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Filosofía de bolsillo (imperdible) (1ra. parte)

Ciencia Educacion11/19/2012




Anécdotas sobre filósofos.



1. LAS DOS GEMELAS.

Tales de Mileto, quien pasa por ser el primer filósofo de la historia, y a quien se atribuye haber dicho que todo procede del agua y que ése es el elemento común a todas las cosas, sostenía también que no había verdadera diferencia entre la vida y la muerte. A propósito de esto, alguien le preguntó una vez:

Y si no hay diferencia, ¿por qué no te mueres?

-Por eso -contestó Tales-, porque no hay diferencia.





2. SIN PROGENIE, POR COMPASIÓN.

-¿Cómo es que no tienes hijos? -le preguntaron a Tales en otra ocasión. Y él contestó:

-Por compasión hacia los niños.


Desde el principio, los filósofos tuvieron fama de despistados, tal como sugiere una de las anécdotas más famosas de la historia de la filosofía.

Según cuenta Platón en el Teeteto, andaba Tales en cierta ocasión observando los astros cuando fue a caer en un pozo. Una graciosa criada tracia que presenció la escena se burló de él diciéndole:

-¿Qué quieres ver en el cielo si no eres capaz de ver el suelo que pisas?




3. LA TRANSMIGRACIÓN DE LAS ALMAS.

Si hemos de hacer caso de las leyendas, la vida de Pitágoras debió de ser de lo más apasionante.
Viajó a Egipto y Babilonia (donde fue discípulo de Zoroastro) y finalmente se estableció en Crotona, en el sur de Italia. Allí fundó una secta, la de los pitagóricos, que le rendía culto como hijo de Apolo.

La secta cultivaba el estudio de las matemáticas y se regía por la práctica rigurosa de ciertas reglas, entre las que figuraban algunas más bien extravagantes, como la de no comer habas, la de no orinar de cara al sol o la de no dejar en la cama la huella del cuerpo al levantarse.

Tuvo fama de adivino y de utilizar para sus predicciones el poder de los números, pues, según él, los números son el principio de donde surgen todas las cosas.

Él y sus seguidores, los pitagóricos, defendían la teoría de la transmigración de las almas, según la cual, cuando nuestro cuerpo muere, el alma se encarna en otro cuerpo (que puede ser de un animal o de un vegetal). Sólo cuando el alma ha conseguido purificarse cesa la cadena de transmigraciones y puede volver a morar en el mundo celeste.

Pues bien, un antiguo chiste que cuenta Leonardo da Vinci en sus Cuadernos de notas tiene como protagonista a un pitagórico:

«Dos hombres discutían entre sí. El primero quería probar, basándose en la autoridad de Pitágoras, que había estado en el mundo en una ocasión anterior.

El segundo no le dejaba terminar su argumentación. Entonces el primero dijo al segundo:

-La prueba de que yo viví otra vida antes de ésta es que recuerdo que en ella tú eras un molinero.

El otro, molesto por estas palabras, asintió y dijo:

-Sí, llevas razón, porque ahora yo también recuerdo que tú eras el burro que me llevaba la harina para moler».




4. EL RÍO DE HERÁCLITO.

Heráclito de Éfeso fue, junto con Parménides, el más importante de los filósofos presocráticos.

Ha pasado a la historia de la filosofía como el filósofo del devenir y de manera simplificadora suele

recordársele por aquella famosa sentencia que dice:

«Nadie se baña dos veces en el mismo río».

Este aforismo, que ha sido glosado innumerables veces, también ha sido objeto de alguna que

otra broma, como aquella que hacía el poeta Ángel González en una de sus Glosas a Heráclito:

Nadie se baña dos veces en el mismo río. Excepto los muy pobres.





5. HERÁCLITO EL OSCURO.

Heráclito fue conocido ya en la Antigüedad como «Heráclito el oscuro» porque sus razonamientos

eran especialmente difíciles de entender. Escribió un libro de aforismos que depositó en el Templo

de Ártemis y del que sólo nos han llegado algunos fragmentos. Tan difícil es desentrañar el sentido

de sus textos que Sócrates llegó a decir, tras su lectura, que los textos que había entendido

le parecan muy profundos, pero que todavía debían de serlo más los que no había conseguido

entender. Tanta profundidad, bromeó Sócrates, sólo debía de estar al alcance de los

nadadores delios (quienes eran expertos en nadar en aguas profundas).




6. UNA EXTRAÑA MALDICIÓN.

Heráclito siempre tuvo fama de triste (se ha convertido ya en un lugar común contraponerlo a

Demócrito, el filósofo risueño). A menudo se lamentaba del comportamiento de sus congéneres y

llegó a despreciar a sus conciudadanos, quienes habían expulsado de su ciudad, Éfeso, a Herómodoro,

a quien Heráclito tenía en gran estima. A los efesios les dedicó Heráclito el siguiente dicterio:

«¡Ojalá os hagáis ricos, efesios, para que quede más patente vuestra maldad!».




7. UNA CONDENA IRREMEDIABLE.

Anaxágoras de Clazomene fue uno de los primeros filósofos en suponer la existencia de un espíritu racional (el Nous) responsable de haber ordenado el universo a partir del caos originario.

Por eso, Aristóteles le otorgaba un rango especial entre los filósofos presocráticos, llegando a decir que parecía un hombre sobrio en medio de borrachos.
Anaxágoras fundó en Atenas una escuela de filosofía que permaneció abierta durante treinta años.
Fue maestro de Eurípides, Arquelao, Pericles y, posiblemente, también de Sócrates.

Pero un día fue acusado de impiedad y condenado por los tribunales atenienses. Anaxágoras huyó entonces a Lampsaco, donde fundó otra escuela de filosofía. Como alguien se lamentara ante él de que los atenienses lo hubieran condenado a muerte, Anaxágoras replicó:

-También a ellos, la Naturaleza los tiene sentenciados a la misma condena.





8. LA MUERTE DE LOS HIJOS.

A Anaxágoras (entre otros) se le atribuye haber dicho, tras ser informado de la muerte de sus hijos:

-Ya sabía cuando los engendré que eran mortales.




9. CUANDO LA DISTANCIA NO IMPORTA.

Como Anaxágoras se hallaba lejos de su patria cuando se estaba muriendo, alguien le preguntó si no prefería ser enterrado en su ciudad natal. Pero Anaxágoras respondió:

-Que yo sepa, el viaje a la región de los muertos es igual de largo desde todos los lugares.




10. LA TORTUGA DE ZENÓN.

Zenón de Elea, discípulo de Parménides, ha pasado a la historia de la filosofía como el iniciador de
la dialéctica, entendida como el arte de la discusión y el triunfo sobre las tesis del adversario.

Zenón debía de estar ya un poco harto de que tantos filósofos tomaran por absurdas las tesis de su maestro, quien haba defendido que el ser es uno, y no múltiple, y que permanecía eternamente inmóvil.

-¿Decís que es ridículo afirmar la inmovilidad del ser? -debió de preguntar con ironía Zenón-.

Bien, pues admitamos la tesis del movimiento, a ver qué pasa: imaginemos una carrera entre Aquiles, «el de los pies ligeros», y uno de los animales más lentos que conocemos: la tortuga.
Y supongamos que Aquiles le concede una ventaja inicial a la tortuga. Pues bien, Aquiles no podrá nunca alcanzar a la tortuga, pues mientras Aquiles recorra la distancia que le ha dejado de ventaja a la tortuga, ella recorrerá un nuevo trecho, y mientras Aquiles recorre ese nuevo trecho la tortuga recorrerá otro nuevo, y así sucesivamente. Por eso, Aquiles nunca alcanzará a la tortuga.

Pero una de las veces en que Zenón acababa de exponer su famosa paradoja, Antístenes (aunque esta anécdota unas veces se le atribuye a él y otras a Diógenes) se puso a andar de aquí para allá, hasta que Zenón le dijo:

-¿Quieres hacer el favor de dejar de moverte?

-¡A ver en qué quedamos! ¿No dices que no existe el movimiento? -le asaetó Antístenes.





11. UNA TORTUGA TENAZ.

A la anterior anécdota remite la famosa sentencia según la cual el movimiento se demuestra andando.

Claro que Zenón y sus seguidores no decían que fuera imposible mostrar el movimiento, sino más bien que era imposible demostrar racionalmente su existencia.

El argumento de Zenón parte de la hipótesis de que el espacio sea infinitamente divisible e intenta reducir esa misma hipótesis al absurdo. Muchas son las soluciones que se han propuesto a esta paradoja. Aristóteles, Descartes, Leibniz, Hobbes, Mill, Cantor, Bergson y Russell, entre otros, intentaron resolver las aporas de Zenón, pero ninguna de sus soluciones parece plenamente satisfactoria.

Agustín García Calvo en sus Lecturas presocráticas escribe que el razonamiento de Zenón no será sino una manera de formular «la contradicción insuperable entre dos necesidades que ambas necesariamente padecemos, la de contar, en cuanto a ser, con una oposición privativa, sin transiciones, entre lo que es una cosa y lo que no es, y la de contar, en cuanto a haber, con una continuidad, esto es, una gradación innumerable (o interminablemente innumerable) de la cuanta».

Suele decirse que la moderna teoría matemática desarma definitivamente los argumentos de Zenón, gracias al uso de los cálculos basados en el concepto de paso al límite.

El problema, señala Agustín García Calvo, es que esos cálculos fueron inventados precisamente para resolver las aporas de Zenón.

De manera que, veinticinco siglos después de su nacimiento, la tortuga de Zenón sigue vivita y coleando.
Hace unos años, Rafael Sánchez Ferlosio le dedicaba esta simpática seguidilla:

Caminito de Elea va una tortuga, con veinticinco siglos en sus arrugas.

Zenón me llamo; si veis venir a Aquiles, que apriete el paso.




12. DE NIÑA A MUJER.

Demócrito de Abdera fue uno de los pocos filósofos que defendió en la Antiguedad una teoría
atomista.

Según él, el universo está compuesto de infinitas partículas indivisibles, los átomos, moviéndose en el vacío.

Una teoría que, arrinconada durante muchos siglos por filósofos y científicos, cobró auge en el ámbito científico a partir del siglo XVIII. Demócrito tenía fama de risueño y adivino. Lo de risueño parece que le venía por su afición a reírse de las necedades humanas y lo de adivino pudo deberse más que nada a sus dotes de observación y a alguna que otra casualidad.

Así cabe explicar aquel suceso que protagonizó con una muchacha que había acompañado a Hipócrates en su visita a Demócrito.

Habiéndola saludado éste el primer día diciéndole: «Buenos días, muchacha», la recibió al día siguiente con otra fórmula: «Buenos días, mujer».

Al notar este cambio en el saludo, la joven no pudo ocultar su turbación, pues Demócrito parecía haber adivinado que aquella misma noche la muchacha había perdido su virginidad.






13. LA BALANZA DE LA JUSTICIA.

En el siglo V a.C. aparecen los sofistas. Los dos más famosos fueron Gorgias y Protágoras.
Los sofistas eran escépticos con respecto a la posibilidad de averiguar verdades absolutas y más bien creían que había razones para defender tanto una tesis como su contraria.
Una misma tesis poda resultar verdadera o falsa según se afirmara en un contexto o en otro.


De ahí que estuvieran particularmente interesados en cuestiones de retórica. Además, defendían también una especie de relativismo moral según el cual no hay un bien ni un mal absolutos, sino que lo que es bueno para unos puede resultar malo para otros. Y lo mismo puede decirse con respecto a la justicia: lo que es justo en Atenas puede ser injusto en Esparta, y viceversa.

Una concepción relativista de la justicia y por tanto parecida a la de los sofistas (aunque no idéntica)
aparece en un antiguo relato árabe, traspasado luego a otras culturas, que dice así:

Dos amigos en litigio fueron a ver al cadí para que impartiera justicia. Uno de ellos expuso el caso de esta manera:

-Mi amigo me ha traicionado. Entró en mi casa cuando yo no estaba, robó mi asno y mi dinero, y violó a mi mujer. Pido un castigo justo para él.

El cadí le dijo: -Tienes razón.

El otro hombre entonces se defendió con estas palabras:

-Nada de eso es cierto: yo no robé aquel asno,sino que me lo llevé porque yo se lo había prestado primero y él no me lo quería devolver. También me debía aquel dinero. En cuanto a su mujer, es cierto que hicimos el amor, pero fue ella la que se echó encima de mí, porque anda escasa de amor ya que su marido no le hace caso. Cuando él ha llegado a casa nos ha sorprendido haciendo el amor y la ha emprendido a golpes conmigo. Es a mí a quien tienes que hacer justicia.

-Tienes razón -asintió el cadí.

-Pero, señor, no puede ser que los dos tengan razón -intervino el ayudante del cadí.

Y el cadí le dijo: -Es cierto. También tú tienes razón.




14. LA PARADOJA DE PROTÁGORAS.

Los sofistas eran buenos conocedores de las leyes de las distintas sociedades.
Quien quiera promocionarse y tener éxito en las disputas públicas deberá conocer bien las reglas de la retórica y de la jurisprudencia. Los sofistas siempre salían victoriosos de sus contiendas verbales porque eran maestros en ambas cuestiones.

Por cierto que los sofistas vendían caras sus lecciones de retórica y leyes. A propósito de esto se cuenta la siguiente anécdota de Protágoras: sus clases eran tan caras que los únicos que podían pagarlas eran los hijos de los ricos, pero en cierta ocasión Protágoras aceptó como alumno a un tal Evatlo, un estudiante pobre, con la condición de que le pagaría la mitad del dinero a la entrada y la otra mitad cuando acabase sus estudios y ganara su primer pleito como jurista. Pero al terminar sus estudios Evatlo no aceptaba ningún trabajo que tuviera que ver con la judicatura.
Así conseguía burlar lo pactado con Protágoras: había recibido sus clases y no se veía en la obligación de pagarlas. Entonces Protágoras demandó a Evatlo, que intentó desarmarlo con la siguiente argumentación:

-Si ganas el pleito, yo seguiré sin haber ganado un caso y, por tanto, basándome en los términos de nuestro acuerdo, no tendré que pagarte; pero si el pleito lo gano yo, entonces, por mandato judicial, tampoco tendré que pagarte.

A lo que Protágoras replicó:

-Nada de eso. Si yo gano el pleito, tendrás que pagarme por mandato judicial; pero si el litigio lo ganas tú, ya habrás ganado tu primer caso y entonces, apelando a los términos de nuestro acuerdo, tendrás igualmente que pagarme.




15. LA IRONÍA SOCRÁTICA.

Contemporáneo de los sofistas fue Sócrates, quien al igual que ellos estaba convencido de que la virtud se puede aprender. Pero, a diferencia de los sofistas, él no cobraba por sus lecciones y además pensaba que la virtud tenía que ser idéntica para todos los humanos. Sólo que no creía que esa virtud se pudiera enseñar tal y como los maestros enseñan sus lecciones, sino que su aprendizaje debía ser consecuencia de un proceso de diálogo, en el que la misión del maestro consistiera fundamentalmente en preguntar, en no conformarse con las respuestas fáciles, en aguijonear las conciencias y los supuestos saberes de sus conciudadanos. En esto consistía básicamente la llamada «ironía» socrática, en el arte de interrogar de manera que el interrogado acabe descubriendo que aquello que daba por cierto no estaba tan claro como él suponía.

Así, por ejemplo, si Sócrates se encontraba por las calles de Atenas con un general le preguntaba sobre el valor, y el general, que al principio creía tener muy claro en qué consistía el valor, acababa reconociendo su propia ignorancia sobre el asunto.

Esta afición de Sócrates a la ironía hizo que algunos creyeran que sus palabras debían ser interpretadas en el sentido inverso al corriente para ser correctamente entendidas, y que alguien comparase los discursos de Sócrates con los lienzos del pintor Pausón porque, cuando un cliente le pidió a éste el retrato de un caballo rodando por tierra, Pausón se limitó a pintar un caballo corriendo, y le dijo al cliente que si quería ver al caballo patas arriba no tenía más que darle la vuelta al lienzo.





16. LA SABIA IGNORANCIA.

Un oráculo era para los griegos el santuario donde se practicaba la adivinación.
Pero los griegos también llamaban oráculo a la respuesta que daba el dios cuando era preguntado por algún visitante del santuario.

De todos los oráculos griegos, el de Delfos fue el que más prestigio llegó a alcanzar. A él acudían quienes querían pedir consejo a los dioses o conocer algún dato del futuro. Cuando Querefonte, amigo personal de Sócrates, preguntó al oráculo de Delfos quién era el hombre más sabio, la pitonisa respondió que Sócrates.

Al ser informado Sócrates de las palabras del oráculo, comentó la sentencia diciendo que su sabiduría consistía en reconocer que nada sabía, mientras que sus conciudadanos creían saber lo que en realidad no sabían.




17. NO ME ATRUENES, QUE LUEGO LLUEVES.

Sócrates gozó siempre de la admiración y el respeto de sus discípulos, algunos, como Platón, Aristipo y Antístenes, creadores ellos mismos de sendas escuelas filosóficas.

Menos respeto, sin embargo, parece que le tenía su esposa, Jantipa, mujer de áspero carácter y muy irritable. Sócrates decía que la había tomado por esposa precisamente por eso, pues, conociendo su carácter, se había habituado a tolerarla pacientemente con la idea de llegar a la perfección en el dominio de sí mismo y saber tratar con cualquier persona de difícil carácter (Nietzsche dirá, en el siglo XIX, con su acostumbrada malicia, que fue Jantipa quien convirtió a Sócrates en el mayor dialéctico de Atenas, pues al hacer irrespirable el ambiente del hogar, lo indujo a andar todo el tiempo dialogando por las calles de la ciudad).

Un día, cansado de la bronca interminable que le dedicaba Jantipa, para no oírla más salió de su casa y se sentó en un escalón de la puerta, pero Jantipa, irritada por no haber podido desahogarse con su marido, se vengó vaciando sobre su cabeza una palangana de agua sucia.

Sócrates se limitó a comentar resignadamente:

-Después de tanto tronar no es extraño que ahora llueva.




18. NI CASADO NI SOLTERO.

Cuando un alfarero consultó a Sócrates sobre qué hacer, si casarse o permanecer

soltero, Sócrates le aconsejó: -Hagas lo que hagas, te arrepentirás.




19. LOS MERCADOS LLENOS DE COSAS VACÍAS.

Paseando por los mercados atiborrados de mercancías, Sócrates solía decir:

-¡Hay que ver la cantidad de cosas… que no necesito!




20. LA CENA DE LOS POBRES.

Una noche en que Sócrates y Jantipa tenían más invitados a cenar que comida para

ofrecer, Jantipa se lamentaba ante su marido:

-¡Qué vergüenza! ¿Qué van a pensar de nosotros?

Sócrates intentó tranquilizarla diciéndole:

-No te preocupes, mujer. Si nuestros invitados son frugales tendrán suficiente comida

y si son tragones nada bastará para saciarles.




21. MURMURAR POR IGNORANCIA.

Alguien advirtió una vez a Sócrates de que un vecino suyo iba hablando mal de él

por ahí. Y Sócrates se limitó a comentar:

-No me extraña que hable mal de mí porque nunca aprendió a hablar bien.




22. LA MUERTE DE SÓCRATES.

Sócrates fue condenado a muerte acusado de introducir nuevos dioses en la ciudad y de corromper a los jóvenes, cargos injustos tras los que se ocultaba el odio que le tenían algunos hombres influyentes de Atenas.

Aunque sus discípulos habían preparado un plan para su fuga, sobornando a los carceleros, Sócrates se negó a huir, aduciendo que debía respetar las leyes de su ciudad.

El día previsto para su muerte, todos sus familiares y amigos estaban desconsolados, y el propio condenado a muerte tuvo que ser el que se encargara de darles ánimos.

Pero tampoco en aquel difícil trance perdió Sócrates la oportunidad de ironizar: como Jantipa, su mujer, lloraba y no paraba de lamentar que lo fueran a matar injustamente, Sócrates le preguntó:

-¿Es que acaso preferirías que me mataran con justicia?






23. LA PRÁCTICA DE LOS MANDAMIENTOS.

La doctrina moral de Sócrates se conoce con el nombre de intelectualismo moral.

Según esta teoría, basta con saber lo que es el bien para realizarlo y basta con saber lo que es el mal para no hacerlo. Por tanto, si los hombres hacemos el mal es por ignorancia, porque en el fondo no sabemos lo que hacemos.

Claro que no hemos de confundir las creencias y pensamientos de un individuo con las declaraciones que ese individuo realiza sobre sus pensamientos y creencias, pues una cosa es lo que uno dice creer y pensar, y otra es lo que realmente piensa y cree. Quien dice desear lo mejor para el prójimo, pero en sus obras da muestras de lo contrario, es porque no lo desea de verdad.

De ahí que, al considerar el abismo que separa el ámbito de nuestras creencias del ámbito de su puesta en práctica, tal vez haya que concluir que el abismo verdadero es el que existe entre lo que decimos que creemos y lo que creemos realmente.

En fin, sea como fuere, el caso es que las ideas sobre moral de poco sirven si no tienen consecuencias prácticas
sobre nuestras acciones.

Se comprende así la reacción de Mark Twain cuando un industrial, haciendo gala de sus elevados ideales, le confesó que tenía la firme convicción de peregrinar a Tierra Santa y subir al monte Sinaí para leer en voz alta los diez mandamientos.

Al parecer, Twain le replicó:

-Y, en vez de eso, ¿por qué no se queda aquí y los pone en práctica?






24. LA TEORÍA DE LA PARTICIPACIÓN Y LOS HIGOS.

Según cierta leyenda, una noche Sócrates vio en sueños una cría de cisne que echaba a volar emitiendo un hermoso canto. A la mañana siguiente, cuando le presentaron a Platón, Sócrates dijo: «He ahí el cisne de mi sueño».

No en vano, Platón (cuyo verdadero nombre era Aristocles, siendo «Platón» un apodo que le colocaron por ser ancho de espaldas o por ser de ancha frente) fue el más importante de los discípulos de Sócrates.

Su contribución a la filosofía resultó trascendental hasta tal punto que marcó el derrotero de muchas de las posteriores controversias filosóficas. Especialmente polémica resulta su teoría de las Ideas. Según ésta, las Ideas son entidades existentes fuera de nuestra mente y que no podemos captar mediante nuestros sentidos.

Si sólo existiera la realidad que nos presentan los sentidos, no habría nada permanente, pues la realidad sensible está constantemente cambiando y, por tanto, nuestro conocimiento tampoco sería fiable, pues sería un conocimiento inestable.

Por eso, Platón postulaba la existencia de las Ideas como entidades inmateriales y eternas. Y su conocimiento como el único conocimiento riguroso.



Diógenes de Sínope (el que ha sido considerado filósofo cínico por excelencia y del que hablaremos más adelante) se burlaba de esto argumentando que él sólo veía mesas y copas, pero no Ideas de mesas o copas, a lo que Platón replicaba:

-No es de extrañar, Diógenes, pues tu mente es demasiado tosca para ver otra cosa.


Por otra parte, según la teoría de Platón, las cosas que percibimos mediante los sentidos son copias, imitaciones que participan en alguna medida del mundo de las Ideas, pero que no deben confundirse nunca con ellas.

Así, un cuerpo hermoso participa de la Idea de Belleza, pero no es la Idea de Belleza, la hoguera participa de la Idea de Fuego, pero no es la Idea de Fuego, etc.

Diógenes, que se burlaba también de esto, se puso una vez a comer higos secos delante de él y le dijo:

Platón, puedes participar de ellos.

Platón tomó algunos higos y empezó a comerlos, pero Diógenes se mofó de él diciéndole:

-Te dije que participaras, Platón, no que te los comieras.





25. ORGULLO CONTRA ORGULLO.

Como cualquiera se puede imaginar después de lo dicho, Platón no tenía un trato precisamente

cordial con Diógenes. A más de uno reprendió por reírle las gracias a éste.

A Diógenes, por su parte, le encantaba provocar a Platón (en realidad le gustaba provocar a quien fuera).

Un día de lluvia aprovechó que el suelo estaba embarrado para entrar en casa de Platón y pisotearle las

alfombras mientras decía:

-Así pisoteo yo el orgullo de Platón. A lo que Platón replicó:

-Sí, pisoteas mi orgullo con el tuyo.





La Escuela de Atenas por Rafael.




Filosofía para Bufones. Pedro González Calero.
























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