el maltrato de los que se creían superiores sólo por tener menos lípidos en la sangre. Por séptima —y última, esperaba— vez anual, atravesó las puertas plegables de su trasporte al infierno. Aún no había encontrado explicación para semejante salto temporal que lo llevó a vivir por adelantado lo inevitable; en lo único que pudo pensar fue en la ironía divina y con eso le bastó para no volverse loco.
Si creíste que esto sería gracioso, Dios, no tenés ni idea de lo que te va a pasar cuando me muera.
Una vez que saludó al chofer, comenzó a caminar de costado por el diminuto pasillo del colectivo, frotando la barriga contra cada uno de los asientos que pasaba hasta que llegó al suyo… sin burlas, sin abucheos.
Nadie le dijo nada y nadie parecía dispuesto a hacerlo.
Oh, ¿qué mierda pasa acá?
Gerardo González, el chico que le había inventado el apodo de Jonatan “Cuatro Estómagos” Dalinger, se sentó junto a él.
—¿Cómo va, Jona? ¿Todo bien?
No había rastros de sarcasmo. Al gigantesco orificio negro que Jonatan tenía como oído, le resultaron palabras sinceras… amigables.
—Sí, sí —balbuceó—, todo bien.
—Me alegro, loco —exclamó Gerardo, se puso auriculares y se perdió en un traqueteo de baterías y gritos que sonaban más allá de los algodoncitos que supuestamente debían amortiguar el sonido que salía de ellos. Jona pudo leer: People=Shit, sobre la pantalla del celular que González tenía entre las manos.
Miró por la ventana y se dijo que quizá no sería un mal año después de todo. ¿Pero a quién debía agradecerle por eso? Normalmente, para ese instante del recorrido, ya habría tenido los pantalones abajo y la panza rayada con fibrones permanentes.
¿A Dios? No. Ya lo había amenazado con descaro y no creía que Su respuesta fuera el darle el trato normal que siempre había querido por parte de la gente.
Por primera vez —y como nunca antes en esa situación, en ese momento y a esa hora de la mañana—, se dejó caer contra el respaldar del asiento y se dio el lujo de cerrar los ojos hasta llegar al instituto. Cuando los abrió, nada había pasado.
Esto es increíble, debo estar soñando.
Pero cuando resbaló al descender del colectivo y salió rodando como una pelota inflable, se dio cuenta de que no lo estaba.
Aun así, nadie se burló de él al verlo zamarrearse cual ballena estancada en las orillas de una playa.


IV. EL REY ESTÁ FELIZ


Los profesores lo recibieron con una sonrisa, no con sus usuales caras de espanto y desarreglo estomacal. Jonatan se sintió el rey de la primavera; sólo le faltaban la corona de cartón y una reina. Tomó asiento frente a la computadora que usaba todos los años y nadie le llamó “buzarda” al sentarse en la pequeña silla que hacía que los flotadores de carne que tenía como barriga, le colgaran por debajo y hacia afuera de los apoyabrazos. Encendió la maquina y esperó a que Windows cargara el sistema operativo, sin que nadie viniera y le resetiara el CPU. Nadie le había sacado teclas a su teclado ni le había cambiado el mouse óptico por una caja de cigarrillos. Para estar seguro de que no estaba alucinando nada, chequeó el mensaje del salvapantallas, que, normalmente, habría dicho GORDO FOFO Y PELOTUDO, pero que aquella mañana decía ESCRIBA SU MENSAJE AQUÍ.
Suspiró lleno de alegría. Si aquello era un sueño, no quería despertar. Quizá estaba muerto, pensó, había muerto en su cama a causa de un paro cardíaco por la grasa que le obstruía las arterias coronarias y, en lugar de ir a un cielo como lo describían sus profesores de catequesis, había ido a un cielo que consistía en seguir su vida tal cual la conocía, pero feliz de estar en ella. Todo lo que era malo se invertía y él era feliz. En tal caso, ¿por qué seguía siendo gordo?
Descartó la idea de un cielo alternativo y se puso a jugar al Buscaminas.
Luego de ganar una de siete veces, sintió ganas de ir al baño. Pidió permiso a la profesora Camporini y ésta lo dejó ir, sin preámbulos ni discursos sobre que podría atrasarse y luego tendría que pedirle los apuntes a sus compañeros. Eso siempre lo inhibía porque no tenía a quién pedírselos. Pero ahora…
Desde los doce años tuvo que orinar en los mingitorios. Para la llegada de la adolescencia, su cuerpo ya había dejado de caber en los cubículos con inodoros.
Cuando se estaba bajando el cierre del pantalón, sintió una mano tibia sobre su hombro. Sus dedos eran finos, pequeños y llevaba las uñas pintadas de un suave tono rosa. Reconoció a la chica por su olor, ella siempre olía a menta.
—¿Carla?
—¿Quién más podría ser, grandote?
—¿Qué… qué hacés acá?
—Shhh, calláte y date vuelta.

Perder la virginidad en el piso húmedo de un baño, fue lo mejor que le pasó en la vida.
Unos minutos después, al salir al corredor, infestado de estudiantes y con los testículos aún latiéndole en los pantalones, una voz en su interior —específicamente dentro de su estomago—, le dijo:
—¿Te divertiste, Jona? Aprovechalo, porque lo hice por vos —. Y un rugido desgarrador le recorrió los intestinos. Como si las vibraciones de la voz hubiesen provenido de las paredes de sus órganos.
Pero no hizo caso alguno a lo que su cuerpo le decía.
El Rey estaba feliz porque había asegurado su descendencia.


V. LAS TRIBUNAS DEL HORROR


Esa misma tarde, su escuela jugaba el partido final contra LOS ÁGUILAS de Crespo, por la copa del campeonato. Se sentó junto a Carla en las tribunas y ella le ofreció un “rapidito” antes de que comenzara el juego. Cuando Jonatan acabó, en lugar de fumarse un cigarrillo, fue por una Coca-Cola y cuatro panchos con mostaza.
El partido comenzó con los típicos canticos burlones que se inventaban los fanáticos. Jonatan se hallaba en medio de Gerardo González y Carla Dayub, en el centro de la tribuna, con la comida sobre la falda y el lívido feliz. Fue un momento que sólo había imaginado en sueños: para su vergüenza personal, era la primera vez que se sentaba en las gradas del estadio. ¡Qué va, la primera vez que asistiría a un partido de su escuela! Cuando veía jugar a Nahuel, lo hacía en las repeticiones que pasaban por el canal local.
Carla gemía y gritaba de emoción, repitiendo los versos obscenos que inferiorizaban al equipo contrario. Jonatan quiso acompañarla, pero no se sabía ninguno. Gerardo estaba de pie sobre su asiento, agitando una bandera que decía LES VAMOS A ROMPER EL CULO, con frenetismo desquiciado.
La adrenalina violenta y adolescente lo abrumó de un placer nuevo; una sensación que sólo había vivido a través de novelas y películas, y que nunca había sido lo suficientemente convincente para hacerlo sonreír como aquella tarde de partido. Nada como la realidad, pensó… Todo aquello era real, ¿no?
No le importaba, le dio un mordisco a su salchicha y se dijo que podría morir en ese preciso instante, y se iría con una gran sonrisa de la tierra de los vivos. Sintió que dos polvos y cinco minutos de felicidad en una cancha le habían curado las heridas de más de diecisiete años de maltratos.
Hasta que la sangre manchó la escena.
El arquero de su equipo había saltado para interceptar lo que inevitablemente iba a ser un gol, y dio la cabeza contra el travesaño izquierdo, abriéndose la frente. Las tribunas se pararon, los paramédicos corrieron hacia la zona con una camilla improvisada y retiraron el cuerpo del pobre chico que balbuceaba sobre su primo y una chica secuestrada.
El partido estuvo a punto de cancelarse, pero Gerardo González dio un respingo y apuntó a Jonatan Dalinger con el dedo.
—¡Acá! —gritó González—. ¡Él va a atajar!
La gente comenzó a alentar enardecida, animaba a Jonatan a que bajara hasta la cancha.
—¿¡Estás loco, Gerardo!? —soltó Jona, con voz de sirena—. ¡No sé atajar, nunca jugué a la pelota!
—No seas pavote. Dale, bajá.
El chico obeso atravesó las gradas, impulsado por el ánimo de cientos de estudiantes. Los mismos que, no hacía menos de seis meses, lo habían degradado hasta dejarlo desnudo frente a su propia casa.
Esto es una broma, pensó mientras buscaba rostros burlones, cuchicheos o miradas de maldad que le dieran la razón. Pero no halló más que aliento verdadero por parte de toda esa gente.
Y ahí estaba él, parado bajo el arco de su escuela, en la final del campeonato. Por un momento, sintió un golpeteo agudo en el estómago y estuvo a punto de desvanecerse. El árbitro tocó el pito y él se despabiló, por lejos, fuera de sí mismo.
No supo cómo, pero detuvo cada uno de los tiros que le llegaron a la portería. Y, ochenta minutos después, se encontró atajando el penal ganador del partido.
Eso lo aterró; los gritos de aliento lo marearon y el estómago comenzó a darle retorcijones. Cuando un grupo de fanáticos enardecidos vino y trató de levantarlo para festejar su victoria en las finales, se dio cuenta de que no estaban alabando a Jonatan Dalinger, sino a Nahuel Dayub.


VI. SE LO DEJAMOS COMO VIVO S.A.


Llegó a su casa y se puso a buscar el pendriver como loco. No lo halló por ninguna parte. Lo último que recordaba era que había estado jugando con él sobre la cama, antes de dormirse y despertarse como… ¿Su mejor amigo muerto? ¿Era posible que un dispositivo de almacenamiento de 8GB fuera capaz de portar un alma? No, eso era imposible. Pero ¿acaso no lo era también que la chica más linda de la escuela lo besara y le diera sexo? ¿Que ganara una final de fútbol sin siquiera reconocer cuáles eran sus jugadores? ¿Que absolutamente nadie se hubiera burlado de él mientras comía una tira de asado en el desayuno?
Sexo fácil, destreza deportiva y popularidad, esos ingredientes sólo podían complementarse en una cosa: ¿en un adolescente rico y carilindo?
¿Por qué estaba alterado? ¿Acaso no estaba teniendo todo lo que siempre había envidiado?
—¡No a este precio! —gritó Jonatan al aire—, ¡no quiero ser popular si cuando me ven a mí, te ven a vos!
—Pero es que no había otra manera —le contestó su barriga, con un sonido grave que le revolvía las tripas.
Jonatan quedó tieso, pensando profundamente, algo no le cuadraba —bueno, casi nada en realidad—.
—¿Te acostabas con tu hermanastra? —replicó al instante, resonante.
La barriga sólo emitió un rugido similar al que lanzaba cuando tenía ganas de ir al baño.
—¡Sos un asco, Nahuel! ¿Y cómo es que Gerardo González me llamó “Jona” y mi mamá también?
—Solo modifiqué algunos datos —rugió el estómago—, no habría sido justo que te levantaras, te miraras al espejo y te vieras como yo. Cambié los mecanismos de percepción, nada más. Algunos te ven como antes, otros no y…
—¡Yo no te pedí ésto!
—Pero lo querías.
Y el estómago acabó con la conversación, emitiendo una orden de hambre descomunal a todo el sistema central. Jonatan se calló la boca y, de modo involuntario, se arrimó a la panadería a devorar todo lo que hubiera a su alcance.
A la media noche, cuando él sabía que Nahuel dormía profundamente dentro de su ser, se escabulló de la casa y tomó un colectivo al único lugar que presentía que le podría dar respuestas. Junto con él, llevaba una pequeña mochila, la cual portaba la única arma que podría necesitar. Miró la media luna amarillenta, del color de la crema pastelera, y comenzó a segregar saliva. Enseguida, sacudió la cabeza y recordó que tenía miedo: ¿Nahuel se estaba apoderando de él?
La entrada del lugar estaba abierta y había luces en el lobby. Jonatan entró. Un hombre delgado, envuelto en un traje negro con rayas grises, le dio la bienvenida a la funeraria.
—Esto le va a sonar loco —le dijo Jonatan—, pero creo que mi mejor amigo me quiere poseer.
—Interesante —respondió el hombre, poniéndose un puño sobre el mentón—, ¿y él quiere tener relaciones adentro de un ataúd? Ya he recibido muchas parejas con peticiones extravagantes, creo que tengo unos cajones de su medida, señor. Por favor, acompáñeme por acá…
—¡No! —refunfuñó Jonatan—, eso no.
—Oh, lo siento, creí que...
—Olvídelo. Está bien.
—¿Qué puedo hacer por usted entonces?
—Me gustaría saber si tienen algún servicio adicional que no esté transcrito en los folletos.
—Me temo que eso sólo se lo podría decir si estuviera agonizando. Es un servicio muy exclusivo que…
—¿Se la da a personas ricas? —interrumpió Jonatan—. Entonces, sí, lo tiene.
El hombre suspiró con pesadez, siempre hablaba demasiado.
Jonatan sacó el rodillo de amasar que había traído en la mochila y atrapó al anciano entre el mostrador y la punta de su espada.
—Sólo dígame si es posible —exclamó el chico obeso, con un repentino brillo lívido en sus ojos—, usted sabe, almacenar el alma de alguien y…
—Nadie se ha quejado hasta ahora —respondió el anciano, mientras su nuez de adán jugaba con la punta engrasada del rodillo.
—Bueno, al parecer, soy el primero. ¿¡Cómo me lo saco!? ¿¡Cómo hago para volver a ser yo!?
—¿Me permite? —dijo el hombre.
—Con todo gusto —respondió el chico y dio un paso atrás, bajando la guardia del rodillo.
El hombre de traje a rayas se acercó a Jonatan y le levantó la remera con esfuerzo, ya que ésta estaba completamente empapada de sudor y casi adherida a la piel.
—Ahí —señaló el hombre—, tire de la cuerda.
Jonatan bajó los ojos y notó como un delgado hilo negro colgaba de su ombligo.
—Sí, eso —reiteró el hombre—, desenchufe con cuidado.


El Wasso
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